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miércoles, 6 de febrero de 2013

Asociación de publicistas

Publicado en: El Liberal (Madrid. 1879). 19/12/1910, página 2.

El ilustro periodista D. Cristóbal de Castro, encauzando su iniciativa y su acción hacia una eficacia social, simpática; práctica en extremo, se ocupa estos días, con la actividad en él peculiar, de la organización de una Asociación de publicistas.

Útil y notable, como suya, es la iniciativa del brillante cronista. La nueva Asociación, según los propósitos de su organizador, será una garantía y un arma que defienda los derechos de cuantos viven de escribir.

«La Asociación de publicistas—dice anoche Castro en el «Heraldo»—no establece lucha de clases, ni guerra de tarifas, ni fieros males económicos». Orea, sencillamente, una organización para vender los
libros por su cuenta; se vale de los medios de propaganda y de publicidad que le cuestan menos y tiende á suprimir los intermediarios. La cosa es clara como el día y tan fácil que más no puede ser.

Esto en el orden financiero, fin inmediato y próximo, como diría cualquier intérprete de Kant. Pero como la Asociación no estará constituida por hombres guarismos, sino por hombres de ideal, el ideal mediato ó remoto—no tan mediato ni remoto que lleguemos á él con canas— será la difusión del libro hasta convertirlo «en cosa de primera necesidad», como insinúa, con hidalgo romanticismo y noble afán patriótico, el Sr. Palacio Valdés.»

Entre los adheridos á la idea de fundar la Asociación de publicistas, que apenas ha salido aún del Ateneo, figuran ya ilustres literatos y periodistas como Palacio Valdés, Arturo Reyes, Pérez Zúñiga, Hoyos y Vinent, Enrique de Mesa, Villaespesa, Luis de Oteyza, Gómez de la Serna, García Sanchiz, Rafael Urbano, Bejarano, Gómez-Hidalgo, Antón del Olmet, Canitrot, Romero de Quiñones, Juan Pujol, Luis de Terán, Rafael Torromé, Pérez de Ayala, Alonso Cortés y otros.

Mañana martes, á las cinco de la tarde, celebrarán en el Ateneo Junta general y en ella quedará constituida la Asociación de publicistas.

viernes, 1 de febrero de 2013

Congreso Universal de la Poesía




Este original Congreso, anunciado para Valencia, y que se aplazó por aguardar al viaje de la Rema Victoria, que ha de presidirlo, será el número más saliente de los festejos reales que prepara la ciudad del Turia para mediados de octubre.

En seguida de fijada la fecha del viaje regio, se imprimirán los billetes de ferrocarril para los congresistas y se enviarán á domicilio.

Ayer celebraron los señores marqués del Turia y Miguel de Val una conferencia á fin de ultimar algunos detalles relativos al proyecto.

La fiesta, que presidirá !a Reina Victoria, se celebrará en el estadio de la Exposición, con un programa de concierto musical, representaciones clásicas en artístico tablado al aire libre, cantos populares por parejas de tipos regionales, lectura de versos por los grandes poetas y un hermoso discurso final.

El local estará espléndidamente decorado por las más bellas flores vegetales y humanas de Valencia.

Las adhesiones son muchas, no solamente de escritores y poetas.

En la lista de estos últimos figuran los nombres de Rubén Darío, por Nicargua; Amado Nervo, por Méjico;  Manuel S. Pichardo, por Cuba; Sr. Rendón, por Ecuador; Sres. Soto Hall y Mencos, por Guatemala, y otros literatos y poetas americanos: Icaza, Doublé Urrutia, Dávalos, Padilla, Dominici, Ugarte.

La Comisión organizadora del Congreso ha remitido invitaciones en francés a los principales poetas extranjeros, habiendo recibido entusiastas adhesiones de Portugal, Francia e Italia, especialmente de los apóstoles del futurismo.

El cónsul de España en Munich, por encargo especial de S. A. la Infanta doña Paz, muy entusiasta propagandista del Congreso de la Poesía, ha requerido el concurso de los poetas alemanes.

El poeta turco Abou Nadara y el chino Liju Juan han ofrecido su asistencia.

Entre los congresistas españoles, figuran los nombres de los señores duques de Rivas; marqueses de Figueroa y Valmar; condes de Casa Segovía y Carlet; condesa del Castellá; señoras Sofía Casanova, Filomena Dato, María Antonia Salvá, Rosario Acuña, Josefa Barrera, Eloísa Camundi y Pilar Rui-Gómez; señores Alfredo Vicenti, Rodríguez Marín, Francos Rodríguez, Rueda, Fernández Shaw, Marquina, Machado, Martínez Sierra, Álvarez Quintero, Villaespesa, Sandoval, Mesa, Silvela, Alcaide de Zafra, Zayas, Díez Canedo, Blanco Belmonte, Pérez Zúñiga, Cuenca, Rodao, Catarineu, Valero, Casero, Miranda, Brun, Vega, etc.

De Galicia: Pondal, Barcia Caballero, Tettamancy, Salinas, Ribalta; de Andalucía: Arturo Reyes, Urbano, Muñoz San Román; de Mallorca: Alcober, Costa, Llovera, Alomar; de Aragón: Pamplona, Arista, Mercadal, Moneva, [ilegible], Lhotellerie ; de Astúrias: Pérez de Ayala, González Blanco. Imposible citar todos los nombres. De Cataluña, a más de la condesa del Castellá, ya citada, y de Magín Morera, espérase una representación nutrida.

La obra fundamental del Congreso será la serie de sus publicaciones.

Aparecerá primero el Libro de Oro con una poesía escogida de cada uno de los congresistas; después la serie de monografías sobre la Poesía en las regiones españolas, monografías que formarán volúmenes aparte.

El estudio de La Poesía en Galicia, seguido de una antología de poetas gallegos, llevará la firma de Alfredo Vicenti; el de Andalucía, la de Rodríguez Marín; el de Mallorca, la de Gabriel Alomar; el de Valencia, las de Teodoro llorente y Calvo Acacio; el de la Mancha, la de Bonilla; el de León, la de Julio Puyol; el de Asturias, la de Andrés González Blanco; el de Aragón, la de Juan Moneva.

Alguno» de estos volúmenes, á los que se añadirán otros, están ya completamente ultimados por sus  autores.

El distintivo que usarán los congresistas es una artística medalla formada por un sol ornado de palmas y lauros y coronado de fortalezas.

Reseña de De Andalucía



De Andalucía. —Arturo Reyes es de los que calumnian sistemáticamente á su tierra. La Andalucía de sus libros no es un país real (afortunadamente; ¡Josús, hijo! ¡medrados estaríamos!) sino unos cuantos azulejos pintados, de esos que decoran los comedores cursis, con su torrecita mudejar en cielo de añil; cascadas de jazmines y claveles; mocitas repeinadas que se asoman á la reja envueltas en brillantes pañoletas, más elocuentes que un magistral de metropolitana; jaques majos con polainas, chaquetilla, calañés y trabuco; potros pintureros que hacen tantas retóricas con las patas como sus propietarios con la lengua; mantas de fleco, alamares, caireles; copeo, guitarreo, bailoteo y relampaguear de navaja si la hembra da celos. Ante estas novelas, estos cuadros, estas comedias, quédase uno pensando:—¡Dios mío! si esta gente es así, sin otro pensamiento que enlabiar á la moza y hostigar á la jaca, ¿de qué vivirán los pobrecillos? ¿Echarán hipérboles al puchero? — Y más que criaturas humanas nos parecen canarios en pajarera.


RAMÓN MARÍA TENREIRO.

Dos libros nuevos



"DE ANDALUCÍA"

Aún suenan los ecos de los elogios que la crítica nacional ha tributado al reciente tomo poesías de Arturo Reyes, y ya tenemos nuevamente que ocuparnos en una nueva obra del glorioso y fecundo escritor andaluz.

De Andalucía es una colección de cuentos amenos ó interesantísimos, que forman un elegante volumen repleto del mágico color y exquisito sabor locales en que impregna todas las labores la pluma galana que trazó Cartucherita.

Es muy difícil habiendo hablado ayer, hablando hoy y teniendo que hablar mañana porque dada la actividad mental de Arturo Reyes mañana tendremos que volver á  hablar de él y siempre que lo merezca lo haremos con gusto,—es muy difícil decir nada nuevo en lo que atañe á su personalidad literaria, ya de antiguo perfectamente definida por quienes dan y quitan valores en el mercado literario, que en las autoridades en la materia, los severos descontentadizos críticos profesionales.

Y si éstos han dicho siempre, sin excepción ni caso ni de cosa, en cuanto á la obra general de este novelista se refiere, que merece ser dado y estimado, la misión del gacetillero quedar  reducida á decir al público, al de Arturo Reyes, porque ya le tiene y muy numeroso: señores, Arturo Reyes ha lanzado otro volumen se titula De Andalucía, y es una colección de cuentos, como suyos, bonitos, interesantes, cultos, amenos.»

