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lunes, 13 de mayo de 2013

Donde las dan las toman. Capítulo Tercero

Publicado en: El Heraldo militar (Madrid). 8/8/1914, página 3.

 (CONCLUSIÓN)

—Yo te había visto, mujer, yo te había visto, cuando tu madre me dijo aquella barbaridá; tú fuiste a salir de la alcoba y yo te vide esa carita graciosa, poro como el mal trago ya me lo había bebío y se me había puesto al revés el corazón y había visto amortajaítas pa siempre las alegrías de mi pecho, dije yo: adonde las dan las toman, y pa que no juegue más con pistolas vizcaínas, le voy á dar la esazón, y te la dí; pero ya se acabó tó, y yo te perdono, y tú me perdonas; si tu madre y mi amigo lo permiten te voy á dar un beso en esa clavellina de tu cara pa endulzarme el amargor de boca.

Y se dieron el beso anunciado y algunos más mientras la señá Dolores y el Torozona sonrientes y satisfechos, contemplaban como iluminados por el sol brillante, cual si fuesen de riquísima pedrería, las rosas y los claveles de las pintadas macetas.

Arturo Reyes

Donde las dan las toman. Capítulo segundo


 Publicado en: El Heraldo militar (Madrid). 6/8/1914, página 3.


(CONTINUACIÓN)

—Ya vuelvo—le dijo al «Torozona», y salió del hondilón como si fuera á pedir para alguien los Santos Oleos.

Cuando nuestro hombre penetró en el aposento de la señá Dolores, se incorporó ésta violentamente, se dirigió y se detuvo delante de él, cruzó los brazos y exclamó con sordo acento de reproche:

—Ya te saliste con tu gusto, so pendón; ya te saliste con la tuya; lo estabas pidiendo á voces; tú no podías tener á la vera un relicario como era mi Pepa.

— Como era y como es — exclamó sordamente Toño.

—No; como era, porque ya se ha enturbiado la fuente y ya has conseguido lo que querías.

—¿Qué es lo que yo he conseguido?—rugió Toño, abriendo enormemente los ojos—¿qué es lo que dice usté, agüela?

— Yo digo los Evangelios; yo te di lo que tú no merecías, una prima hermana de la Virgen del Carmen, y tú, que no distingues, te creíste que era una chancla y te empeñaste en tirarla á la calle y la tiraste, y como... Julián el Tormenta estaba en la acera de enfrente esperando el maná, pos vela y tú...

No pudo continuar la vieja. Toño, al oir aquello, había sentido morderle un tigre en las entrañas, ¡su Pepa, su Pepa con el Tormenta!


La señá Dolores se asustó de su obra, quiso enmendar el yerro; pero Toño, lívido y arrebatido, se lanzó hacia la escalera sin oir á la vieja que le gritaba:


— Ven, ven acá, ven por Dios, que tó es mentira.

III

Una hora después estaban de regreso Pepa y lavseñá Dolores en el aposento de éste; habían recorrido todo el barrio, cada una de ellas por un lado, sin encontrar á Toño.

Apenas hubo tomado resuello un instante exclamó Pepa:

Yo me voy, madre; yo me voy otra vez hasta encontrarle; yo me estoy muriendo; no me llega la camisa al cuerpo. ¡Virgen Santa y si encuentra al «Tormenta»! ¡Virgen Santísima y lo que va á pasar!

Y cuando ya se dirigía Pepa hacia la puerta se abrió ésta violentamente y apareció en el umbral el «Torozona» jadeante, sudoroso y con el semblante contraído.

—«Torozona», ¿y mi Toño? ¿aónde está mi Toño?—preguntóle Pepa con voz angustiada, y cogiéndole violentamente por un brazo.

—¿Tu Toño... tu Toño?

—Sí, sí, mi Toño, ¿aónde está mi Toño?

—En la cárcel—repúsole el «Torozona» con voz sombría.

—En la cárcel, ¿y qué ha jecho, qué ha sío lo que ha jecho?

—Pos no ha jecho cuasi na, diez años de chirona tie por lo menos.

—Pero, ¿por qué, Dios mío, por qué?—exclamó Pepa, rompiendo en desesperados sollozos.

—Pues por ná cuasi, porque le ha metió una puñalá al «Tormenta» en los pertorales que no ha dicho
pío siquiera, ¡valiente puñalá!, como que parece que se la ha dao con el espolón del «Carlos V.»

Una exclamación de horror brotó de la garganta de la «Tripicallera», mientras la seña Dolores decíale al «Torozona» con voz desgarradora:

—Y tó por mí; «Torozona», vaya usted por Dios corriendo por un piquete pá que me fusilen.

— Mejor será que sus traiga este pañito de lágrimas— exclamó el «Torozona», asomándose á la puerta del cuarto y volviendo con Antonio cogido por el brazo.

Un minuto después decíale el Toño á Pepa mirándola con infinita ternura:

(Continuará.)

Donde las dan las toman. Capítulo Primero


I

Cuando Pepa la «Tripicallera» penetró en la sala de su madre, entreteníase ésta en hacer prodigios con la aguja en algo parecido á una chapona acariciada por los intensos rayos de sol que inundaban el aposento y convertían en joyeles de piedras preciosas las flores que en tiestos y macetas orlaban el renegrido balcón.

Pepa entró en la estancia á modo de torbellino y sentóse sin deor oste ni moste en una silla, apoyó un codo en el espaldar y una meijlla en la palma de la mano y dio comienzo á redoblar nerviosamente con los tacones sobre los rojos ladrillos.
La señá Dolores desdobló el escuálido busto, se colocó las gafas á modo de venda sobre la rugosa frente y exclamó con acento de reproche, contemplando fijamente á su hija:
—Que Dios te los dé mu güenos.
— Usté perdone, madre, usté perdone; es que yo estoy mu malita, es que á mí mi hombre concluye de golverme loca.
—Tú te tieés la curpa, pero ya á la cosa no se le puée echar tapas y medias suelas, y por un gustazo un trancazo.
—Pero si es que no se puée aguantar á ese charrán.
—Ya le lo ecíamos yo y tó er mundo antes de que fueras á la parroquia.
—Sí, pero es que yo tenía una venda.
—Y vamos á ver, ¿qué hay de nuevo?
—Pos hay de nuevo que yo no puéo más, que tengo repudría la sangre, que hace dos horas, al ir á casa de Pepita la Infundiosa, me tropecé con mi hombre, y lo vide yo, yo, yo con mis ojos, pegar la hebra con Toñuela la de los Lunares, con ese estornúo de mujer, con ese tiesto, con esa cresta de gallo mínimo, que no vale lo que yo espertoro.
— ¿Y qué más? 
—¿Quié usté más? Pus, sí, hubo más; que cuando los vide me fuí pa ellos, y dicen que la Toñuela tiée un ojo como un melocotón, y... mire usté, qué añadío voy á encerrar en un guardapelo.
Y al decir esto sacaba del bolsillo y se lo mostraba en la crispada mano una abundante maraña de pelo rubio.
—Pos mira, en dándole una poca de cal, un añadío pa mí; ¿y qué más pasó?
—Pos pasó que á mi hombre, que está pidiendo á voces un ronzal, se le puso la rabia en el corazón y me llevó á la casa y me ha puesto el cuerpecito acardenalao.
Y la muchacha rompió en acerbo llanto al recordar la contundente escena.
Minutos después deciale su madre empujándola suavemente hacia la alcoba:
—Anda, métete ya dentro, que estará por venir, y lo que es la digestión, se la cortamos; ¡vaya si se la cortamos!

II

Toño sabía dónde estaba Pepi; durante una hora logró dominarse, no sin dar fin á una botella de Montilla ayudado por Juanico el «Torozona» en la taberna del «Ballenero»; pero después se le puso en pie algo en la conciencia y le dijo:
—No seas bruto, hombre, no seas bruto; tu Pepa es más bonita que el sol, más buena que un bálsamo,
te quiere con delirio y tú eres un animal, porque después de faltarla un día si y otro no, y el de enmedio con toditos los jarambeles con que te tropiezas, le amoratas el cutis de terciopelo, y eso es
una judiada, y el día menos pensao se va á cansar tu rosicler de aguantarte y te da el tifus y el cólera y hasta la fiebre amarilla, y vas á andar por esas calles de Dios haciéndole la competencia al «Melena» y á Joselito el de «Vélez».
Y pensando en aquello que le decía, lo que se le había incorporado en la conciencia, no pudo aguantarse más.

(Continuará.)

lunes, 11 de febrero de 2013

Trato hecho

Publicado en Mundo gráfico. 28/8/1912, páginas 6 y 7.


Antonio el Moreno se dirigió á la mesa junto á la cual está el Pelirrojo, y sentándose junto á éste, no sin antes golpearle afectuosamente, con una mano, en el hombro, exclamó, dirigiéndose al mozo de  Los Leones, que, reclinado contra una de las cuarterolas y con los brazos cruzados sobre el pecho, entreteníase en silbar uno de los tangos más en boca.
  
—A ver, tu, Isidoro, café pa mí y unas copas de veneno pa la compaña.

El Pelirrojo permaneció, grave y circunspecto, sin abrir los labios, como era en él casi sistema, y sólo cuando Isidoro hubo colocado delante de él los nuevos cortados de aguardiente, dignóse preguntar, con voz campanuda, al recién llegado:

—Qué, ¿cerraste por fin el trato con el de Osuna?

