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lunes, 21 de enero de 2013

Una cosa es predicar....



EL señor Paco, el «Viznaguero» [sic], llegado que hubo al rincón de la tarberna, donde solía coger las enormes «pitimas» que habíanle colocado en el lugar de preferencia que ocupaba entre los más famosos «curdones» de Andalucía, sentóse lentamente, puso en libertad el imponente abdomen, desabotonándose el chaleco y parte de la pretina, dió un resoplido de satisfacción, colocó el sombrero sobre una silla, sobre otra el enorme acebuche que servíale de sostén en los momentos más críticos, limpíose el copioso sudor con un pañuelo de los de yerbas y exclamó después golpeando en la mesa con el puño cerrado:

—¡A, ver tú, «Cantinero», á ver si me das una miajita de orégano, que me duelen los ijares!

El «Cantinero», un chaval morenucho, escuálido, de cara truanesca y de rizados tufos que contemplaba indolentemente á los parroquianos rescostado contra una de las cuarterolas,canturreó,al par que dirigíase al mostrador sobre el cual la cristalería brillaba húmeda y limpísima alrededor de las doradas cafeteras:

Dale orégano á mi niña
que está mi niña mú mala,
á ver si con el orégano
recobra lo que le falta.

—Señó Paco, ¿sabe usté lo del «Pucherete»? —preguntóle al «Viznaguero» Julián el «Pecoso», que reclinado contra la pared en una silla, en un extremo del hondilón,con los brazos cruzados sobre el pecho, en mangas de camisa, contemplaba en perezosa actitud el gato que dormitaba muellemente sobre el barril del amontillado.

—¿Lo del «Pucherete»? ¿Qué le ha pasáo al «Pucherete»?  ¿Es que le han zurció por fin los pantalones?

—¡Cá, eso nunca, antes morir! Lo que le ha pasáo es que la mujer le ha dáo un crujío que le ha convertío un ojo en un coco de la Habana.

—¿Pero es de verdá eso? ¿Es posible eso, camará? ¿Pero es posible?

—Tan verdá como el bombardeo der Callao.

— ¡Paéce mentira, señor, paéce mentira que haiga hombres de esas jechuras; cuidao que sa menester..! Mira tú, «Cantinero», ¿no me traes eso que te he pedio?

—Ya está aquí, hombre, no hay que calar la bayoneta por tan poquilla cosa—repúsole el muchacho colocándole delante una bandeja con doce «cristales», capaces cada uno de ellos de hacer ver dobles los objetos al más miope de los nacidos.

—Pos cuidiáo que sá menester tener vendía á retro la vergüenza pá premitir esas cosas —continuó el «Viznaguero»— Lo que es si yo fuera el «Pucherete» otro gallo le cantara á Pepa la «Tomisera».

—¡Naturalmente que sí!—exclamó Julián con tono irónico,al par que contemplaba al viejo con burlona expresión.

—Parece que eso lo dice usté tocando á «quea» y ya sabe usté que yo no soy hombre que aguante esos repiques.

—¡Naturalmente que sí!—repitió el «Pecoso» en el mismo tono con que hubo de decirlo la vez primera.

El señor Paco le contempló con mirada trágica durante algunos momentos, apuró sin pestañear después dos ó tres «cristales» más, limpióse la boca con el dorso de la mano y dijo con tono en que la compasión y el desprecio vibraban al unísono:

—No me alevanto y no me voy pá usté, y no le saco á usté un riñon y no me lo como sarteáo, porque con tó usté no tengo ni pá empezar una merienda.

—Naturalmente que sí—tornó á repetir el «Pecoso» con el mismo acento de zumba, plácido y riente.

—No lo repita usté más—gritó el «Viznaguero» con acento iracundo al par que se incorporaba en amenazadora actitud—¡no lo repita usté ú no le quea á usté peca aonde yo no le ponga un «dátil», ó un prescinto ó una puñalá trapera!