Hacer esto es lo más lógico, y decirlo así lo has honrado.

Reseña de Béticas



¿Por qué la mayor parte de los prosistas, cultivadores de distintos géneros literarios, publican  su correspondiente libro de versos?

El hecho es indudable: aun los infanzones ó hijosdalgo de la literatura, aun aquellos que, como  Menéndez y Pelayo y Unamuno, dedican sus talentos á la crítica ó la filología, nos regalan alguna  que otra vez alma y oídos con poesías de una exquisitez  horaciana. Raro es el escritor que no  ha hecho versos en sus mocedades ó en su decadencia, porque también el ocaso de la vida tiene, como la juventud, nostalgias, desengañes y  aun ilusionas que cantar; lo que sucede es que  para el poeta de verdad todo es poesía, y para  quienes lo son incompletos vibra tan solo una determinada cuerda.

Menéndez y Pelayo, por ejemplo, al sentir con intensidades nada comunes la poderosa belleza de  la lírica greco latina, escribe en clásico. El goce supremo que siente al recoger en los libros los  efluvios de la humana sabiduría, díctalo poesías  llenas de unción y rendimiento hacia los patriarcas del arte y de la ciencia. 

Arturo Reyes, familiarizado con los sentires andaluces; amante de aquel cielo incomparable, al  que se agravia llamándole hermoso; conocedor de  las añejas tradiciones morunas; saturado de las  castizas gallardías de los romanceros, no pudo  sustraerse á la sugestión de escribir renglones cortos, que tradujeran las distintas impresiones de  su espíritu.

Así, en el libro Béticas, que acaba de editar — primorosamente, por cierto—, predominan los romances, género español por excelencia, que como  ningún otro préstase á derrochar hipérboles, gritos de pasión, hidalgas confesiones de amor, caballerescas gallardías, fluidez incomparable de  lenguaje.

«Evocación» parece que se ha copiado de un antiguo «Romancero», y como esa composición tiene  varias, porque Reyes construye muy bien los romances, género literario al parecer fácil de hacer, pero que á la legua delata quién sabe hacerlo y quién no. Se necesita para ello estar saturado de lecturas de rancio casticismo, y conocer á  fondo la historia de España y la civilización medioeval hispano arábiga.

Ossian, el falso poeta que tanto hizo desvariar á  los nuestros á mediados del siglo pasado, no hubiera escrito mejor composiciones como las que  titula Reyes «En el Desierto» y «Oriental». Todo  lo que se relaciona con la guapeza, la donosura,  la historia de Andalucía, inspira hermosos versos al autor de Cartucherita; léanse, por ejemplo, las  composiciones «Acuarela» y «Sangre mora»: no puede pedirse mejor interpretación de las profundas pasiones que caldea el sol andaluz.

Es hermosa la sentida «Plegaria», dirigida á la  Virgen por aquella joven que acaba de nacer al  amor, y que desea justificar sus quereres ante la  excelsa Señora, diciéndola:

«Sufre, y lo sigo... Madre, perdona;
mas son mis besos las golondrinas
que han de librarlo de las espinas
de su corona.»

Pero, aunque Arturo Reyes titula su libro «Béticas»,  intercala composiciones de  diferentes tendencias  y estilos, como «Pasa», que recuerda las punzantes ironías de Heine; «Despierta», un canto al  verano, de un lirismo zorrillesco; «En Jimera de Libar», sextillas que pudiera firmar un Núñez de  Arce, en las que canta sus amores y  desengaños  un mozo juncal que

«desemboca en el sendero,
sobre una yegua ensedada,
digna de ser retratada
por Moreno Carbonero.»

En resumen: aunque el novelista me parece superior al poeta, los versos que Arturo Reyes recoge en su libro Béticas deleitan y son dignos de su irisada inspiración .

Levantino.

A punta de capote

Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 1/8/1910, página 7.


—Comadre, mú güenos días. 

—¡Josús, y cuánto güeno por aquí! ¿Qué méritos habré jecho yo la noche pasá pa tener este alegrón esta mañana?

—Pos no repique usté mucho, comadre, que entoavía va usté á concluir por ponerme en mitá de la del Rey.

—Eso no, asín viniera usté á darme un disgusto en vez de venir á traerme chocolate.

—A lo que yo vengo es á traerle á usté un colirio pa que vaya usté mejorando una miajita de los ojos.

—¡Pero qué empeño que tiée usté, comadre, en que yo ando mal de los ojos!...

 —Y tan mal como anda usté, comadre, pero por mí no deje usté su jacienda, que no tengo priesa ninguna.

—Pos mire usté, si usté me lo premite, voy á seguir planchando este camisón, porque, según parece, mi señor Don Cayetano tiée hoy que vestirse de gala pa dir á ver á algún diputao á Cortes.

—¿De gala, verdá? No es fijamente mal diputao el que tiée que ver ese caballero, otro diputao como el que tiée que ver el mío, porque el mío también hoy se ha vestío de tiros largos; como que me ha dao un sofoquín porque no tenía limpios los calcetines granate.

—¿Pero por qué ha de ser siempre tan mal pensá, comadre? ¿Por qué no ha de ser verdá que tengan que dir dambos á jacer esa visita que dicen?

—¡Que por qué no ha de poer ser verdá!—exclamó, incorporándose, como sacudida por un fleje de acero, Rosalía la Campechana.—Porque no lo es, porque yo esto que digo me lo sé á clavito pasao... ¡jaser una visita!... Como que dambos pendones tiéen quedir hoy á pendonear con dos archiduquesas
que acaban de llegar de Sivilla,dos lañas más jarticas de roar que un mingo sobre un tapete.

—Pero, comadre, ¿por qué se ha de creer usté siempre lo que le dicen ó lo que ensueña?

—No, comadre, que esto que le estoy diciendo yo á usté es el Evangelio; que esto me lo ha dicho á mí la Tapones, la sobrina de Antonia la de Pepillo el Trabuco.

—Pero usté no sabe que esa Tapones el día que no indispone un matrimonio bien avenío... aquella noche se le corta la digestión y no puée pegar los ojos.

—¿Pero qué interés diba á tener la Tapones en venirme á mi con un cuento?

—¿Y qué interés tiée en soltar baba los caracoles? ¡Vamos, comadre, déjese usté de tonterías!... Y sobre tó, supongamos que sea verdá eso que le han dicho á usté, vamos á ver: ¿que es lo que usté consigue con enterarse?

—¡Que qué consigo! Pos ya lo verá usté: darles un pregón a dambos y jacer que á dambos se les corte el cuerpo. ¿Que qué es lo que consigo? Desmoñarla á ella, si logro ponerle la mano encima...¡Que qué consigo!.. Si tendremos toas la sangre como usté, que lo que tiée usté no es sangre sino un medio de arvellana.

—Mire usté, comadre, yo tendré ó no tendré la sangre de eso que usté dice; pero tenga usté la seguridá de que con ese genio que tiée usté, no se consigue naíta de los hombres, cuando los hombres son como lo son el de usté y el mío.

—¡Pero qué genio ni qué ocho cuartos, ni qué tiro que me peguen!... ¿Es que quiere usté que me entere yo de que hoy mi hombre se va con otra mujer de ¡viva y viva tu mare!, y yo me quée tan tranquila abanicándome á la sombra de la parra?

—¡Pero si yo no digo naíta de eso!... Si lo que yo digo es que con pillar catorce berrenchines no jace usté ná, y si está nublao, pos tan nublao, y si está azul, pos tan azul.

 —Pero vamos á ver, comadre: supóngase usté por un instante que sea verdá lo que me ha dicho á mí
la Tapones.

—Güeno; supongámolo, y que yo ya me lo he suponío.

—¡Y me lo dice usted tan fresca, comadre!

—Pero ¿es que quiée usté que me tire al pozo?

—Y se queará usté tan fresca sabiendo, cuando el compadre se está poniendo de tiros largos, que si se pone de tiros largos es por dir en busca de otra señora.

—Fresca no me quedaría, pero tampoco me daría un síncope.

—Y gantes de que se fuera ¿qué haría usté?

—¿Yo? Procurar que no se fuera, pero no dándole ningún pregón, sino trabajando la partía como la debemos trabajar las mujeres: dándole coba jasta que se le cayera el barniz.

—Llorando y gimiendo ¿verdá?

—No, comadre, sin llorar ni gemir. Y si no, vamos á ver: ¿usté no dice que mi Paco tiée que dir con su Pepe de usté hoy de juerga con dos archiduquesas que han venío de Sivilla?

—Eso digo... Pero lo que es el mío, no vá, ¡qué ha ir el mío! Como que pa dir tendrá que dejarme á mi colgá, pero que colgá, de cualquier viga del techo.

—¡Y qué necesidá tiée usté de que hagan con usté esa perrería

—Pos quisiera yo que usté me explicara cómo se puée conseguir que no se vaya de juerga un hombre, sin armar una que sea más soná que la degollación de los inocentes.

