miércoles, 26 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo tercero




—Hombre, si tú ya pa moverte estás pidiendo a gritos el potro de Santiago, y que además tu chavalillo vale por tres y una sota, y es mí mano derecha y si se va me jace un pie agua; Agustín, ya te lo sabes de tú de corrío, no sirve más que pá jacer dengues y darse tono; ya lo estás tú mirando tó el día portear viento en la faltriquera, y yo no estoy ya pa muchos trotes, que digamos.

—No hay más que hablar; tu palabra es reina arsoluta, y lo que tú boqueas se clava y naide lo jurgue; aquí mos tiées jasta que San Juan baje er deo o tu dispongas.

No se habló más del asunto, y recogiendo velas en los gastos, restándole horas al reposo, enviando los huevos al mercado, y haciendo leña en el monte cuando no tenían cosa mejor en que emplearse, iban capeando el temporal los de Zapateros; cuando una tarde, estando todos sentados en la puerta, la Lobina y el Paquete, dos perros que eran á modo de guardia pretoriana de la posesión, irguiéronse de pronto, aguzaron las orejas y lanzáronse hacia el arroyo ladrando desesperadamente. 

Poco después, por detrás de un macizo de adelfas, apareció Toñate, el cartero de Almogía, jinete en un pollino todo piel y osamenta.

—Santas y güeñas tardes, caballeros; ¿cómo se anda por aquí?—preguntó después de apearse, mientras ataba á los hierros de la ventana el ronzal de la pobre cabalgadura.

—Güenos, ¿y tú, Toñate?

—Rigular, mostramo; esta vía, cuando no jiere, rejelea.

—¿Y quien mar te quiere que por aquí te envia?

—Una carta que se ha recebío esta maña pá osté, y como en er sobre lee corre mucha priesa que te entriegue, sigún me dijo el arministraor, apenitas empezó el sol á tomar las de Villadiego trinqué la Canosa, y en menos que jierve el caldo, me planté en ca e la Sacristana, aonde tomé un resuello con vino, y dende allí aquí un voletón, y ésta es la carta. 

Y al decir esto, la sacaba de entre la badana y el forro de la gorra de reglamento.


—Tomasa, dale á Toñate otro resuello, tamién con vino, que bien se lo ha ganao—dijo Juan dando vueltas al sobre, y haciendo como que no veía las miradas impacientes que todos clavaban en él.

Toñate apuró, el vaso que le brindara la cortijera, esperó algunos minutos por si le era posible enterarse de lo que la carta decía; pero en vista de que el señor Juan seguíala dando vueltas sin sentir, al parecer, impaciencia alguna, después de encender un cigarro y despedirse, montó de nuevo en la Canosa y se alejó murmurando:

—¡Vaya un misterio! ¡Ni que juera del Páe Santo la carta! iQué Dios y qué fantesiosas son argunas presonas!

Cuando se hubo alejado Toñate, todos, menos Agustín, miraron con expresión interrogadora al Cantueso; éste seguía contemplando la carta con aire embarazado; á él para leerla le estorbaba lo negro, y tres cuartos de lo propio le ocurría á la señá Tomasa y al tío Salustiano; al hijo de éste andaba enseñándole Agustín, pero el zagal no entraba en aquello más que de refilón y de mala gana, y para deletrear dos renglones de letras muy grandes necesitaba en cada una de ellas parada y fonda; el único, pues, que podía leerla era Agustín.

Éste apenas si saboreó su triunfo.

—Padre, si usted quiere, yo la leeré más pronto que Bernardo—dijo.

El señor Juan respiró con fuerza, alargándole el papel.

Rasgó Agustín el sobre; la carta era del cura párroco de la Viñuela; dábales éste una mala noticia; Antonio el Arrabaleño, hermano de la señá Tomasa, acababa de morir, dejando solita en el mundo, sin más calor que el que ellos quisieran darle, á una chiquilla de quince Abriles que el cura había recogido hasta entregarla á sus deudos; pues no era cosa, decía, de dejar en peligro aquella rosa de Jericó, por la cual andaban dando traspiés y bebiendo los vientos los mozos de aquel cotarro.

La señá Tomasa, al oír la funesta noticia, rompió á llorar amarguísimamente; los demás pusieron caras de día de difuntos, y el Cantueso dio comienzo á rascarse la cabeza como era costumbre en él cada vez que en el camino de la vida tropezábase con algún gran escollo.

Aquella vez la rasquiña fué imponente por su duración; pero terminó al fin por aquello de que término tiene el mar, con ser el mar tan profundo; y dirigiéndose á su consorte, que seguía berreando su dolor, le dijo:

—Vamos, mujer, eso era de esperar, y cuando Dios lo ha dispuesto...

El señor Juan no prosiguió; podían ser sus frases mal interpretadas y recordarse antiguas desavenencias, pues doce años hacía ya que hubo en una ocasión de traspuntearse con el muerto.

—Y esa probetica huérfana, ¿qué va á ser de ella?—gimió angustiosamente la señá Tomasa.

—¡Qué querrás tú que sea! ¡Lo que de mosotros! ¿No es tu mesma sangre? Pos no hay que enojar á Dios, y más cormao ó más raío, si Él quiere tos comeremos. Ya esta noche no, porque es mu tarde; pero mañana, mañana mesmito tiées á tu vera á esa niña pá que se recreen tus ojos.

—Eres más güeno que er pan, Juan de mi arma; tiées un corazón que no mos lo merecemos—dijo entre sollozos la cortijera.

—El Evangelio e la misa es lo que ice—afirmó el tío Salustiano, alejándose para ocultar, sin duda, algunas lágrimas que le habían subido á los ojos.



