jueves, 3 de enero de 2013

El lagar de la Viñuela. Capítulo decimotercero




Alzó olla los brazos, y procurando no hacer el más leve rumor, entrelazó las ramas del naranjo, hasta formar con ellas á modo de verde dosel sobre el dormido, le contempló algunos instantes más y se alejó, llevando en la cabeza toda una sublevación de cosas raras y ardientes.

Cuando Bernardo despertó, estaba algo más tranquilo.

—Sa menester barcinar las últimas gavillas á la era—murmuró levantándose.

Al llegar al arroyo encontróse con el tío Salustiano, que avanzaba lentamente hacia los algarrobos del camino.

—¿Dónde va su mercé?—preguntóle Bernardo.

—¿De aónde vienes tú?

—De regar el huerto.

El tío Salustiano miró á su hijo con insistente y amenazadora fijeza, y después díjole con acento un tanto acre:

—Acompáñame más allaílla: tenemos que jablar de una cosa mu fea que se ma venío al magín.

Bernardo mudó de color, inclinó la cabeza y siguió al de Casariche.

Cuando hubieron llegado al sitio elegido, sentóse el viejo sobre una de las piedras, soltó los espartos y
la soga en que trabajaba, y

—Ponte elante e mí, que yo te vea bien los ojos y jasta el fondo der pecho—dijo al zagal, que avanzó
bruscamente, haciendo lo que su padre le ordenara.

—Óyeme bien—siguió diciendo éste al par que le miraba con imponente severidad;—óyeme bien lo
que te voy á icir.

—Diga su mercé lo que quiera; ya le escucho.

—Jace ya muchos días que una zumaya me está contando unas cosas que, si jueran verdá, merecerías tú que te llevaran al patíbulo, y esta mañana he visto algo de lo que me contó la zumaya, y he sentío ascos de ti, Bernardo, ascos de ti. 

—Y ¿qué es lo que á su mercé le ha contáo la zumaya?—preguntóle el mozo con acento trémulo. 

—Tú jabla cuando yo te pregunte. 

—Lo que su mercé quiera, padre, lo que su mercé quiera. 

—Pos bien; antes de ná voy á icirte una cosa pá que no la orvíes, pá que te la claves en er corazón, pá que te la bebas manque te sepa á jieles, pá que estas pícaras canas, cuando me muera, las pueas tú besar sin reconcomio de consencia, pá que este probe viejo no tenga que maldecirte, y después que morirse de pesaumbre en un hespicio ó en un hespital. 

—¿Qué he jecho yo pá que esté me diga eso?—preguntó enérgicamente Bernardo, á quien aquellas palabras habían llenado él corazón de lágrimas. 

—Entoavía no has jecho ná—repúsole el viejo, que sin querer había ido dulcificando su voz,—pero vas por una mala trocha; y has de saber tú que er tío Juan y la tía Tomasa, cuando estábamos á la clemencia der cielo, y yo ya no tenía más alimento que darte que mi sangre y mi cariño, mos abrió da par en par las puertas e su cása, f mos las abrió cuando los probes ya estaban a la cuarta pregunta; y la tía Tomasa es como si juera tu mesma madre, y el tío Juan lo mesmo cuasi que si juera yo, y Agustin, tu hermano, y Dolores,  Dolores... la mujer de Agustín, es icir, tu hermana también, y no te igo mas, Bernardo, no te igo más: ¡mas dáo una congoja, que no me la merezco!

Y al decir esto, vibraba la voz del anciano triste y querellosa.

Bernardo estaba profundamente conmovido, inclinada respetuosamente la cabeza ante el viejo, con las manos cruzadas, como un delincuente humilde ante un juez venerable. Cuando el de Casariche hubo pronunciado las últimas palabras, levantó la cabeza el zagal; todos los músculos de su rostro estaban en dolorosa tensión.

—¿Si su mercé me premite?...

—Di lo que quieras.

 —Pos bien: yo quisiera irme; yo buscaré y encontraré trabajo en otros lugares.

 —Y yo, ¿qué jago entonces tan y mientras?

—Su mercé es pá mi un ala del corazón; bocáo que yo tome será el que á su mercé le sobre. 

—¿Y el tío Juan? No, no puée ser eso asina; el tío Juan sin ti, sin el arrimo de tu poer y tü güena voluntá, se viene abajo; lo que sa menester es ser pruénte, y ser leal, y ser hombre de bien. 