—¡Pero si eso es la mar de fácil, comadre! ¿Quiere usté ver cómo mi Paco, sin que yo le pía que se quée, se quea sin dir á esa cita que usté dice?

—Eso tendría yo que verlo pa creerlo.

—Pos la cosa es la mar de sencilla. Mi Paco ha quedao en venir á vestirse y á almorzar á las doce en punto; asín es que si usté quiere, se quea usté aquí y me ve manejar el percal, á ver si consigo yo que usté aprenda arguna vez á llevarse á su hombre á punta de capote á donde á usté le dé la repotentísima gana.

—¡Pos ya lo creo que sí, que quiero ver esa faena tan maravillosa, comadre!

—Pero con la condición de que no hable usté una sola palabra de citas, ni de celeras, ni de ná, y de que á tó lo que yo diga, diga usté que sí catorce veces seguías.

—Desde luego que sí, comadre.

—Pues no hay más que hablar. ¡Ya verá usté cómo mi Paco no va hoy, ni solo ni con su compadre, á ver esas dos archiduquesas sivillanas!

—Si usté consigue eso, comadre, le regalo á usté el mejor de mis pañuelos.

II

Cuando Paco el Garibaldino llegó á su casa no pudo evitar que reflejara su rostro su extrañeza al ver en ella á su comadre, y

—Vaya—pensó—ya esta pícara perra pachona se ha golío la cosa y ha venío á evitarlo soliviantando á mi Dolores.

Esta, que se había alisado el cabello y puesto un vestido azul que embellecía su figura y cuyo color contrastaba armónicamente con su pelo rubio y brillante, sus ojos grandes y azules y su tez nacarina, recibió á su marido con la sonrisa en los labios, y

—Ya empezaba yo á pensar que se te había parao la vida—le dijo, cogiendo el sombrero que aquél se acababa de quitar.

Y tras de colocarlo en el perchero, se dirigió de nuevo hacia Paco, diciéndole con acento alegre y sonoro, como el trinar de un pájaro:

—Ya tiées la ropa planchá... Asín es que cuando quieras te pones más pinturero que toíta España.

—No corre priesa: entoavía es mú trempano.

—¿Y por qué no almuerzas antes de ponerte de pontificá?

—Porque no tengo ganas de abrir la boca.

—¿Quieres que te haga antes un refresco?

—Pos, mira tú: no me caería eso mal del tó, porque estoy más achicharrao que el cisco.

—Ya se encargará de desacalorarle algún alma caritativa,—murmuró casi mentalmente Rosalía.

Dolores se apresuró á complacer á su marido, y momentos después sus manos pequeñas, limpias y sonrosadas, presentaron en reluciente vaso el refresco ofrecido al jacarandoso perchelero.

—¡Vaya si está superior,—dijo éste cuando hubo dado fin á la fresca limonada.

—¿Y por qué no te quitas la chaqueta y te echas un ratillo?... A bien que la comadre es de confianza.

— Hasta cierto punto—dijo él, mirando con expresión picaresca á su comadre.

Sonrió Paco y...

—¡No, no me echo, porque si cojo el sueño no va á haber aluego quien me despierte!

—Yo te llamaré, tonto, á la hora que tú me digas.

—No, no me echo.

—Como tú quieras—dijo Lola.

Y sentándose frente á su hombre, continuó, dirigiéndose á éste:

—¿A que no sabes tú quién ha estao aquí esta mañana?

—No sé.

—Pues mi prima Remedios, que vino á convidarme á dar un paseo.

—¿Y qué le dijiste?

—¿Y qué le iba á decir? 


Que yo soy una faluga 
que tiene su timonel
y que soy barquito á pique
cuando navego sin él.

Contempló el Garibaldino con expresión efusiva á su mujer, y

—¿Pa ónde se diba á dar ese paseo?

—Pos, según creo yo, por el Arroyo de los Angeles.

—¿Y por qué no le has dicho que sí?

—Porque á ti no te diba á gustar, porque, según me dijo mi prima, también va á dir con ella Rosarito la Tulipana.

Se acordó Paco de que el que á la sazón era novio de la Tulipana había sido pretendiente de Dolores y miró á ésta como agradecido á su negativa, y dijo:

—Eso no le hace: aonde quiera que tú vayas, y sea con quien sea, van siempre bien los ojitos de mi cara.

—No, es que no era de mi gusto ir, y sobre tó, que si tú arremataras temprano y pudieras venir, y quisieras, te peiría yo que me llevaras á dar un paseo.

—Y si no voy á poder, mujer, si ya sabes tú que se trata de dir á ver á un amigo y al que ni yo ni mi compadre hemos visto desde hace una pila de años...

—¿Ha estao quizás en la Argentina?—le preguntó con acento sarcástico, no pudiendo contenerse, Rosalía.

Contempló Paco con aire inquieto á su comadre, y

—No, en la Argentina no, que yo sepa —le repuso con cándida expresión.—Pero sí ha estao muchísimo tiempo al frente de una tumba en el Puerto de Santa María.

—Güeno, pos no te preocupes por lo del paseo—dijo Dolores.

Y después, dirigiéndose á su comadre, añadió:

—Pos ya no me mande usté el mantón, comadre.

—Bueno—le repuso ésta, acordándose de lo que á Dolores había prometido.

—¿Pero es que le habías pedido el mantón á la comadre?

—Es que—dijo Lola sonriendo—había pensao una cosa; y era, aprovechando que tú estarías de tiros largos, pos había pensao que antes de dar el paseo fuésemos á la fotografía y nos hiciéramos juntas
un retrato... Mira cómo yo quisiera que mos lo hiciéramos: yo, pongo por caso, sentá en una silla con el mantón de Manila de la comadre, terciao, y un puñao de claveles en el pecho y en la cabeza; el vestío de seda y la caena de oro; en fin, con toito lo del escaparate, y tocando la guitarra; y tú, de pié á la vera mía, con el sombrero echao hacia atrás y mirándome como cuando... ¡Vamos, ya sabes tú
cómo yo digo!

—Vamos, comadre, que me parece á mí que voy á tener que dirme—exclamó levantándose y fingiéndose cómicamente indignada Rosalía.

—Vamos, comadre, no sea usté tan súpita—dijo riendo Paco—que no hay por qué soliviantarse.
Y después, dirigiéndose á su mujer, le preguntó:

—¿Y tú sabes los parneses que cuesta hacerse ese retrato, y que estoy más arriao que una vela?

—Es que yo no necesito parneses—le repuso sonriendo maliciosamente Dolores.

Y dirigiéndose hacía la cómoda sacó de uno de sus cajones una cajita, que agitó alegremente haciendo sonar su contenido.

—¡Ah, pícara!—exclamó Paco.—¿Con que esas tenemos? ¡Con que no se puée uno aquí dejar colgao en ninguna parte el chaleco!

—Y si no fuera por eso ¿con qué te diba yo haber mercao lo que te he mercao?

—¿Y qué ha sío lo que tú me has mercao? Que yo me entere..

—Pos una corbata azul superiorísima... Pero esa no la ves hasta mañana, que es tu día y cumpleaños
de...

—¡Pos es verdá, que mañana es cumpleaños de nuestro casamiento! ¡Cinco, años!

—Pos mira tú lo que son las cosas: á mí me han pareció esos cinco años cinco días... ¿Pero qué estas haciendo?

—Pos ya lo ves, quitándome la chaqueta.

—¿Pero te vas á echar, por fin, un ratillo?

—Sí... Digo, si me lo permite la comadre.

—Por mí, como no sea más que eso...

—¿Y á qué hora te llamo si te queas dormío?—le preguntó Dolores á su marido, al par que lo acariciaba dulcemente en los ojos.

—Pos mira, yo estoy citao con el compadre a la una... Pero...

—¿Pero qué?

—Que estoy pensando en que ese amigo bien podíamos visitarlo otro día, mañana, pongo por caso, y como la comadre verá dentro de un rato al compadre...

—¡No, mira, por mi no lo hagas. ¡Otro día que tú no tengas que hacer me llevarás de paseo y nos haremos el retrato... ¡Por más que hace hoy un día tan hermoso! Pero, en fin, antes son tus gustos que los míos.

—No, mira, yo ahora me echo un rato, y si cojo el sueño, tú tan y mientras te jaleas y á eso de las tres me llamas.

—Pero, mira, Paco, que si eso te contraría...

—No, mujer, no me contraría—dijo Paco.

Y después, dirigiéndose á su comadre, exclamó:

—Y usted, comadre, me hará usté el favor de disculparme con el compadre.

—¡Ya lo creo!—respúsole aquella poniendo una mirada de asombro en Dolores, que la miraba con expresión de triunfo y como diciéndole en el dulce y elocuente idioma de luz de sus grandes ojos azules:

—¡Lo vé usté, comadre, usté vé cómo á los hombres no hay más sino que saber manejarlos, y cómo esas archiduquesas sivillanas se quean hoy sin ver á Paco el Garibaldino!


