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lunes, 24 de diciembre de 2012

Reseña El Lagar de la Viñuela

Publicado en La Correspondencia de España. 22/12/1897, n.º 14.565, página 1.


Publicada por «La España Editorial», acaba de ponerse á la venta una nueva novela, escrita por el que, hasta hace pocos meses, era solo conocido de unos cuantos literatos malagueños, y hoy, merced al éxito sincero y espontáneo de su precioso libro Cartucherita, ocupa un puesto distinguido entre la no numerosa pléyade de escritores jóvenes y de porvenir. 

Titúlase la originalísima producción de Arturo Reyes, que concluimos de leer, El lagar de la Viñuela, y es, antes que una novela encantadora, un acabado y animadísimo cuadro de costumbres andaluzas, sobre cuyo fondo se origina y desenvuelve un drama pasional, de vigor y relieve tan grandes, que no parece sino que el autor lo arrancó, por intuición maravillosa, á la realidad misma. 

Por encima de otros méritos, hallamos en el libro de Reyes una novedad y una verdad tanto más seductoras, cuanto son espontáneas. El conflicto que le sirve de tema, y que no puede ser más corriente, no recuerda, ni en sí, ni en su planteamiento y conclusión, á ningún otro libro; justificando la frase de alguien que, muy justamente, ha dicho que Arturo Reyes, como novelista, no se parece á nadie. 

Referir el argumento de El lagar de la Viñuela, siquiera lo hiciéramos á grandes rasgos, equivaldría á quitar al libro uno de sus principales encantos. Enumerar las bellezas que contiene, sería invadir el terreno de la crítica, en que ni podemos ni debemos entrar. Pasar revista á los personajes que en la novela viven, resultaría labor dificilísima para la que nos sentimos sin aliento. 

Bástenos decir, ejerciendo tan solo de cronistas sinceros, que el lector que busque en las novelas la resolución de abstrusos problemas filosófico-sociales, discusiones didácticas en que se revuelva cielo y tierra, descripciones minuciosas y detalladas de pueblos, muchedumbres é individuos, con otras novedades modernistas que en la novela se han introducido, no debe en manera alguna molestarse en adquirir la flamante producción de Arturo Reyes, y aun menos perder, leyéndola, un tiempo precioso, porque ciertamente se vería defraudado en sus esperanzas.

Pero el buen aficionado que lea por puro deleite y pasatiempo, ganoso de emocionarse ante el choque de sentimientos y pasiones que serán eternos, porque son humanos y existirán y se repetirán mientras la humanidad subsista; el que guste respirar el aire puro de los montes de Málaga, que vivifica y regenera; el curioso artista que persiga la manera de ser íntima de esa pobre gente que vive apegada á los terruños que rodean un cortijo andaluz, y se interese por el artístico desfile de unos cuantos tipos, clásica y genuinamente malagueños y pintados de mano maestra, ese lector discreto, decimos, debe apresurarse por comprar el libro de que nos venimos ocupando, seguro de recrearse con las peripecias de una historieta, vulgar si se quiere, pero muy cierta y admirablemente referida.

Desde que Arturo Reyes, hace ya algunos años, publicó aquella colección do cuentos á que puso por título Cosas de mi tierra, y de la que no quedan ejemplares, hechóse de ver una condición que, mejorada en Cartucherita, y puesta repetidamente de relieve en los artículos que para los periódicos literarios escribe (apelo á los últimos que han visto la luz en Los lunes de El Imparcial) aparece en todo su apogeo, y con intensidad bastante para hacer la característica de la personalidad de Arturo Reyes, en El lagar de la Viñuela. Esa condición preeminente es el arte inconsciente en el manejo del diálogo, la fidelidad rigurosa con que Reyes copia el lenguaje de los originales que elige para sus fabulas. Las figuras que intervienen en El lagar de la Viñuela, no solo se mueven iluminadas por el sol deslumbrador de Andalucía, sino que hablan todos un idioma típico, original, inconfundible y pintoresco, lleno de incorrecciones de dicción; pero más lleno aún de metáforas y paradojas estupendas, que suspenden el ánimo revelando una fantasía y una gracia incomparables. Aun á riesgo de mortificar al joven escritor malagueño, hemos de decirle que el lector de sus novelas (á juzgar por la propia impresión) está deseando que deje de hablar él para que hablen sus personajes; y no porque enoje, ni mucho menos, lo que él habla, refiriendo lo que los personajes no pueden decir y no dijeron, sino por saborear las gallardías de lenguaje de éstos, los giros y frases con que traducen lo que piensan y sienten, derrochando poesía é imaginación.

La acción de la novela es muy sencilla, natural y va hábilmente conducida desde su exposición al desenlace. Tiene varios momentos de esos que deciden, aunque no sea más que uno solo, del éxito de cualquier obra artística; y los caracteres, dibujados todos con vigor, se sostienen durante toda la novela, á excepción de uno: el de la protagonista. En el cambio problemático que experimenta La Viñuela, amando primero á un hombre y luego á otro, es donde los teorizantes del amor único hallarán algo que discutir. Para nosotros, sin embargo, el suceso es de lo más natural del mundo. Siempre fueron cosas muy distintas la psicología y la fisiología ¿Y qué de particular tiene que la que al amanecer a la vida sintió un afecto y se rindió á la sugestión de un instante, olvide, ayudada por los rencores y la ausencia, su caída, para entregar más tarde el alma entera á otro hombre diferente en todo al que abusó de su inocencia?... Eso pasa todos los días.

No incurriremos en la exageración de diputar al Sr. Reyes como un novelista ya completo, en el apogeo de la producción y rivalizando con los grandes maestros en el arte difícil de novelar. Pero sí diremos que Arturo Reyes se reveló en Cartucherita como una esperanza y en El lagar de la Viñuela aparece como una realidad. Posee lo que no se aprende, lo que no es susceptible de apropiación, lo esencial, ante todo, para ser un escritor con personalidad. Y si algo le incita, es precisamente lo que con el estudio, la reflexión, la lectura de los buenos modelos y la práctica constante, puede sencillamente adquirir, á poco que se esfuerce, dando días de gloria a las letras.

Tampoco entramos en el escabroso terreno de las comparaciones. El género con que Arturo Reyes concluirá por ser una especialidad, es demasiado original para que necesite de parangones de ninguna clase. Y basta con lo dicho para dar cuenta a los lectores de la aparición do un nuevo libro, que ha de despertar gran interés, y deseamos obtenga un éxito igual al de Cartucherita, cuya primera edición se agotó en pocos días.

Uno de éstos publicaremos algún capítulo de la obra, como demostración de cuanto hemos indicado, y seguros de que los lectores nos lo han de agradecer. Mientras tanto, enviamos al joven escritor que tan sin descanso nos ofrece muestras do su ingenio, nuestro parabién más sincero y entusiasta.


Antonio Cánovas y Vallejo.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Cartucherita


 Publicada en La Lidia (Madrid. 1882). 26/4/1897, páginas 1 y 2


Cartucherita

A Pepe Ortega Munilla
en
Málaga

Como verás, o por mejor decir, como habrás visto (pues antes te saltará a la vista el cromo que el artículo), el presente número de La Lidia se honra y gallardea con un retrato del valeroso y alegre Bombita, prototipo y dechado del toreo juvenil en nuestro tiempo.

¡Oh, si mi voto hubiera valido, o si yo lo hubiese emitido a tiempo!.... A la par y frontero de la efigie de Emilio de Torres Reina, habríase publicado otro excelente y vistoso retrato de Arturo Reyes, el novel y afortunado "diestro" malagueño que tantas palmas, olés, sombreros y tabacos está recogiendo a la sazón en el coso de las buenas letras.