—Lo que su mercé mande se jará—exclamó Bernardo, que volvió á inclinar la cabeza, y se alejó lentamente, mientras el de Casariche, mirándolo alejarse, decía: 

—Probetico mío, ¡qué güeno es! ¡Picaras mujeres, y cuántas penitas mos aportan!... ¡Por vía é la Verónica.... pues no tengo cuasi el corazón encogió! 

Y el pobre viejo, al decir esto, se restregaba violentamente los ojos con las flacas y temblorosas manos. 


CAPÍTULO XIII 

En el tiro de gallos


Era día de San Juan, y grandes y chicos, ricos y pobres, se dispusieron todos á celebrarlo, como es costumbre en los Verdiales desde los tiempos de Matusalén y la Nanica, según hubo de afirmarme uno de los subarrendadores del caserío de los López, lugar siempre elegido para situar en él el real de la feria. 

El programa era el de siempre: tiro de gallos, baile en la tienda, en un á modo de colgadizo de cañas y lonas levantado en una planicie frente al cortijo, y todo esto, como es natural, aderezado con su poquito de murga y su mucho de peleón y yunquera. 

El tío Antón -empresario del tiro- llegada que fue la hora, colgó de una estaca, en una loma próxima, un gallo, orgullo y honra de su gallinero, el cual habían de disputarse los tiradores de más ringorrango del partido. 

Cuando el tío Antón, desde la puerta de su casa, vio que para divisar la víctima necesitábase un telescopio casi, murmuró con acento satisfecho, mirando á su decrépita consorte: 

—Lo que es éste, serrana, mos lo comeremos mosotros en pipitoria. 

—Eso será lo que Dios y Estébanes el cojo, y Bernardo el de la Viñuela, y D. Enrique el de Almogía dispongan. 

—Manque resucite y venga á tirar Antoñico el Nomeapuntes, no le atina; no ves tú la cencia con que está puesto en él palitroque. 

La tía Zerona se encogió de hombros y se alejó murmurando: 

—Manque lo pongas entro un cofre en un cajorro, le pegan un tiro esos condenáos. 

Ya, por la tarde, empezaron á llegar los tiradores con las indispensables escopetas; unos a pie, otros jinetes en sendos pollinos, y otros en más nobles cabalgaduras, vistosamente emperijiladas; todos afeitados, vestidos de limpio, la mayoría con ceñidísimos pantalones, amplias y sueltas chamarretas de mallorquín, y sobre ellas el chaleco desabrochado, prenda usada por ellos solamente cuando repican muy gordo. 

Los ricachos iban como embragados en sus trajes nuevos, y los mozos más enamoradizos, los Tenorios y los Mejías de aquellos alredores, dispuestos á hacer tremolar bandera de parlamento á todo corazón mujeril con sus caídas de párpados, sus galas festivales y los matajos de albahaca puestos detrás de la oreja con todo el arte que exigen los cánones del buen gusto en todo el territorio comprendido entre el barranco del Sol y los linderos de la ermita. 

También apareció por una loma Enrique Miranda, jinete en su Tordillo, que avanzaba con airoso trote, el cuello enarcado y como queriendo unir la pequeña cabeza de aventadas narices al vistosísimo pretal. 

Llevaba el jinete reluciente escopeta de dos cañones sujeta al arzón de la airosa montura jerezana, sobre la que gallardeábase vestido con amplio pantalón gris sujeto con trabilla á los calados brodequines de becerro blanco; vistosa canana repleta de cartuchos; camisa de bordada pechera, en la que lucía brillantes botones de oro; ceñido marsellés que modelaba admirablemente su elegante busto, y ancho parero melinado, á lo tunante y galán, sobre la sien derecha. 

Dirigióse el tío Antón precipitadamente á tenerle el estribo al mocito más pinturero de Almogia y á decirle quedo y con voz lastimera: 

—Mostramo, á ver si tiée osté cariá y miramiento, no por mí, sino por el gallo, que está mu delicáo de la cresta. 

Al llegar Bernardo, Rosita, la hija de los López, su incorregible enamorada, se asomó á la puerta de uno de aquellos edificios vestida con falda de color rosa, corpiño blanco con tiras de encajes y con casi tantas flores en el pelo como pueden producir en Mayo los cármenes de mi tierra. 