De Andalucía, por D. Arturo Reyes



¿Qué es, para muchos, una colección de cuentos andaluces? Una serie de agudezas escritas con más ó menos gracia, á veces por individuos que no han vivido entre andaluces, y que creen que haciendo decir chistes a porrillo á sus personajes, está retratado con acierto el genio y la manera de ser de los naturales de la tierra de María Santísima.

En el nuevo libro, nuevo triunfo, de Arturo Reyes, se refleja la vida de los andaluces, en general, y, especialmente, de los malagueños, con la gracia, donosura y color local en el autor acostumbrados.

¿Cuál de los diez cuentos del volumen es mejor? Para que no haya lugar á dudas, diremos que todos ellos son igualmente modelo en su género.

«En el olivar del Tardío» es de una delicadeza exquisita.

«De Mar y Tierra», fotografía de la vida de los marineros malagueños. Hombres de tronío son los personajes, y no vacilan en exponer el terno de cordobán con que su madre les echó al mundo para salvar la vida en peligro del enemigo, para el que tenían «dos copas, dos botellas y dos puñalás en la ingle ó en el sitio y lugar que más fueren de su gusto».

En «A punta de capote» una amante esposa, á fuerza de halagos y de diplomacia, logra que su marido no se marche de juerga, como tenía pensado.

«Cascabeles», asunto sencillo y algo trágico, que resulta conmovedor, con la pintura de los hombres que en Andalucía hacen la vida de caballista, llena de riesgos y sobresaltos. El «Cascabeles» se echa al monte por haber malherido en un duelo al jefe de la Guardia civil del puesto, que se le había atravesado en su camino de amores. Pero es noble y no deja morir á su antagonista en el barranco donde cayó, avisando al pueblo, del que sale el médico para recoger al herido. 

Este, ya curado, tiene que perseguir al «Cascabeles», pero devolviendo nobleza por nobleza, no hace fuego sobre su generoso amigo.

¡Y qué decir de la mujer andaluza, admirable de verdad en «Joseito el Ecijano». Al aire los redondos brazos, cayéndola el abundantísimo pelo en desordenados bucles sobre la curva frente y desbordándoseles en negrísima crancha sobre la nuca... de tersas mejillas, en las cuales dos graciosísimos  hoyuelos oficiaban, según el tío «Bombita» afirmaba de «Jace-locos y matasanos, y poniendo en relieve al correr la suprema gallardía con que Dios la hubo de dotar...

Pero no es sólo la belleza física, la que el cuentista ensalza. En él cuenta «Los últimos los primeros». [sic] Las inquietudes de una santa mujer que en tormentosa noche espera á su padre y á su esposo. Al cabo se calman sus anhelos, viendo venir al padre por la trocha de los «Cipreses», y al esposo por la vereda de los «Rosales». Vacila un punto entre dos caminos y al fin se dirige presurosa á abrazar primero al esposo que al padre.

«De Andalucía» ratifica la justa fama que el ilustre escritor y poeta Arturo Reyes ha adquirido en ese género de obras de carácter regional en el que no hay quien en España le supere.

De Andalucía. Cuentos de Arturo Reyes

Publicado en La Unión ilustrada el 17/7/1910, página 17.


Reciente aún el éxito inmenso del tomo dé poesías «Béticas,» Arturo Reyes quiere renovar el triunfo, á la manera de aquellos espadas que afortunados en la muerte de un toro, recorren entre aplausos el ruedo y á la salida del otro bicho, lo recortan capote al brazo, consiguiendo con ello levantar más los ánimos y que la ovación se prolongue indefinidamente.

De Andalucía, es una nueva muestra del talento inagotable de su autor. En esta obra se nos presenta Arturo Reyes el mismo narrador de siempre; chispeante, amenísimo, pletórico de facultades, dándonos una irrecusable prueba de que el exceso de producción no amengua en él, ni en lo más mínimo, la fantasía creadora.

En los cuentos andaluces, ningún escritor ha llegado á conseguir los éxitos de Reyes, porque ningunos de los que intentaron cultivar el género, poseían las clarísimas dotes de observación que acompañan al ilustre autor de «Cartucherita.»  Puede decirse que Reyes es único en el género. La justa pintura de los tipos, el ambiente especial de sus producciones, la admirable naturalidad que imprime á los diálogos y el fondo de sus obras, netamente andaluz, pasional, intensísimo, han hecho que sus libros todos obtengan triunfos resonantes y que el nombre de su autor se cite entre los de aquellos grandes maestros de la literatura contemporánea.

Arturo Reyes no es de los que consiguieron un éxito por circunstancias excepcionales y luego sus otras obras fueron en gradación descendente restando prestigios al nombre, si no [sic] que por el contrario, á cada nueva producción se afirma, se ratifica, se consolida la fama conquistada por su primera novela, para entrar en el terreno de cosa juzgada, y hoy, basta solo citar á Arturo Reyes, para que los elogios más merecidos y los más elocuentes ditirambos vayan en pos de su nombre gloriosísimo.

¿Creéis por esto que Arturo Reveses un soberbio vanidoso? Ni muchísimo menos. La modestia se puede conceptuar como la característica de este hombre insigne.

Artista de corazón, que escribe por satisfacer deseos innatos en su alma, apenas si le da importancia á los aplausos. Trabaja incansablemente, lleno de legítimos entusiasmos, poniendo al servicio del Arte el tesoro preciado de su talento y llevando por lema, este honrosa frase: «arte por el Arte.» Si llegáis á testimoniarle personalmente vuestra admiración, el maestro os contestará humildemente, coloreadas sus mejillas por un pueril rubor: —¡Bah! Eso no vale nada. Pasemos á otra cosa.

¡Este es Arturo Reyes!

Yo le admiro; yo siento por él un cariño sin límites, cariño que me llevaría al sacrificio, si preciso fuera; yo desearía que todos los malagueños, todos aquellos —y son innumerables— que profesan al maestro el culto que se merece, le expresáramos: de un modo ostensible nuestro afecto, nuestra admiración, le hiciéramos objeto de un homenaje, homenaje digno de él y digno de nosotros. ¡Qué menos, para quien tan alto supo poner en el mundo del Arte el nombre de Malaguita la bella!


Poco hemos de decir respecto al nuevo libro. Componen el tomo diez cuentos, verdaderos cuentos, en los que se plantean sencillos problemas, los cuales se resuelven ya favorable, ya adversamente según la intención del autor. Los cuentos por consiguiente, están hechos con arreglo á los cánones de la Preceptiva. No son diálogos, ni crónicas, ni artículos, si no cuentos; que ya que bajo este nombre se han amparado tantos escritos que de todo tenían menos de tales cuentos, no es justo que el público crea que también ha llamado Arturo Reyes, cuentos, á una colección de croniquillas.

Los aficionados á las gallardas aventuras de contrabandistas y bandoleros, encontrarán satisfechos sus deseos leyendo las pintorescas narraciones, «En el olivar del Tardío,» «La Niña de Montejaque» y «Cascabeles,» que forman parte del tomo De Andalucía.

Aquellos otros que gusten de las escenas plácidas, no exentas de interés, de escenas arrancadas á la realidad de la vida, lean los cuentos «En el Polo norte,» «Los últimos los primeros» y «De mar y tierra,» que también entran en la composición del libro De Andalucía.

 Para los amantes de las costumbres populares de los barrios malagueños, también hay mucho que agradará á sus gustos en el indicado tomo. Y ahí están los relatos «La Gorgoritos,» «Joseíto el Ecijano» y «Donde las dan las toman,» que no me dejarán mentir.

De intento he reservado para lo último el primoroso cuento que lleva por título «A punta de capote.» Sin que este aparte que le dedico quiera indicar mi predilección por él, en perjuicio de los restantes, voy á detenerme un punto porque el cuento lo merece y á documentar mi antigua afirmación de que si Arturo Reyes se dedicara á escribir para el teatro sería uno de nuestros más completos autores, porque su talento lo mismo se amolda á lo cómico que á lo dramático. Y vamos por partes.

Cuanto Arturo Reyes ha producido en novela es digno de llevarse al teatro y como testimonio de verdad citaré hombres de autores consagrados que han solicitado del maestro el permiso para realizar los arreglos: Jurado de la Parra para «Cartucherita;» Fernández Shaw, para «El lagar de la Viñuela;» Federico Oliver, para «La Goletera;» Vital Aza, para «Del bulto á la Coracha,» título que cambió por el de la «Clavellina» y así otros más que quieren hacer producciones dramáticas no sólo de las novelas sino también de los cuentos de Arturo Reyes. ¿Qué indica esto? Pues indica, clara y sencillamente, que en Arturo Reyes hay un autor de indiscutible valía y que es lástima que una injustificada prevención hacia la escena le aparte de ella y nos prive de aplaudirle en público cuanto merecía ser aplaudido.

El éxito que obtuvo «La Goletera» al ser estrenada no fue bastante á convencer á Reyes de que debía escribir obras dramáticas.

