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domingo, 20 de enero de 2013

La Goletera en Málaga

Publicado en: Nuevo mundo (Madrid). 17/12/1903, página 6


Carmen Cobeña, á quien tanto se la echa de menos en los teatros de Madrid, ha estrenado en Málaga, recientemente, la Goletera, drama sacado de la novela de Arturo Reyes del mismo título, y adaptado á la escena por Federico Oliver.

Como la novela, el drama es del género pasional, pasa entre gente del pueblo y se resuelve á navajazos. La prensa malagueña se hace lenguas del mérito de la obra y elogia la labor de Oliver, cosa que nadie ha de extrañar tratándose de un autor que no ya con adaptaciones, sino con comedias originales, ha sabido conquistar varias veces los aplausos de público.

La Goletera ha sido la obra más aplaudida de cuantas ha representado en el teatro Cervantes de Málaga la compañía de Carmen Cobeña.

La Goletera en escena



MÁLAGA 5 (10,10 mañana).—En el teatro Cervantes estrenó anoche la compañía dramática de Carmen Cobeña y Agapito Cuevas el drama La Goletera, compuesto sobre la novela de Arturo Reyes del mismo titulo, que tan elogiada fué por la crítica de Madrid.

El arreglo ha sido hecho por Federico Oliver. 

La interpretación fue excelente distinguiéndose Carmen Cobeña. 

Federico Oliver y Arturo Reyes fueron llamados muchas veces á la escena .—Marín

En mi barrio




Estaba Currito el Trueno,
un mozo de los de ácana, 
cabizbajo y pensativo 
en su cubril — una sala
con alcoba del famoso 
corralón de Santa Bárbara,— 
cuando entrando en su aposento 
el Quiqui de la Coracha, 
tras darle los buenos días 
y sentarse y la petaca 
ofrecerle, así le dice:
—¡Compadre, valiente cara, 
pos diga usté que parece 
que está usté jaciendo gárgaras 
de sal y limón!
—De tiros 
que me peguen en las glándulas 
ú otra parte cualesquiera 
son las que á mi me hacen falta.
 —Válgame un divé, compadre, 
y cómo está la mañana.
—¡Cómo quiere usté, don Quiqui, 
que esté, cuando tengo el alma 
que de negra mete miedo!
—Pero, ¿qué es lo que le pasa, 
se le ha ensuciao la pechera, 
ú roto la americana, 
ú descompuesto el cordaje, 
ú se le ha puesto á usté agria 
la bebía?
—No, compadre,
que lo que á mi me maltrata
y me achicharra la sangre
y el corazón me achicharra
es una gachí, una jembra
de órdago.
—¿La Tirana?
—Cá, nó.
—¿La Tripicallera?
—Cá, no.
—¿Pepa la  Calandria?
—Cá, nó.
—Cá, nó, ¡caballeros! 
pos diga usté que esa dama es un duende.
—¡No es mal duende! 
Una jembruza 
que espanta  
de bonita, con dos ojos  
que alumbran más que dos lámparas; 
con un pelito anillao 
que si lo suelta le arrastra 
como si fuera una túnica; 
la boca como la grana, 
la nariz cual la de un cromo, 
[verso ilegible]
por pecho y una cintura 
más fina que una pestaña; 
con dos pies que nadie sabe, 
mirándolos, con qué anda; 
y con un metal de voz  
y una...
—Compadre, ó se calla 
ú me piro; no comprende 
usté que oyéndolo pasa 
cualquiera el cólera mormo 
y el colorín y la sarna 
y las fiebres tifoideas...
—Pos si la viera usté echaba 
á correr; usté no sabe, 
compadre, cómo las gasta 
esa gachí cuando mira 
con mala intención y mala 
sangre, de la cual le sobra 
pá estibar  una fragata, 
y á pesar de ser asín 
yo diera por conquistarla 
tóas mis cuatro laterales 
y la sangre que me canta 
mi querer en tos los pulsos...
—Y ella qué, ¿cuándo usté pasa 
por su vera, nunca pierde 
los colores de la cara 
ni el compás?
—Na, naita pierde.
—¿Pero quién es?
—Un pantasma.
—¿Y aonde vive?
—¡Se ha mudáo!
—Pos cuando usté se lo calla 
será que callarlo debe.
—Es, compadre, que se trata 
de un imposible.
—¡Imposible! 
A la corta ú á la larga 
no hay bajo de las estrellas 
naita imposible, y no hay plaza,
compadre, que  no se rinda, 
ni torre que no se caiga, 
ni muerto que no se pudra... 
............................................
............................................
Y cuando ya se alejaba 
el Quiqui, murmuró el Trueno
al par que con la mirada 
desde el balcón lo seguía:
—¡Con que, compadre, no hay plaza 
que no se rinda! Si usté 
viese quién es quien me mata 
ni asín me aconsejaría, 
ni asín tampoco me hablara!