—Cá, señó Curro; pos no está ese gachó mu equivacao, cámara; usté supóngase que, el mu alma mía, se me ha dejao caer ofreciéndome por los seis muletos y los dos potros dos mil pesetas, cuando las dos mil pesetas, como usté sabe mu requetebién, lo valen na más que el pasarle las manos por las ancas.

—Sí que los bichos valen lo suyo—dijo el señor Curro, con acento reposado,—y yo creo que el hombre subirá la tara y arrematará por llevárselos; pero es que como está tan á gusto aquí, pos es natural, ese tira y afloja que se trae contigo le sirve al hombre de pretexto pa no izar el ancla de esta badía.

—¿y él qué interés tié en no izar el ancla de esta badía?

—¡Pos ni que tú vivieras en la luna! Pos si toíto er mundo sabe que el gachó está una miajita ilusionao por la Lucesita, la novia de tu compadre Antoñico el Tarambana.

—¿Por la novia del Tarambana?—exclamó mirando lleno de inquietud al Pelirrojo, el Moreno.

—Por la misma, y lo más peor no es que él esté por ella una miajita ilusionao, sino que, según parece, á ella no le pone él tampoco la boca amarga, y pa nu' que si el do Osuna no agüeca pronto el ala de aquí, va á tener tu compadre que tomar la mar de Zarzaparrilla de Bristo.

Cuando una hora después penetró en su casa el Moreno, iba con el entrecejo fruncido y la cara para que nadie intentara pedirle un favor.

—¿Qué es lo que te ha pasao á ti, so mal ange, que traes una cara que ni pintipara pa que yo pía el divorcio?—le preguntó su mujer, la cual, con las mangas arremangadas y dejando ver, por tanto, desnudos sus brazos redondos, y tan nítidos que dejaban transparentar las azules venas; y sus pies, de indiscutible abolengo andaluz, empleábase en tender la ropa, recién lavada, que iba sacando de una canasta.

Antonio el Moreno, que al penetrar en el patio lo primero que había hecho había sido quedarse en mangas de camisa y sentarse en una vieja mecedora, no se dignó contestar á la pregunta de su bizarra consorte, y, durante algunos minutos, permanecieron ambos silenciosos.

El patio presentaba un risueño golpe de vista con sus bien cuidados arriates, que la mano de Mariquita cuidábase de limpiar de hojas socas y de flores mustias, y que sus desvelos habían convertido en reducidas verjeles, en que imperaban las notas de rubíes de los geranios y las no menos purpurinas de los claveles de bengala; un á modo de tapiz de enredaderas vestía la parte más ruinosa del muro, donde ponían una nota de intensa poesía las azules campanillas; un carambuco lucía, en uno de los extremos, sus áureos botones, y en otro, un jazmín lucía Sus flores perfumadas; en el centro del patio, y sobre el carcomido brocal del pozo, goteaba el cubo, pendiente de una garrucha, y junto al brocal, sobre un tenderete de pino, el enorme lebrillo de lavar, aún lleno de jabonosas y espumantes aguas, hablaba elocuentemente de la índole pulcra y hacendosa de Mariquita.

—¿Conque no se puée saber—preguntó ésta— qué nialita yerba ha sío la que ha pisao hoy el hombre mas pelmazo y más guasón que ha puesto un divé en este valle de lágrimas?

Sonrió Antonio, y como ya sentía hervirle en el corazón lo que tanto le preocupaba, y como no se sentía nunca á gusto hasta confiar cuanto pensaba y sentía á su compañera,

—Cállate tú, chiquilla—exclamó con acento malhumorado;—que acaba de decirme una esos» el señor Juan el Pelirrojo que me ha puesto la boca más amarga que la tuera.

—¿Y qué ha sío lo que te ha dicho esa carreta de años y de güesos y de malas intenciones?

—Pos lo que me ha dicho ha sío... Tú sabes mu bien lo que yo quiero á mi compadre, Antoñico el Tarambana.

—Vaya si lo sé; pregúntamelo á mí, que cuasi tuve que peirle por la Pastora Divina que no me pusiera chinitas en el camino, cuando tuvo el mal gusto de consentir en ser yo la que te levara y la que te planchara y la que te espulgara y la que te zurciera toas tus prendas interiores.

—Y tú sabes—continuó el Moreno, sin parar mientes en las pahibras de su mujer— que si Antonio ha dio á Córdoba no ha sío más sino porque yo se lo peí por favor, pa que me arreglara una chapuza que yo tenía por arreglar con los Mellizos de Tebas

—¿Pos no lo he do saber, qué gracioso que ores tú: no lo he de saber, si me jiciste que te emprestara los cuatro chavicos que tenía yo arrejuntaos, pa pagarle á tu compadre el viaje, porque aquel día estabas tú con más boqueras que un mirlo?

—Y que de eso te pués tu quejar, salero, cuando eres peor que nadie pa las gabelas.

—¿Y el peligro que corro yo de que no me pagues? ¿Lo ves tú que sí te cito á juicio no me va á querer servir el Juzgao?

—Güeno, dejemos eso y vamos á lo que más interesa, ó sea á lo de mi compadre, al que me parece que le voy á poner un parte pa que se venga enseguía.

—¿Pero, eso por qué?

—Pos por una razón mu sencilla; porque, según me acaba de decir el señor Juan, Pedro el de Osuna, el que ha venío á ver si pué arrecoger los seis muletos y los dos potranquillos , anda dándole coba á la Lucesita, y como la Lucesita, sin ser mala, le gusta más el chufleo con los hombres que á tí mirarte en los ojos é mi cara...

—Jesús, María y José, ya ves, por tu causa me he costipao.

— Pos bien; conforme te diba diciendo, como si mi compadre ha dio á Córdoba ha dio por mo de mí, pos es natura, estoy que me ajogo con un soplío.

—¿Y qué curpa tiées tú que a la Lucesita le guste más que el turrón que la miren y la chufléen?

—Sí, pero es que yo sé que mi compadre está más loco que un cencerro por la Luz, y si viée y se trompieza con que el de Osuna le jace musarañas á su jembra, es mu posible que al hombre le dé la pica, y ya sabes tú lo que es el compadre cuando le da la pica, que dos picas que le han dao en su vía, una le costó estar tres meses y pico en el hospital y la otra una témpora en el Peñón de la Gomera.

—¿y qué quiées tú jacerle, qué curpa tiéos tú de to eso, si es que pasa?

—Es que si mi compadre no hubiera dio por mo de mí á Córdoba, no hubiera pasao naita; porque como la Luz, á pesar de to, á quien bien quiere es á mi compadre y, además, le teme más que á una espá esnúa, pos, ¡como si lo viera!, al primer guiño del de Osuna le hubiera güerto la espalda, y se acabó mi cuento.

—Sí, en eso ti s razón—murmuró, pensativa, Mariquita, y tras algunos momentos de meditación

—Vamos á ver—preguntó sonriendo maliciosamente á su marido;—¿qué te costaron á ti los seis muletos y los dos potranquillos?

—¿Y qué tiée que ver eso con lo que yo digo?

—Vamos á ver, tú contéstame á lo que yo te pregunto.

—Pos bien; á mi, entre lo que me costaron y lo que se ha arrimao, me vienen á estar... me vienen á estar...

Y tras echar cuentas durante algunos instantes de modo mental, el Moreno continuó:

—Pues bien; entre unas cosas y otras y chispa más ó chispa menos, á mí me vendrán á estar en unos seis mil reales mal contaos.

—¿Y cuánto te ha ofrecido á tí por ellos el de Osuna?

—Pos á lo más que ha llegao á subir ha sio á dos mil lordas y la convida.

—¿Y tú cuánto quieres sacar más de eso?

—Yo, menos, pero que un peazo menos de lo que valen; tú suponte que lo que yo quiero que me den es diez mil quinientos reales.

—¿Y dices tú que el de Osuna no ha venío aquí más que á cerrar este trato?

—Como que si ha vinío no ha sío más que porque yo le aconsejé que viniera.

—Es decir, que en cuantito cierre el trato el hombre y arrecoja los bichos, ya puée el gachó estar saliendo de estampía, ¿no es asín?

—Eso creo yo.

—Pos, hijo, premíteme que te diga qué hay días quo te alevantas con los cinco sentios jechaos en espíritu de vino. Si el de Osuna se va en cuantito cierre el trato; si lo que hay entre él y la Lucesita no es más quo cuatro pamplinas y cuatro quiebros de cintura; si tú estimas tantísimo á tu compadre; si tu compadre ha dio á Córdoba por mó de tí; si tú temes que si se entera del pamplineo de Luz con el otro puée el hombre buscarse una esaborición; si á tí los bichos te están seis mil reales mal contaos y el de Osuna te ofrece ocho mil, una de dos, ú eso del apego á tu compadre es pura guayaba, ú hay días en que habría que ponerte una iluminación en la mollera.

—Pero, ¿á qué viée tó eso?—preguntó á Mariquita mirándola con los párpados entornados el Moreno.

—Pos viée á que no sé yo por qué has dé apurarte tantísimo; y si no, ¿quiés tú saber lo que yo jaría en tu lugar?

—Pos de juro que quisiera yo saberlo.

—¿Y qué me vas á dar porque yo te lo diga?

—Según sea lo que tú me digas.

—Pos suponte tú que yo te digo lo que yo jaría en tu lugar y que tú lo jaces y te queas tan contento y con la frente más usa que la palma de la mano, y con la cabeza libre de tantas cavilaciones.

—En ese caso... chavó, en ese caso yo te daría... yo te daría...

—Vamos á ver, ¿qué sería lo que tú me darías?