Que no te escandalice la comparación, y que no enoje á Arturo Reyes este extraño é inesperado paralelo. Resígnese el ''diestro'' á aceptar el mote que le pongo... ¡Es el Bombita de la juventud literaria del día!

La misma presentación, alborozada, sonriente y como por arte de encantamiento; las mismas promesas de relampagueo y amenazas de detonación en el apodo del torero sevillano y en el titulo de la novela malagueña. La misma carrera, rapidísima, triunfante y sin tropezones de peligro, en Reyes y en Torres Reina, en Arturo y en Emilio, cuya homología es evidente. El mismo toreo ceñido, audaz, lleno de valentía y frescura a la vez que de adornos y guirindolas; castizo a la antigua y "sensacional" á la moderna; muy serio por dentro, y por de fuera muy zaragatero, con todos los arrestos y arranques, desparpajos y desplantes de la floreciente y viva mocedad. Las mismas simpatías, en suma, ganadas y aseguradas desde el primer momento aun en los ánimos menos impresionables y más hoscos de la docta afición...

¿Que tal, queridísimo Pepe, me va saliendo ese conato de apunte para una página de las ''Vidas paralelas'' que acaso trace algún día mi pluma pecadora, si el diablo me tienta y Dios lo consiente?

Mientras me envías - aunque sea bajo cuerda- la dura ó blanda contestación  quédese la cosa en tal estado, y vayan aquí estos cuatro parrafillos brindados al Bombita de las letras malagueñas para hacer pendant á la cromolitografía en que se nos representa el Arturo Reyes del toreo sevillano

Y mientras me entero asimismo de si el autor de Cartucherita lleva a bien o mal este extraodnario emparejamiento, ten la comodidad de darle las gracias en nombre mío por el ejemplar de su novela con que hubo de favorecerme, y de pedirle luego albricias por esta triple salva de benefiecios con que le hace pleitesía la Fortuna.

1º Por haber conseguido lo que ninguna fuerza humana consigue de ti, oh Pepe de mis entretelas periodísticas, en cuanto te escapas hacia esas playas y montañas, en busca de oxígeno para el cuerpo y para el espíritu;

2º Por el marco de oro con que has presentado al público su novela: marco cincelado como por mano del fray Juan de Segovia, a quien magníficamente canta Heredia en su soneto francés de La Custodia, marco digno de un esmalte en cuya fina y esplendente labor no cede el artista malagueño al mismísimo Claudio Popelin;

Y 3º Por haberse librado, haciendo tomar la pluma para hablar de Cartucherita en El Imparcial, del ''palo'' con que ya me preparaba yo a darle la bienvenida al mundo literario desde aquellas mismas columnas.

Sí, señor; un palo, como vulgar y brutalmente se dice.

Claro está que a un ''costumbrista'' malagueño de tan legítima cepa y pura vena como Reyes, no había de escocerle ni enfadarle cosa que cabalmente lleva el nombre de uno de los barrios de más color, olor y sabor de Málaga: el del Palo.

Claro está, además, que el tal ''palo'' hubiera sido de una injusticia tan notoria como... ¿Qué te diré yo? ¡Como si un Presidente mandase poner fuego al toro que acaba de tomar diez varas, á penco y tumbo por cada una, y todavía está desafiando!

- Pero, camará - como decía cierto matador andaluz, harto tachado de envidioso y cizañero por sus cofrades: - ¿Qué vasté á jasé con er ''malange'' que sale y le quita á Dió los moños? ¿Orsequiarle encima con un par de bisoñés?...

¡Los monos que va á quitar Arturo Reyes en el redondel literario! Por de pronto, á cuantos gustamos de cultivar las letras toreras -sustantivo y adjetivo que en nada andan reñidos, como dicen y repiten á lo papagayo muchos cursis- á cuantos gustamos, digo, de libanar por lo taurino, sin que nos falten de cuando en cuando nuestras escriturillas y contratas, el diestro novel nos trae un si es no es medrosicos y acongojados, con el pícaro reconcomio si vendrá a dejarnos el traje de luces... á buenas noches.

Por eso -¡los pícaros celillos del oficio!- yo hubiera tenido cierto placer en discutirle el terno de verde y oro (color de esperanza y guita probable) con que se nos presenta Reyes en Cartucherita; pero, ¿quién le discute ni una hilacha siquiera de los ''cabos de luto'' que completan su traje, después de la soberana alternativa que le has dado en El Imparcial?

¿Quién, ni en El Imparcial, ni en La Lidia, ni en ninguna otra parte se arranca por disquisiciones críticas, después de las tan sobrias como luminosas, tan concisas como elocuentes, que le has dedicado tú? ''Nadie las mueva'', como se dijo de las armas de Roldán.

Hoy me limito a señalar ese libro -breve en páginas, pero copioso en franca observación, sentimiento sincero, andalucería verdad y diálogo popular, lleno de viviente exactitud- diciendo lisa y llanamente á los que adivinan en la vida torera alguna comedia y tragedia más de las que se ven en la Plaza de Toros:

-Leedlo.

En punto á juicio y dictamen de más cuenta que este simplicísimo ''apuntamiento'', díle a Reyes, ínclito y bondadoso Pepe, que me reservo para cuando nos dé, como no tiene más remedio que hacerlo la ''novela grande'', le grand roman, de la existencia varia, azarosa, pintoresca, eje de un sin fin de accidentes, incidentes, tipos u escenas de la sociedad española, que Eusebio Blasco apuntó en su Juan León y que el autor malagueño debe estudiar y pintar en mayores proporciones que las de Cartucherita.

¡Entonces hablaremos, señor mío! Veremos á ver entonces si logro resarcirme, vengarme «silencio crítico» á que hoy me reduzco, limitándome en esta ocasión á suplicarte que ofrezcas en mi nombre, las presentes palmas (nominales), tabacos (hipotéticos) á quien me complazco en llamar... el Bombita de nuestros noveladores.

La suerte está echada, planteada y señalada á lo maestro. ¡A consumarla, pues!

Que no se llame á engaño


SOBAQUILLO

sábado, 22 de diciembre de 2012

Reseña de El lagar de la Viñuela



Hace pocos meses que tuve el gusto de saludar desde esta hoja la aparición de un novelista. Acababa de presentarse en el mundo de las letras Arturo Reyes, ofreciendo al público su primer relato novelesco: Cartucherita. Acogieron el público y la crítica con igual aplauso al joven escritor malagueño, cuyo nombre traspuso en un punto la línea que separa al escritor poco conocido del autor célebre.

Había en aquella breve y encantadora novela mucho que admirar, pero el lector avisado supo desde luego que no era sino anuncio de mayores empeños y de glorias más grandes. Y no se equivocó el vaticinio, porque las dotes de agudo observador que descubrió desde el comienzo Arturo Reyes, el secreto prodigioso de hacer hablar en su propio estilo al personaje, la adivinación de la frase pintoresca, el arte descriptivo y la narración fácil en que mostró ser maestro el autor de Cartucherita, solo pedían un escenario mayor para que la promesa del novelista se convirtiera en una novela de superior mérito.

Ahí tenéis El lagar de la Viñuela. Hoy se ha publicado. Acabo de leer sus páginas fascinadoras, y nunca como en este momento deploro no tener la autoridad del critico, ni la ciencia del análisis literario para que me fuera dable transmitir las impresiones que la lectura me ha producido.

Ante todo, Reyes no se parece á nadie. Ha nacido con vida propia, librándose de aquel período inicial de la infancia en que otros hemos vivido sujetos á la imitación de los maestros. Sin duda por ser éste un escritor espontáneo, que ha venido á las letras, no por la influencia del libro leído, sino por la sugestión de la realidad observada, sus páginas, sin aliño alguno, no recuerdan á este ó al otro novelista de fama. Ni siquiera parecen escritas por un narrador «profesional», sino que a veces se duda de si aquellos diálogos y aquellas escenas no han sido copiadas por una novísima taquigrafía que alcanzara á la frase y al gesto, y redujera en sus garabatos veloces el aliento misterioso de la vida.