Más vale maña....

Publicado en: El Liberal (Madrid. 1879). 2/9/1903, página 1.


Paco el  Zurdo habíase ya metido en el querer hasta las mismas péndolas, cuando liándose la manta á  la cabeza fuese acompañado de Lola la de los Primores y con casi todo el barrio por séquito, á la iglesia de la Merced, donde el párroco uncióle para siempre al santo yugo matrimonial en menos que se persigna  un cura loco. 

Pasaron los días remitía en el Zurdo la fiebre y, como era de esperar, poco á poco primero, y como sobre potros desbocados después, lanzóse de nuevo por los antiguos atajos, dedicándose otra vez á quitarle el sueño á maridos celosos y padres desconfiados; á pasarse las  noches y los días entre faldas más o menos almidonadas y barriles más o menos católicos, y tres meses después del fausto suceso nadie hubiera creído, al verlo oficiar de rondador perpetuo en todo aguadero de agua más o menos cristalina, que tenía en su sala con alcoba de una de las casas menos desaseadas del Altozano, la chavala más graciosa y más  bonita que ha nacido de madre desde que el mundo es  mundo y el llano es llano. 

Y no piensen nuestros lectores que al hacer tal afirmación hemos mentido que tenía la de los Primores una cara que era un encanto, y un pelo negro anillado que bien podía servirle, suelto, de bata de cola, y un pecho que ni trabajado á cincel, y una cintura como una pestaña, y un aquel y una gracia y un ángel en toda ella, que no había hombre que al verla no se parase en firme, pusiera los ojos en blanco y apretara lo dientes, como si mordiera lo más dulce y sabroso en que puede hincar el diente humana dentadura. 

No llevaba Lola con muy evangélica resignación los desafueros y extralimitaciones de su Don Cuyo, y ya no sabía, qué hacer ni á qué santo encomendarse, cuando en la mañana en que la sacamos á relucir díjole Pepa la Presumida al topársela en el patio de la casa donde ambas vivían.

— ¿Querrás creer tú, Lola, que me da pena mirarte?

— ¿Y eso por qué?— preguntóle Lola sonriendo forzadamente.

— Porque hay hombres que están pidiendo á voces un ronzal; ¡porque parece mentira!, porque eso ya no es ser buena, sino ser tonta perdía; porque si yo estuviera bajo tu falda de percal y tu chaquetilla granate, otro gallo me cantara.

—Eso lo dices ahora, que si estuvieras donde yo y quisieras á un hombre como yo quiero al mío, ya tendrías paciencia, por más que ya me va fartando, Pepa, ya me va fartando, y ó mi Paco se enmienda ó yo no sé lo que va á ser de la que mi madre echó al mundo pa sufrir ducas y pasar fatigas.

—Si yo estuviera donde tú, ya verías cómo yo metía á tu hombre en cintura.

—Pos no parece sino que no conoces tú su genio; pa llevarle á mi hombre la contraria, sa menester preparar una barrica de árnica y un mauser con la bayoneta calá.

—¡Eso sí que es una porquería!; el que le pega á las  mujeres no es hombre, ni tié vergüenza, ni merece llevar calcetines ni pagarle iguala al barbero.

—Es que á mí nunca me ha puesto un dedo encima mi Paco.

—Es natural; como que te pone tós la mano cuando te pone alguno.

—¡Eso no es verdá! Mi Paco á  mí no me pega.

—¡No, pa qué! ¡Te pega y te la pega! ¡Pos no parece sino que á mí mi madre me echó al reondel sin ojos en la cara! Vaya; adiós, Lola, hasta luego y que te alivies, salero, si Dios quiere.

Y al decir esto, dió media vuelta y dirigióse á su sala Pepa la Presumida, mientras la de los Primores murmuraba sordamente, viéndola alejarse:

—¡Y tiée razón que le sobra, jásta pa rellenar un navío y un brisbares y la mar de bergantines goletas!
  
                                                                       II


—¡Dos cortaos del de Faraján!—gritó el Zurdo porraceando en una de las mesas del handilón del Catacaldos.

—¡Más pronto que un tiro!—exclamaba momentos después Pepe el Coronela colocando delante del Zurdo los dos de Faraján pedidos por nuestro héroe.

—Y otros dos más pa el Percalina, que ya está ahí— añadió Paco mirando á aquél, que acababa de penetrar en la taberna  con aire preocupado.

—¿Hombre, has llegao ya? ¡Pensé que habías emigrao á la Argentina—exclamó el Zurdo, dirigiéndose á  su amigo, [ilegible] sin dar las buenas noches, sentó [ilegible] un brazo sobre la mesa, echóse [ilegible] sombrero de un choclazo, cruzó  [ilegible] y empezó á canturrear [ilegible]  ronco y simpático timbre:

Malillamente, serrana
de un color eres de noche
y de otro por la mañana

El Zurdo lo dejó acabar la copla, y así que la hubo terminado, díjole mientras el Coronela colocaba sobre la mesa los otros dos cortados pedidos para el nuevo cliente.