CAPÍTULO III


La huérfana en Zapateros.



Al ver los mozos de la Viñuela salir á la grupa del jaco del Cantueso, adornado aquel día con vistosa manta, sobremana, rojo mosquero y brillantes cincha y baticola, algo deterioradas por los años, á la flor más bonita de sus verjeles, no rompieron á llorar porque no se dijera; llevábase el de Zapateros la alegría y el encanto de sus ojos, la fuente donde casi todos ellos aspiraban á beber el agua más dulce de la vida, lo cual hizo que de luto se les vistiera el alma, mientras las mozas no repiquetearon las castañuelas por no sacar á la calle la envidia, que las tenía sin vivir desde que aquella rosa de Mayo mostrábase «en todo el esplendor de su hermosura,» que dijo el gran poeta.

Metió espuelas el señor Juan á su cabalgadura, más ancho que largo, viniéndole estrecho el camino para pasar por él con su carga de gloria—como él decía,—y cuando algún caminante permitíase poner los ojos en el rostro de la huérfana, engallábase nuestro viejo, recordando sus mocedades, recogía riendas al ya acansinado bruto, y empezaba á escupir rumbo y vanidad por todos los poros de su cuerpo.

—¿Aónde te has jallao esa perla, viejo afortunaillo?—preguntóle, al pasar por la casa de las Palomas, Juanillón el ventero, mirando maliciosamente á Dolores.

El Cantueso paró el jaco en firme, le hizo dar media vuelta, descolgó el retaco, enfiló con él al ventero, y díjole con voz tonante:

—Jíncate é roíllas, Juanillón, que le has fartao el rispeto á la Divina Pastora.

—A esa se paese, y le sobra un cacho. Y ¿quién es ese rosicler, Cantueso?

—La mejor moza é la Viñuela y de toita España; se la llevo á mi jembra pa que la regale á la ermita.

Y después de apurar un vaso de un solera, que según el ventero era un elisí santo, del cual gustó un sorbo la muchacha, arrimó el hierro á los ijares del envejecido animal, que salió al trote como si, recordando los buenos tiempos, hubiérase dicho: «Para tal imagen, tales andas.»

Con razón había estado conforme el ventero en el parecido de la huérfana con la Divina Pastora; era realmente una mocita juncal, de ojos negros, lánguidos y rasgados; pelo más negro todavía y abundantísimo; tez suave y morena; labios rojos, como fresones maduros; dentadura nítida; curvas mejillas, con dos hoyuelos, dos tentaciones más grandes que las famosas del santo; facciones, más que correctas, agraciadas, y un cuerpo digno de figurar en los museos del Louvre ó del Vaticano.

Llevaba Lola aquel día, contrastando enérgicamente con los vivos colores de la montura, negra falda y corpiño de coco del mismo color; pañuelo de merino al busto, y otro de seda sobre el bien peinado cabello, anudado bajo la barba.

Eran los trapitos que llevaba encima casi todo su ajuar; la dolencia que dio al traste con la vida de Antonio el Arrabaleño habíase prolongado lo bastante para dejar casi pegadita á la pared á la muchacha.

Ésta, porque su viejo no se fuera al hoyo como un perrito abandonado, había tenido necesidad de echar toda el agua al molino, de no dormir, ni comer casi, de hacer pleitas, lavar las ropas á los vecinos pudientes, y de malbaratar la falda de cachemira, y el mantón de crespón, y las cuatro sortijas, y de este modo pudo tirar, hasta que una noche el señor Antonio, comprendiendo que estaba al llegar la última de sus horas, mandó llamar por señas al cura del pueblo, y cuando vio á éste penetrar en la miserable habitación, incorporóse en el lecho, le miró con ojos vidriados y suplicantes, le señaló con mano rígida á Dolores, después al retrato de su hermana, la mujer del Cantueso, y como si hubiera terminado su misión sobre este pícaro mundo, adoptó penosamente la última y más cómoda postura, y momentos después estaba con Dios su alma pecadora.

El cura hizo lo que ya saben nuestros lectores, y á los tres días de haber éste escrito la ya conocida carta, el señor Juan, después de atar su cabalgadura á !a puerta, penetró en su casa, y le dijo con voz balbuciente, los ojos bajos, y dándole vueltas y más vueltas al mugriento sombrero:

—Señor cura, yo soy Juan el Cantueso, er de los Verdiales, er tío de Dolores; y como hemos recebío la carta, aquí me tié por la zagala, y Dios le pague á osté tó lo que ha jecho, endispués que yo..., ya se ve..., está claro..., no es cosa que osté, sin comerlo ni beberlo..., y como á naide le sobra er trigo...

Y el señor Juan alzó los turbados ojos, y al ver los del sacerdote llenos de dulces reconvenciones, no prosiguió el comenzado discurso, y sólo volvió á abrir la boca para dar paso al frugal desayuno con que hubo de obsequiarle aquel cura, el cual, según pregonaban tirios y troyanos, tenia el corazón más grande que la sotana.



(Se continuara)

martes, 25 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo segundo



—A ti naide tiee que pisarte. ¿No oyes, Tomasa? Dende ahora mesmo, ya sabes, éstos se quean aquí, y lo que sea de uno será de tóos; y ahora á comer, que se jace tarde; y endispués á dormir, y endispués... a lo que Dios quiera.

La señá Tomasa asintió con cara radiante a la determinación y soltando al chicuelo en brazos de su padre, se dispuso a volcar en el enorme barreño, colocado sobre la mesa, la sabrosa olla, cuyo tufillo pregonaba lo sólido y sustancioso de su abundante contenido.