La realidad, esa es la gran maestra de Arturo Reyes. Las condiciones de su vida no le han permitido leer todo lo que suelen los escritores que la dan de cultos. El desgaire gramatical de algún párrafo lo acredita. Una suprema adivinación de las cosas bellas le permite contornear con delicadísima intuición de poeta y alarde retórico descripciones gallardas, pero siempre domina y manda en sus páginas como Reina y Señora la verdad de los afectos humanos, y ella ilumina el libro y hace trasparentes sus páginas y arranca del rostro severo de la Crítica el ceño adusto.

Los sucesos que ocurren en El lagar de la Viñuela, más que invención de artista, parecen reproducciones de lo visto y de lo adivinado, sin que lo justo de la copia haga pensar en la horrible exactitud matemática de la fotografía. Más bien trae á las mientes la manera de ver, sentir y expresar lo que han visto y sentido los buenos maestros de la pintura española con toda la nobleza de la poesía y todo el vigor de la naturaleza.

¿Qué es El lagar de la Viñuela?

Un drama de amor que estalla en el hogar pobrísimo de un campesino; duelos de generosidad y pugilatos de abnegación; una mujer que con su belleza y sus afectos mudables, como lo son las estaciones del año, sin ser hembra voluble y caprichosa, es hembra, y desdeña hoy lo que ayer adoró.

¿Cuál es el escenario?

Uno de los más hermosos lugares del mundo: los montes de Málaga.

Si no constara que Dios puso en otro paraje el Paraíso, habría motivos para creer que lo puso donde Reyes su novela. El clima dulce y suave, la vejetación [sic] próvida y lozana, el mar tan cerca que se huele su perfume, y no tan cerca que espanten sus bramidos, el cielo claro, sin ardores que tuesten y sin nieblas que entristezcan, las flores tan aromosas como en tierra de secano y tan abundantes como en la zona de las lluvias. Paraíso he dicho, sí. Paraíso es este que merecería la visita de cuantos hombres desean conocer las bellezas de la tierra, si no hubiera anidado en él la serpiente del caciquismo, que le hace odioso y temible.

¿Personajes de la novela?

¡Imposible enumerarlos si á cada uno de ellos ha de acompañar su silueta! Porque Aturo Reyes, más por inspiración que por cálculo, ha huido de presentar á cada uno de ellos con el detalle de sus señas y con la descripción de sus hábitos, y esta es una de las originalidades intuitivas del libro. Van surgiendo los dos Cantuesos:—el señor Juan y la señora Tomasa;—Agustín, su hijo,— Lola, la hija adoptiva,—el tío Salustiano er de Casariche,—su hijo Bernardo,—Don Salvaorico, el maestro,—Juanillón, el ventero,—Enrique Miranda, el de Almogía, Tenorio montaraz y andariego,—y toda la turbamulta pintoresca y alegre que ya aparece en coro, ya se esfuma y se pierde entre la vagorosa poesía de la narración.

El critico más pintado se quedaría sin saber cómo encerrar en una de sus maravillosas síntesis á cada uno de aquellos personajes. Ellos son como son, sin que sea posible descifrarles al primer envite y sacar en un dos por tres su entraña.

El punto más delicado y difícil de analizar del libro, es cómo Lola la Viñuela, después de amar á Agustín hasta el punto de darle todo lo que una mujer puede dar á un hombre, deja de quererle y hasta le odia, y empieza á querer y acaba por adorar á Bernardo. - Cuidado, que el primero ha salido del término y se ha ido a Cuba y ha peleado y ha conseguido pasar de soldado á capitán, y no por recompensas discutibles; - mientras que el otro sigue arando y podando, rústico como un algarrobo. El primero, que desde el nacer tuvo afición á las cosas finas, habla como un caballero, mientras el otro, naturalmente encerrado en las lindes del Lagar de la Viñuela, ladra á la morisca con todos los alardes de fantasía malagueña que maneja Reyes con arte singular. Sin embargo, el corazón de la Viñuela se entrega todo al honrado bárbaro y desdeña al gentil capitán.

Verdad es que Bernardo, el hijo del tío Salustiano, er de Casariche, es un hombre en toda la extensión de la palabra. Valiente, arrolla á Enrique Miranda y a cuantos miran de mala manera á Lola la Viñuela; trabajador, zurra y fatiga á la tierra del Lagar hasta hacerla parir el bienestar de toda aquella amable familia, en olivas oleosas y en dulces racimos; honrado y noble, no piensa en su personal ganancia, sino que se afana y suda por los demás, sin cálculo ni intención segunda. ¡Tenía que ser el amo!

Un antiguo amor, que ha dejado frutos; el heroísmo de Agustín en la manigua; la superioridad social de éste; el propio espíritu de abnegación le condenaban á ser la víctima, según la lógica vulgar de los sentimientos bajamente vistos por los pesimistas, que sólo conceden á los hombres de buena voluntad la solución lamentable del sacrificio.

Un rayo de la luz divina desciende sobre este cuadro, y Bernardo queda en posesión del bien que ambicionaba: de aquella mujer á quien la pasión turbulenta del soldado hizo perder la pureza.

Fruta mordida por el gusano, él sabrá sanearla; memoria perturbada acaso por el temblor de la vergonzosa aventura, él la llenará de nobles recuerdos.

Con haber dicho tanto, no he logrado decir nada de la novela de Arturo Reyes, de su mérito principal é indiscutible; pero en esto no hay sino fiarlo todo al juicio de quien la leyere.

Los diálogos de El lagar de la Viñuela pueden ser comparados á los mejores de las más celebradas novelas. El chispeo de la imaginación andaluza relumbra en cada página. La exactitud fonográfica del vocabulario lleva al autor á reproducir palabras que más se adivinan que se entienden por los que no hemos nacido y vivido en la tierra malagueña.

Esta propiedad singular de las conversaciones y una suprema y no buscada ternura de los afectos, son las condiciones preeminentes de El Lagar de la Viñuela, y en tal punto no cabe lo que siento en todo lo que no digo.

Venga el crítico á discernir á Arturo Reyes el premio ó la censura. De lo que han de decir los que lean su libro, sin pretensiones doctorales, estoy seguro que no ha de serle adverso.


J. ORTEGA MUNILLA

sábado, 8 de diciembre de 2012

Varios poetas: Arturo Reyes




También es versificador fácil y correcto D. Arturo Reyes, á quien su novela Cartucherita ha dado más fama que la colección de poesías titulada Desde el surco, aunque acaso valgan más estas poesías que la novela.

El Sr. Reyes domina la parte musical de la poesía; tiene ese sentido de la rima necesario á los poetas en verso. Pero muestra poca originalidad, frecuenta demasiado los tópicos convencionales de la poesía, no da una nota verdaderamente personal y se limita en la mayor parte de sus composiciones á cultivar los temas de siempre y á expresarlos como los tan expresado centenares de poetas que no han pasado á la posteridad. Adolecen también sus poesías de cierta ampulosidad, de ese romanticismo falso y artificial de que antes hablaba y de las manías literarias de la bohemia, que hoy es ya un figurín muy atrasado.

Una de ellas era aquella singular concepción del amor, según la cual éste no era tema literario ni apenas satisfacción individual si no lo inspiraban y compartían grandes damas ó al menos cortesanas de rumbo. Esto era, en realidad, pura fantasía, como dicen los chulos, mera afectación retórica, pues los bohemios, que se pasaban la vida en el café y se mudaban poco de camisa, eran los menos apropiados para aspirar á esos amores patricios, y en la vida práctica no desdeñaban los atractivos de una maritornes rozagante, si venía á mano. Esa teoría del amor era simplemente una de las manifestaciones del orgullo, de la exaltación del yo, que formaba la verdadera base del credo literario de la bohemia y que explica casi todas sus virtudes y defectos. Hoy ya no quedan bohemios de los de antaño, pero todavía hay quien les tributa una cándida admiración. Varias de las poesías del Sr. Reyes dan testimonio de ello.