Y al decir esto, centelleábanle al señor Paco los ojos con terrible expresión; en sus mejillas amenazaba saltar la sangre y sus manos crispadas y temblorosas prometían lo que las garras de tigres encolerizados.

Julián el «Pecoso» púsose pálido y se incorporó diciendo con tono que no hablaba nada bien de su bizarría:

—Pos no toma á usté mú á pecho una broma, ¡camará! Pos diga usté que pá ser amigo de usté se necesita acorazarse como si fuera uno un crucero.

—Es que yo lo aguanto tó menos que se me tome de lila—repúsole el señor Paco á quien la explicación del «Pecoso» parecía haber servido de poderoso freno.—Y sobre tó cuando lo que yo platico es el Evangelio; lo que yo digo lo mantengo siempre; el hombre que se deja sopapear por una mujer, eso no es hombre, sino dos varas de «fulá» ó de muselina morena; y se lo vuelvo á repetir á usted: ¡si yo estuviera encima de los tobillos de «Pucherete» otro gallo le cantara á Pepa la «Tomisera»!

Ya había transcurrido una hora; ya el señor Paco y el «Pecoso», dando generosamente al olvido insignificantes quisquillas, é inspirados ambos por el néctar olorosísimo y riente de las vides montillanas, hablábanse de tú, reconocíanse como las dos más altas personalidades de la provincia y no osaban incorporarse por temor á enterarse de modo contundentísimo de la mucha ó poca resistencia de la solería, cuando:

—Ya la cogiste, so pendón, so jartico de roár, so Pijolín, zo don vergüenza perdía — gritó la seña Pepa la «Tabardillos», dignísima consorte del «Viznaguero», penetrando en la taberna chancleteando, con el rugoso semblante lleno de indignación y puestos en járra los brazos escuálidos y renegridos.

—No, mujer... no... si yo no he bebió más que una copa; si ha sío que éste me ha convidáo—exclamó el señor Paco con voz temblorosa y asustada actitud.

—Sí, yo... yo... yo... lo he conviáo—exclamó el «Pecoso», golpeándose tres veces consecutivas en el robusto pecho...—yo lo he conviáo y él me ha conviáo á mí y dambos mos hemos conviáo y yo tengo pá usté...

—Anda pá casa, so charrán; anda pá casa—exclamó la señá Pepa, agarrando á su hombre por un brazo, no sin arrojar antes una mirada de cómico desprecio sobre Julián el «Pecoso».

—Yo no voy á ninguna parte, yo me queo aquí con éste y con estas señoras—balbuceó torpemente el señor Paco, señalando primero á su amigo y después las botellas que acababa de llenar por décima vez el «Cantinero».

—¡Tú, tú quearte aquí!

Y de tal modo vibró el acento de su irascible compañera en los oídos del heroico «Viznaguero», que olvidándose éste, como ocurríale siempre en casos tales, de sus alardes varoniles, inclinó humildemente la cabeza y murmuró con acento plañidero:

—Güeno... me iré contigo... pero no me jurgues con las uñas,que se me enconan.

—Pos anda ya pá casa ó te lisio; anda que vas á llegar á casa con el cuerpo dolorío.

Y mientras la señá Pepa tiraba desesperadamente del señor Paco,que no osaba declararse en rebeldía,y el «Pecoso» lo miraba alejarse como con ojos de espanto más que de sorpresa, el «Cantinero» decíale á éste:

—Ya ve usté que una cosa es predicar y otra cosa es el dar trigo. 

Y dicho esto, dirigióse el muchacho hacia la pizarra que era el libro de cuentas corrientes, donde llevaba la de todos ó casi todos los «curdones» del barrio de la «Goleta».

Divagando



LOS TEATROS
Divagando.
 