CAPÍTULO II

Una mala noticia y una buena adquisición.

Quedaron instalados en Zapateros el de Casariche con su hijo, el cual, merced á la compasión de la señá Tomasa, no pudo echar mucho de menos á su difunta madre. Tan á pecho tomó el cuidado del huérfano la bendita de la cortijera, que muchas veces el señor Juan, al ver sus extremos para con él, hubo de decirle, mirándola con ternura: 

—¡Vaya si te ha venío á ti de perlas el chaval! Cualquiera juraría, mirándote, que Agustinico te había dejao á media miel. 

La cortijera sonreía bondadosamente, encogíase de hombros y murmuraba;

—Las obras de cariá se jacen bien ó no se jacen; se le da gusto á Dios ó ar diablo. 

Lo cierto es que el chavallllo creció á paso de carga, y que á los catorce años, á juzgar por su porte, era capaz de realizar las doce hazañas de Hércules el Tebano, ó las doce burradas de Antoñico el Manganote

Tan de firme apretaba el zagalón, que un día el Cantueso, al ajüstar unas cuentas, dijo al de Casariche: 

—Mía, primo, á tu mozo hay que darle cualisquier cosa, porque el zagal aprieta más qué un dolor; y es caso de consencia darle á cá cual lo que suda. 

—Hombre, tú no sabes el alegrón que me has metió entre pecho y espalda; conque es decir que ya el chavalillo puée ganarse la vía, ¿verdá? 

—Como dos y dos son cuatro, 

—Güeno, lo que ices me entona; pero eso de pagarle no puée ser; él y yo te debemos jasta el aire que respiramos.

—Ni él, ni tú, ni naide, me debe á mí ná; aquí cá plantón da pá su cava.

—Güeno, eso serán los plantones; y la retama seca, ¿qué da?

—Sombrajo y alegrías, y que jacer á la yunta.

A la mañana siguiente vistióse de gala el de Casariche y montó en el jaco.

—Voy á ver cómo anda er mundo—dijo al señor Juan, el cual se quedó mirándole sorprendido.

—Y ¿qué es lo que á ti se te ha perdío por er mundo.

—Unos carzones—repuso e! viejo;—y dando de taconazos á la cabalgadura, salió de estampía cantando
con voz cascada:

En este pícaro mundo

si no á la corta, él la larga,

al que se muere lo entierran

y el que la jace la paga.

—Malinos pensamientos me paece á mí que lleva ése entre ceja y ceja, y milagrito será que no mos dé la esazón; pero ¡quién le ice ná! Si por casolidá no los lleva, voy á soliviantarlo.

Aquella noche regresó el de Casariche más mal encarado que nunca.

—¿Qué ha pasao?—le preguntó el señor Juan con inquietud.

—Ná, estaría e Dios; cuando vino la nube ya estaba jecho yesca el trigo; Ortega, er de Casaya, ya no
puée chocar el jierro conmigo ni con naide.

—Ya me comí yo la partía. ¿Y qué la pasao á Ortega, se ha muerto?

—Se le ha muerto la mitá de la presona, y no arciona más que con la otra mitá, y yo no peleo más que con hombres cabales; además, er Gobierno sa quedao con er cortijo der Fraile, y tuvo que malbaratar er de los Jinojoz, y yá no tié más amparo que lo que su primo Tovalín le da cuando le jace pompas er corazón. ¡Justicia er cielo, Juan, justicia er cielo!

No volvió el tío Salustiano á salir del lagar más que para ir alguna que otra vez al Puerto de la Torre, la Ermita, ó á dar cuatro bandazos porque no se le enmohecieran los tornillos.

No obstante, y que quiso ó que no, se le fueron enmoheciendo, y llegó un día en que, con razón, afirmaba la cortijera que él ya estaba para que le sembrasen encima «siemprevivas» y «no me olvides»; mientras que, por el contrario, su hijo peleaba por sí y por su padre, y por todos sus ascendientes, pues era una fiera para el trabajo, y antes que Dios echara sus luces ya estaba él dale que le da en las fatigosas y rústicas tareas.

Tanto él como Agustín se profesaban profunda estimación, sin que el primero pudiera ni intentara sustraerse á la sugestión que sobre él ejercía el segundo; Agustín manejaba aquella hermosa y tosca máquina con prodigiosa facilidad.

Bernardo, oyendo á Agustín, quedábase como embobado con la única persona con quien éste solía dar expansión á su espíritu era con él, ¡y cuántas cosas sabía Agustín! Verdad que había estudiado con don Salvador, el vagamundo maestro de los Verdiales, un Séneca que pasábase la vida de lagar en lagar, subiendo y bajando trochas, con su gran abrigo de paño color de ala de mosca en invierno, y holgadísimo traje de dril y sombrilla de sol en verano.

Don Salvaorico —como le llamaban— era una á modo de institución en el partido; apesar de sus sesenta años manteníase tieso y vigoroso, y recordaba su semblante de nariz de pico de águila y barba puntiaguda, el de aquel ilustre Chafarote, solaz y recreo de los chuscos gaditanos en la florescencia del espirante siglo.

D. Salvador era la Universidad en que todos los estudiantes de los alrededores cursaban las primeras asignaturas, y cuando salían de aquella cátedra errante, escribían en caracteres casi cuneiformes, leían con larguísimos intervalos y contaban con la punta de los dedos. 

Agustín, por el contrario, á poco de cruzar los sagrados dinteles, dejóse atrás al profesor; ávido de saber, dedicó sus ahorros á comprar en sus viajes á Málaga algún que otro libro, y sin que pueda afirmarse que era un pozo, ni siquiera una alcubilla de ciencia, bien puede decirse, sin que se nos tache de embusteros, que volaba más alto que todos ó casi todos sus coterráneos, lo cual hacia que las gentes del lagar anduvieran casi siempre á vueltas con su vasta erudición y sus finos modales. 