—Pos yo te daría cien mil millones de besos de los de chipé, y tos ellos en la boca.

A mí me dejas tú de besos, que es mucha la cosecha que tengo yo de eso tó el año. Lo quo yo necesito son partieses ú cosa que lo parezca.

—Vaya, güeno; pos te daré un  mantón que vende la seña Dolore la Garabito.

—¡Ole por mi San Antonio!—gritó repiqueteando los dedos como crótalos Mariquita la Clavelera, y después

—Pos mira—dijo al Moreno,—lo quo yo haría en tu lugar sería llamar ó buscar enseguiita al de Osuna y decirle:—Mire usté, mozo güeno, como usté ha venío á Málaga por mó de mí y se ha metió usté en gastos y yo soy hombre de consencia, yo lo doy á usté los seis machos y los dos postrancos en las dos mil púas del ala, pero se los doy á usté con la condición do que se vaya usté enseguüta y se lleve usté mismo los bichos. Y como el de Osuna, lo que se trae con la Luz no es más que un tonteo, pos el gachó trinca los bichos, se larga tan campante á Córdoba, y aquí no ha pasao ná, pero que naita que ha pasao.

Antonio se quedó mirando como entontecido á Mariquita, y

—Pero eso, ¿cómo no se me ha ocurrió á mí?— exclamó lleno de asombro;—¡si eso no vale el mantón que te he prometió! ¡Si eso se le ocurrió á un tapón de corcho, á un puñao de virutas, á un rancho de calamares! Si eso no es ná, si eso no vale ná, si eso es como dicir Jesús cuando se estornúa.
Mariquita miró con expresión de cómica indignación al que de modo tan cruel recompensaba su femenil clarividencia, y

—Pos eso no quie dicir más sino que tú chanelas menos que un tapón y que un puñao de virutas y que un rancho de calamares, y como yo no tengo la curpa de ná de eso, á mi me tiés tú que mercar el mantón de la seña Lola Garabito.

—Sí, mujer, sí—se apresuró á decir el Moreno

—te lo compraré, ya lo creo que te lo compraré, ¿qué culpa tiés tú de que yo sea tan bruto? –Por vía de la Malena! Ahora mismito me voy á buscar al de Osuna. Y aquella tarde, cuando ya dado fin á los cuotidianos quehaceres, penetró de nuevo en su hogar

Antonio el Moreno, exclamó sonriente y dirigiéndose á su mujer que, graciosamente acicalada, tocado de flores el magnífico cabello, le esperaba cosiendo sentada junto á la puerta del patio, en el que el sol muriente ponía sus últimas claridades:

—Dicho y Jecho, cámara; dicho y Jecho, y toma y guarda en la gabeta esos parneses.

Y al decir esto arrojaba algunos billetes de Banco en la falda á su mujer, que le preguntó sonriendo:

—¿Y qué, se va mañana, por fin, ese arma mía?

—Mañana mismo se va, gracias a Dios y á tu boquita de grana.

—Pa que aluego presuma la Luz con los tenteos del de Osuna. Y ya ves tú si puée tontear, cuando no ha valió pa él tan siquiera ni dos mil quinientos ríales.

Y con razón, con sobradísima razón habíale contestado aquella tarde á su marido Mariquita la Clavelera cuando aquel le ofreciera cien mil millones de besos en pago de sus consejos, que de besos tenía ella siempre más que sobrada, sobradísima cosecha.


ARTURO REYES

domingo, 10 de febrero de 2013

Lo que puede una lágrima

Publicado en: La Correspondencia militar. 17/1/1912, n.º 10.416, página 3.


(CONCLUSIÓN)

II

Lo que aquella mañana hubo de decirle la señá Pepa á Lola, trata á esta hecha un mar de confusiones y llegada que fué la hora en que Toñico solía ir á su casa á quedarse tonto de gusto, mirándola, salióse, como siempre, al patio, y sentóse junto al brocal del pozo, junto el cual solía sostener sus sabrosas pláticas con su fiel enamorado.

—Pero oye tú, Lola—le preguntó la señá Rosalía, la casera, con voz llena de retintines—, ¿es que esta noche no tié mejor empleo en la ventana tu presonita graciosa?

— Eso será sigún lo que me pía el cuerpo— repúsole aquélla con acento malhumorado.

—Pos Joseito el Cartujano es quien lo dice; él es el que dice á tó el que lo quiere oir que esta noche viee á las diez á tu reja, pa tratar contigo de las primeras amonestaciones.

—Eso será sigún y cómo ¿verdá tú, Olores?—preguntó á ésta el tío Paco el Cenachero; y al ver que ésta no le contestaba, continuó:

—La verdá es que yo tampoco sabría por que camino tirar, y yo en el pellejo del Cartameño, armaba un jollín que había de soñar más que un retrato.

Pronto se generalizó la conversación entre los vecinos, y ya empezaba á sentirse cansada Dolores, cuando penetró en el patio Toñico el Catameño, el cual, con el sembrante triste y contraído, después de saludar á la concurrencia con voz sorda, dirigióse á Dolores, cogióle bruscamente una mano, la contempló con angustiosa ansiedad, con una mirada toda pena, toda súplica, toda amor y preguntóle con voz trémula, con voz casi asustada y tan apagada que no pudo ser oída más que por Dolores:

—¿Es verdá, Olores, lo que me acaban de decir? ¿Es verdá que vas á dejarme por uno al que le dicen Joseíto el Cartujano?

Dolores contempló á Antonio con mirada cobarde, y repúsole, procurando sonreir, y con acento tembloroso:

— Y ¿quién ha sío el malita sangre que te ha dío á ti con esa mala noticia?

—¡Qué importa quien haiga sío!... uno... y, ¡camará si me dieron tentaciones de matar al que me lo dijo; Pero aluego recapacité, y como yo comprendo que yo no me merezco que tú seas pa mí, me dije: puée que sea verdá... puée que no me quiera... puée que quiera á ese otro, y si ella quiée á ese otro, y si ella quiée á se otro, peirle que deje de quererlo sería como él me dijieran á mí manque me lo dijieran el rey en presona, que dejara yo de querer á la que es aún más que el agua que bebo, y que el aire que respiro.

—Pos ¡no he de quererte yo á ti, Toño!¡No he de quererte yo á ti, mi Toño!—exclamó Dolores, á quien más que las palabras, el acento vibrante y hondo, y casi sollozante de aquel empezaba á lastimar el corazón y á despertar la conciencia.

—Sí, ¡si yo no digo que no me quieras!.... ¡no dijo que no!... tú me querrás, pero como se quiée á un amigo... á un amigo... ¡qué pena más grande Dolores, qué pena más grande! Yo, desde jace mucho, muchísimo tiempo, no he pensao en nadie más que en ti; tú has sío siempre el rosal que me ha llenao el alma y el pensamiento de flores; cuando tenía un pesar, una duquita de muerto, pensaba en ti y se me orviaban mía [ilegible], cuando me dolía el cuerpo de tanto trabajar día y noche, decía yo: "Anda y paese y rómpete si sa menester, cuerpo mío, que es por ella y pa ella lo que sufres y lo que paeses, que es pa juntar pa que á ella no le farte naita, pa que tenga gloria que se le antoje"; y yo trabajaba y trabajaba, y juía de los amigos y no pisaba una taberna, y á juerza de suores y de fatiga tenía ya, sin que la tierra se [ilegible] las plumas pa fabricar mi nío aquí do pensaba en dicirle Mía [ilegible] pa tí tiées mi corazón y mi [ilegible] temblaba si es que tú los quieres creía haber ya tó de alegría... cuando...[ilegible] ganso de gloria [ilegible] Toñico el Cartameño y una y negrísimas pestañas.

Dolores vió aquella lágrima, vió aquella lágrima, vió á Toño [ilegible] brutal y rabiosamente los ojos [ilegible] puños cerrados, y [ilegible] se le incorporó en el alma, y

—Pero, ¿quién ha sío el remardita sangre que te ha dicho á ti, que yo no quieo pa mí tu nío y tu corazón? ¿Quién ha sío el que me ha alenvantao ese farso testimonio?

Y una hora después mientras Toño el Cartameño, radiante de [ilegible] veíase retratado en las anchas pupilas de Dolores, y el Cartujano alejábase aburrido y desesperado, de la calle cansado de lucir el garbo de su persona por delante de la cerrada reja de la mujer en [ilegible] las vecinas seguían cuchicheaban animadamente en pintorescas agrupaciones y la señá Pepa y el señó Frasquito, [ilegible] en el umbral de su sala y bañados en luz de luna, recordaban, sin duda con melacólica vaguedad, al contemplar á Toño y á Dolores, su ya bien remota juventud, y sus muertas alegrías.

Arturo Reyes

miércoles, 6 de febrero de 2013

Los Zarcillos

Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 1/2/1911, página 30 a 33.

Dolores, tras arreglarse delante del espejo con dedos hábiles los rizos de su blonda cabellera, se colocó entre ellos un rojo clavel de Bengala y se dirigió, con paso gallardo y rítmico, hacia donde tenía la cesta de la costura.

Y sentádose que hubo, no sin arrojar antes una mirada por el entreabierto balcón en la, á la sazón, calle desierta y soleada, y cuando á continuar se disponía su trabajo, asomándose á la puerta de la habitación la seña Currita la Bigotona, la preguntó, con voz zalamera.

—¿Se puée pasar, Dolorcita?

—A ver si viée mi Antonio y la coje á usté aquí, y si la coje vamos á tener que emigrar usté y yo á las Pampas Argentinas.