Contestó secamente al saludo del mozo, y rígida y espetada sentóse en el zaguán á lucir su carita morena de grandes y dormidos ojos garzos, su boca fresca y purpurina y su cintura de avispa. 

Dió comienzo el tiroteo, haciendo, resentirse gravemente á todos los árboles de las cercanías; pasado algún tiempo, durante el cual los primerizos pusieron el plomo en el Torcal de Antequera, decidiéronse, por fin, los. tiradores de cartel á hacer algunas de las suyas, y pronto el cojo Estébanez y el hijo del de Casariche contristaron el espíritu del tío Antón, que hubo de colocar en el madero la tercera futura victima. 

Disparó á su vez Miranda sin conseguir acertar; lo tenía nervioso la presencia de Bernardo; éste le miraba con aire provocativo, con ganas sin duda do partirle un alón, como hubo de prometerlo á Dolores, y al ver rebotar la bala disparada por Enrique un metro más allá del blanco, dijo con tono de zumba: 

—Va a ser menester avisar á los der pueblo, no vaya á ocurrir una esaborisión. 

—Yo lo que hago es que le corto á usted un estornudo de un balazo—repuso Enrique, mirándolo con expresión sombría. 

—¡Josús, María y José!—exclamó el zagal estornudando ruidosamente. 

Miranda, pálido y amenazador, dirigióse hacia el que le provocaba. 

Bernardo, al verle avanzar, sonrió con expresión brutal de triunfo y le dijo con acento vibrante: 

—Como se arrime osté más er canto un pelo tan siquiera, der primer tortazo va osté á darle del tó la güerta ar mundo. 

Todos los asistentes, comprendiendo que de no mediar ellos iba el apuesto señorito á tener que llevar á cabo aquel larguísimo viaje, rodearon á Miranda y al de Casariche. 

—¡Mía tú que con el terral que corre meterse en esas honduras!


[(Se continuará)]

miércoles, 2 de enero de 2013

El lagar de la Viñuela. Capítulo duodécimo



 —Ná, un purgante un día sí y otro no, y er de enmedio también; me paece á mí que los méicos saben tanto como mosotros mesmos.

—¡Hombre. no; la ciencia...

—¡Probetica mía y qué ganitas tengo e verla güena!—dijo Dolores, besando á la niña en la frente. 

—¿Almorzará osté con mosotros, verda?—preguntó al maestro la señá Tomasa.

—Muchas gracias, no tengo apetito—repúsole don Salvador, arrojando una mirada indagadora á la hornilla.

—Ande osté; á osté le gustan las sopas de la puchera, y aluego encima queso de cabra jecho por mí, y miel acabaita de sacar de la. cormena; ¡como que antier se castraron! —dijo Dolores.

El maestro se pasó la punta de la lengua por los sumidos labios, y repúsole, poniendo en su cara la más amable de las sonrisas y como aplaudiendo con la punta de la corva nariz y la puntiaguda barba:

—¿Sopas y queso hecho por ti y miel de tus colmenas? No me resisto, es muy grande la tentación; pon, desde luego, una cuchara más.

—Así me gusta, con franqueza; osté sabe mu bien que aquí se jace eso con toa el alma y con gúena voluntá y con limpios manteles.

—Ya lo sé. hija mía, ya lo sé. 

—¿Y cómo es que hoy mos ha dao osté este alegrón?—preguntóle Bernardo.

—No he querido ser de los últimos en felicitarles, y esta mañana, en cuantito acabé de dar lección á Toñuela la del molino, cogí la trocha y, pian, pian, me he andado las dos leguas en dos horas y media, como un hombre.

—¡Felicitarnos! ¿Y por qué?

—Por el nuevo ascenso de Agustín. ¡Vaya si el muy pícaro es valiente! Ya se lo decía yo a ustedes
el muchacho vale un imperio.

—¡Pos no jace ya mucho tiempo que es arférez! ¡Si ya mos felicitó osté.

—Pero si es por el nuevo ascenso.

—¿Qué nuevo ascenso?

—¿Pero no saben ustedes que en Manicaruaga, él solo, con veinte hombres, ha derrotado al cabecilla Policarpo, que llevaba cien mambises, y que, en premio, ha sido propuesto para teniente?

Los de la casa se miraron unos á otros con alegría y sorpresa, y, tras algunos segundos de silencio, dijo el Cantueso:

—Pos no sabíamos ná.