Un día D. Salvador, envanecido con los adelantos del zagal, dijo al Cantueso, al par que introducía en uno de los enormes bolsillos de su gabán, con la mayor pulcritud, una torta de aceite que acababa de regalarle la seña Tomasa: 

—Señor, Juan, estoy satisfechísimo; este muchacho tiene luces naturales, gran retentiva...

—¿Gran qué?—le interrumpió el Cantueso arrugando la frente, la cara, y entornando los ojos con extrañeza.

—Gran retentiva—repuso el profesor recargando las frases.

—Güeno, pos con toa su retintiva no sirve pá mardita la cosa, y entre osté y su madre, que está prevelicá sin fundamento por D. Lesme, me lo estáis acabando de echar á perder; aquí no jace farta... eso que osté dice; aquí lo que jacen farta son güenos puños, güena espina y güenos comportamientos.

La señá Tomasa guiñó un ojo al profesor, que, sonriéndose compasivamente, sacó la caja del rapé, tomó un polvo con sibarítica lentitud, y después de dar las buenas tardes y de sujetarse bien las gafas, alejóse gravemente, mientras los perros lo despedían acariciándole las piernas con las colas enarboladas.

Cuando las contrariedades empezaron á dejarse sentir en Zapateros, el tío Salustiano dijo una tarde al Sr. Juan con voz llena de turbación y sin atreverse á mirarlo á la cara:

—Oye tú, güeno está lo güeno; el que tiée sangre cristiana en las venas, debe cumplimentar como quien es; yo y mi Bernardo hemos consentío güenamente en tó tan y mientras no era mu grande el perjuicio; pero es esgraciámente al arbolico se le encomienzan á caer las ramas; las cosas no son las mesmas, y esto va á empezar á no dar más jarina que la que sa menester pa la hogaza, y el peazo que mos comamos mi hijo y yo, sus lo quitaremos á ustedes; asina es que he pensao que ahora que prencipia la corta e la caña en la vega, mos vayamos á ganar un jornal, y endispués con lo que el mozo y yo recojamos, aquí mos tienes otra ves á la querencia tuya.



(Se continuará)

El lagar de la Viñuela. Capítulo primero



CAPÍTULO PRIMERO

Las gentes del lagar


No siempre fué designado por el de la Viñuela el lagarillo donde ocurrieron los sucesos que hanme dado asunto para hilvanar este libro, pues, según hubo de contarme el cortijero de Tierra Blanquilla, llamóse Zapateron cuando aún sus montes eran una bendición de Dios y dábanse en ellos las mejores viñas de todos los Verdiales.

Como no hay bien ni mal que cien años dure, tras una época de bienestar llegaron al cortijo las contrarias, y, en menos casi que se persigna un cura loco, convirtieron en incultos eriales las antes florecientes laderas.

Cuando queremos conducir á él á nuestros lectores, ya no quedaban en el lagar más que huellas miserables de su antiguo esplendor: allá en lo alto de una loma, como defendido por ancha faja de breña, un cuadro de riparias era lo único que recordaba las perdidas plantaciones; sobre el fondo encarnado de la tierra destacábanse cenicientos olivos, verdes almendros y lozanas higueras, mientras en las cumbres pedregosas se retorcían, cubiertos de flores de coral, los granados silvestres.

Al poner la adversa fortuna proa al lagar, y al ver el señor Juan el Cantueso la ruina que se le metía por las puertas, contemplando un día las últimas de sus viñas convertidas en estériles ceporros, juntó los extremos de las cejas, se colocó una mano en la cintura, con la otra empujóse el sombrero hacia adelante para rascarse, sin necesidad, la cabeza; permaneció algunos minutos contemplando las secas fuentes de su bienestar, y dirigióse, por fin, á la casa murmurando:

—¡Estaría e Dios! Mos lo mereceremos.

Luchó, no obstante su fatalismo, por apuntalar aquello que se le venía abajo; pero ¡que si quieres! Lo único que logró fué cortar á la bandada de desdichas, que se llevaba su hacienda, el indispensable pedazo de pan, lo cual iba consiguiendo merced á la poderosa ayuda de Bernardo, que era un jierro—según él decía,—y de Dolores que, según él también, era una leona con mucha injundia, mucho pesquí y muchísima voluntá, todo- lo cual le faltaba á Agustín, el unigénito de los Cantuesos, que, juzgado por su padre, era un á modo de matajo que nunca daría flores ni fruto, ni sombra ni buen olor.

Chaval más desgarbado que éste no había nacido sin duda en todo el partido, ni más bonito de cara tampoco; tenía los ojos claros, de un azul verdoso y transparente, el pelo rubio y lacio, la tez pecosa y obscurecida por el sol, la frente amplia y noble, y el perfil de su rostro no dejaba nada que desear al más apasionado de la estatuaria gentílica.

El señor Juan, un bendito a pesar de su cara hosca y de su voz llena de acritudes, andaba un poco y un mucho desazonado con las decisiones del Altísimo, que había impuesto tan pobre retoño á tan robustas encinas.

No era, sin embargo, del todo justo el Cantueso al juzgar á su presunto heredero; éste, á su manera, contribuía á llevar al troje el indispensable grano; él era el que iba á Málaga a vender los escasos productos de la finca, y, según confesión de los cosarios del partido, ninguno de ellos los vendía más pronto ni mejor, lo cual era sin duda un mérito indiscutible, el cual siempre sacaba á relucir la cortijera en las eternas disensiones con su marido. 