— ¡Cá!...No me coje;lo acabo de ver al pasar en la taberna del Cuco, jugando al dominó con Periquillo Canales—,dijo, penetrando en la habitación la señá Currita, hembra de más de sesenta navidades y de vientre y caderas imponentes, la cual, sin previa invitación, se apresuró á hacer crujir uno de los sillones de caoba, forrados de cretona, que decoraban la habitación, bajo su imponente balumba.

— Pero es que ya sabe usté que él no quiée verla á usté por aquí, y yo no quieo tampoco que me busque usté una esaborición, sin comerlo ni beberlo; ¿usté se entera bien de lo que yo á usté le digo?

— Pero, si no viée, mujer; ¿si yo creyera que pudiera venir ahora, y no lo hubiera visto aónde le he visto, crees tu que yo hubiera venío? Pos si le temo yo más á ese gachó que á un retaco sin seguro.

—Pus por si ú por no, lo mejor que jase usté es izar el ancla y poner proa á la mar, y además que estoy esperando á mi madre, y ya sabe usté que mi madre también la tiée á usté una miajita de manía, porque como la pobre es tan supersticiosa...¡y no hay una sola vez que usté venga que no mos pase algo malo! Mire usté, la última vez que usté vino, no había usté Jecho más que salir y se mos pegó el puchero.

— Vamos, mujer, á ser una miajita menos lunática, y sobre tó, que si yo he venío hoy no es por platicarte como tú te crees de Joseito el Barrilero, sino pa que veas un par de zarcillos que ya quisiera lucir la de más ringorrango; como que los rematé esta mañana en las Lagunillas, y en cuantito los rematé, me dije yo pa mi:

—Lo que es este par si que merecían lucirlo las dos orejas más invisibles que ha puesto Dios en el barrio.

—¿Y eso de las orejas invisibles, lo dice usté por las mías?

—¡Digo!, ¿puspor quién va á ser, si no por ti? ¿Qué jembra hay en toito er mundo que tenga dos anises por orejas?

—Vamos, menos anises, y enséñeme usté ya de una vez esos zarcillos.

—Sí, pero no te vayas á afertar mucho al verlos, y sea cosa de que te vaya á dar un desmayo.

Y la señá Currita, ocultando su mano en su seno y tras rebuscar durante casi un minuto, sacó un pequeño estuche de badana que entregó á la costurera.

A esta le chispearon de codicia los hermosísimos ojos, al ver brillar sobre el fondo de terciopelo del estuche los ponderados zarcillos— dos ópalos entre dos á modo de grecas de pequeñísimos diamantes.

—¡Qué requetebonitos que son! — Murmuró con voz trémula, y después, tras dejar  escapar un resonante suspiro, cerró bruscamente el estuche, que devolvió á la vendedora, diciéndole con voz apagada:

— Eso no es pa mi, señá Currita; yo necesitaría, pa compar eso, perder jasta las pestañas cosiendo desde ahora jasta que güelvan los Reyes Magos.

— ¡Cá, tonta! ¿No comprendes tú que tratándose de ti yo te los doy como tú quieras? Tú suponte que si tú los quieres, te los doy en quince duros y, además pa que me los pagues cuando á tí le de la repotentísima gana, y eso si es que no quiées tú que me los pague un pajarito verde que no jase más que piar por ti encimica de tu alero.

—¿Cuándo he visto yo arrejuntaos quince duros?—Dijo, haciéndose la sorda á lo del pájaro verde, la muchacha.

—Pos en cuantito digas tú pío, ties tú, no digo yo quince duros, sino quince mil y un automóvi en la puerta; ¡pos apenaas hay güenos mozos, con más rentas que el gobierno, eseandilo que tú los entornes un párpado tan siquiera!

—¿Vé usted?—Dijo Dolores, poniéndose grave—. Por esas cosas no quiée mi madre, ni quiée mi Antonio que entre usté aquí, ni de noche ni de día, ni entre dos luces, serrana.

— Porque dambos están en el limbo, porque, miá tú, yo no he sio nunca mala, y no quieo yo que la más honra me lleve á mí ni una raya tan siquiera: pero es que las probes no poemos tener retantísimos repulgos pa con las cosas: porqué es que no puée ser, porqué no se puée vivir del trabajo, y sino vamos á ver, ¿qué ganas tú despestañándote como tú dices,desde que amanece hasta que sale la luna?

 Cuatro ó cinco reales á tó lirar, y tu hombre, según tú misma me has contao, cuando está como ahora viviendo de rebusco, no llega ni á dos pesetas lo que gana, ¿no es asín? Bueno, pos supongamos que ganan ustedes entre dambos doce ó trece reales diarios; ahora bien; pa medio merendar tres presonas que seis, se gasta cuasi las tres pesetas, y si no, ajustá: un pan por lo menos, cuatro pachonas, y dos de azúcar y una de café son siete, y tres de aceite son diez; y cuatro del puchero, y dos de pescao,y un rial de huevos de los que cuando se cojen cacarean, y una perra de jigos brevales, ya tiés dos púas, y ahora agrégale á eso un rial de petróleo y otro rial de casa, y pón un rial de tabaco y otro de afeitao y de una copa que se tercie, y ya tienes toito lo que entre dambos ganais, y ahora pa jabón y pa medicina y pa comprar un peine ó un par de zapatos ó una vara de percalina, ó roban ustedes, ú se mueren y revientan en un rincón, y tan y mientras que tú, que debías estar engarzá en oro, vas con la camisa con más zurcios que tiée cocos un potaje de lenteja, y con dos ligas que serán dos cuerdas pa el pelo, fíjamente y no sabrás, lo que es descansar en un colchón de lana ni lo que es llevarse un durce á la boca, tan y mientras, otras que no valen lo que la caspa que tú te quitas, esas van por ahí en coche y con vestíos de sea y con arracás de diamantes goliendo á gloria bendita.

Las palabras de la vendedora pusieron meditabunda a Dolores; lo que aquella estaba diciendo era la verdad, la santa verdad; lo mismo habíase dicho ella muchas veces al buscar tras la fatigosa brega diaria, en el sueño, un oasis donde olvidar los rigores y crueldades de la contraria fortuna.

— ¿Qué, me llevo los zarcillos?—le pregunto, tras algunos instantes de silencio, la señá Currita, volviendo á colocar el adorno tentador ante los ojos de Dolores, atónita.

— Pos, naturalmente—le repuso esta, posando una última codiciosa mirada en el estuche.

—A ver, pruébatelos —á ver que tal te caen—díjole la vieja, sonriendo pérfidamente.

No pudo resistir la tentación la muchacha y momentos después, mirábase al espejo moviendo la cabeza para ver brillar más intensamente los zarcillos en los dos pétalos de rosa que le había puesto Dios por orejas.

Y cuando más engolfada estaba mirándose en la no muy fiel luna del espejo, se abrió bruscamente la puerta de la sala y apareció en el dintel Antonio el Belonero, el cual plantándose en el umbral de la sala con las manos en la cintura, el sombrero tirado hacia atrás, sobre la tersa frente juvenil los revueltos mechones de su pelo negro y reluciente, y contraído el semblante de cutis ligeramente sombreado en el labio superior y en las mejillas por la bien afeitada barba y el bien afeitado incipiente bigote, de boca de graciosa estructura, nariz ligeramente arremangada, y de grandes ojos de mirar en aquellos momentos, centelleante, y vestido con algo de achulada elegancia, exclamó con voz amenazadora , y mirando de modo casi contundente á la vendedora:

— ¡Cuado yo digo que usté va á salir de esta casa por aonde salen los más malitos olores!

La señá Currita, que á la entrada de aquel había palidecido, exclamó con acento balbuciente:

—¡Pero, hijo, ni que yo fuera el alguacil del juzgao! Yo no sé que haiga jecho naita pa que usté me haiga tomao retanto aborrecimiento.

—No ha jecho usté naita malo, porque aquí no hay maera pa lo que usté busca, y si no vamos á ver, ¿á que no ha venio usté á naita güeno á esta casa?

—Pos se dequivoca usté del tó, pero que del tó, por que el venir no ha sio pa naita de lo que usté se figura—dijo la Bigotona, á la que un color se le iba y otro se le venía, acordándose de las muchas barbaridades que contaba Antonio en su glorioso historial de hombre poco sufrido y de malísimas pulgas.

— Pero, entonces ¿á qué ha venío usté por mi güerto? ¿á venio usté por claveles?

—Pos si he venío, ha sío porque como pasaba por la puerta... y como yo les tengo voluntá á ustedes, y estos zarcillos son un regalo, pero que un verdadero regalo...

— ¡Un regalo!—dijo Antonio, tomando los zarcillos de manos de su mujer.

—Si señó, un regalo cuasi, y como yo... ¿Pero usté no sabe que yo estoy parao jase un montón de tiempo, y que pa dir medio tirando ha tenío mi Dolores que volver á la costura, y que traerla unos zarcillos de oro y de piedras finas á una mujer que no puée salir de un caldisopa es motivo más que sobrao pa que yo la coja á usté por el sitio que menos ruío puea usté dar y les dé gusto á los dátiles y se quite usté ya de ir buscando ruinas de puerta en puerta, en tó el barrio aonde yo vivo?

—Es que—. Dijo poniéndose lívida la Bigotona, al ver avanzar hacia ella en amenazadora actitud al Belonero, mientras Dolores forcejeaba por sujetarlo—Es que usté está dequivocao der tó, y tiée usté mu malillos pensamiento; es que esos zarcillos no son lo que usté se piensa, es que esos zarcillos son , y tan son, que lo que valen no pasa de seis pesetas.