El campo de la poesía es inmenso; en él cabe todo. Mas aunque la belleza sea eterna y el fondo de la inspiración poética permanezca bajo el mudar de las formas, no debe el poeta, so pena de convertir su obra en moro ejercicio retórico, en estéril repetición de variaciones sobre temas gastados, limitarse á copiar ó imitar á sus predecesores. Hay ciertamente una poesía histórica ó arqueológica que trata de resucitar la manera de concebir y de expresar lo bello que tuvieron los antiguos. Es un género erudito, para pocos, y que requiere mucho saber y primores de ejecución. Y en estas restauraciones de lo pasado, ocurre lo que con las modas que ya no rigen: las que más extrañas y ridiculas nos parecen, son las más cercanas. No nos choca tanto el atavio de un cortesano de Luis XIV como la levita y el sombrero de copa de un petimetre de 1830. Y es que esta forma de indumentaria no nos parece todavía bastante antigua, bastante diferente de la
actual, para que le atribuyamos valor histórico. Los poetas de todos los tiempos han qantado v. gr., el amor. Seguramente los venideros seguirán cantándole. Es un tema eterno é inagotable de poesía, pero no se sigue de eso que en todas las épocas se haya sentido la poesía erótica de la misma manera, ni que todos los poetas hayan de expresar con arreglo á un patrón invariable ese sentimiento universal. La poesía histórica puede, sin duda, tratar de expresar el amor como lo concibieron los griegos de la antigüedad, intentar una imitación ó restauración de las poesías amatorias helénicas. También es tema histórico la concepción del amor de un romántico melenudo, aunque por ser cosa reciente no ofrezca todavía suficiente interés arqueológico. Pero imitar á estos poetas sin intención histórica, es tomar por realidad, por fuente viva de poesía, un molde anticuado que da forma artificial á los sentimientos y les quita sinceridad y espontaneidad.

De las poesías del Sr. Reyes puede decirse en resumen que sobresalen más por la forma que por el pensamiento y la originalidad imaginativa.


E. GÓMEZ DE BAQUERO.

Reseña de Cartucherita

Publicado en El Liberal el 1/6/1897, página 2.


Nunca es tarde para realizar un acto de justicia. Rezagados por falta de espacio en el periódico para tributar á tiempo el debido elogio al Sr. Arturo Reyes, autor de la novela Cartucherita, no hemos de vacilar, tan  pronto como nos lo permiten las circunstancias, en asociar nuestro aplauso al que el público y la prensa han otorgado tan justamente á la obra mencionada.

Cartucherita constituye un precioso cuadro de costumbres andaluzas, muy bien sentido y pintado de mano maestra, en el que son notables la corrección del dibujo y la viveza y propiedad del colorido.

El estilo es por todo extremo ameno y el lenguaje se distingue por la naturalidad con que brota del carácter mismo de los personajes que en la novela intervienen.

La acción, quizás harto sencilla, se desarrolla con extraordinario interés, y logra emocionar hondamente el ánimo del  lector, preocupado desde las primeras páginas del libro por los movimientos de la pasión insensata que avasalla el espíritu del protagonista.

No hemos de indicar ninguno de los defectos que á Cartucherita pudieran señalarse, y que desde luego quedan eclipsados por innumerables bellezas, que hablan muy alto en favor del Sr. Reyes como escritor de buen temple y como observador afortunado de los usos y de la manera de ser del pueblo donde vió la luz primera.

Hay en la novela á que nos referimos descripciones tan maravillosamente trazadas, como la de la casa escuela del barrio del Perchel y la que sirve de fondo á aquel ratito de broma en la Caleta; escenas tan hábilmente tomadas de la realidad, como la del merendero donde el Inglesito arranca á Cartucherita el secreto de sus amores, y personajes tan gráficamente definidos, como el del protagonista, el del maestro don Lorenzo de Medina y Portocarrero, el de la señá Teresa y el de Clotilde, la esposa del bondadoso y confiado profesor malagueño

El tipo de esta última, es un retrato de cuerpo entero, al que no falta el más mínimo detalle para que un pintor pudiera trasladarlo al lienzo con toda exactitud.

«La maestra estaba que embestía de hermosa — dice Arturo Reyes.— Habíase puesto un vestido de dibujo celeste sobre fondo blanco, sin almidonar, al objeto que la rigidez del planchado no quitara morbidez al contorno; un pañuelo de crespón azul de flecos larguísimos, anudado en la cintura, con los extremos sobre la enérgica cadera á modo de flexibles caídas y dejando ver el nítido nacimiento del seno, sobre el cual brillaban una cadena y un relicario de plata; los brazos, hasta la mitad desnudos, estaban ceñidos por ajorcas morunas, y su cabeza, aquel surtidor de ondas de oro purísimo, recogido la mitad en elegante coso griego, atravesado por una agujeta rematada en caprichosa libélula con alas de amatista, y la otra mitad cayendo sobre la nuca en artístico desbordamiento.»

Al presentar su obra al público no sabía Arturo Reyes cómo saldría de su empresa, ni si Cartucherita arrancaría un aplauso. Suponemos que á estas fechas no le cabrá la menor duda acerca del éxito lisonjero que en todas partes ha alcanzado su inspirada producción,

Al terminar estas líneas hay que repetir, con respecto á Cartucherita, lo que manifestó Juan Pimentel (a) Cucaña,  recién dado á la estampa el primer boceto andaluz de Arturo Reyes:

—Se lo digo á usted con todas las veras de mi corazón: eso que usted ha escrito está mu bien platicao, pero mu requetebién, y me apuesto á que es verdá lo que yo digo; los sacáis de mi cara contra un soplo y un quiebro y un par de peteneras.

Lo mismo puede afirmarse en lo tocante á la verdad que resplandece en todas las páginas de la nueva novela, cuya primera edición ha sido agotada en muy pocos días. 

En breve se pondrá á la venta la segunda, destinada á correr merecidamente tan prospera suerte como la primera, para regocijo del autor y encanto de las personas de buen gusto, aficionadas á la lectura de libros de mérito tan indiscutible como Cartucherita.



J.A.

Reseña de Cartucherita




El Sr. Reyes, autor de Cartucherita, no es como el señor Macías, un novelista primerizo, digámoslo así. Mas para el público de Madrid como si lo fuera, pues sus anteriores obras han llamado poco la atención, exceptuando, si acaso, la colección de poesías titulada Desde el surco

Cartucherita, puede decirse que ha sacado á este escritor de la obscuridad. Pocas veces han sido tan generales y calurosos los elogios de la crítica periodística á una obra, cuyo autor era el día antes desconocido, ó poco menos. 

A este buen éxito (que puede calificarse de extraordinario) de la novelita del Sr. Reyes, parece verosímil que haya contribuido, entre otras causas, la especial manera de ser de la prensa, á la cual no se sustraen en absoluto los literatos que colaboran en los periódicos, aunque no sean periodistas profesionales. El tratarse de una novela andaluza y de torería, también puede haber ayudado algo, como luego explicaré. 