—Pos dí tú que no tiées ni chispa de educación, ni de compostura, ni de cosa que valga ni lo parezca.

—Lo que tengo es una esazón que no cabe en ningunos de los compartimentos, y que estoy entre la espá y la paré, y que en mi pellejo quisiera yo ver ahora mismo al que inventó la pólvora, á ver qué era lo que el tal hacía.

—¿Pero se puée saber qué es lo que te pasa?

—Si á mí no me pasa ná; si á quien le pasa es á tí ¡pa que tú te enteres!

—¿A mí? Pero oye tú, ¿aonde tengo el tumor, que yo no me lo he notao?

El Percalina miró gravemente á su amigo, y tras breves instantes de vacilación y silencio, preguntóle entre temeroso y decidido: —Vamos á ver: si tu Lola hubiera dejao de quererte, ¿qué dirias tú?

—¿A mí dejar de quererme mi Lola?. Pues al que me dijera eso lo mandaría al médico ó á que le dieran una empajá ó á que le bordaran la baticola.

—¿Y al que te dijera que tu Lola quería á otro, y que esta noche tenía una cita con ese otro?

Y al concluir de decir esto incorporóse rápido y dió un paso atrás al ver el rostro descompuesto de su amigo, el cual, cogiéndolo violentamente por la solapa de la chaqueta, díjole con voz sorda y rugiente:

— Si otro que no fueras tú me hubiera dicho eso, á estas horas estaría pidiendo el santolio á voces.

—Por lo pronto, suelta la americana, que no tiée curpa el terno de lo que á tí te pasa, y resperto á lo de mala lengua, refréscate un poco y para los pies, que si lo que yo he dicho es verdá tiées que tener paciencia, porque ese mal trago tú te lo has buscao; tú que teniendo gloria santa en tus cubriles, vives á salto de mata y eres de los que no se acuerdan de Santa Bárbara hasta que truena.

                                                                               III


Las doce de la noche acababan de dar en el reloj de la vieja iglesia parroquial; solitaria y silenciosa estaba la calle donde Paco vivía, cuando desembocó por una de las esquinas un embozado, el cual con paso lento y cauteloso, avanzó hasta el centro de la calle, detúvose bajo el balcón donde solía lucir su garbo y gentileza la de los Primores y dejó escapar un tenue silbido.

El Zurdo sintió como la ira y la pena le subían al cerebro en terrible aluvión y fué á avanzar hacia el desconocido, cuando díjole el Percalina, sujetándolo férreamente por un brazo:

—No te muevas, no ves que manque estamos casi á oscuras, puéen verte y entonces, ¡jéchale un galgo!

Y conteniéndose el Zurdo, poniéndoles tornos y galgas y bridas á su indignación y á su cólera, esperó y pudo ver cómo se abria el bacón y cómo Dolores, su Dolores, la de más bandera entre las mujeres bonitas, asomábase recelosa, inclinaba sobre el barandal el airoso busto, preguntábale al desconocido con voz dulcísima y apasionada:

—¿Eres tú, locura de mi pensamiento?

 Y en vano pretendió el Percalina detener al Zurdo, el cual, desprendiéndose de sus brazos, tras breve y terrible forzejeo, avanzó vertiginoso y desesperado hacia el desconocido, al llegar junto al cual detúvose fiero y jadeante, diciéndole, al par que daba el aire su enorme y cachicuerna navaja:

—¡Mete mano, porque me matas ó te mato!

Y en aquel momento supremo, cuando la tragedia amenazaba con asomar allí más siniestros perfiles, tres sonoras é irónicas carcajadas resonaron al unísono: la fresca y argentina de Dolores, que se apretaba con las manos la esbelta cintura; la robusta y estruendosa del Percalina, que no osaba acercarse, sin duda por miedo al hule, al lugar de la acción; y la senil y cascada y aguardentosa del famoso tío Catite, padre de Lola, el cual, bajando el embozo de la capa y poniendo al descubierto su faz rugosa y renegrida, su nariz ya en contacto con la puntiaguda barba y su pelo blanquísimo, díjole al Zurdo con voz entrecortada por la risa:

—¡Hombre, por el amor de Dios! No seas bruto y guarta el jierro y no atentes á la familia, y piensa en que alguna vez pudiera tronar lo que felizmente entoavía no ha tronao, y salirte tus charranas por un ojo de la cara.

Y cinco minutos después alejábanse, cogidos amistosamente del brazo, el Percalina y el tío Catite, mientras el Zurdo escalaba el balcón, donde le aguardaba impaciente y ávida como siempre de su amor y de sus caricias, Lola la de los Primores, una de las mujeres más bonitas que ha nacido de madre de los barrios de mi tierra.