Antonio se detuvo, y tras un solo instante de perplejidad, exclamó procurando, inútilmente, poner una expresión de candidez suprema en su acharranado semblante.

—¿Pero qué es lo que está usté diciendo? ¿Qué nó valen más que seis púas estos zarcillos?

—Si, señó, seis púas son lo que valen.

—¡Pus haberlo dicho antes, mujer, quien diba á pensar!..., ¡pus si parecen que son de los de ole con ole!, y tanto es asina, que me voy á quear con ellos, que quiero yo que ya que esta va á ser la última vez que pienso verla por aquí, quiero yo que se vaya usted contenta de mis cubriles.

A la Bigotona se le erizó hasta el negro vello del labio, anchas gotas de sudor empezaron á surcar por su rugosa frente, tremenda angustia se retrató en su rostro congestionado y:

—¿No, pa qué? Si yo se los he traío ha sio na más pa que Lolita los vea —. Exclamó, con acento ahogado y tembloroso.

—Es que—repuso el Belonero, con cruel ironía—, por seis púas, como hoy, gracias á un divé, las tengo, le doy yo gusto á la jembra que más estimo. Con que tome usté su parné, pero mucho cudiaito en que güervan á ver á usté por aquí los ojitos é mi cara.

La señá Currita miró con la agonía en los ojos al Belonero, comprendió que rectificar el precio de los zarcillos equivaldría á no salir con hueso sano de aquella casa, y al sentir como el miedo paralizaba la sangre en sus venas, lanzó una mirada dolorosa de despedida al estuche, y minutos después decíale á Joseito el Barrilero, con acento entrecortado por la fatiga:

—¡Ay, señó José, y en que horita más guasona me dijo usté que fuera con los zarcillos á casa de la Dolores!
Y cuando Joseito el Barrilero se hubo enterado de lo ocurrido, dijo á la seña Currita, encogiéndose de hombros:

—Po lo que es esos quince duros no se les paga á usté el hijo de mi mare, porque ya sabe usté lo que yo le dije, que esos zarcillos los pagaba yo, pero había de ser con el conque de que yo me había de enterar de como besan los labios de la gachí que más quiero.

Y Joseito salió de la casa, mientras la señá Currita retorcíase las manos y murmuraba con acento rencoroso, poniendo en él una no menos rencorosa mirada:

—¡Asín te dieran el beso que yo sé aonde yo sé y con una de Albacete!

ARTURO REYES

viernes, 1 de febrero de 2013

A punta de capote

Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 1/8/1910, página 7.


—Comadre, mú güenos días. 

—¡Josús, y cuánto güeno por aquí! ¿Qué méritos habré jecho yo la noche pasá pa tener este alegrón esta mañana?

—Pos no repique usté mucho, comadre, que entoavía va usté á concluir por ponerme en mitá de la del Rey.

—Eso no, asín viniera usté á darme un disgusto en vez de venir á traerme chocolate.

—A lo que yo vengo es á traerle á usté un colirio pa que vaya usté mejorando una miajita de los ojos.

—¡Pero qué empeño que tiée usté, comadre, en que yo ando mal de los ojos!...

 —Y tan mal como anda usté, comadre, pero por mí no deje usté su jacienda, que no tengo priesa ninguna.

—Pos mire usté, si usté me lo premite, voy á seguir planchando este camisón, porque, según parece, mi señor Don Cayetano tiée hoy que vestirse de gala pa dir á ver á algún diputao á Cortes.

—¿De gala, verdá? No es fijamente mal diputao el que tiée que ver ese caballero, otro diputao como el que tiée que ver el mío, porque el mío también hoy se ha vestío de tiros largos; como que me ha dao un sofoquín porque no tenía limpios los calcetines granate.

—¿Pero por qué ha de ser siempre tan mal pensá, comadre? ¿Por qué no ha de ser verdá que tengan que dir dambos á jacer esa visita que dicen?

—¡Que por qué no ha de poer ser verdá!—exclamó, incorporándose, como sacudida por un fleje de acero, Rosalía la Campechana.—Porque no lo es, porque yo esto que digo me lo sé á clavito pasao... ¡jaser una visita!... Como que dambos pendones tiéen quedir hoy á pendonear con dos archiduquesas
que acaban de llegar de Sivilla,dos lañas más jarticas de roar que un mingo sobre un tapete.

—Pero, comadre, ¿por qué se ha de creer usté siempre lo que le dicen ó lo que ensueña?

—No, comadre, que esto que le estoy diciendo yo á usté es el Evangelio; que esto me lo ha dicho á mí la Tapones, la sobrina de Antonia la de Pepillo el Trabuco.

—Pero usté no sabe que esa Tapones el día que no indispone un matrimonio bien avenío... aquella noche se le corta la digestión y no puée pegar los ojos.

—¿Pero qué interés diba á tener la Tapones en venirme á mi con un cuento?

—¿Y qué interés tiée en soltar baba los caracoles? ¡Vamos, comadre, déjese usté de tonterías!... Y sobre tó, supongamos que sea verdá eso que le han dicho á usté, vamos á ver: ¿que es lo que usté consigue con enterarse?

—¡Que qué consigo! Pos ya lo verá usté: darles un pregón a dambos y jacer que á dambos se les corte el cuerpo. ¿Que qué es lo que consigo? Desmoñarla á ella, si logro ponerle la mano encima...¡Que qué consigo!.. Si tendremos toas la sangre como usté, que lo que tiée usté no es sangre sino un medio de arvellana.

—Mire usté, comadre, yo tendré ó no tendré la sangre de eso que usté dice; pero tenga usté la seguridá de que con ese genio que tiée usté, no se consigue naíta de los hombres, cuando los hombres son como lo son el de usté y el mío.

—¡Pero qué genio ni qué ocho cuartos, ni qué tiro que me peguen!... ¿Es que quiere usté que me entere yo de que hoy mi hombre se va con otra mujer de ¡viva y viva tu mare!, y yo me quée tan tranquila abanicándome á la sombra de la parra?

—¡Pero si yo no digo naíta de eso!... Si lo que yo digo es que con pillar catorce berrenchines no jace usté ná, y si está nublao, pos tan nublao, y si está azul, pos tan azul.

 —Pero vamos á ver, comadre: supóngase usté por un instante que sea verdá lo que me ha dicho á mí
la Tapones.

—Güeno; supongámolo, y que yo ya me lo he suponío.

—¡Y me lo dice usted tan fresca, comadre!

—Pero ¿es que quiée usté que me tire al pozo?

—Y se queará usté tan fresca sabiendo, cuando el compadre se está poniendo de tiros largos, que si se pone de tiros largos es por dir en busca de otra señora.

—Fresca no me quedaría, pero tampoco me daría un síncope.

—Y gantes de que se fuera ¿qué haría usté?

—¿Yo? Procurar que no se fuera, pero no dándole ningún pregón, sino trabajando la partía como la debemos trabajar las mujeres: dándole coba jasta que se le cayera el barniz.

—Llorando y gimiendo ¿verdá?

—No, comadre, sin llorar ni gemir. Y si no, vamos á ver: ¿usté no dice que mi Paco tiée que dir con su Pepe de usté hoy de juerga con dos archiduquesas que han venío de Sivilla?

—Eso digo... Pero lo que es el mío, no vá, ¡qué ha ir el mío! Como que pa dir tendrá que dejarme á mi colgá, pero que colgá, de cualquier viga del techo.

—¡Y qué necesidá tiée usté de que hagan con usté esa perrería

—Pos quisiera yo que usté me explicara cómo se puée conseguir que no se vaya de juerga un hombre, sin armar una que sea más soná que la degollación de los inocentes.

—¡Pero si eso es la mar de fácil, comadre! ¿Quiere usté ver cómo mi Paco, sin que yo le pía que se quée, se quea sin dir á esa cita que usté dice?

—Eso tendría yo que verlo pa creerlo.

—Pos la cosa es la mar de sencilla. Mi Paco ha quedao en venir á vestirse y á almorzar á las doce en punto; asín es que si usté quiere, se quea usté aquí y me ve manejar el percal, á ver si consigo yo que usté aprenda arguna vez á llevarse á su hombre á punta de capote á donde á usté le dé la repotentísima gana.

—¡Pos ya lo creo que sí, que quiero ver esa faena tan maravillosa, comadre!

—Pero con la condición de que no hable usté una sola palabra de citas, ni de celeras, ni de ná, y de que á tó lo que yo diga, diga usté que sí catorce veces seguías.

—Desde luego que sí, comadre.

—Pues no hay más que hablar. ¡Ya verá usté cómo mi Paco no va hoy, ni solo ni con su compadre, á ver esas dos archiduquesas sivillanas!

—Si usté consigue eso, comadre, le regalo á usté el mejor de mis pañuelos.

II

Cuando Paco el Garibaldino llegó á su casa no pudo evitar que reflejara su rostro su extrañeza al ver en ella á su comadre, y

—Vaya—pensó—ya esta pícara perra pachona se ha golío la cosa y ha venío á evitarlo soliviantando á mi Dolores.

Esta, que se había alisado el cabello y puesto un vestido azul que embellecía su figura y cuyo color contrastaba armónicamente con su pelo rubio y brillante, sus ojos grandes y azules y su tez nacarina, recibió á su marido con la sonrisa en los labios, y

—Ya empezaba yo á pensar que se te había parao la vida—le dijo, cogiendo el sombrero que aquél se acababa de quitar.