—Pero ¿no han tenido ustedes carta suya?

—No, señor.

—Pues precisamente yo me he traído el periódico que lo dice.

—A ver, léalo osté, D. Salvaor. ¡Hijo mío y qué bravo es y cuantas fatigas estará pasando!—exclamó la señá Tomasa, con el semblante lleno de alegría y los ojos de lágrimas.

— ¡Vaya con el mozo, y qué sorpresa mos está dando!—murmuró el señor Juan, meditabundo. 

Bernardo prestó también atención, mirando de camino á hurtadillas á Dolores, que, puestas las manos en la cintura, disponíase á oír él relato. 

D. Salvador procedió á sacar el periódico del bolsillo interior de la chaqueta; primero dio al aire el pañuelo de hierbas, amplísimo, y, por fin, salió el anhelado periódico. 

Desdoblólo el maestro con toda la grave lentitud que el acto requería, sé afianzó bien las gafas, tosió para despejar de saliva la laringe; y dio comienzo á la lectura. 

Entre los varios hechos de guerra de que daba cuenta al periódico el corresponsal, figuraba una sorpresa de los fllibusteros, cuyos propósitos habían fracasado merced al valor heroico del alférez don Agustín Villarrubia y de los veinte hombres con que había salido á forrajear en la provincia de Santa Clara. El periódico se hacia lenguas del valeroso oficial, que tan alto había puesto su nombre en aquel glorioso trance. Cuando hubo concluido de leer, quitó D. Salvador las gafas, las limpió con un pico del pañuelo, las colocó después cuidadosamente en el estuche y quedóse mirando á sus oyentes con expresión interrogadora.

La señá Tomasa sollozaba; el señor Juan tenía los ojos brillantes y húmedos; el tío Salustiano sentíase contagiado,de aquella emoción general, y no acertaba á proseguir la pleita; Bernardo miraba con vaga expresión de inquietud á Dolores, y ésta, con los ojos bajos y aire embarazado, murmuró: 

—¡Conque ya es tiniente! 

—Mira, Dolores, sa menester festejar el acenso; hoy D. Salvaor se quéa aquí to er día, vamos á tener comilona; ya el mocito ha traío una liebre y se matarán dos gallinas y tú nos jarás confituras. ¡Sa menester festejarlo!—dijo el Cantueso

D. Salvador sonrió evangélicamente ante aquella hermosa perspectiva, y entregó el periódico al señor Juan.

—Pues yo voy á ver si aumento los menesteres— exclamó Bernardo, cogiendo la escopeta y las bolsas de la pólvora y los plomos, engalanadas por la Viñuela con cintas azules y encamadas. 

—No sa menester, hombre, no sa menester—dijo el Cantueso.— 

—Ya los perdigones están crecíos, y al venir pa acá estaban cantando en la loma, ahí más allaílla. 

Y más allaílla se fué Bernardo, mientras la huérfana lo miraba alejarse con vaga abstracción, con pensadora fijeza. 

—Vaya que se han puesto ostés tóos con las caras amarillas—exclamó el tío Salustiano. 

—La alegría es prima hermana del pesar; y sus caras se parecen—dijo D. Salvador sentenciosamente, abriendo la caja del rapé y disponiéndose é tomar un polvo. 

—Que no tardes mucho—gritó Dolores, asomándose á la puerta, á Bernardo, que empezaba á trepar por el monte. 

El mozo movió negativamente la cabeza, sin volver el rostro, y prosiguió subiendo por la escabrosísima ladera. 


CAPIÍULO XII 

Lo que dijo el tío Salustiano. 


Algunos días después se recibió carta de Agustín; éste daba cuenta, del modo más minucioso, de lo que le ocurriera últimamente; en cuanto su propuesta fuese aprobada, regresaría con licencia; Dolores debía ir preparándose. Sin hacer mención del envío, acompañaba un giro á cargo de uno de las más importantes banqueros de Málaga. 

Esta carta produjo distintas sensaciones, al parecer; la señá Tomasa por poco, y apesar de su imponente volumen y respetable número de años, coge las castañuelas que tantas veces repiqueteara en sus mocedades; el señor Juan necesitó más aire para sus pulmones y se salió enmedio del llano; la Viñuela, á quien hacían entregado la letra, quedóse mirándola inconscientemente, mientras la doblaba y la desdoblaba, para volverla á doblar; Bernardo dio media vuelta y salió de estampía, y el tío Salustiano, al ver salir á su hijo de aquel modo, miró fija y atentamente á la huérfana. 