—Mía tú qué gran cosa—solía responderle éste;— pá eso en tó el partío no hay un armendro en fruto que varga lo que uno mío en flor, y mis chumbos son azúcar y mis jigos mier de cormena. 

—Y tu leña palo santo, ¿verdá? Y la señá Tomasa se iba más que de prisa por no embestirle á su marido, el cual parecía tener sentado al mozo en mala parte, menos cuando alguno de los muchos alifafes que combatían al zagal desde su niñez lograba meterlo en cama, pues entonces volvíase el señor Juan la camisa lleno de sustos y congojas y era menester taparse los oídos para no oírle desbarrar unas veces y otras poner el grito en el cielo jurando y perjurando que detrás de cada mata debían sembrarse una botica de las mejores y un médico de los de punta, y cuidarlo más que á los naranjos del huerto. 

Cuando llegaron al lagar las negras, una de las nubes más grandes que le cayeron encima al Cantueso fué el pensar en el porvenir del mozo. ¿Qué sería de éste Cuando él entornara el párpado? Tendría que dar un jornal para no morirse de hambre, y seguramente se dejaría pegada el ánima á la espiocha. Pensando en esto el buen hombre, sentía humedecérsele los ojos, y hubiera vendido á retro el corazón por dejar al abrigo de temporales á aquel zanquilargo que no tenía dos onzas de salud ni dos adarmes de fuerza. 

Bernardo y su padre eran huéspedes; mejor dicho, formaban parte de la familia desde muchos años atrás. Una tarde, cuando aún en el monte no se veían más que pámpanos y racimos, presentóse en el lagar el tío Salustiano con el chavalillo —un guripato con el plumón todavía— á horcajada sobre los hombros, y después de tomar resuello y de meterse de golpe y porrazo casi entre las llamas del hogar, dijo dirigiéndose al Cantueso, que, sentado con la señá Tomasa cerca de la chimenea, lo contemplaban sorprendidos mientras algunos gañanes dormitaban sobre el desigual empedrado: 

—A la pa e Dios, caballeros. 

—Venga osté con él, güen amigo.¿En qué le poemos servir? 

El tío Salustiano, después de medio chamuscarse, respondió: 

—Ostedes isimulen la libertá; ¡pero corre un relente!... 

—Pá eso jizo Dios la candela, pá que se calienten los probes que tiritan. 

—Y pá eso jizo güenos á los poerosos, pá que lo consientan. 

—Y ¿qué es lo que le trae por estos linderos, tocayo? 

—Paece mentira que no me haigas conocío; verdá es que ya está el arbo tan escascarao... 

El señor Juan miró fijamente al desconocido que apretaba al rapaz contra el pecho, y después, encogiéndose de hombros, le repuso: 

—Tan será asina que no lo ricuerdo; pero eso no impíe que pase osté aquí la noche, porque la pícara se presenta de rechupete. 

—Conque no me ricuerdas, ¿verdá? Pos bien; yo soy Salustiano er de Casariche, hijo de tu tío José er de Utrera. 

—¡Qué Dios! No tié ná de particular que no te ricuerde; no te he visto más que una vez, y de eso jace lo menos... lo menos... 

—Diez y nueve años justos y cabales. 

La señá Tomasa había tomado en brazos al chicuelo, que con la nariz y las orejas amoratadas contemplaba el fuego con infantil alborozo, tendiendo hacia él las ateridas manos. 

—¡Ánger de Dios!—exclamó la cortijera.— Viene jecho un terroncito e nieve. Juana, Juanilla: daca una tacica de leche. ¡Cudiao con el hombre! Sa menester estar más loco que una cabra pá traer asina á esta criaturita con el frió que jace. ¡No tié perdón e Dios! 

—Tapao con er corazón jecho dobleces lo hubiera yo traío, señá Tomasa; pero no hay más leña que la que arde. Antier vendí la manta en seis riales á Toñico er de la Encrucijá, ¡y ya, como no venda los palillos der sombrajo, ó er sombrajo e mi presona! 

—Hombre, ¿y tu lagar der Fraile

—No me jables de eso: er mundo da muchas güertas, y si la tierra juera justa, no jecharía de aquí alante la de mí cortijo más que escorpiones y cisañas. 

Y al decir esto, le temblaba la voz al tío Salustiano. 

—Y ¿quién ha sío el que ha sentao sus riales en tus terrenos? 

—¡Quién había e ser! Ortega er de Casaya; no se aterminó á jecharme él en presona; no puso er pecho elante, y jizo bien en medió de tó; no juí á buscarle er corasón por este angélico, pero tó se andará más largo es er tiempo que la fortuna; arrieritos somos. Puée que yo argún día güerva sobre mis pasos, y mar camino es er que se desanda; y er día que lo desande, no le vale ni er manto e la Virgen de la Pena. 

Y el tío Salustiano se incorporó convulso de ira, con el semblante terriblemente contraído y las manos crispadas. Poco á poco fué dominando su excitación, y cuando su primo hubo de alargarle la petaca, volvió á sentarse, colocó al lado de la silla el mugriento sombrero, y con los ojos bajos, en tanto liaba el cigarro, siguió diciendo: 

—Principiaré por la punta. Como tú sabes, jace ya tiempo están las cosas mu malas; jace cuatro años vino uno en que no llovió en Marzo ni en Abril y se mos quemaron las cimenteras; mos llovió endispués, en Mayo, y se mos pudrió lo que queaba; y como el agua no fué mucha, mos mató la mitá del arbolao, y se mos queó en cruz y en cuadro el olivar, y en cuadro y en cruz los armendrales. 