Y tras de colocarlo en el perchero, se dirigió de nuevo hacia Paco, diciéndole con acento alegre y sonoro, como el trinar de un pájaro:

—Ya tiées la ropa planchá... Asín es que cuando quieras te pones más pinturero que toíta España.

—No corre priesa: entoavía es mú trempano.

—¿Y por qué no almuerzas antes de ponerte de pontificá?

—Porque no tengo ganas de abrir la boca.

—¿Quieres que te haga antes un refresco?

—Pos, mira tú: no me caería eso mal del tó, porque estoy más achicharrao que el cisco.

—Ya se encargará de desacalorarle algún alma caritativa,—murmuró casi mentalmente Rosalía.

Dolores se apresuró á complacer á su marido, y momentos después sus manos pequeñas, limpias y sonrosadas, presentaron en reluciente vaso el refresco ofrecido al jacarandoso perchelero.

—¡Vaya si está superior,—dijo éste cuando hubo dado fin á la fresca limonada.

—¿Y por qué no te quitas la chaqueta y te echas un ratillo?... A bien que la comadre es de confianza.

— Hasta cierto punto—dijo él, mirando con expresión picaresca á su comadre.

Sonrió Paco y...

—¡No, no me echo, porque si cojo el sueño no va á haber aluego quien me despierte!

—Yo te llamaré, tonto, á la hora que tú me digas.

—No, no me echo.

—Como tú quieras—dijo Lola.

Y sentándose frente á su hombre, continuó, dirigiéndose á éste:

—¿A que no sabes tú quién ha estao aquí esta mañana?

—No sé.

—Pues mi prima Remedios, que vino á convidarme á dar un paseo.

—¿Y qué le dijiste?

—¿Y qué le iba á decir? 


Que yo soy una faluga 
que tiene su timonel
y que soy barquito á pique
cuando navego sin él.

Contempló el Garibaldino con expresión efusiva á su mujer, y

—¿Pa ónde se diba á dar ese paseo?

—Pos, según creo yo, por el Arroyo de los Angeles.

—¿Y por qué no le has dicho que sí?

—Porque á ti no te diba á gustar, porque, según me dijo mi prima, también va á dir con ella Rosarito la Tulipana.

Se acordó Paco de que el que á la sazón era novio de la Tulipana había sido pretendiente de Dolores y miró á ésta como agradecido á su negativa, y dijo:

—Eso no le hace: aonde quiera que tú vayas, y sea con quien sea, van siempre bien los ojitos de mi cara.

—No, es que no era de mi gusto ir, y sobre tó, que si tú arremataras temprano y pudieras venir, y quisieras, te peiría yo que me llevaras á dar un paseo.

—Y si no voy á poder, mujer, si ya sabes tú que se trata de dir á ver á un amigo y al que ni yo ni mi compadre hemos visto desde hace una pila de años...

—¿Ha estao quizás en la Argentina?—le preguntó con acento sarcástico, no pudiendo contenerse, Rosalía.

Contempló Paco con aire inquieto á su comadre, y

—No, en la Argentina no, que yo sepa —le repuso con cándida expresión.—Pero sí ha estao muchísimo tiempo al frente de una tumba en el Puerto de Santa María.

—Güeno, pos no te preocupes por lo del paseo—dijo Dolores.

Y después, dirigiéndose á su comadre, añadió:

—Pos ya no me mande usté el mantón, comadre.

—Bueno—le repuso ésta, acordándose de lo que á Dolores había prometido.

—¿Pero es que le habías pedido el mantón á la comadre?

—Es que—dijo Lola sonriendo—había pensao una cosa; y era, aprovechando que tú estarías de tiros largos, pos había pensao que antes de dar el paseo fuésemos á la fotografía y nos hiciéramos juntas
un retrato... Mira cómo yo quisiera que mos lo hiciéramos: yo, pongo por caso, sentá en una silla con el mantón de Manila de la comadre, terciao, y un puñao de claveles en el pecho y en la cabeza; el vestío de seda y la caena de oro; en fin, con toito lo del escaparate, y tocando la guitarra; y tú, de pié á la vera mía, con el sombrero echao hacia atrás y mirándome como cuando... ¡Vamos, ya sabes tú
cómo yo digo!

—Vamos, comadre, que me parece á mí que voy á tener que dirme—exclamó levantándose y fingiéndose cómicamente indignada Rosalía.

—Vamos, comadre, no sea usté tan súpita—dijo riendo Paco—que no hay por qué soliviantarse.
Y después, dirigiéndose á su mujer, le preguntó:

—¿Y tú sabes los parneses que cuesta hacerse ese retrato, y que estoy más arriao que una vela?

—Es que yo no necesito parneses—le repuso sonriendo maliciosamente Dolores.

Y dirigiéndose hacía la cómoda sacó de uno de sus cajones una cajita, que agitó alegremente haciendo sonar su contenido.

—¡Ah, pícara!—exclamó Paco.—¿Con que esas tenemos? ¡Con que no se puée uno aquí dejar colgao en ninguna parte el chaleco!

—Y si no fuera por eso ¿con qué te diba yo haber mercao lo que te he mercao?

—¿Y qué ha sío lo que tú me has mercao? Que yo me entere..

—Pos una corbata azul superiorísima... Pero esa no la ves hasta mañana, que es tu día y cumpleaños
de...

—¡Pos es verdá, que mañana es cumpleaños de nuestro casamiento! ¡Cinco, años!

—Pos mira tú lo que son las cosas: á mí me han pareció esos cinco años cinco días... ¿Pero qué estas haciendo?

—Pos ya lo ves, quitándome la chaqueta.

—¿Pero te vas á echar, por fin, un ratillo?

—Sí... Digo, si me lo permite la comadre.

—Por mí, como no sea más que eso...

—¿Y á qué hora te llamo si te queas dormío?—le preguntó Dolores á su marido, al par que lo acariciaba dulcemente en los ojos.

—Pos mira, yo estoy citao con el compadre a la una... Pero...

—¿Pero qué?

—Que estoy pensando en que ese amigo bien podíamos visitarlo otro día, mañana, pongo por caso, y como la comadre verá dentro de un rato al compadre...

—¡No, mira, por mi no lo hagas. ¡Otro día que tú no tengas que hacer me llevarás de paseo y nos haremos el retrato... ¡Por más que hace hoy un día tan hermoso! Pero, en fin, antes son tus gustos que los míos.

—No, mira, yo ahora me echo un rato, y si cojo el sueño, tú tan y mientras te jaleas y á eso de las tres me llamas.

—Pero, mira, Paco, que si eso te contraría...

—No, mujer, no me contraría—dijo Paco.

Y después, dirigiéndose á su comadre, exclamó:

—Y usted, comadre, me hará usté el favor de disculparme con el compadre.

—¡Ya lo creo!—respúsole aquella poniendo una mirada de asombro en Dolores, que la miraba con expresión de triunfo y como diciéndole en el dulce y elocuente idioma de luz de sus grandes ojos azules:

—¡Lo vé usté, comadre, usté vé cómo á los hombres no hay más sino que saber manejarlos, y cómo esas archiduquesas sivillanas se quean hoy sin ver á Paco el Garibaldino!


Reseña de De Andalucía y publicación de Donde las dan las toman




Arturo Reyes, además de su gran talento y exquisito buen gusto (¡qué meritorio es esto último en los tiempos que corremos!), es, si no el más, uno de los más sinceros escritores regionales. Y bien meritoria es también la cualidad esta; porque no son pocos los que usan de una literatura regional ad usum Delphinis, quiero decir, de certamen nacional de género chico.

Los tipos y paisajes que de su país nos presenta Arturo Reyes, tienen el encanto de una realidad pasmosa avalorada por el arte de la mejor ley. De Andalucía, es un libro extraordinariamente bello. Todos sus cuentos, llenos de gracia y de emoción, son de loa que se releen y no se olvidan.

He aquí uno de ellos, para regalo de los lectores:


DONDE LAS DAN LAS TOMAN

I

Cuando Pepa la "Tripicallera" penetró en la sala de su madre, entreteníase ésta en hacer prodigios con la aguja en algo parecido á una chapona acariciada por los intensos rayos de sol que inundaban el aposento y convertían en joyeles de piedras preciosas las flores que en tiestos y macetas orlaban el renegrido balcón.

Pepa entró en la estancia á modo de torbellino y sentóse sin decir oste ni moste en una silla, apoyó un codo en el espaldar y una megilla [sic] en la palma de la mano y dió comienzo á redoblar nerviosamente con los tacones sobre los rojos ladrillos.

La señá Dolores desdoblo el escuálido busto, se colocó las gafas á modo de venda sobre la rugosa frente y exclamó con acento de reproche, contemplando fijamente á su hija.

—Que Dios te los dé mu güenos.

—Usté perdone, madre, usté perdone, es que yo estoy mu malita, es que á mí mi hombre concluye por golverme loca.

—Tú te tieés la curpa, pero ya á la cosa no se le puée echar tapas y medias suelas, y por un gustazo un trancazo.

—Pero si es que no se puée aguantar á ese charrán.

—Ya te lo eciamos yo y tó er mundo antes de que fueras á la parroquia.

—Si, pero es que yo tenía una venda.

—Y vamos á ver, ¿qué hay de nuevo?

—Pos hay de nuevo que yo no puéo más, que tengo repudría la sangre, que hace dos horas, al ir á casa de Pepita la "infundiosa," me trompezé con mi hombre, y lo vide yo, yo, yo con mis ojos, pegar la hebra con Toñuela la de los «lunares,» con ese estornúo de mujer, con ese tiesto, con esa cresta de gallo minino, que no vale ni lo que yo espertoro.