—Va á ser menester que vayas á Málaga de compras; esos cuartos tiées que emplearlos en tu presona—dijo á Dolores la cortijera. 

—Tiempo hay, guárdelos osté—le repuso aquélla, encogiéndose desdeñosamente de hombros. 

—Es que pa cuando venga Agustinico quiero que estés jecha una emperatriz. 

—La mona, manque se vista de sea, mona se quéa. 

—¡A ver, la fantensiosa! Eso lo hices tú con la boca chica. ¡Pero qué gente ésta! ¡Pos no paéce que sus han dáo cañazo! 

—Acuérdate delo que dijo D. Salvaorico; que el pesar y el gozo tiéen un mismo semblante—exclamó el señor Juan, penetrando de nuevo en la casa. 

—Me van dando á mí olor á quemáo estas cosas pensó la cortijera, dirigiéndose hacia él corral con la cabezuela para las gallinas. 

Bernardo, cuando salió, encaminóse al huerto, pensativo, mirando sin ver; sentíase profundamente triste, profundamente irritado, con ganas de pelear hasta con su sombra; las cartas de Agustin habían llegado á producirle terrible malestar; cada vez que se hablaba de su regreso se le atragantaba hasta la saliva; y ahora iba de veras ¡vaya!, como que ya, por fin, era teniente, «es decir, toíto un presonaje, toíto un presonaje—repetía—y vendrá tronchando pencas, y se casará con Dolores, y se la llevará por ahí como á una señorona, y mos quearemos solitos y no la gorveremosá ver.» 

Y al pensar esto Bernardo, sintió que algunas lágrimas le subían desde el corazón á los ojos, y luchando por detenerlas, penetró en el huerto y dejóse caer á la sombra de uno de los frondosos naranjos. 

Dos horas después penetraba Dolores en el huerto; un sombrero de palma defendía su semblante del sol; Iba también preocupada y abstraída. ¡Cualquiera pensara, al verla, que el anuncio de! regreso de Agustín habíala puesto de mal humor. Esto no podía ser, no había motivo para tal; su vuelta representaba la reparación debida á su honra; su Araceli tendría el nombre que le pertenecía, sonreíala el porvenir con el hombre á quien sacrificara un tiempo cuanto era; veía á aquel hombre, con los ojos del pensamiento, rodeado de una aureola gloriosa, batiéndose como un león, sin olvidarla nunca, ni aun entre las asechanzas de la muerte en el combate y en el hospital, siempre pensando en ella; vistiendo el uniforme, luciendo las cruces ganadas con sangre de sus venas, y puestos en ella sus grandes ojos azules y melancólicos. 

Dolores iba por algunos avíos para la comida; el sol caía á plomo, las ramas de los árboles estaban inmóviles, zumbaban los insectos, guarecíanse los pájaros en la espesura, las aguas de la alberca reflejaban el cielo límpido y azul, todo yacía sumido en pesadísimo sopor; al llegar Dolores á la linde donde empieza de nuevo el arroyo salpicado de enormes rocas, grandes macizos de adelfas y de espesísimos zarzales, vió á Bernardo. 

Este parecía dormido; el sol, penetrando por entre las ramas del naranjo, caía sobre su semblante; de vez en cuando ensanchaba su pecho un suspiro, que semejaba un sollozo. La Viñuela al verle se detuvo un instante; pensó en despertarle, como se hace con un niño víctima de una pesadilla, acércosele, inclinóse sobre él; mas de pronto se irguió bruscamente. ¿Por qué tenía Bernardo húmedos los ojos? ¿Por qué suspiraba? Ella no lo quería saber, no debía saberlo, sin duda; una emoción, dulce y triste al par, enseñoreábase de su corazón; empezaba á despertar su pensamiento, empezaba á despertar, pero lleno aún de somnolencias y vaguedades; ella, que siempre miró al mozo como á un hermano, no se atrevió en aquella ocasión á despertarle; el sol, como ya hemos dicho, caíale al zagal sobre el rostro. 