Ese mismo cuento de que antes hablé, y á propósito del cual he apuntado lo anterior, es una producción escénica, de una gracia soberana. Apenas si hay que hacer en él, la más ligera variante. Tal como está es un pasillo cómico, un entremés tan admirable como el mejor que haya salido de manos quinterianas. Tipos, observación, el diálogo fluidísimo, salpicado de ocurrencias y donaires, todo en «A punta de capote,» es digno de loa. Yo lo considero como un modelo del género. De representarse obtendría un éxito extraordinario. Leyéndolo es, y á cada línea hay que suspender su lectura, para dar paso á la risa, que brota de nuestros labios franca, expontánea...

Si en mí estuviera convencer al maestro, pero... ¡cualquiera lo convence!

Réstame sólo enviarle mi enhorabuena más entusiasta.

En tanto nos viva Arturo Reyes bien podemos alegrarnos de haber nacido.


CARTUCHERITA

Reseña de De Andalucía y publicación de Donde las dan las toman




Arturo Reyes, además de su gran talento y exquisito buen gusto (¡qué meritorio es esto último en los tiempos que corremos!), es, si no el más, uno de los más sinceros escritores regionales. Y bien meritoria es también la cualidad esta; porque no son pocos los que usan de una literatura regional ad usum Delphinis, quiero decir, de certamen nacional de género chico.

Los tipos y paisajes que de su país nos presenta Arturo Reyes, tienen el encanto de una realidad pasmosa avalorada por el arte de la mejor ley. De Andalucía, es un libro extraordinariamente bello. Todos sus cuentos, llenos de gracia y de emoción, son de loa que se releen y no se olvidan.

He aquí uno de ellos, para regalo de los lectores:


DONDE LAS DAN LAS TOMAN

I

Cuando Pepa la "Tripicallera" penetró en la sala de su madre, entreteníase ésta en hacer prodigios con la aguja en algo parecido á una chapona acariciada por los intensos rayos de sol que inundaban el aposento y convertían en joyeles de piedras preciosas las flores que en tiestos y macetas orlaban el renegrido balcón.

Pepa entró en la estancia á modo de torbellino y sentóse sin decir oste ni moste en una silla, apoyó un codo en el espaldar y una megilla [sic] en la palma de la mano y dió comienzo á redoblar nerviosamente con los tacones sobre los rojos ladrillos.

La señá Dolores desdoblo el escuálido busto, se colocó las gafas á modo de venda sobre la rugosa frente y exclamó con acento de reproche, contemplando fijamente á su hija.

—Que Dios te los dé mu güenos.

—Usté perdone, madre, usté perdone, es que yo estoy mu malita, es que á mí mi hombre concluye por golverme loca.

—Tú te tieés la curpa, pero ya á la cosa no se le puée echar tapas y medias suelas, y por un gustazo un trancazo.

—Pero si es que no se puée aguantar á ese charrán.

—Ya te lo eciamos yo y tó er mundo antes de que fueras á la parroquia.

—Si, pero es que yo tenía una venda.

—Y vamos á ver, ¿qué hay de nuevo?

—Pos hay de nuevo que yo no puéo más, que tengo repudría la sangre, que hace dos horas, al ir á casa de Pepita la "infundiosa," me trompezé con mi hombre, y lo vide yo, yo, yo con mis ojos, pegar la hebra con Toñuela la de los «lunares,» con ese estornúo de mujer, con ese tiesto, con esa cresta de gallo minino, que no vale ni lo que yo espertoro.

—¿Y qué más?

—¿Quiée usté más? Pus si, hubo más; que cuando los vide me fuí pa ellos, y dicen que la Toñuela tiée un ojo como un melocotón, y... mire usté, qué añadío, voy a encerrar en un guardapelo.

Y al decir esto sacaba del bolsillo y se lo mostraba en la crispada mano una abundante maraña de pelo rubio.

—Pos mira, en dándole una poca de cal, un añadío pa mi; ¿y qué más pasó?

—Pos pasó que á mi hombre, que está pidiendo á voces un ronzal, se le puso la rabia sobre el corazón y me llevó á la casa y me ha puesto el cuerpecito acardenalao.

Y la muchacha rompió en acerbo llanto al recordar la contundente escena.

Minutos después decíale su madre empujándola suavemente hacia la alcoba:

—Anda, métete ya dentro, que estará al venir, y lo que es la digestión, se la cortamos; ¡vaya si se la cortamos!


II


Toño sabía dónde estaba Pepa; durante una hora logró dominarse, no sin dar fin á una botella de Montilla ayudado por Juanico el "Torozona", en la taberna del "Ballenero"; pero después se le puso de pie algo en la conciencia, y le dija[o]:

—No seas bruto, hombre, no seas bruto; tu Pepa es más bonita que el sol, más buena que un bálsamo, te quiere con delirio y tú eres un animal, porque después de faltarle un día sí y otro no, y el de enmedio con toditos los jarambeles con que te tropiezas, le amoratas el cutis de terciopelo, y eso es una judiada, y el día menos pensao se va á cansar tu rosicles de aguantarte y va á remontar el vuelo, y ese día te da el tifus y el cólera, y hasta la fiebre amarilla, y vas á andar por esas calles de Dios haciéndole la competencia al "Melena" y á Joseito "el de Vélez".

Y pensando en aquello que le decía lo que se le había incorporado en la conciencia, no pudo aguantar más, y
—Ya vuelvo—le dijo al "Torozona", y salió del hondilon como si fuera á pedir para alguien los Santos Óleos.

Cuando nuestro hombre penetró en el aposento de la señá Dolores, se incorporó ésta violentamente, se dirigió y se detuvo delante de él, cruzó los brazos y exclamó con sordo acento de reproche:

—Ya te saliste con tu gusto, so pendón; ya te saliste con la tuya; lo estabas pidiendo á voces; tú no podías tener á la vera un relicario como era mi Pepa.

—Como era y como es—exclamó sordamente Toño.

—No; como era, porque ya se ha enturbiado la fuente, y ya has conseguío lo que querías.

—¿Qué es lo que yo he conseguío?—rugió Toño, abriendo enormemente los ojos—¿qué es lo que dice usté, agüela?

—Yo digo los Evangelios; yo te dí lo que tú no merecías, una prima hermana de la Virgen del Carmen, y tú, que no distingues, te creíste que era una chanca y te empeñaste en tirarla á la calle y la tiraste, y como... Julián el "Tormenta" estaba en la acera de enfrente, esperando al maná, pos velay tú...

No pudo continuar la vieja, Toño al oir aquello había sentido morderle un tigre en las entrañas, ¡su Pepa, su Pepa con el "Tormenta!"

La señá Dolores se asustó de su obra, quiso enmendar el yerro, pero Toño, lívido y arrebatado se lanzó hacia la escalera sin oir á la vieja que le gritaba:

—Ven, van acá, ven por Dios, que tó es mentira.


III


Una hora después estaban de regreso Pepa y la señá Dolores en el aposento de ésta; habían recorrido todo el barrio, cada una de ellas por un lado, sin encontrar á Toño.

Apenas hubo tomado resuello un instante exclamó Pepa:

—Yo me voy, madre, yo me voy otra vez jasta encontrarle, yo me estoy muriendo, no me llega la camisa al cuerpo. ¡Virgen santa y si encuentra al "Tormenta"! ¡Virgen Santísima y lo que va á pasar!

Y cuando ya se dirigía Pepa hacia la puerta se abrió ésta violentamente y apareció en el umbral el "Torozona" jadeante, sudoroso y con el semblante contraído:

—"Torozona", ¿y mi Toño? ¿aónde está mi Toño?—preguntóle Pepa con voz angustiada, y cogiéndole violentamente por un brazo.

—¿Tu Toño?...tu Toño?

—Si, si, mi Toño, ¿aónde está mi Toño?

—En la cárcel—repúsole el "Torozona" con voz sombría.

—En la cárcel, ¿y qué ha jecho, qué ha sío lo que ha jecho?

—Pos no ha jecho cuasi na, diez años de chirona tie lo menos.

—Pero, ¿por qué, Dios mió, por qué?— exclamó Pepa, rompiendo en desesperados sollozos.

—Puee por ná cuasi, porque le ha metio una puñalá al "Tormenta" en los pectorales que no ha dicho pío siquiera, ¡valiente puñalá! como que parese que se la ha dao con el espolón del Carlos V.

Una exclamación de horror brotó de la garganta de la "Tripicallera", mientras la señá Dolores decíale al "Torozona" con voz desgarradora.

—Y tó por mí, "Torozona", vaya usté por Dios corriendo por un piquete pa que me fusilen.

—Mejor será que sus traiga esta pañito de lágrimas—exclamó el "Torozona", asomándose á la puerta del cuarto y volviendo con Antonio cogido por el brazo.

Un minuto después decíale el Toño á Pepa mirándola con infinita ternura.