Mil veces se lo hemos dicho; mas sin duda, aunque parece malagueño, Arturo Reyes ha nacido en Tauste ó Calamocha, y es atrozmente testarudo.. ¡Ah, si Reyes escribiese para el teatro!... Muchos  moños veríamos por tierra, y él, muchos duros en el bolsillo. Pero es inútil, y el joven escritor sigue erre que erre y dale que dale, sin soltar las preciosas novelas ó los magníficos cuentos, cantando como el caminante baturro: 

Nadie le mande á mi burra
que en mi burra mando yo,
cuando quiero digo arre,
cuando quiero digo sooo.

Para demostrar simbólicamente que si el arrierro aragonés tenía el dominio soberano de su burra, él tiene sobre su pluma iguales prerrogativas, y Cristo con todos.

Triste Regreso

 Publicado en:  Nuevo mundo (Madrid). 10/8/1905, página 5



TRISTE REGRESO

Ya regresa el campesino
á su rústica morada,
con el alma dolorida,
y henchido el pecho de lágrimas.

Todo le niega su ayuda,
el sol que todo lo abrasa,
la nube que más se aleja
mientras más y más la llama;
los campos donde no brilla
verdor alguno; la rama
que abate sus hojas mustias
como las aves sus alas;
el surco donde se quema
la simiente; el río que en charcas
convirtióse; las acequias
donde ya no bulle el agua,
ni dá sombra el cirolero,
ni tejen su red las zarzas,
ni los pájaros gorjean
sus amores; la montaña
donde el pastor condolido
de su rebaño, se afana
en buscar lo que no encuentra;
las vides sus verdes pámpanas
y hasta su miel los panales
y hasta el cielo la esperanza.

Y llega el pobre labriego
al dintel de su cabaña
donde la miseria luce
su faz imponente y trágica;
y su hogar está apagado,
la golondrina no canta
en su nidal; duerme el perro
en la puerta; todo calla
cual con silencio de muerte,
con un silencio que espanta;
y contempla el campesino
cómo en torno de su amada,
de su pobre compañera,
se agrupan, como en demanda
ya que no de pan, de besos
que ella les prodiga en lágrimas
silenciosas empapados,
sus rapaces y rapazas,
que al verle llegar lo miran
de tal modo, que traspasan
cual con terribles puñales
su pecho, con sus miradas:

Y el hombre posa en los cielos
los ojos y tal retrata
su faz; su horrible martirio,
que la que de él aguardaba
consuelos, á consolarle
conmovida se levanta,
y solloza el campesino
y solloza la aldeana
y sollozan los rapaces
y sollozan las rapazas. 


                                                                                                      Arturo Reyes

Un pueblo sin vecinos. Visita a Casarabonela



UN PUEBLO SIN VECINOS
VISITA Á CASARABONELA
CARTA TELEEGRÁFICA DE ARTURO REYES
Málaga 5 (2,15 tarde)

Cansado de contemplar el trayecto de Pizarra á Casarabonela, bajo un cielo de implacable azul, ambiente canicular, campos donde las sementeras se tienden en los surcos como abrasadas por hálito de incendio, árboles de hojas pálidas y desmayadas, laderas áridas, ganados macilentos, pobres lagares, perspectiva, en fin, de donde huyeron sonrisas y esperanzas; cansado de la contemplación de tanta desdicha divisé el pueblo desde la venta del Vicario, traspasado que hube el Estacar del Tesorillo.

Destácase el pueblo como suspendidos en la vertiente sus blanquísimos edificios, rodeado de huertos, naranjales é higueras, si un tiempo frondosísimas, hoy mal defendidas por los aminorados veneros de la Sierra; pintoresco caserío, sendas donde crecen zarzales, moreras y ciroleros, y al contemplarlo pensé amargamente que allí, uno de los más pintorescos rincones andaluces, hace sentir la miseria sus terribles rigores, sus abrumadoras congojas, sus tristezas infinitas.