Como cuando Dios ice agua va jasta er mesmo sol gotea, le entró una enfermeá al ganao, y de veinticinco cabras, que eran veinticinco minas e plata, mos queó er cabrío y el cabrero, y ¡ya se ve!, como hay que comer, manque no sea más que un día sí y otro no, y como Ortega andaba prevelicao por mi cortijo, y me estaba metiendo los ineros por los ojos, los tomé; ¡no se me hubieran caío antes las manos! ¡Bien me ecía mi probe Dolores, que Dios tenga en su santa gloria! «¡Ese inero es un cangro!» Era verdá; ¡un cangro ha sío! 

Pos bien: tomé aquellos cuatro maraveíces: hipotequé jasta er pelo; jace dos meses venció el plazo, y como dende que jice la hipoteca nengún año ha venío con cormo, no púe pagar, y hogaño, cuando tenía la mies maúra y los olivares llamando á gritos á los tordos, se mos presentó el escribano y el arguacil. ¡Por poquito no los mato! ¡Puñales se me jicieron las pestañas! En fln, más vale no jablar de eso; la verdá es que san queao con too y man dejao sin más tierra que la que piso cuando no sarto, y sin calor que darle á ese probecito desmamparao, y vengo, primo, á icirte: Aquí tengo dos brazos e bronce y una voluntá e bronce también, ¿quiés darme trabajo, y asina no tendré que dir á peirlo de puerta en puerta, ni necesiá de que me pisen los extraños? 


(Se continuará)

lunes, 24 de diciembre de 2012

Reseña sobre El lagar de la Viñuela



En marzo de 1896, y con ocasión de haber dado á la imprenta el Sr. Reyes el tomo de poesías que lleva por título Desde el surco, decía yo, desde las columnas de la revista profesional Centro Pedagógico, que, en cuanto se despojase el poeta del pesimismo no sentido que le embargaba y que le hacia aparecer como un romántico que sólo sentía la inspiración de un monoideismo, habría de destacarse la figura del genial cantor, con caracteres propios y matiz peculiarísimo, en nuestras corrientes literarias. 

Al afirmar, en aquel entonces, tal extremo, lejos estaba de pensar que el autor de tan bellas composiciones abandonase la lira, para entrar de lleno en el campo de la novela, y así, cuando en el pasado año dio á luz el Sr. Reyes su obra Cartucherita, creí que la producción no habría de señalarse sino como un intento de pintura ó como un descanso en la labor poética. Recuerdo que, en el almuerzo que amigos y admiradores de Reyes organizaron, en el pasado abril, para festejar el triunfo de Cartucherita, hubo de sentarse á mi lado Gonzalito Anaya, un joven que promete mucho, y con él me condolí de que Reyes hubiese dejado el verso para cultivar la novela. 

Hoy reformo mi juicio, aun lamentando que el autor de El Contrabandista haya relegado al olvido las musas; y tanto más es este mi juicio sincero, cuanto dejo sentada mi equivocación; y, como palpable prueba de lo que Reyes puede hacer y da lo que hace, aparece hoy El Lagar de la Viñuela, no ya como un cuento más ó menos determinado por el estudio de caracteres y temperamentos (que, en mi concepto, es lo que. informa la novela Cartucherita), sino como una verdadera novela, en la que resplandece la personalidad artística del autor de tal forma, que quien conozca á Reyes sabe que no pueden ser de otro aquellos giros y aquella diáfana belleza que se transparenta tras los bellísimos diálogos, y, quien personalmente no le trata, fácilmente puede reconstruir la personalidad, merced á la lectura de cualquiera de los bellos capítulos que componen el libro. 

Se ha asegurado por un eminente crítico, al tratar de la obra que motiva estas líneas, que el autor de El Lagar de la Viñuela presiente lo bello, supliendo con este innato presentimiento su poco conocimiento de las literaturas, y yo creo que no es tal presentir lo que caracteriza á Reyes, sino una vibración estética bajo cuyo influjo todo lo ve al través de un prisma de una belleza, determinada por el ambiente andaluz, que constantemente siente dentro de sí, y cuyo concepto artístico sabe expresar con tal propiedad, que son sus cuadros verdaderas fotografías luminosas de una realidad vivida. 

Salvador Rueda y Arturo Reyes aparecen hoy como cultivadores de lo que, con más ó menos propiedad, ha dado en llamarse novela andaluza: los dos han enfocado el objetivo de sus temperamentos de artista al estudio de los cuadros y costumbres de esta hermosa tierra; los dos estudian y sacan sus personajes de la realidad, y, sin embargo, la factura es distinta, como distinto es el temperamento de los dos artistas. Se distingue Rueda por su descriptiva, por su poesía, por la tonalidad de sus bellísimos paisajes, por el colorido que siente dentro de sí, apareciendo en sus preciosas novelas ese ambiente local, esa frescura propia del que ha visto y recuerda, con memoria de artista, cuadros y paisajes que emergen del fondo de antiguos y bellos recuerdos. 

Reyes, por el contrario, no tendrá esa visualidad de cuadros (tal vez porque no haya sido actor dentro de uno de esos paisajes) pero posee una facilidad pasmosa para el diálogo, conoce más lo interno y sabe buscar la emoción artística en el estudio de las pasiones, sin que por eso descienda á análisis psicológicos ni á procesos pasionales. 

La Reja y El Lagar de la Viñuela son novelas que acreditan la personalidad de cada autor. Las dos, amalgamando lo descriptivo de una con el diálogo de la otra, formarían una obra completísima. En la una, Rueda, con esa poderosa retentiva que le caracteriza para la descripción, traza páginas que son verdaderas maravillas de color y luz, y, en la otra, Reyes, viviendo en cada personaje, nos deleita con diálogos y giros, en los que no se sabe qué apreciar más: si la naturalidad ó la pintura de los caracteres. 