(Se continuará)

El lagar de la Viñuela. Capítulo undécimo




Toval, al oír aquello, se puso amarillo; hizo crujir la silla y rodar las sangrías; se levantó con el cuerpo encorvado, las manos crispadas y la vista centelleante, y acercando su cara a la de Enrique, le dijo con voz lenta y amenazadora: 

 —Yo no le tengo canguelo á naide en er mundo, y eso que tú me has dicho entre cuatro paeres no eres capaz de icírmelo en mitá er campo, aonde ni la luz mos estorbe. 

—Lo que te he dicho yo aquí te lo repito hasta calando en la mar saldada. 

—Vamos, caballeros, no fartaba más entre amigos -exclamó sin moverse de su asiento ni volver la cara Juan el Chacho

—Es que á mí naide me llama cobarde, y el que me lo llame tié pena de la vía. 

—Vé po el pae cura, Belloto, que esto se pone mu feo—exclamó irónicamente el Pájaro

—Es que ése se ha levantado hoy con la cabeza llena de bichos y va á ser preciso sacárselos.

Belloto, además del páe cura anda, hijo, anda y tráete un sacatapón. 

 —¿Adonde vas tú, don Pavilo, por trigo pa ese costal? Si lo único bueno que tiées en tu presona es el traje y el reló y la tumbaga. 

—Vamos, señores, vamos, á refrescarse. 

—No mates á nenguno de esos probes, Íñigo, que arguna vez serán padres de familia.

—Agüelo, no le tiente osté tanto el jato á la bestia, que respinga—repúsole Pedraza. 

 —Ahora sí que has jablao como Dios manda.

—Tiée osté dispensa pontificia por lo antigüilla que está ya su presona. 

—Vámonos, Enrique, vámonos, que, si no, este trabuco va á dispararse por la recámara, y yo no he confesáo ni he comulgáo entoavía, ni me he vestío de limpio. 

Y el Pájaro, al decir esto, cogió por el brazo, tirando de él, á Enrique, el cual, tras cuatro zamarreones, se decidió a seguirlo, no sin gritar al Churumbero, mirándole con profundo encono: 

—Va sabes tú, mozo bueno..., hasta calando en la mar salada. 

La bronca de Miranda y Toval dio materiales en que emplearse á los murmuradores del pueblo; el motivo de la cuestión corrió de boca en boca; las opiniones se dividieron; la calumnia tremoló sus imponentes banderas; los más mal pensados se motejaron de candorosos. ¡Cuidado con no haber visto antes cosa tan clarísima como eran los amores do la huérfana y Bernardo! ¡Pobre Agustínl ¡Qué chasco iba á llevarse cuando volviera!.Ya todos se explicaban muchas cosas que hasta entonces habían pasado inadvertidas; era lógico que parecieran hermanos, ¡qué menos! Por algo no miraba Bernardo á ninguna moza del partido, ni aun á Rosita, la de los López, que estaba por él ida de la veleta. 

Cuando la noticia llegó á oídos de Rosita, bañóse ésta en agua de rosas, tocó á rebato su lengua, y ¡Dios del cielo, qué cosas pintan los celos y el amor propio herido! 

 Algunos, con Toval á la cabeza, tomaron la defensa de la huérfana y la defendieron, no á capa y espada, pero sí con razones como puños y puños como batanes.

Ni unos ni otros osaban decir, como es natural, una sola frase delante de Bernardo, que de vez en cuando se descolgaba por el pueblo. 

Una de las veces en que el de Casariche hubo de ir á Almogía, después de echar al correo la carta motivo del viaje, sentóse en el zaguán de la posada á esperar la fresca para regresar al cortijo. 

Sobre el empedrado suelo dormitaban algunos arrieros y cosarios, defendiéndose el rostro de las moscas con los mugrientos sombreros, aún atravesados en las fajas los palos de olivos con que avivan y derrengan, al par, á las acansinadas recuas: un farol enorme, pendiente de una de las vigas del techo, prometía tanta luz como una lámpara de Siemens; las cargas de paja apiladas en una de las laterales, piensos abundantes á las cabalgaduras y un delicioso tufillo que salía por la entreabierta puerta de la cocina, suculenta olla á los hambrientos y rendidos caminantes. 

—Y ¿cómo andan por allá?—preguntó á Bernardo el posadero, un vejete derrengado, haraposo, con una cabellera salvaje y cenicienta, que le caía sobre los siempre húmedos ojos en sucios mechones. 

—Tóos están güenos y relucientes, tío Musarañas

—¿Y la chavalilla? 

—Rigular; esa probetica no vale un suspiro. 