—Yo te había visto, mujer, yo te había visto, cuando tu madre me dijo aquella barbaridad, tú fuiste á salir de la alcoba y yo te vide esa carita graciosa; pero como el mal trago ya me lo había bebío y se me había puesto al revés el corazón y había visto amortajaitas pa siempre las alegrías de mi pecho, dije yo: aonde las dan las toman, y pa que no juegue más con pistolas vizcaínas, le voy a dar la esazón, y te la di; pero ya se acabó tó, y yo te perdono, y tú me perdonas, y si tu madre y mi amigo lo premiten te voy á dar un beso en esa  clavellina de tu cara pa endulzarme el amargor de boca.

Y se dieron el beso anunciado y algunos más mientras la señá Dolores y el "Torozona", sonrientes y satisfechos, contemplaban cómo iluminados por el sol brillaban cual si fuesen de riquísima pedrería, las rosas y los claveles de las pintadas macetas.

Béticas de Arturo Reyes



Con las preocupaciones políticas de estos días hemos descuidado el dar cuenta de un nuevo y hermoso libro de versos del ya consagrado poeta D. Arturo Reyes, titulado «Béticas».

La patria chica atrae constantemente á este insigne vate y con razón sobrada, pues Andalucía es la cuna de la lírica española y la primera en artes y bellas letras de nuestras regiones.

Apareció Reyes en la literatura en las ráfagas de arrebatadora poesía andaluza llena de risas, lágrimas y donaires, á la manera de abeja irritada y zumbadora, repleta  de perfumes y dulzuras, ebria por haber libado en vergeles malagueños todas las flores del alma popular.

En «Béticas» no se sabe que admiran más, si la factura de los versos, el color y el calor de la inspiración ó la profundidad del sentimiento.

No entiende Reyes, por fortuna suya y de los que le admiramos, que sea la poesía métrica el arte de acumular palabras armoniosas, halagadoras del oído y nimiamente depuradas por el decadentismo dominante: como los viejos poetas buscar los caminos de la emoción estética que van derechos á remover en el alma ocultos tesoros de exquisita sensualidad, que es lo más hondo del espíritu humano y lo que le distancia más de la animalidad.

Para producir ese efecto, que es lo supremo del arte, atavíase con todas las galas que de Horacio acá jamás desdeñaron los buenos poetas y pintores.

Lleno está el libro que ligeramente examinados de rasgos pictóricos de primer orden, ya admire en el tocado de un sultana

Un carbunclo prisionero
en el cáliz de una rosa;

ya ó en «Rey de Taifa», nos trace una oriental de intenso calor; ya en un romance nos describa los lindos abanicos

de perfumadas vitelas
y calados varillajes,

y brillantísima fiesta de toros, rival de la clásica de Moratín; ya en la visión del mundo antiguo, evoque la orgía romana en la casa del opulento consular donde

en su amplía mesa de metal bruñido
y con sus garras de marfil y bronce
sostienen su tablero dos felinos
con ópalos por ojos.

donde la graciosa gaditana arrebata el alma en su erótica danza; ya en «Sangre Mora» que empieza por una admirable pintura de la siesta andaluza y acaba por una tragedia.

Una de las poesías de Reyes se titula «Acuarela», y, en efecto, ostenta trazos y colores que justifican el título, con 

los lagares medio ocultos
entre las flotantes ramas
de los viejos algarrobos,
y entre las floridas pámpanas
de los añosos parrales.

Pero en rigor, todo el libro «Béticas» es una continuada galería de cuadros y de paisajes sorprendentes, en los cuales un poeta, enamorado de la luz, encuentra ocasión de prodigar los colores más vivos de su mágica paleta, intercalando en su obra plástica, acentos de alegría y de tristeza, de odio y de amor.

Y de tiempo en tiempo reaparece la especial poesía de Reyes con sus inimitables temas andaluces:

Yo no voy
nunca sólo, siempre estoy
en compaña de una pena
que no se va de mi lao
desde que vivo prendao
de tal carita morena.

Y sin desconocer los resonantes triunfos logrados por Arturo Reyes en toda clase de poesía, en el cuento y en la novela, permítasenos asegurar que no hay quien le iguales en el estudio y en la expresión poética del alma andaluza.

G.


El caramelo



—Oiga usté, señó Pepe, ¿no ha venio entoavía por aquí Joseito el Cabritero?

—¿Cómo va á venir ese gachó esta noche! No ves tú que el probe estará reponiéndose del susto que le dio esta tarde Periquito el Lebrijano.

—¿Pero qué es lo que le ha pasao con ese que usted dice al Joseito?

—¿Pero de aónde viées tú, guasón, que no te has enterao?

—Pos de la fragua, ¿no ve usté que vengo cuasi vestío de etiqueta?

Y al decir esto invitaba el recién llegado con los ojos y el ademán al tabernero para que éste mirase cómo en lugar de las galas domingueras lucía el tiznado pantalón azul y la no menos tiznada chamarreta del trabajo.

—Pos es verdá, chavó, que viées más resucio que un tintero.

—Cayó ayer una chapuza pa hoy, y como el maestro está maluchillo...

—Entonces ya me explico que no sepas lo que ha pasao.

—Pero ya estoy que rabio porque usté me lo diga.

—Tú sabrás que Pepillo el Cabritero anda medio de empalme con Isabelilla la Petaquera.

—Naturalmente que lo sé; como que están en relaciones desde que él se vino de Cáiz.

—Pos bien, según parece, esta tarde diba Joseito con Isabel y la señá Rosario dando un paseo por el Arroyo de los Angeles, y como hay días en que se alevanta uno con el santo de espaldas, pos el Joseito tuvo la mala suerte de tropezarse con Pedro y con el compadre de éste, Curro el Tunela, que diban porteando cá uno un garrafón por lo menos que se habían bebío en cá del señor Paco el Chinche, que lo que vende es petrólio; y como el de Lebrija no puée beber más de dos copas, porque en cuantito bebe más de dos ya está pidiéndole el cuerpo al hombre que le toquen cualquier cosita de su gusto pa salirse por peteneras, y como tú sabes que la novia del Joseito tiée una cara que es un pasmo de bonita...

—Como que es la gachí más regraciosa de las que ven las estrellas—exclamó Antonio con acento ponderativo.

— Y también sabrás tú, porque la pasión no quita conocimiento, que el Joseito es más manso que una paloma zurita.

—Eso será según y cómo, camará, que cuando el Joseito se arranca es más peor que un balazo.

—Déjate tú de balazos—exclamó el dueño de la taberna—el Joseito es un probetico incapaz de pelear con una avispa... ¡Si conoceré yo al mozo desde que se vino de Cáiz!...

—Bueno, pos supongamos lo que usté quiera y acabe usté ya de una vez—exclamó Antonio, que se sentía atormentado por la impaciencia.

—Bueno, pos lo que pasó fué una cosa esaboría: que la muchacha se diba tomando unos caramelos que le había regalao Joseito y que al Pedro le dió la malita picá que á él le da algunas veces, y se llegó á la muchacha y le dijo que era menester que le diese el más dulce de toitos los caramelos que llevaba en su faltriquera.

—¿Y qué fué lo que hizo entonces el Cabritero?—preguntó como asustado el de la fragua.

—Pos el Cabritero, que seguramente vió el turbión que se le avecinaba, tiró por la calle de la pruencia y le dijo á Isabel que le diera á Pedro lo que Pedro le pedía; pero como el Pedro lo que diba buscando era armar una de las suyas; pos el hombre se encaró con el Joseito, diciéndole que no necesitaba él que nadie autorizase á la Petaquera pa que la Petaquera le diese el caramelo que él le había pedío; total, que sin venir á cuento, el Lebrijano alevantó la hermana de la dizquierda, y... ná, no te asolibiantes, hombre, no te asolibiantes, que no pasó ná, sinó que varias presonas que había allí, se metieron por medio y sujetaron al Perico, y Joseito siguió su paseo con su Isabel y con su madre por el Arroyo de los Angeles, comiéndose sus golosinas.

Antonio que había escuchado con aire meditabundo al tabernero, una vez que este hubo puesto fin a su relato,

—¿Pos sabe usté—dijo—que es una mala faenita la que se ha cargao el de Lebrija y milagrito será que no le salga á ese gachó la faena por un ojo de la cara?

—¡Pero es que tú crees!... vamos, hombre no delires! ¿Tú sabes quién es el Lebrijano?—exclamó, encogiéndose desdeñosamente de hombros el tabernero.

—¡Vaya si lo sé! El Lebrijano es de pino pintao de ácana, y Joseito es de ácana pintao de pino.

—Pos que no te oiga decir eso el de Lebrija, si no quiées tú tener que estár oliendo á árnica por lo menos tres semanas.

—¿Y sigue viniendo aquí toas las noches ese tigre hircano?—le preguntó con acento zumbón al de la taberna, el amigo del Cabritero.

—Vaya, sin faltar una. Toas las noches viée con el Tunela á jugarse la convidá y á ponerse de mó que puée hablarle de tú á la Divina Sabiduría.

—Y dice usté que cuando esta tarde se metió el Pedro con el Joseito, diba con el Tunela?