La fábula en que descansa la obra es sencilla: no podía ser de otra manera, siendo de Reyes, que ama lo bello en lo no complicado y que rechaza las disquisiciones psicológicas y los argumentos que son traídos para plantear una tesis ó solucionar un problema. 

En mi concepto, Reyes vio el cuadro, trató sus personajes, se bañó en la luz de los montes de Málaga, aspiró la poesía del paisaje, tal vez presenció el hecho que informa el libro, é, impregnado de todos estos elementos, recogidos, por su temperamento, estos datos, se puso á escribir, y, de un tirón, sin soltar casi la pluma, llevando al papel aquellas imágenes que se proyectaban con tanta luz en su sentir, formó El Lagar de la Viñuela, que es acreedor, por más de un concepto, al aprecio del público. 


G. PÉREZ ARROYO

Reseña sobre El lagar de la Viñuela




Entre otros méritos que encuentro en El lagar de la Viñuela, es uno de los principales el de no ser reflejo de lecturas ni de prejuicios de secta literaria, sino producto de observación directa de la vida. 

En España, y muy particularmente entre la juventud, domina el elemento libresco. Más que estudiar por sí mismos la naturaleza, los escritores jóvenes de nuestro país buscan su inspiración en la lectura de libros, casi siempre franceses. Arturo Reyes no es de aquéllos: enamorado de la hermosa tierra andaluza, su patria, conociendo el carácter, las costumbres y el lenguaje de los hijos de Andalucía, sintiendo y pensando como ellos, el autor de El lagar de la Viñuela es de los escritores que saben trasladar á sus libros pedazos de la realidad. 

La historia que cuenta Reyes en su novela es sencillísima, lo que no estorba, antes favorece á su fuerza dramática; la acción se desprende lógicamente de los caracteres y de las circunstancias del medio ambiente; no lleva el autor á los personajes á trancas y barrancas; van ellos por su pie, arrastrado cada cual por sus inclinaciones ó por el impulso avasallador de la pasión. El cambio que experimentan los sentimientos de Dolores, lejos de ser un defecto contra la integridad del carácter de la protagonista de El lagar de la Viñuela, es, en mi concepto, prueba de la intuición psicológica de Reyes. 

Un escritor vulgar hubiera hecho de la apasionada muchacha una especie de Isabel de Segura rústica, esperando á su gentil galán día y noche, sin pensar en otra cosa que en la vuelta del mancebo. Esta inquebrantable firmeza de las grandes enamoradas tiene, por desgracia, frecuentes excepciones, y la Viñuela es una de ellas. 

Bien mirado, la evolución de sus inclinaciones no puede ser más lógica. Cometida su falta en un momento de olvido, ó más bien de sorpresa, necesariamente ha de sentir hacia el ausente, que al partir la deja sumida en la ignominia, algo que ensombrece sus amores. Pasa el tiempo, y la moza ve constantemente á su lado á Bernardo, vigoroso, gentil, honrado, respetándola como se respeta á la Virgen del altar, rodeándola de tiernas atenciones, defendiéndola con bríos contra los ataques de la murmuración. Durante cinco años, el mismo techo cubre á los dos jóvenes, los mismos trabajos los juntan á todas horas, las mismas impresiones los rodean. Son dos almas que vibran al unísono; primero los une sentimiento fraternal, después este sentimiento va transformándose en vagos deseos, en amor inconsciente, en atracción poderosa que al cabo se convierte en pasión violenta, tanto más fuerte cuanto más contenida está por los sentimientos de honradez y de lealtad de los dos enamorados. 

Podrá lamentarse que las mujeres no sean semejantes á estatuas de mármol, que conserven siempre la misma postura moral, como las esculturas guardan invariable actitud; pero si el corazón humano está sujeto á las oscilaciones con que la pasión le agita, si en el caso concreto presentado por el Sr. Reyes son tantos los estímulos que influyen sobre el alma de la Viñuela, ¿podrá con razón tacharse de ilógico el cambio de la hermosa andaluza? 

Lo más hermoso de esta historia de amor es la lucha que entre el deber y el deseo se traba en el corazón de cada uno de los amantes, lucha de la cual se ven brotar las tremendas angustias en el breve diálogo, único de amor, que media entre Bernardo y Dolores. Aunque no tuviese El lagar de la Viñuela más bellezas que las de esta escena, bastaría ella sola para acreditar á Reyes de verdadero artista. 

Y empleo la palabra escena, porque, en efecto, el elemento dramático domina en todo el libro; tanto es así, que con poco esfuerzo podría convertirse la novela en obra de teatro. 

¡Qué hermoso también el cuadro en que el autor pinta á Bernardo dormido y á Dolores entrelazando las ramas del árbol á cuya sombra descansa el zagal para defenderle de los rayos del sol!... Este delicado idilio me recuerda los hermosos episodios de Mireya; y ya que acabo de escribir el título del famoso poema provenzal, he de decir que á la novela de Reyes son, en mi concepto, perfectamente aplicables las siguientes frases que Barallat y Folguera, traductor del poema de Mistral, escribe en el prólogo de Mireya: «Es un repertorio de la flora, de las costumbres, de los modismos, de todo lo que constituye la vida de un pueblo trabajador y artista.» 

Yo no sé si los modismos que emplean los personajes son los que usan los habitantes de la región en que figura la novela; ignoro también si la copia de las costumbres es rigurosamente exacta. De todos modos, el color de la novela tiene verdad relativa bastante para justificar el adjetivo de andaluza conque el autor califica á su novela. 