—Y de Agustinico; ¿qué se sabe? 

—Güeñas noticias; ¡tan campante como está otra vez el hombre! 

—¿Y es ya arférez? 

—¡Como suena!, y si lo ejan, güerve con más cruces y más galones que er generar Prim. 

—¡Vaya un mozo cabal! Los Cantuesos no cabrán en la pelleja de vaniosos. 

—Hombre, con razón, no están disgustaos. 

—¿Y cuándo gorverá? 

—Yo imagino que mu pronto; ¡tendrá ya ganas de echarle un remiendo á la vía!

—Hombre, y eso á ti, ¿á qué te sabe? 

Bernardo miró con sorpresa al tío Musarañas, que le contemplaba sonriendo maliciosamente, y le repuso encogiéndose de hombros: 

—¡Qué pregunta! ¿A qué quiée osté que me sepa, agüelo? ¡A gloria! 

Cuando Bernardo se hubo marchado, el tío Musarañas dijo con tono sentencioso y moviendo acompasadamente la cabeza: 

—O ese mocito sabe más que Lepe, ó tiée la consensia más limpia que el mesmo sol que mos alumbra.



CAPÍTULO XI 

Una buena noticia. 


Los almendros habían cumplido: estaban cuajaditos de fruto; los granados empezaban á mostrar tintes de púrpura en sus películas de oro; los cirueleros y los perales veníanse abajo: parecía que aquellos frutales querían hacer menos dolorosa á los del lagar la mala partida que habíanle jugado los olivos y los algarrobos, verdes y lozanos, pero sin cosecha alguna casi; los granados más tardíos ostentaban entre sus tersas hojas de esmeralda flores de púrpura que brillaban al sol como rubíes; todo fulgía esplendente y risueño; piaban las golondrinas, cruzando el limpísimo espacio en giros rápidos; el ligero viento fingía rumor de olas al ondear el frondoso ramaje; el humo del hogar trazaba en el aire caprichosas siluetas, de vez en cuando el ronco arrullo de alguna tórtola resonaba en los picachos cubiertos de olivos de los montes cercanos; los perros se desperezaban, tendidos sobre el seco estiércol, entre el alegre bandurrio de gallinas, á las cuales, de cuando en cuando, el gallo, con galante actitud de sultán engreído, llamaba para ofrecerles el grano que encontraba en su constante rebusca. 

Los viejos entreteníanse en sus periódicas ocupaciones, y Dolores avivaba el fuego en que se cocía la olla, cuando apareció Bernardo en la puerta, cubierto de sudor, sucio, risueño, con la encopeta en una mano y en la otra una liebre enorme. 

—Vaya, no dirán ostedes que me porto mal— dijo dejándose caer rendido en una silla. 

—Güena pieza—exclamó el de Casariche. 

—Esa se ha muerto der susto, poique tú no le pegas á un cerro—dijo la Viñuela sonriendo y mirando burlonamente á Bernardo. 

—Dejüro que sí; como que la llevaba metía en el cañón de la escopeta. 

Dolores cogió la liebre, acarició su robusto lomo y murmuró alegremente: —Pá con arroz. 

—¿Aónde la has jallao?—preguntó el señor Juan. 

—A la vera e la ermita. 

—Por allí viene D. Salvaorico—gritó la señá Tomasa, que estaba sentada junto á la puerta, con Araceli dormida en los brazos. 

Efectivamente: allá por la trocha, en lo alto del monte, destacábase sobre el fondo azul del cielo la flaca figura del profesor de instrucción primaria, con su traje de crudillo, su más que usada sombrilla de sol y su ancho sombrero de paja. 

—Mejor; asina armozará con nosotros. 

A poco apareció D. Salvador en el llano. 

—Buenos días, mis amigos—dijo, cerrando el enorme quitasol. 

—Los tenga osté. ¡Cómo se vende caro lo güeno! 

—Gracias. ¿Y cómo andamos por acá de salud? 

—Tóos bien, menos la chicuelina, que mos tié siempre mu desasonaíllos. 

—¿Qué es lo que tiene? —Ni el méico tan siquiera lo sabe. 

D. Salvador se caló las gafas, inclinóse sobre Araceli, tomóle el pulso, la observó detenidamente y dijo luego, moviendo la cabeza, con tono doctoral: 

—Algo de fiebre. ¿Y qué toma? 


(Se continuará)