La prensa tiene la pasión del descubrimiento. Inventar algo, en el sentido primitivo y etimológico de la palabra, y aun en el otro más usual y corriente, es uno de los fines naturales de la actividad periodística. Obligados á informar al público, los periódicos tienen que inquirir, y aspiran á descubrir las cosas más varias. Ya es la materia de la invención (ó hallazgo) el pensamiento secreto que tiene sobre algún asunto de Estado el Presidente del Consejo de ministros; ya las opiniones de una tiple ligera sobre el desnudo en el teatro. Alguna vez, para variar un poco, y á manera de paréntesis, entre el descubrimiento de un plan de guerra y el de una irregularidad administrativa, descubren los periódicos un portentoso niño de nueve años que ha escrito un drama en tres actos y epílogo, con ortografía y todo, ó un pastor de cabras, que se trae á la corte un tratado de metafísica, original y en verso libre. Cuando no se tiene á mano uno de estos fenómenos intelectuales, se descubre, á falta de cosa mayor, algún poeta nuevo, alguna Malibran en ciernes ó algún Fortuny en estado de canuto. 

Al afán de novedad de los periódicos, á su tendencia á ver las cosas desde el punto de vista del suceso, de la información en letra de molde, únese cierta rutina, cierta limitación de horizontes y cierta solidaridad profesional, que hace que, lo que principalmente interesa á cada uno de estos órganos de publicidad, sea lo que discuten y dicen sus congéneres. 

En gran parte, los periódicos, aunque parezca que se escriben para el público, se escriben para los periodistas. Son una conversación, y á veces una disputa, entre los diferentes papeles públicos, los cuales, por ese espíritu de solidaridad que les une, se imitan unos á otros, cuando no en los juicios ó en la forma de expresarlos, en la elección de asuntos. 

Casi todos los periódicos tratan de idénticas materias, aunque cada uno discurra sobre ellas según su particular criterio. Se crean su mundo especial, el mundo de la prensa, en el cual están enclavados sus tópicos, y basta que uno de aquellos enuncie un nuevo tema ó saque á luz una nueva noticia, por frívola é insignificante que sea, para que le sigan otros varios, si no todos, que es lo más frecuente. Cualquier desatino lanzado por algún periódico, tiene grandes probabilidades de circular por toda la prensa, ó de ser discutido y tomado en consideración por ella. En París hubo un burlón que hizo célebre su pseudónimo de Lemice Terrieux, enviando á los periódicos todo género de invenciones, que casi siempre insertaban aquellos con la mayor formalidad. Bastaba que cayese uno en el lazo, para que los demás le siguieran dócilmente, como carneros. Aquí no hemos tenido, hasta ahora, un Lemice Terrieux, pero los periódicos se copian unos á otros, tanto ó más que los de Francia. 

 Estos hábitos y propensiones de la prensa han contribuido, á mi juicio, á que se dé tanta importancia á la novelita del señor Reyes. Apenas si han hablado los periódicos de Los Majos de Cádiz, novela andaluza del Sr. Palacio Valdés, bastante mejor que Cartucherita (lo cual, en verdad, no tiene nada de extraño, por ser Los Majos obra de un novelista ya formado y de los mejores de España). Verdad es que el Sr. Palacio Valdés está ya descubierto y no constituía una novedad que brindar al público. 

El Sr. Reyes ha tenido la fortuna de que algún literato distinguido se fijase en su obra y la juzgara con benevolencia. Y, poco á poco, Gartucherita por arriba, Cartucherita por abajo, casi se ha dado á la publicación de esta obra proporciones de acontecimiento literario, hasta que ha venido la reacción, representada por dos excelentes artículos del bachiller Francisco de Estepa, cuyo nombre viene que ni pintado al caso, puesto que le ba correspondido el papel de Tío Paco, encargado de rebajar un poco lo que se había aumentado tan sin medida. 

No es que Cartucherita carezca de mérito. Es, á la verdad, una obrita muy aceptable, una nota de color, un cuadrito de género andaluz, de colores vivos y alegres, que se ve con agrado; pero no pasa de ahí. No es una obra literaria de verdadera importancia como Paz en la Guerra, por ejemplo. Los personajes de la novelita del Sr. Reyes no tienen nada dentro, son completamente vulgares, no hay en ellos más que color local. 

El asunto de esta novela habrá contribuido también á su buen éxito. Las costumbres andaluzas interesan más que las de otras provincias al público madrileño. El flamenquismo ha hecho que lo andaluz pase de provincial ó regional á nacional. En este sentido, Andalucía es la región que da el tono en España. Las demás provincias las conocen sus naturales: Andalucia es popular en todas partes, al menos en lo que tiene de pintoresca, de alegre, de comunicativa. Es la tierra de los toreros, de las mujeres más graciosas, de los cantares más sentidos, del mejor vino; de todo lo que en primer término se aprecia y admira en España. Para los extranjeros, español es sinónimo de andaluz. Exageran, sin duda, pero no andan del todo descaminados, si se tiene en cuenta el predominio de los gustos y costumbres de aquella comarca. 

En Cartucherita sucede lo contrario que en La Tierra de Campos. El efecto del conjunto es superior al efecto de las partes, consideradas aisladamente. La acción está desarrollada con soltura y facilidad. Pero las pasiones y la manera de sentirlas los personajes son vulgares, y la psicología de estos es verdaderairiente elemental. Lo mejor que tienen, y lo mejor también de la novela, es el lenguaje popular que el Sr. Reyes, les hace liablar con mucha naturalidad y colorido. El bachiller Francisco de Estepa ha puesto también algunos reparos á este aspecto de la obra; pero aunque es muy probable que estén justificados, creo que la reproducción del habla andaluza tiene en Cartucherita la suficiente exactitud para producir el efecto que busca el novelista. 

Lo peor es cuando habla éste y callan los personajes. Entonces el estilo es ampuloso é hinchado como él solo; verdadero estilo de novelista por entregas. 

Véanse algunas frases como muestra: 

«La rectitud de su alma (la del torero Cartucherita) recobraba sus sacratísimos derechos.» Lo que quiere decir, en plata, el novelista, es que á dicho sujeto se le hacía muy duro corresponder á los beneficios de su protector, convirtiéndole en marido burlado, ó lo que pensaría el diestro, elevándole á la categoría de un Miura ó un Veragua. 

Estos escrúpulos son al cabo ineficaces, y entonces, según el autor de la novela, «el placer se estremeció ante su propia grandeza y el delito ante su irresistible pujanza». Mucha hipérbole es ésta para un lío entre un torero y una flamenca. Si se tratara de alguna aventura entre una dama romántica y un poeta melenudo, la frase, cursi y todo, podría pasar. 

A la impropiedad y desproporción de las frases se une en muchos casos la de los vocablos. Hablar, v. gr., de brusquedades exóticas de un torero (que no tiene nada de exótico), es tratar con demasiada libertad al idioma. 

Por último, el desenlace de la novela, que sería lógico... hasta cierto punto, si no hubiese lugar á que «el delito se estremeciese», como dice el autor de la novela, esto es, si Clotilde y Cartucherita no se la pegasen al pobre D. Lorenzo, no se explica bien después del triunfo amoroso del torero. Verdad es que el lector se queda sin saber á punto fijo si la catástrofe es un accidente ó un suicidio. 

Lo único positivo es que es una salida para el novelista, una solución ó un recurso que se le presenta para terminar su historia. 


E. GÓMEZ DE BAQUERO

En honor de Arturo Reyes



En honor de D. Arturo Reyes, autor de la hermosa novela Cartucherita, recientemente publicada, se ha celebrado en el hotel de Roma un almuerzo al que han asistido cuarenta y cinco comensales, entre ellos el gobernador civil, el alcalde, el presidente de la Diputación provincial, el Sr. Thuiller, que acaba de llegar con la compañía de Mario, los directores de la prensa local, los escultores Sres. Gasasola, los corresponsales de la prensa madrileña señores Martínez de la Vega, Arnaiz, Ortega Munilta y otros. 

D. Enrique Rivas, presidente de la comisión organizadora del banquete, ha dado lectura de un telegrama de felicitación á D. Arturo Reyes, firmado por los Sres. Núñez de Arce, Salles, Campoamor, Villegas, Dicenta, Rodrigo Soriano, Rueda, Benavente, Herrero, Bahamonde, Jurado de la Parra y Alcalde. 