— La cosa está que asesina—díjome el arriero con quejumbrosa voz.—No sé qué va á ser de tanto probe, que es el hambre mú maliya consejera, y no saben los poerosos cómo se nos jincha el corazón de lágrimas y cómo se mos va er sentio cuando yegamos á nuestros cubiles y se nos agarran á las piernas nuestros gurripatos, y mirándonos de un moo que mos mata, mos gritan:—¡Padre, pan! ¡Padre, mosotros queremos pan!—Y mosotros, que daríamos por eyos la vía, no poemos dayes er pan que los angélicos mos píen.

—¿Pero es cierta tanta desventura?—preguntéle emocionado.

—¿Que si es cierta? Supóngase usted, mostrarno, que desde Febrero no crían regazo las cucharas de los probes. ¡Ya se vé! Como todo el pueblo de Casarabonela cabe en la parma é la mano y son ochocientos ó novecientos los jornaleros, pos cuasi toos eyos van á buscarse la via á la vega de Málaga, á Campanillas, á la recolección de la pasa, á la campiña de Jerez en la época de la siega, viniendo solamente algunos días por Carnaval, por la Virgen del Rosario, por Semana Santa y Navidades; por cierto, que cuando retornan de la campiña traen las espaldas en carne viva, tan requemaitas der sol, que pena da mirallos.... Y como Dios no ha querío mandarnos agua y como toitico está jecho yesca, aquí en Málaga y Campanillas, pos los probes han tenío que barar en er pueblo como er pueblo no dá arpiste pá más de tres gorriones y jasta las huertas nos darán hogaño fruto, pos velay usté, si es que Dios no lo remedia va á ser menester dir pensando ya en la mortaja.

—¿Y las autoridades y los más acomodados del pueblo, qué han hecho en favor de tanto desvalido?

—Too cuanto han debío y han poío, la verdá en su lugar, toos han tenío pá con los probes mú güenos comportamientos; pero es que á la tercera sarva se les arremató la pórvora, lo cual no tié na de particular poique aquí er más pocroso no tiée más é cuatro maraveises, que aquí tóo es der duque de Fernán-Núñes y der conde de Casa-Parma. Pos bien, viendo la cosa de moo tan malillo se jueron toós ar gobernaor, que ha colocao 150 en la carretera de Peñarrubia; pero los demás ¿qué van á jacer? Ná. Crea usté, nostramo, que muestra salvación sería la carretera de Pizarra á Peñarrubia. Eso daría é comer á los jornaleros de varios pueblos, y por eso, la comisión que fué á Málaga enviará mañana ar rey un memoriá con las firmas de los Ayuntamientos de Pizarra, Tolox, Alozaina y Casarabonela, pidiendoselo por Dios y por su Santísima madre.

Esto díjome el arriero y esto mismo distinguidas personalidades y entre ellas el virtuoso sacerdote Sr. García Marqués. Esto también hombres de humilde condición, y en Pizarra el fondista D. Antonio Anaya y el cosario Antonio Corrales.

 Esto dijéronme todos aquellos con quienes hablé, y cumplida aunque torpemente mi misión, réstame sólo invocar con todos para los que padecen hambre, para los qué sufren, para los que, en medio do su desdicha, saben mantenerse dentro de la más estricta corrección, para los infelices jornaleros de Casarabonela, en fin, el apoyo de los más altos poderes, de la prensa y de las almas grandes y de los corazones generosos.

Reseña de Cosas de mi tierra



Con el título de «Cosas de mi tierra», acaba de publicar un libro el distinguido escritor malagueño Arturo Reyes.


Media docena de cuentos forman el volumen —por cierto cuidadosamente impreso y profusa y artísticamente ilustrado—y cada uno de ellos es un acabado cuadro de costumbres, pensado con la donosura y la justa observación del natural que tan legítima reputación han conquistado al autor de «Cartucherita».


El libro, como todos los de Arturo Reyes, será leído con avidez por los aficionados á la buena literatura.