—Cómo que el Tunela fué el que se metió por medio y el que consiguió que se tranquilizara de pronto el Perico, con cuatro cosas que el hombre le dijo; como que si no es por él, á estas horas está encamaó el Cabritero.

—Ya me extrañó á mí que el Tunela hubiera consentío en que un amigo que tanto estima se metiera con Joseito, sabiendo como sabe mú bien que el Pedro no son más que plumas las que se trae debajo del ala, como se sabe también de memoria que el otro ahí aonde usté lo vé que parece que está siempre embarsamao, fue el que en Caiz le quitó el cartel á Tomasito el Anclote.
 
—Vamos, hombre—dijo con expresión incrédula el señor Pepe el Matute—¡que fué Joseito el que le quitó en Cáiz la bandera á Tomasito el Anclóle!

—Cuando yo se lo digo á usté es porque es la fija lo que yo le digo y si no ya verá usté como lo de esta tarde trae más cola que una cometa, y tan lo creo yo asin que no me voy á comer á mi casa, sino que va usté á jacer el favor de traerme cuatro anchoas y cuatro aceitunas y cuatro de solera, que no
me voy ya de aquí hoy hasta después de haber platicao con Pepillo el Cabritero.

II

Ya había dado fin Antonio á las anchoas y á las aceitunas y á los cuatro casi algibes de montilla que el señor Pepe el Matute le hubo de servir, cuando penetró en el hondilón el de Lebrija acompañado de su lugarteniente Curro el Tunela, el cual, al penetrar en el establecimiento arrojó á su alrededor una franca mirada escrutadora, mientras su amigo hacíalo á hurtadillas y como lleno de intranquilidad
que turbaba su pecho al acordarse, sin duda, del acto realizado por él aquella tarde con Joseito, al que de modo tan equivocado juzgara antes de que su lugarteniente lo pusiera al tanto de las proezas llevadas á cabo por aquel en Cádiz, sin jactancia.

Pronto fue llenándose el hondilón de parroquianos, algunos de los cuales, los más ternes y jacarandosos del distrito, sentáronse á la mesa del de Lebrija interrogando á éste entre risas y jácara respecto á la hazaña realizada por él aquella tarde con el novio de Isabel la Petaquera.

La entrada de Joseito en el hondilón hizo enmudecer bruscamente á la mayor parte de aquellos, palidecer á Perico y á Curro é incorporarse á Antonio, el cual gritó disponiéndose á cerrarle el paso al primero.

Vente pa acá chavó, que jase ya dos horas que te estoy esperando.

Joseito no representaba más de veintitrés á veinticuatro años y era de cuerpo enjuto y elegante, de rostro fino de sonriente y dulce expresión, de serenos ojos azules y de pelo rubio y sedoso, que le caía en revueltos mechones sobre la tersísima frente.

—Adiós, Antoñuelo — dijo Joseito acercándose á su amigo; y ya á su lado paseó tras estrechar la mano que aquel le tendía, una mirada apacible por entre la brillante concurrencia.

—Pos ya tenemos ahí el novio de la Petaquera!—dijo guiñando maliciosamente un ojo al de Lebrija, Periquito el Alpargatero.

—Pos no pensé yo que viniera esta noche ese gachó—dijo sorprendido el señor Cristóbal el Ferrolano.

Pedro sonreía forzadamente, pero sus ojos delataban las hondas turbaciones que se enseñoreaban de su espíritu.

Joseito charló jovial y animadamente durante algunos minutos con Antoñuelo, y después, separándose bruscamente de este, avazó con reposada actitud y sin hurtar á sus labios la sonrisa, hacia el grupo acaudillado por Pedro, se acercó á éste y hurgándose en cortés alarde el ala del de rondeña estirpe, exclamó con voz sonora:

—Buenas noches, caballeros.

—Buenas noches—respondiéronle algunos de los próceres, entre ellos el de Lebrija, que procuró que su voz resonara bronca y amenazadora como un trueno precursor de las más imponentes tempestades.

Joseito contempló de hito en hito al Lebrijano durante algunos instantes, y

—¿A que no sabe usté á lo que yo vengo esta noche aquí?—le pregunto con voz casi acariciadora.

—No sé, como no sea que haigas vinio á traerme algún encargo...—le repuso Pedro procurando ocultar su emoción y sus temores.

—Pos mire usté, cuasi le traigo un encargo; porque lo que le traigo yo á usté es un
caramelo: un caramelo es lo que yo le traigo á usté pa que se endurce la boca.

—Pos mire usté, le agradezco á usté la mar la fineza —dijo el de Lebrija tomando el caramelo que el Cabritero le ofrecía.

—Es que yo tengo gusto en que se lo tome usté delante de mí, pa que en verlo gozar se recreen los ojitos de mi cara.

—Pos hombre, si á Pedro le gusta más un durce que una sardina á un minino—exclamó, procurando también ocultar sus inquietudes el Tunela.

—¡Vaya!—dijo Pedro— y echándose el caramelo á la boca, continuó:

—Pos venga usté toas las noches á estas horas, amigo, que esta es la hora en que más me gusta á mí ponerme la boca como la almíbar.

—Joseito clavó sus ojos en los de Pedro; pero sus ojos perdieron de pronto su vaga y serena expresión y fué su mirar apacible sustituido por una mirada acerada, fría, glacialmente amenazadora.

El de Lebrija, que empezaba á paladear el caramelo, se puso de pronto encendido como la grana, se crisparon sus dedos y una ráfaga de cólera indómita resbaló un punto por sus grandes ojos obscuros; pero los de Joseito parecían prometerle de modo tan elocuente y decidido algo tan terriblemente trágico, que hizo un esfuerzo poderoso y sonrió á Joseito, el cual, tras saludar á los allí congregados llevándose de nuevo la mano al ala del sombrero, se dirigió hacia donde le aguardaba inquieto y pálido su amigo, y diez minutos después, cuando va se hubo quejado el de Lebrija escoltado por su tan brillante séquito, exclamó el señor Pepe el Matute con acento zumbón dirigiéndose á Joseito y no sin mirar con expresión triunfante á Antonuelo:

—Has jecho mu requetebién con tirar por ese camino, porque ese Pedro es más malito que un cangro y más vale dar un embite que no que mos den una puñalá y nos manden al cimenterio.

Joseito que lo había escuchado, mirándole con expresión irónica al tabernero, se encogió de hombros, y

—Si que es mucho mejor dar un caramelo que no que mos den eso que usté dice.

—¡Vaya!—dijo el señor Pepe, y tras un instante de silencio, continuó:

— Bien podías darme también á mí un caramelo pa que yo me endulce la boca.

Joseito vaciló un instante, y tal vez no hubiese accedido á la demanda de señor Pepe el Matute, á no decirle Antoñuelo, con acento zumbón y sonriendo picarescamente:

—Anda, hombre, no seas roñoso y dale lo que te pie pa que se endulce tamién la boca como se la endulzó el Lebrijano.

Sacó Joseito del bolsillo de la chaqueta lo que el tabernero le pedía, y todavía, no había podido paladearlo casi, cuando, tras escupirlo violentamente.

—¿Pero qué es lo que me has dao tú a mí chavó, si esto es más amargo que la tuera?—exclamó, haciendo un mohín que estaba pidiendo á voces un fotógrafo.

—Pos mire usté, señó Pepe, yo le juro a usté que es de la misma familia que el que se ha tomao sin decir ni pío tan siquiera, ese león de Perico el Lebrijano.

Y mientras decía esto Antoñuelo, Joseito miraba al señor Pepe el Matute con candorosa expresión y con la sonrisa en los labios.

Arturo Reyes

Banquete en honor del actor Pepe Santiago




(...)

Varios admiradores, entre los que se contaban literatos y artistas, obsequiaron el domingo anterior con un banquete al notable actor Pepe Santiago.


Durante el acto reinó el mayor entusiasmo, oyéndose frases ingeniosas y brindis entusiastas.

Entre los asistentes se encontraban los señores don Antonio Creixell, don José Hortelano, don Joaquín Toro, don Félix Rando, don Eladio Segovia, don Pedro de Alfaro, don Narciso Díaz de Escovar, don Eduardo León y Serralvo, don Carlos Rivera, don Manuel González, don Ernesto Vilches, don Juan Bonafé, don José Rivero, don Ricardo López, don José Barranco, don José Cabás, don Emilio Santiago, don José Blasco, don Rafael Cabás, don Manuel Espejo, don José Fernández del Villar, don Ramón A. Urbano, don Arturo Reyes y don Carlos Roldan.

Los asistentes al banquete, lamentaban unánimemente la marcha de la compañía, notabilísima por todos conceptos, que tan buenos ratos les ha propor[cio]nado.

Todos desean que vuelvan pronto a visitarnos.

El de la Umbría. Capítulo octavo



LA NOVELA ANDALUZA

En vista del éxito de esta revista y queriendo corresponder de alguna manera al creciente favor del público, hemos decidido publicar una serie de novelas andaluzas debida á las mejores plumas de los escritores de la región. Arturo Reyes, Julio Pellicer, Ramón A. Urbano, Fernández del Villar, Casaux España, Martínez Barrionuevo y otros nos han prometido cooperar con sus bellos escritos al mejor éxito de esta sección.  