Se han leído también un telegrama de don Martín Velandia, redactor de El Nacional, y cartas de otras varias personas, asociándose á la idea del banquete. 

El gobernador, Sr. Cánovas Vallejo, ha leído también una preciosa carta en que D. Arturo Reyes, por boca de su personaje Cartueherita, daba gracias á todos por el homenaje que se le tributaba. 

El banquete ha tenido carácter de una importante manifestación de entusiasmo al aplaudido novelista malagueño. 

Después del almuerzo, durante el cual han reinado la mayor cordialidad y la más espontánea alegría, la mayor parte de los comensales han ido á ver una admirable escultura de los hermanos Casasola, quienes, en unión del Sr. Reyes, han sido muy felicitados.—El corresponsal.

Reseña de Cartucherita



Una novela muy notable han dado á luz estos días las prensas. Cartucherita, de Arturo Reyes, joven escritor malagueño, hasta ahora no muy conocido, pero que con obras como la que nos ocupa no tardará en figurar entre los más distinguidos cultivadores de las letras.

Cartucherita es una novela regional de Andalucía que pinta costumbres malagueñas y que en Málaga la bella se desarrolla, y está escrita con tal primor, dialogada con tal facilidad y los tipos que en ella figuran son tan naturales y están tan admirablemente pintados, que su lectura encanta y deleita, proporcionando satisfacción vivísima.

No hace mucho teníamos ocasión de celebrar las novelas de costumbres valencianas de Blasco Ibáñez, y con igual satisfacción celebramos hoy la novela malagueña de Arturo Reyes, porque éste es el regionalismo bueno y sano que debe practicarse, el que hace que cada cual escriba de lo que mejor sepa y entienda, pintando los paisajes que tiene á la vista y presentando los tipos que más ha conocido y estudiado.


KASABAL

Reseña de Cartucherita



Cartucherita es un cuento de amoríos, contado con mucho donaire y con muy galana frescura por el Sr. D. Arturo Reyes, poeta de Málaga, ya conocido por un tomo de poesías muy lindas titulado Desde el surco.

Aparte el interés del asunto, nuevo en lo posible, merece fijar la atención de los lectores, en Cartucherita, la riqueza, el garbo, la abundancia de expresión puramente andaluza y de lo más donoso y fino que puede ponerse en boca de toreros, comadres y gente de condición vulgar.

El Sr. Reyes ha llegado á poseer un lenguaje meridional y á manejarlo con tan seductora viveza, como el maestro López Silva el lenguaje del pueblo de Madrid.

Es incalculable el número de timos, chuscadas y lozanías de lenguaje que brincan y chis pean en los diálogos de Cartucherita con su amada ó de ésta con la señá Teresa, ó en el graciosísimo coloquio entre el protagonista y su compadre el Inglesito

Estas flores del lenguaje popular, recogidas en sazón y empleadas oportunamente, se truecan después en frutos que la observación y la critica recogen y depuran y que ensanchan los dominios y engrandecen el material del arte (perdónese la expresión). De tal modo, burla burlando es como cambian y se renuevan los cursos de que dispone el literato, y se aumenta el tesoro inapreciable de la gracia castiza que todo autor que se estime está obligado á conservar.

Nuestra enhorabuena al Sr. Reyes.

Reseña de Cartucherita

Publicado en El Imparcial el 12/4/1897, página 3.


Día de regocijo ha de ser siempre para los amantes de las letras aquel en que se destaca de la línea social un escritor de esperanzas. Mucho más ha de serlo ahora, cuando por todas partes se ve cubierto de negras nubes el patrio horizonte. En medio del coro de desdichas  y entre el clamor de lamentaciones escúchase de improviso una nota dulce y suave. Ha aparecido un escritor. Se ha revelado un novelista. El nuevo autor se llama Arturo Reyes. Su obra tiene el título que encabeza estas líneas.

En épocas de suaves costumbres florece el ingenio por el esfuerzo creador del medio ambiente. Cuando las guerras desangran y arruinan al país y cuando las torpezas de una política funesta hacen perder toda esperanza de redención, la flor maravillosa de la fantasía no puede salir del seno de la tierra y elevar su tallo y esparcir sus aromas si no encierra el germen una vivísima fuerza expansiva; más que expansiva, explosiva.

No ha de confiar el autor en los grandes homenajes porque el ánimo público esté dividido entre la indiferencia y la zozobra. No ha de esperar beneficios materiales aquí donde no se leen libros. Atravesar el hostil campo de la crítica, tanto más hostil cuanto más menguado ha de ser el premio de la victoria; ir á afiliarse en el escaso bando de los locos que en España dedican su amor y su entusiasmo al arte; alistarse de cruzado, ahora que el Santo Sepulcro de las glorias literarias está enterrado bajo montañas de polvo del olvido y de cenizas de muerte... esta acción heroica bastaría para que mereciera honores preferentes el combatiente arrojado y magnánimo. ¡Sea bienvenido el que nos trae alegrías, porque nos trae esperanzas!

Arturo Reyes había impreso, hará pronto un año, una colección de gallardas poesías, de hermosa forma y genial inspiración. Ahora ofrece al público una novela de breve desarrollo, de asunto sencillísimo, de notable originalidad y de estilo primoroso.

Cartucherita es un torero malagueño. Criado entre el Perchel y la Coracha, gentil y apasionado, con ímpetu de fiera virilidad y desmayos de sensual pereza, no podía ser otra cosa. Había nacido para que su existencia se deslizara entre el embriagador aplauso popular y los riesgos de una muerte trágica. El vestido de oro y lentejuelas que chorrea la luz solar, la lucha con la res y con el público de los circos taurinos, el dinero á raudales, las fiestas del amor y del vino, sedujeron el ánimo del pilluelo. Su maestro y protector no pudo obligarle á los hábitos escolares. Dejó la cartilla por las capeas de los villorrios, y entre cornadas y silbidos, pasando hambres y fatigas mortales, llegó á ser un torero famoso.

Esta es la figura principal de la novela y en torno de ella se mueven otras arrancadas á la realidad de la vida malagueña y pintadas con tal arte y con verdad tanta, que en ocasiones parece Arturo Reyes poseedor de todos los recursos de la maestría.

Sobreviene el drama, drama de amor y de ingratitud. El torero enamora y seduce á la mujer de su protector, como el Edmundo de Tamayo, á Alicia, la esposa de Yorik. su segundo padre. El remordimiento hace estallar aquel corazón generoso, y Cartucherita se deja matar en la plaza, entre los aplausos de la muchedumbre, enloquecida de bárbara admiración.

Para presentar á Cartucherita, para pintarnos su infancia de abandono, sus luchas por la gloria de las lentejuelas, su enamoramiento, su pasión, su traición y el horrendo castigo que se impone voluntariamente, hace gala el Sr. Reyes de singulares dotes de novelista, y entre todas ellas se destaca el diálogo maravillosamente real y sugestivo. Pocos, muy pocos entre cuantos cultivan hoy la novela española son capaces de hacer hablar á sus personajes con tan desenfadada naturalidad y con propiedad tan graciosa. No es este el diálogo rigurosamente copiado de lo real en que algunos autores emplean la taquigrafía, como ciertos pintores la fotografía instantánea. No es tampoco el discreteo afectadísimo en el que los más zafios sujetos parlan como cultísimos y sabihondos académicos. Es el diálogo de la verdad literaria, en el que locuciones populares, giros de la conversación vulgar, son adobados por el artista para producir la sensación buscada. Escaso es el número de los que alcanzan triunfo tan difícil. Arturo Reyes lo ha logrado.