—¿Y qué más?

—¿Quiée usté más? Pus si, hubo más; que cuando los vide me fuí pa ellos, y dicen que la Toñuela tiée un ojo como un melocotón, y... mire usté, qué añadío, voy a encerrar en un guardapelo.

Y al decir esto sacaba del bolsillo y se lo mostraba en la crispada mano una abundante maraña de pelo rubio.

—Pos mira, en dándole una poca de cal, un añadío pa mi; ¿y qué más pasó?

—Pos pasó que á mi hombre, que está pidiendo á voces un ronzal, se le puso la rabia sobre el corazón y me llevó á la casa y me ha puesto el cuerpecito acardenalao.

Y la muchacha rompió en acerbo llanto al recordar la contundente escena.

Minutos después decíale su madre empujándola suavemente hacia la alcoba:

—Anda, métete ya dentro, que estará al venir, y lo que es la digestión, se la cortamos; ¡vaya si se la cortamos!


II


Toño sabía dónde estaba Pepa; durante una hora logró dominarse, no sin dar fin á una botella de Montilla ayudado por Juanico el "Torozona", en la taberna del "Ballenero"; pero después se le puso de pie algo en la conciencia, y le dija[o]:

—No seas bruto, hombre, no seas bruto; tu Pepa es más bonita que el sol, más buena que un bálsamo, te quiere con delirio y tú eres un animal, porque después de faltarle un día sí y otro no, y el de enmedio con toditos los jarambeles con que te tropiezas, le amoratas el cutis de terciopelo, y eso es una judiada, y el día menos pensao se va á cansar tu rosicles de aguantarte y va á remontar el vuelo, y ese día te da el tifus y el cólera, y hasta la fiebre amarilla, y vas á andar por esas calles de Dios haciéndole la competencia al "Melena" y á Joseito "el de Vélez".

Y pensando en aquello que le decía lo que se le había incorporado en la conciencia, no pudo aguantar más, y
—Ya vuelvo—le dijo al "Torozona", y salió del hondilon como si fuera á pedir para alguien los Santos Óleos.

Cuando nuestro hombre penetró en el aposento de la señá Dolores, se incorporó ésta violentamente, se dirigió y se detuvo delante de él, cruzó los brazos y exclamó con sordo acento de reproche:

—Ya te saliste con tu gusto, so pendón; ya te saliste con la tuya; lo estabas pidiendo á voces; tú no podías tener á la vera un relicario como era mi Pepa.

—Como era y como es—exclamó sordamente Toño.

—No; como era, porque ya se ha enturbiado la fuente, y ya has conseguío lo que querías.

—¿Qué es lo que yo he conseguío?—rugió Toño, abriendo enormemente los ojos—¿qué es lo que dice usté, agüela?

—Yo digo los Evangelios; yo te dí lo que tú no merecías, una prima hermana de la Virgen del Carmen, y tú, que no distingues, te creíste que era una chanca y te empeñaste en tirarla á la calle y la tiraste, y como... Julián el "Tormenta" estaba en la acera de enfrente, esperando al maná, pos velay tú...

No pudo continuar la vieja, Toño al oir aquello había sentido morderle un tigre en las entrañas, ¡su Pepa, su Pepa con el "Tormenta!"

La señá Dolores se asustó de su obra, quiso enmendar el yerro, pero Toño, lívido y arrebatado se lanzó hacia la escalera sin oir á la vieja que le gritaba:

—Ven, van acá, ven por Dios, que tó es mentira.


III


Una hora después estaban de regreso Pepa y la señá Dolores en el aposento de ésta; habían recorrido todo el barrio, cada una de ellas por un lado, sin encontrar á Toño.

Apenas hubo tomado resuello un instante exclamó Pepa:

—Yo me voy, madre, yo me voy otra vez jasta encontrarle, yo me estoy muriendo, no me llega la camisa al cuerpo. ¡Virgen santa y si encuentra al "Tormenta"! ¡Virgen Santísima y lo que va á pasar!

Y cuando ya se dirigía Pepa hacia la puerta se abrió ésta violentamente y apareció en el umbral el "Torozona" jadeante, sudoroso y con el semblante contraído:

—"Torozona", ¿y mi Toño? ¿aónde está mi Toño?—preguntóle Pepa con voz angustiada, y cogiéndole violentamente por un brazo.

—¿Tu Toño?...tu Toño?

—Si, si, mi Toño, ¿aónde está mi Toño?

—En la cárcel—repúsole el "Torozona" con voz sombría.

—En la cárcel, ¿y qué ha jecho, qué ha sío lo que ha jecho?

—Pos no ha jecho cuasi na, diez años de chirona tie lo menos.

—Pero, ¿por qué, Dios mió, por qué?— exclamó Pepa, rompiendo en desesperados sollozos.

—Puee por ná cuasi, porque le ha metio una puñalá al "Tormenta" en los pectorales que no ha dicho pío siquiera, ¡valiente puñalá! como que parese que se la ha dao con el espolón del Carlos V.

Una exclamación de horror brotó de la garganta de la "Tripicallera", mientras la señá Dolores decíale al "Torozona" con voz desgarradora.

—Y tó por mí, "Torozona", vaya usté por Dios corriendo por un piquete pa que me fusilen.

—Mejor será que sus traiga esta pañito de lágrimas—exclamó el "Torozona", asomándose á la puerta del cuarto y volviendo con Antonio cogido por el brazo.

Un minuto después decíale el Toño á Pepa mirándola con infinita ternura.

—Yo te había visto, mujer, yo te había visto, cuando tu madre me dijo aquella barbaridad, tú fuiste á salir de la alcoba y yo te vide esa carita graciosa; pero como el mal trago ya me lo había bebío y se me había puesto al revés el corazón y había visto amortajaitas pa siempre las alegrías de mi pecho, dije yo: aonde las dan las toman, y pa que no juegue más con pistolas vizcaínas, le voy a dar la esazón, y te la di; pero ya se acabó tó, y yo te perdono, y tú me perdonas, y si tu madre y mi amigo lo premiten te voy á dar un beso en esa  clavellina de tu cara pa endulzarme el amargor de boca.

Y se dieron el beso anunciado y algunos más mientras la señá Dolores y el "Torozona", sonrientes y satisfechos, contemplaban cómo iluminados por el sol brillaban cual si fuesen de riquísima pedrería, las rosas y los claveles de las pintadas macetas.

El caramelo



—Oiga usté, señó Pepe, ¿no ha venio entoavía por aquí Joseito el Cabritero?

—¿Cómo va á venir ese gachó esta noche! No ves tú que el probe estará reponiéndose del susto que le dio esta tarde Periquito el Lebrijano.

—¿Pero qué es lo que le ha pasao con ese que usted dice al Joseito?

—¿Pero de aónde viées tú, guasón, que no te has enterao?

—Pos de la fragua, ¿no ve usté que vengo cuasi vestío de etiqueta?

Y al decir esto invitaba el recién llegado con los ojos y el ademán al tabernero para que éste mirase cómo en lugar de las galas domingueras lucía el tiznado pantalón azul y la no menos tiznada chamarreta del trabajo.

—Pos es verdá, chavó, que viées más resucio que un tintero.

—Cayó ayer una chapuza pa hoy, y como el maestro está maluchillo...

—Entonces ya me explico que no sepas lo que ha pasao.

—Pero ya estoy que rabio porque usté me lo diga.

—Tú sabrás que Pepillo el Cabritero anda medio de empalme con Isabelilla la Petaquera.

—Naturalmente que lo sé; como que están en relaciones desde que él se vino de Cáiz.

—Pos bien, según parece, esta tarde diba Joseito con Isabel y la señá Rosario dando un paseo por el Arroyo de los Angeles, y como hay días en que se alevanta uno con el santo de espaldas, pos el Joseito tuvo la mala suerte de tropezarse con Pedro y con el compadre de éste, Curro el Tunela, que diban porteando cá uno un garrafón por lo menos que se habían bebío en cá del señor Paco el Chinche, que lo que vende es petrólio; y como el de Lebrija no puée beber más de dos copas, porque en cuantito bebe más de dos ya está pidiéndole el cuerpo al hombre que le toquen cualquier cosita de su gusto pa salirse por peteneras, y como tú sabes que la novia del Joseito tiée una cara que es un pasmo de bonita...

—Como que es la gachí más regraciosa de las que ven las estrellas—exclamó Antonio con acento ponderativo.

— Y también sabrás tú, porque la pasión no quita conocimiento, que el Joseito es más manso que una paloma zurita.

—Eso será según y cómo, camará, que cuando el Joseito se arranca es más peor que un balazo.

—Déjate tú de balazos—exclamó el dueño de la taberna—el Joseito es un probetico incapaz de pelear con una avispa... ¡Si conoceré yo al mozo desde que se vino de Cáiz!...

—Bueno, pos supongamos lo que usté quiera y acabe usté ya de una vez—exclamó Antonio, que se sentía atormentado por la impaciencia.

—Bueno, pos lo que pasó fué una cosa esaboría: que la muchacha se diba tomando unos caramelos que le había regalao Joseito y que al Pedro le dió la malita picá que á él le da algunas veces, y se llegó á la muchacha y le dijo que era menester que le diese el más dulce de toitos los caramelos que llevaba en su faltriquera.

—¿Y qué fué lo que hizo entonces el Cabritero?—preguntó como asustado el de la fragua.