Arturo Reyes, el padre de la novela andaluza, ha abierto la marcha con una narración primorosísima, como todas las que salen de su brillante pluma.

 Por su extensión la vamos publicando en fragmentos procurando hacer los cortes al final de los capítulos, para el mejor conocimiento de los lectores.
La novela de Reyes lleva este título:

El de la Umbría

Capítulo Octavo



Sonaron las ocho y media en el reloj de la vieja iglesia, y Pepa más engalanada que de costumbre, con el abundantísimo pelo graciosamente peinado y con el rostro radiante de júbilo, exclamó con voz emocionada, dirigiéndose á la señá Currita, su pariente:
—Yo me voy y güervo enseguía; ya sabe usté, si viniera Tobalo, le dice usté que he dio á casa de Pepa la Hortelana.

Y dicho esto, dirigióse á la parte posterior del edificio, atravesó el corral, abrió la puerta de éste y salió al campo, rápida y sigilosa.

La noche era fresca y apacible: el cielo aparecía esmaltado de estrellas, sin que una nube empañara su ámbito sereno; ligera brisa hacía ondular suavemente las ramas de los copudos árboles; llegaban hasta allí desvanecidos los ruídos del poblado, y allá á lo lejos, las altísimas cumbres recortaban con sus lomos obseuros el fondo intensamente azul del horizonte.

Pepa caminaba trémula, vibrante de ansiedad y embriagada de gozo. Iba á ver al Niño, á aquel hombre, al que tenía metido en el alma, al hombre único ante cuyo ardiente mirar rendíase á discreción con todas sus fierezas y con todas sus indomables energías; iba á verlo, por fin, tras dos eternas semanas de ausencia: ¡quice días sin verlo!; quince días de angustias y de miedos horribles y de agonías inaguantables; no; aquello no podía continuar de aquel modo; ella quería, si, quería compartir los peligros de muerte al que por causa de ella habíase tenido que lanzar, además, se iba descorriendo la cortina, y su hermano Cristóbal podía hacer con ella una barbaridad el día menos pensado, y más, mucho más, desde que había tenido que echarle toda el agua al molino á causa de las pretensiones de Antonio.

Y absorta en sus meditaciones, iba Pepa saltando arrollos y escalando pendientes, cuando una voz robusta, voz de hombre, la voz del hijo del Naranjero, resonó en sus oídos, dicíéndole con acento sarcástico y despechado:

—Cuidado con los baches, que se pudiera usted ensuciar los zapatitos, morena.

 La Jabalina quedóse un momento inmóvil, llena de susto, de profunda sorpresa al verse vendida, pero su miedo no duró más que breves instantes; reaccionaron los vigores de su alma, y arrancando á correr, sujetándose las faldas con ambas manos, exclamó con trémulo acento:

Estamos vendíos, estamos vendíos.

Nunca había corrido tanto la Jabalina, y cinco minutos después desplomábase rendida en brazos de Pedro, el cual, tras besarla con desesperado ahinco en la boca, preguntóle con voz intranquila:

— ¿Poi qué has venío asín, ajogaita casi? ¿Poi qué le falta el jálito á la única alegría de este probetico desamparao?

—Poique he pasao un miedo mu grande por ti, poique mos han traicionao,— repúsole Pepa con voz jadeante, paseando su inquieta mirada por los contornos.

—¿Cómo, que mos han traicionao— exclamó sordamente el Niño acordándose del ventero.

—Lo que te digo: al venir pa acá me he encontrao un puñao de basura que estaba acechándome escondio en el olivar del Calesero, y ese montón de basura está rabioso, poique quería pa él lo que á ti solito te pertenece, y ese hombre tiée mala cara y tiée que tener podrías las intenciones.

—A ese hombre ya le explicaré yo el catecismo, conque déjate ya de sustos y de aprensiones y siéntate á mi verita, que me estoy muriendo de ganas de verte, y de oler el tomillo de tu boca y de oír cantar en ella el ruiseñor de los quereles.

Y cuando el amor, disponíase á dejar oir sus embriagadoras cadencias bajo un horizonte cuajado de melancólicos luceros, en un ambiente impregnado de silvestres aromas, un relámpago iluminó un instante uno de los espesos breñales de la inmediata ladera, tronó seco disparo de escopeta y exclamó el de la Umbría al sentirse quitado el sombrero del balazo:

—La vida te va á costar el calañés, cobarde!

Y arrojando de un empellón al suelo á la Jabalina, enganchó rápido la manta en el cañón de la escopeta y encorvado, casi arrastra, y ondeando aquel á modo de pendón, lanzóse al puente, al asomar al cual un nuevo disparo iluminó el cercano breñal, y otra bala seseó lúgubremente en los oídos del contrabandista, que abatiendo al punto el engaño, echóse la escopeta á la cara, y

—Dios te perdone!—exclamó roncamente al mismo tiempo que la nueva detonación parecía serpear por las profundas cañadas.

Y si dos minutos después hubiera podido brillar el sol, habiérase podido ver á la luz, á Cristóbal revolcándose en su sangre y arrancando con manos crispadas las hierbas silvestres que cubrían á modo de alcatifa el lugar de la emboscada, y poco más allá, oculto por un corte del terreno, al tío Cachorrito, que murmuraba sordamente:

—Pos ya se vendió el pescao y se me acabó la venta, poique lo que es el hijo de mi madre no reza más en aquella ermita.

Y hubiérase podido ver también allá lejos, muy lejos, al Cantinero, que decíale al hijo del señor Curro:

— ¿No te dícía yo que esta noche rellenaban carne con plomo en el puente del Tejarillo, no te lo dicía yo?

Y mientras el uno se revolcaba con el pecho traspasado, y el otro buscaba mentalmente un escondite donde no le pudiera alcanzar la venganza de contrabandista, y el Cantinero felicitábase de su previsión, el Niño de la Umbría lanzábase al vertiginoso galopar de sú potro Cartujano por los más ocultos senderos de la montaña, llevando á la grupa á Pepa la Jabalina, la que era para él, según él decía, su rosa de Jérico y su manojito de flores.

ARTURO REYES

Reseña de Béticas




El autor de Íntimas, el vibrante y luminoso poeta de Orientales, no necesita ser presentado al público, que por expontáneo [sic] impulso arrebatará de las librerías esta nueva colección de versos, reunidos bajo el título de Béticas.

Estas composiciones de un colorista excelente forman una preciosa gema de cien facetas, todas varias y todas bellas.

La feliz imaginación de Arturo Reyes recibe el rayo lumínico de la realidad y lo descompone en mil colores, que quedan fijos en los versos que va trazando su pluma para deleite de quien pueda saborearlos.

Las poesías de Reyes son todas claras, transparentes, sin profundidades psicológicas ni rarezas de formas.

Llegan sonoras y rectas al sentimiento, y vienen de la fantasía creadora, viajando por asoleados paisajes, por entre flores que perfuman y arroyos que alagan el oído.

El poeta, nacido en Andalucía, hijo espiritual del Sol y enamorado de la luz, lanza un largo canto al amor y á la belleza, que va resplandeciendo, de una obra en otra, en todas las composiciones del libro, sin desfallecer en su entusiasmo más que al amargo pensamiento de que la belleza y el amor no sean eternos en cada ser.

«Oh, realidades que abruman;
cuán poco tiempo perfuman
la rosas á los rosales»

exclama el poeta con sentido lamento.

Y más adelante, en la composición titulada ¡Invierno!:

«Yo amo los cielos cuando me ciegan
y en luz me anegan;
yo amo las noches cuando el bochorno
pesa y abruma;
cuando el espacio parece un horno;
cuando no puede con una pluma
siquiera el viento;
cuando por plétora de vida ardiente,
lánguidamente
sobre mi frente
pliega sus alas el pensamiento.»

En Evocación, en Villamediana, la fuerza descriptiva del vate alienta pujante.

Pasan en aquélla ante nuestros ojos, deleitándolos, pintando el aire de colores y centelleando al Sol, los valientes justadores con sus airones de plumas, que el viento agita, con sus aceradas corazas y refulgentes yelmos.

Se escucha en Villamediana el fragor de la muchedumbre amontonada en la Plaza Mayor, aclamando al gallado magnate que, airoso, dando al aire su blanca capa de terciopelo, sale al encuentro del valiente jarameño, puestos los ojos en la Reina:

«Villamediana, el que altivo
jamás encontró frontera
á sus pasiones y antojos,
el que, del amor cautivo,
clavar quiere su bandera
en donde pone sus ojos.»

Desafía al feroz animal, dueño de la arena,

«y su acometida espera…
y truena la gradería
con estrépito sonoro
al ver sin vida la fiera. »

De este libro no hay que seleccionar. Cuando le tengas entre tus manos, lector, ábrelo al azar y lee: siempre leerás algo bello.

FERNANDO PONTES