J. ORTEGA MUNILLA.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Reseña Cartucherita

Publicada en la La Época el 3/4/1897, nº 16.823, página 2.

Cartucherita, por Arturo Reyes.


Hace algún tiempo en el villino que posee José Villegas en uno de los arrabales de Roma, hube de admirar su hermoso cuadro La muerte del torero. El pintor ha sabido fijar en su célebre lienzo algo del ambiente del Mediodía, algo de la vida, de las costumbres, del carácter, en fin, de la raza andaluza. Aquel diestro moribundo; aquella mujer que, desolada, se inclina sobre el rostro de su amante; el grupo que forma la acongojada cuadrilla contemplando la agonía de su matador, y la severa figura del sacerdote, que contrasta con los trajes de luces de los toreros ofrecen un conjunto tan dramático, que no es posible mirarlo sin sentir emoción honda y dolorosa.

Análoga impresión á la que la vista del cuadro me produjo acaba de causarme la lectura de Cartucherita, preciosa novela de Arturo Reyes, escritor malagueño ya conocido de los lectores de Madrid, gracias á una colección de versos titulada Desde el surco, recientemente publicada.

Cartucherita es como una paráfrasis de la pintura de Villegas. No parece sino que el autor de la novela, al ver el hermoso cuadro, ha adivinado la historia del torero moribundo, y la cuenta con pluma tan vigorosa ó inspirada como vigoroso é inspirado es el pincel del insigne artista sevillano.

Desde las primeras páginas de su libro el Sr. Reyes se apodera del lector, encadena su atención y le hace seguir con interés creciente la sencilla relación de los amores de Cartucherita. Deslízase el relato fácil y conmovedor, y como impregnado por el aroma de las flores de los pensiles malagueños y oreado por las brisas del Mediterráneo. Málaga la bella destácase ante los ojos del que lee la novela bañada en luz, alegre, riente, con sus rejas adornadas de rosales y claveles, con sus mozos ternes, sus mujeres hermosas y apasionadas y sus fiestas, semejantes alas zambras orientales que pintan las leyendas muslímicas...

Todo esto vivido por el autor de Cartucherita nos cautiva y deleita .Y no nos encanta menos el pintoresco lenguaje con que se expresan las diversas personas que intervienen en la acción, lenguaje siempre oportuno, poético en medio de su aparente vulgaridad, rico en pintorescos modos de decir, popular, expresivo, ingenioso, como suele serlo la incomparable charla andaluza.

De todas veras digo que entre los libros que en parte por obligación, en parte por gusto, he leído últimamente, ninguno me ha producido mayor deleite que el libro de D. Arturo Reyes.


ZEDA.

Reseña de Cartucherita

Publicada en La Correspondencia de España. 3/4/1897, nº 14.302, página 1.


Hace tiempo que no llegaba á nuestras manos un libro de tan amena lectura, de tan vigoroso colorido é inspiración poética como la novela cuyo titulo encabeza estas líneas.

Interés en la acción, verdad y belleza incomparable en los caracteres, estilo sencillo y pintoresco, cuadros encantadores de una naturaleza toda luz y de unos personajes todo fuego; los episodios, brillantes y poéticos, y el drama que se desarrolla con su desenlace de trágica grandeza, conmovedor y apasionado.

La novela, de cortas dimensiones, sólo puede compararse á esos pequeños lienzos de los grandes maestros, que desafían al tiempo y emulan los cuadros grandes de los más famosos museos.

El nombre del autor, casi desconocido en nuestro mundo literario, despierta en Málaga grandes simpatías. Aquí como no ha colaborado asiduamente en la prensa madrileña, ni alternó con los críticos y literatos que dan cartel, apenas se sabe que ha escrito alguna que otra hermosa poesía, que fué olvidada apenas leida.

El mérito superior de esta novela consiste en el diálogo; los personajes hablan como habla el pueblo malagueño, con aquella fantasía exuberante, aquella gracia cultísima, aquel apasionamiento centelleante en que, cada palabra es una vibración del alma, y cada razonamiento un poema del corazón.

En vez de divagar en el elogio, creemos más acertado trazar breve idea del libro y reproducir algún fragmento como muestra, que si á todos los lectores ha de encantar no puede menos de producir embeleso á los andaluces que sienten por lo hondo todo el sabor de la tierra de María Santísima.

Cartucherita es un gurripato, huerfanito de padre y madre, que recoge en su casa un maestro de escuela del barrio del Perchel, hombre más bueno que el pan y «amasado con agua bendita.»

El muchacho, noblote y valiente, «era para los libros más bruto que una yunta», pero en cambio le hervía la afición al toreo, y «cada vez que veía un toro, ¡que un toro! un pernil en un garabato se le alborotaba algo
en el cuerpo.»

Después de varias escapatorias por el matadero, donde luce su indumentaria interior, y de matar unos cuantos trasatlánticos de desecho en las ínclitas plazas de Yunquera y de Jubrique, torea por lo fino en la mismísima Sevilla ganando aplausos y parneses, hasta que se encuentra tuteando al de Córdoba, que le dá la alternativa.

Hecho ya todo un torero, vuelve á Malaga á casa de su pairino el maestro de escuela. Este se había casado con una mujer, pasmo de hermosura, de gracia y de honradez.

Cartucherita, sin sentirlo, se va enamorando de ella hasta que la pasión se desborda con poder invencible en su pecho, y empieza lucha violentísima en aquel mozo de indómitos arrebatos, entre el amor furioso y el inmenso cariño y devoción al hombre que lo recogió de la calle.

Esto es el conflicto, y tales las personas principales de la novela.

Quitaríamos uno de los alicientes mayores de esta clase de lecturas, si lleváramos la narración hasta el desenlace.

Sólo añadiremos que las figuras del Inglesito, de la señá Teresa y de la Leocadia, aunque aparecen en término secundario, son una maravilla de color y de vida, por más que se elevan á mucha mayor altura las de D. Lorenzo, Clotilde y Carchuterita.

Para que se vea y juzgue del primor y encanto con que está reproducida esa habla sin igual de los andaluces del propio riñon de Málaga, reproducimos la conversación que en el capitulo VI sostiene el Inglesito, banderillero de Cartucherita, y éste, cuando quiere decir y quiere ocultar el amor culpable que le roe las entrañas.

CAPÍTULO VI
(Habla Cartucherita.)

—Pues tú verás... ¡chavó y qué cosita esta que me pasa, que no tiene principio ni remate!... Echa más vino, á ver si el vino me ilumina.

(Contesta El Inglesito.)

—Vaya vino...

—Echa más... hombre, echa más.

—Pero tú crees que yo he venío pa jacer un trasiego?

—No, hombre, no; es que tengo sé.

—Sabes tú lo que me está dando el corazón con tantas güertas y regüertas por los burlaeros?

—¿Qué es lo que te está dando el corazón?

—Ná... hombre... ná; bebe y habla.

—¡Chavó! ¿tiés prisa?

—¿Yo prisa? ¡Pues si no tengo ná que hacer hasta la Pascua de Navidá! La prisa que yo tengo es por saber lo que á ti te pasa, por más que yo me lo sé ya casi de memoria, porque yo á ti te adivino.

—¿Tú?

—Yo, sí, yo; que á la fin y á la poste tendré que decirlo.

—¿Pero tú qué es lo que te crees?

—Yo creo lo que es, a fija; ¡asín de ángeles me vea asistío en la horita de mi muerte! Y tú no te atreves á decírmela porque te da reconcomia de enseñarme los trapos sucios que tú tienes.

—Yo no tengo ná sucio, y a mí nadie tiene que echarme ná en cara.

—Vaya si tienen, y si no, ¿cuál es la bicha que de pronto se te ha enroscao al corazón, como me dices en tu carta?

—¿A mí? ¿Yo te he dicho eso?