No sería tarea muy difícil encontrar en El lagar de la Viñuela tal cual defecto, como, por ejemplo, lo borroso de la figura de Agustín, cierto estiramiento de la acción que quizá habría ganado en fuerza siendo más concisa, y excesiva abundancia de diálogos...; pero estos defectos ni amenguan el interés del lector, ni perjudican al buen nombre que alcanzó Reyes con su libro Cartucherita, ni, finalmente, defraudan tampoco las esperanzas que á los amantes de la literatura hizo concebir la publicación de aquella novela. 


ZEDA.

Reseña sobre El lagar de la Viñuela


Voy á hacer tragar al lector unas píldoras de crítica.

No sabemos si alguna estética ha clasificado la literatura amena en dos grupos: la que fatiga y la que interesa. Por mi parte, distingo mejor esa división que la de la literatura regional cuando no tiene dialecto propio: acaso en el atomismo á que vamos descendiendo, y que hará del siglo XX el siglo de los microbios si Dios no lo remedia, tendremos novelas de familia, dada la tendencia á empequeñecer y estrechar el horizonte. Prefiero los que vuelan á los que se encogen; pero no rechazo géneros en literatura, y mucho menos que cada cual se inspire en lo que mejor conoce. El lagar de la Viñuela, que su autor D. Arturo Reyes califica de novela andaluza, reúne todas las condiciones para serlo: autor, lugar de la acción y diálogo andaluces. No parece que debe haber duda en la veracidad de las descripciones, el provincialismo de los tipos y del lenguaje en que se expresan; pero estas condiciones indispensables para la calificación del regionalismo necesitan un peritaje regional en cada caso, razón por la cual esa cualidad que hoy tanto se estima no pertenece al cuadro de las dotes esenciales de una obra literaria juzgada en su valor total y positivo; para la literatura universal, ó simplemente nacional, el regionalismo no es apreciable sino en cuanto sea un filón de donde se extraigan y lleven bellezas al arte en general; no tiene elementos para distinguir y apreciar el regionalismo; tenemos que descartar éste, sin negarle su valor indígena y sus encantos en el círculo por donde se extiende su corta acción: pero no reconociéndole como adelanto, sino como limitación que reduce la categoría de las obras que no pasan de ese círculo, aunque en conjunto pueden, por su abundancia, dar variedad y riqueza de tipos á la literatura nacional. El Lagar de la Viñuela, siendo, según los peritos, novela muy andaluza, es algo más: es una novela fresca, sentida, poética, delicada y juvenil; si el desenlace, que es lógico ante la razón, lo fuera ante el sentimiento, sería una obra deliciosa por completo; pero la desolación moral con que deja á los personajes después de una acción tranquila y dulce, y la indeterminación con que concluye, lo que se deslizaba claro y sereno tiene algo del terremoto en un paisaje risueño: á mi juicio, el final disloca la unidad de la impresión, ese sentimiento general que es el espíritu de una novela y que exige á unas terminar trágicamente, y á otras de un modo más dulce. A mi juicio, D. Arturo Reyes ha sentido la novela y ha pensado el final. Más inspirada que refiexiva, le iba saliendo por sí sola; en fin, que ha estado á pique de hacer una pequeña obra maestra sin querer, y se ha desgraciado en los momentos decisivos; pero que, á pesar de ello, está llena de poesía y sentimientos delicados, y es digna del juicio que hizo mi amigo C... en su sección de Libros presentados; pero no he podido prescindir de la ocasión que el libro me ofrecía para hacer algunas reflexiones.

Reseña sobre El lagar de la Viñuela


El Sr. D. Arturo Reyes, á quien ya hemos convenido en que es preciso dar bombo (y menudo fué el de Cartucherita, compadre) acaba de publicar otra novelita que se titula El lagar de la viñuela.

El título no puede ser mas incitante, y á Manolo Paso le hemos oído afirmar que no ha leído el libro, sino que se lo ha sorbido.

¡El lagar de la viñuela! ¡Qué recuerdos inspira ese titulo! ¿Verdad, Manolo? ¡Días y noches de orgía barata, que dijo el poeta! ¡Como aquella noche en que Dicenta y tú y otros

entramos á Saco (1) en Gante...!! 

Gante era un establecimiento,

espiritual secuela del lagar, 

como osaría decir nuestro amigo Salvador Rueda. ¡Y qué envidia le tiene Rueda á su paisano Reyes!

No por nada, sino por el titulo.

¡Miren que estropear un titulo tan sugestivo, tan pintoresco y tan mostoso para una humilde narración prosaica!

¡Menuda ristra de sonetos estirados podía hacerse a propósito del lagar ese! Ya nos parece oírlos:

Bajo los pies hercúleos que recios chocletean,
su canción rimbombante las uvas carmesíes
entonan salpicando churretes de rubíes
mientras que en sacra danza las mozas se menean.
En el lagar fecundo los himnos cabrillean
y de las mozas se oyen los ardorosos síes
y —¡Apretar, churumbeles— ¡Duro los borceguíes!
—¡Bailar con garbo!— dicen los ojos que marean.
Y así el lagar conviértese en suntuoso templo
y haciéndoseme agua la boca lo contemplo
lamiéndome los labios con emoción artística;
y en tanto continúa la horrísona monserga
y los espacios rompen los ecos de la juerga,
que es mitad juerga clásica y mitad juerga mística. 

Esto sí que sería canela ¿eh?

¡Lástima de título, Sr. Reyes!


(1) Don Eduardo.