—Pos el Cabritero, que seguramente vió el turbión que se le avecinaba, tiró por la calle de la pruencia y le dijo á Isabel que le diera á Pedro lo que Pedro le pedía; pero como el Pedro lo que diba buscando era armar una de las suyas; pos el hombre se encaró con el Joseito, diciéndole que no necesitaba él que nadie autorizase á la Petaquera pa que la Petaquera le diese el caramelo que él le había pedío; total, que sin venir á cuento, el Lebrijano alevantó la hermana de la dizquierda, y... ná, no te asolibiantes, hombre, no te asolibiantes, que no pasó ná, sinó que varias presonas que había allí, se metieron por medio y sujetaron al Perico, y Joseito siguió su paseo con su Isabel y con su madre por el Arroyo de los Angeles, comiéndose sus golosinas.

Antonio que había escuchado con aire meditabundo al tabernero, una vez que este hubo puesto fin a su relato,

—¿Pos sabe usté—dijo—que es una mala faenita la que se ha cargao el de Lebrija y milagrito será que no le salga á ese gachó la faena por un ojo de la cara?

—¡Pero es que tú crees!... vamos, hombre no delires! ¿Tú sabes quién es el Lebrijano?—exclamó, encogiéndose desdeñosamente de hombros el tabernero.

—¡Vaya si lo sé! El Lebrijano es de pino pintao de ácana, y Joseito es de ácana pintao de pino.

—Pos que no te oiga decir eso el de Lebrija, si no quiées tú tener que estár oliendo á árnica por lo menos tres semanas.

—¿Y sigue viniendo aquí toas las noches ese tigre hircano?—le preguntó con acento zumbón al de la taberna, el amigo del Cabritero.

—Vaya, sin faltar una. Toas las noches viée con el Tunela á jugarse la convidá y á ponerse de mó que puée hablarle de tú á la Divina Sabiduría.

—Y dice usté que cuando esta tarde se metió el Pedro con el Joseito, diba con el Tunela?

—Cómo que el Tunela fué el que se metió por medio y el que consiguió que se tranquilizara de pronto el Perico, con cuatro cosas que el hombre le dijo; como que si no es por él, á estas horas está encamaó el Cabritero.

—Ya me extrañó á mí que el Tunela hubiera consentío en que un amigo que tanto estima se metiera con Joseito, sabiendo como sabe mú bien que el Pedro no son más que plumas las que se trae debajo del ala, como se sabe también de memoria que el otro ahí aonde usté lo vé que parece que está siempre embarsamao, fue el que en Caiz le quitó el cartel á Tomasito el Anclote.
 
—Vamos, hombre—dijo con expresión incrédula el señor Pepe el Matute—¡que fué Joseito el que le quitó en Cáiz la bandera á Tomasito el Anclóle!

—Cuando yo se lo digo á usté es porque es la fija lo que yo le digo y si no ya verá usté como lo de esta tarde trae más cola que una cometa, y tan lo creo yo asin que no me voy á comer á mi casa, sino que va usté á jacer el favor de traerme cuatro anchoas y cuatro aceitunas y cuatro de solera, que no
me voy ya de aquí hoy hasta después de haber platicao con Pepillo el Cabritero.

II

Ya había dado fin Antonio á las anchoas y á las aceitunas y á los cuatro casi algibes de montilla que el señor Pepe el Matute le hubo de servir, cuando penetró en el hondilón el de Lebrija acompañado de su lugarteniente Curro el Tunela, el cual, al penetrar en el establecimiento arrojó á su alrededor una franca mirada escrutadora, mientras su amigo hacíalo á hurtadillas y como lleno de intranquilidad
que turbaba su pecho al acordarse, sin duda, del acto realizado por él aquella tarde con Joseito, al que de modo tan equivocado juzgara antes de que su lugarteniente lo pusiera al tanto de las proezas llevadas á cabo por aquel en Cádiz, sin jactancia.

Pronto fue llenándose el hondilón de parroquianos, algunos de los cuales, los más ternes y jacarandosos del distrito, sentáronse á la mesa del de Lebrija interrogando á éste entre risas y jácara respecto á la hazaña realizada por él aquella tarde con el novio de Isabel la Petaquera.

La entrada de Joseito en el hondilón hizo enmudecer bruscamente á la mayor parte de aquellos, palidecer á Perico y á Curro é incorporarse á Antonio, el cual gritó disponiéndose á cerrarle el paso al primero.

Vente pa acá chavó, que jase ya dos horas que te estoy esperando.

Joseito no representaba más de veintitrés á veinticuatro años y era de cuerpo enjuto y elegante, de rostro fino de sonriente y dulce expresión, de serenos ojos azules y de pelo rubio y sedoso, que le caía en revueltos mechones sobre la tersísima frente.

—Adiós, Antoñuelo — dijo Joseito acercándose á su amigo; y ya á su lado paseó tras estrechar la mano que aquel le tendía, una mirada apacible por entre la brillante concurrencia.

—Pos ya tenemos ahí el novio de la Petaquera!—dijo guiñando maliciosamente un ojo al de Lebrija, Periquito el Alpargatero.

—Pos no pensé yo que viniera esta noche ese gachó—dijo sorprendido el señor Cristóbal el Ferrolano.

Pedro sonreía forzadamente, pero sus ojos delataban las hondas turbaciones que se enseñoreaban de su espíritu.

Joseito charló jovial y animadamente durante algunos minutos con Antoñuelo, y después, separándose bruscamente de este, avazó con reposada actitud y sin hurtar á sus labios la sonrisa, hacia el grupo acaudillado por Pedro, se acercó á éste y hurgándose en cortés alarde el ala del de rondeña estirpe, exclamó con voz sonora:

—Buenas noches, caballeros.

—Buenas noches—respondiéronle algunos de los próceres, entre ellos el de Lebrija, que procuró que su voz resonara bronca y amenazadora como un trueno precursor de las más imponentes tempestades.

Joseito contempló de hito en hito al Lebrijano durante algunos instantes, y

—¿A que no sabe usté á lo que yo vengo esta noche aquí?—le pregunto con voz casi acariciadora.

—No sé, como no sea que haigas vinio á traerme algún encargo...—le repuso Pedro procurando ocultar su emoción y sus temores.

—Pos mire usté, cuasi le traigo un encargo; porque lo que le traigo yo á usté es un
caramelo: un caramelo es lo que yo le traigo á usté pa que se endurce la boca.

—Pos mire usté, le agradezco á usté la mar la fineza —dijo el de Lebrija tomando el caramelo que el Cabritero le ofrecía.

—Es que yo tengo gusto en que se lo tome usté delante de mí, pa que en verlo gozar se recreen los ojitos de mi cara.

—Pos hombre, si á Pedro le gusta más un durce que una sardina á un minino—exclamó, procurando también ocultar sus inquietudes el Tunela.

—¡Vaya!—dijo Pedro— y echándose el caramelo á la boca, continuó:

—Pos venga usté toas las noches á estas horas, amigo, que esta es la hora en que más me gusta á mí ponerme la boca como la almíbar.

—Joseito clavó sus ojos en los de Pedro; pero sus ojos perdieron de pronto su vaga y serena expresión y fué su mirar apacible sustituido por una mirada acerada, fría, glacialmente amenazadora.

El de Lebrija, que empezaba á paladear el caramelo, se puso de pronto encendido como la grana, se crisparon sus dedos y una ráfaga de cólera indómita resbaló un punto por sus grandes ojos obscuros; pero los de Joseito parecían prometerle de modo tan elocuente y decidido algo tan terriblemente trágico, que hizo un esfuerzo poderoso y sonrió á Joseito, el cual, tras saludar á los allí congregados llevándose de nuevo la mano al ala del sombrero, se dirigió hacia donde le aguardaba inquieto y pálido su amigo, y diez minutos después, cuando va se hubo quejado el de Lebrija escoltado por su tan brillante séquito, exclamó el señor Pepe el Matute con acento zumbón dirigiéndose á Joseito y no sin mirar con expresión triunfante á Antonuelo:

—Has jecho mu requetebién con tirar por ese camino, porque ese Pedro es más malito que un cangro y más vale dar un embite que no que mos den una puñalá y nos manden al cimenterio.

Joseito que lo había escuchado, mirándole con expresión irónica al tabernero, se encogió de hombros, y

—Si que es mucho mejor dar un caramelo que no que mos den eso que usté dice.

—¡Vaya!—dijo el señor Pepe, y tras un instante de silencio, continuó:

— Bien podías darme también á mí un caramelo pa que yo me endulce la boca.

Joseito vaciló un instante, y tal vez no hubiese accedido á la demanda de señor Pepe el Matute, á no decirle Antoñuelo, con acento zumbón y sonriendo picarescamente:

—Anda, hombre, no seas roñoso y dale lo que te pie pa que se endulce tamién la boca como se la endulzó el Lebrijano.

Sacó Joseito del bolsillo de la chaqueta lo que el tabernero le pedía, y todavía, no había podido paladearlo casi, cuando, tras escupirlo violentamente.

—¿Pero qué es lo que me has dao tú a mí chavó, si esto es más amargo que la tuera?—exclamó, haciendo un mohín que estaba pidiendo á voces un fotógrafo.

—Pos mire usté, señó Pepe, yo le juro a usté que es de la misma familia que el que se ha tomao sin decir ni pío tan siquiera, ese león de Perico el Lebrijano.

Y mientras decía esto Antoñuelo, Joseito miraba al señor Pepe el Matute con candorosa expresión y con la sonrisa en los labios.

Arturo Reyes