—Sí, Pepe, tú, tú que estás empitonao y en pecao mortal, tú, que al darte de frente con la mujer de tu pairino se te ha encendío la sangre. ¡Si te conoceré yo! ¡Si en cuantito leí lo que me escribiste me comí la partía! ¡Si eso es lo que tienes! Que sabes no puees jacer una partiita serrana á ese hombre, porque eso sería un contra Dios; si te has queao flaco y amarillo y con dentera desde la mala hora en que se te ocurrió volver por aquí y pisar la casa de tu pairino, que tiée que ser pa tí hermano gemelo de la Custodia.

—¿Tó eso me lo dices tú á mí?

—No, al moro Muza; ¡á quién ha de ser sino á tí! á tí, que te falta volunta y nervio macho pa salir de pira y te sobra hombría de bien pa jacer una charraná; á tí, que te ha dao miedo de encontrarte solo, y cuando me has visto se te ha alegrao el alma, porque te has dicho con muchísima razón: «Ya tengo á mi vera un hombre bueno, un amigo leal, pa que me estime, pa que me aconseje, pa que me ayude á portarme como quien soy, como un hombre de corazón y de vergüenza.»

—Pero á tí, ¿quién te ha dicho todo eso?

—Un ciego en un romance; yo ya he roao mucho mundo, y he visto muchas cosas patas arriba, cuando debieran estar patas abajo, y no estoy tarumba como tú, y tú sabrás matar toros mejor que yo, pero yo sé matar malas intenciones mejor que tú, y voy á matar las que tú tienes, que son malas y más que malas.

—No, hombre, no; yo no tengo malos propósitos: las cosas se han roao porque sí, sin que yo quiera; mira, Juan, cuando yo vine, traje puro y sin mancha el pensamiento; pero cuando vi á esa mujer, me pareció que me ponían una luz elértrica en el alma, y me atosigué y me dio susto, pero me acordé que soy un hombre y un hombre agraecío, y encerré, tó aquello que sentí, en mi corazón y le puse llaves y cerrojos con mi voluntá, ¿sabes tú? pa que ni ella se enterara, y no se ha enterao; pero ¡ay Juan! aquello que encerré chiquito, se me ha convertío en un tigre que aulla y se regüerve, y me martiriza por salir, y yo, yo tan y mientras con el jierro encendío de mi voluntá le pego, lo achicharro, lo arrincono, y asín seguimos: él más grande, más rabioso, más desesperao cá día que pasa, y yo con menos fuerza y menos poer pa domarlo.

—Pues sá menester que lo domes, y pa eso na mejor que poner tierra por medio, y ojos que no ven, corazón no quiebran; mañana mismo nos largamos con viento fresco, y no volvemos hasta el día que tengamos que trabajar, y mientras tanto matas el cosquilleo en Sevilla con la Brinquitos, que está por ti que brinca de gozo, y un clavo saca otro clavo, y no hay mal que por bien no venga, y aluego, cuando se te pase la turboná, vas á darme un beso de cuerpo entero que va á sonar en las ermitas de Córdoba.

—Ojalay pudiera irme; pero tú no sabes cómo yo quiero á esa mujer; mira, cuando la tengo elante y entorna los clisos y se me queda mirando como quien mira una estampa, se me quita el sentío, no pueo echar el habla del cuerpo, me ahogo como si estuviera subiendo una cuesta mu empiná, y no puées figurarte tú la saliva que trago pa que no me conozcan el sinvivir. ¡Ay, Juan! yo no sé lo que esa gachí tiée en su persona, que el aire en que ella respira huele á diamelas, y toito lo que mira lo alumbra como el sol, y en donde pone los pies nace el romero y la mejorana y...

—Y el melocotón... y el chirimoyo... y el árbol de la sabiduría... ¡Vaya hombre, que estás del tó...!

—Déjate de chilindrinas, que no está el alcacer para pitos. ¡Qué sabes tu!

—Lo que yo sé es que en cuantito no la veas, se acabó lo que se daba.

—Si que quieras ó que nó, la llevo conmigo como si fuera un relicario; si esto no es vivir, Juan; si esto no es vivir; si sólo de pensar que tengo que apartarme de su vera mú pronto, se me hace cisco el pecho; si yo ya no puedo vivir sin ese lirio del valle; si siento las bascas de la agonía cuando me dices que me vaya; si no puée ser; si yo ya no puéo irme, ni quearme, ni jacer una hombrá, ni jacer una porquería.

—¿Pero no ves ciego del sentío que por ahí no se vá más que á un despeñaero, y que si no te apartas de ese querubín, que te ha hecho mal de ojos, lo más fácil es que te refales, y si te refalas, vas á merecer que te pongan la ceniza en la frente?

—Eso tampoco, hombre; si pá sacar agua del pozo, sá menester la soga, y el cubo, y quien tire; si esa mujer  hace tanto caso de mí como del muelle de Cartagena.

—Déjate tú de infundios; esa mujer no la habrán traído de la luna, y será como todas, que no miran y ven, y repican y están en la procesión, y lo que á ellas se les escape, que vengan y lo recojan; y que tú no eres un cualesquiera, y a las mujeres la nombradía se les sube al palomar, y tú, bien sabes que no lo digo por alabarte, pero tú ya eres más conocío que la belladona.

—No hombre, tú tienes una venda en los ojos; tú no conoces á ese lucero de la mañana; es tan bonita como graciosa, y tan graciosa como honrá, y tan honrá como la Pura y Limpia, y aluego que tiene puesto sus cinco sentíos en su hombre, y hace mú bien; el pairino se lo merece porque está jecho con agua santa y trigo candeal, y azúcar molida, y si yo me aterminara una vez tan siquiera á poner en mis ojos algo de lo que me jierve en la sangre, y ella lo viera, me escupía en la cara, Juan, me escupía en la cara.

—Déjate tú de cosas y de escupitinajos, ¡si conoceré yo la muselia morena!

—¿Sabes que me estás ya abroncando con tus malas ideas? Yo no caigo, ya te lo he dicho, ni yo caigo, ni ella cae.

—Dios te oiga; pero ya verás como el querer sus da el empujón y vais á estar rodando hasta que sus metáis de cabeza en el Purgatorio, por malitos y por peores.

—Que no, te digo.

—Pues entonces, ¿por qué te viene el traje corto pa el canguelo que tienes?

—Lo que yo tengo no es canguelo, sino pena, y pena jonda.

—Está bien, hombre, ó mejor dicho, está mal. ¡Maldita sea la hora en que viniste!



Concluimos felicitando al inspirado autor de Cartucherita, augurándole un éxito seguro por su obra y deseando para las letras españolas y para gloria del país natal que siga dando en nuevos libros muestras de esa inspiración poética que trasciende á los jazmines y diamelas de los paraísos malagueños, y donde se irradia tanta luz como hay en sus cielos y en sus mares, y tanto fuego como arde en los ojos y en el corazón de sus hermosísimas mujeres.

Reseña de Cartucherita



Vibrante de pasión, calurosa, juvenil, una novela regional (enhorabuena, Sr. Pereda). Cartucherita, de Arturo Reyes, escritor malagueño, y antes de ahora conocido y apreciado de los que no reparan en firmas; interesa y emociona, de muy distinto modo que Epitalamio. Contrastan desvahimientos decadentes de la una con el brío robusto de la otra. Cartucherita es una historia de amores, amores andaluces, pasiones meridionales que tienen por cómplice y justificación á la Naturaleza toda. Como Galeoto fué un libro y quien lo escribió, para Francesca y Paolo; para Cartucherita y su Clotilde es Galeoto, el cielo de Málaga, el olor de salinas, de azahares y de rosas que satura su ambiente, el terral que enardece la sangre, las canciones plañideras, los vinos de oro, la naturaleza toda sonriente al pecado, como una absolución.


JACINTO BENAVENTE