Arturo Reyes.


Amor y valentía



I


—Pero vamos á ver qué es lo que á tí te pasa díjole el Pitiller al Pelusita— vamos á ver por qué se te ha alargao hoy el perfil de esa manera.

—Qué quieres que me pase, que estoy muriéndome de pena, que el Cositas se mo ha cruzao en el camino, y que voy á tener que echar por la calle de los truenos, porque á mí no me quita á mi Dolores más que el mismísimo Dios en presona.

—Pos ya había oído yo una falzeta de esas murcianas, pero pensé que eran hablaurías, y na más que hablaurías.

—No, no son hablaurías, qua á mí me lo ha contao la propia interesá, y anoche habló ese mala hora con el padre de mi ídolo, y como quiera que el padre de mi ídolo tiée la manía de la guapeza, y dice que él mandó traer ar mundo á su hija consirná pa un hombre de pelo en pecho, manque sea de la sociedá de la albaldilla solitaria, y no sepa lo que es una americana sin los codos zurcíos; pos velay tú, el Cositas que se ha enterao
de la manía del viejo, y de que éste habillela pa costearle un día sí y otro no un callo á la andaluza ó una paella á la valenciana, se ha dio á ese mal calé y le ha dao coba, y como quiera que yo entoavía no le he dao á nadie una puñalá, que yo sepa... ¡pos velay tú!

—Pos eso se arregla pronto: trincas un machete, te bebes medio azumbre de solera, buscas uno pa quien una puñalá sea un favor que se lo haga, y... Sanseacabó, no tiée vigilia.

—Éso es, y aluego á darme el agua á buches con un cabo de vara en Ceuta ó en el Peñón ó en el tiro que le peguen á los hombres esaboríos!

—¡Cá, hombre, cá, á Ceuta! Allí no van ya más que los niños llorones; hoy por matar á uno no va ya nadie á presidio.

—Pos que nos mate Dios que nos ha criao, que yo no soy capaz de matar á nadie, por más que si eso del Cositas se formaliza y me rempujan, me parece que voy á dir aonde no quiero llegar, contra tó el torrente de mi gusto.


II


Ya había pasado la hora de la venta y el señor Antonio, cansado del trajín matinal, viendo sastifecho, casi desocupados del todo, los grandes serones, poco antes repletos de verduras, con que tenía casi invadida la calle, y con los cuales iba sacando á puerto, sin grandes escaseces, su tan nutrida como churretosa prole, retrepóse en la silla algo perniquebrada que servíale de sitial en sus relativamente vastos dominios, descansó ambas manos sobre el crecidísimo abdomen, y se dispuso á vengarse del diario madrugón, lo cual hubiera realizado, seguramente, á no haber llegado en aquel momento el Pelusa —su sobrino carnal, el más tonto —según él— de su noble apellido y de su ilustre dinastía.

—Buenos días, tío—exclamó el recién llegado, cruzando por entre los serones hasta llegar junto al hermano do su difunta madre. El señor Antonio desentornó los párpados, y exclamó con acento bronco, posando su mirada soñolienta en su sobrino.

—Ven con Dios, Pepe; ¿quién mal te quiere que por aquí te envía?

—Mi suerte, mi negra suerte; y como no tengo á nadie en el mundo más que á usté que me aconseje, pues por eso.

—¿A nadie más que a mí? ¿Pos y el corralón que tiées en Capuchinos?

—Déjese usté de broma, que está la leña verde y no arde.

—Vamos, hombre... está de Dios que no eche yo hoy un rengue... Vamos á ver, ¿y qué es lo que te pasa?

—¿Qué quiée usté que me pase? Que el Cositas...

—Ya estoy enterao de eso, y como el Cositas es un perro rabioso, y como quiera que en los cuarenta y pico de años que lleva de roar tierra le han apuntao en el ros cuarenta mil barbaridaes, lo mejor que haces tú es cortarle el hilo del embrague á tu tórtola, y si esa primita se la quiera llevaren el pico, que se la lleve, y á vivir, que pa eso el mundo es ancho y la mar es jonda.

—Pero tío de mi alma—exclamó con la voz congestionada por la pena y la ira el Pelusa—si es que eso no puée ser, porque eso es pa mí aserrarme el corazón y crucificarme el pensamiento.

—Eso te parece; eso creía yo cuando tenía yo tu edá; á los diesisiete años, cuando nos metemos en un querer, nos parece que Dios no ha hecho más luz que la que nos ilumina el sentío, ni más flor que la que nos perfuma el pecho; pero aluego... aluego...aluego... aluego....

—Pues no puée ser, tío Antonio, no puée ser; yo le digo á usté que no puée ser, y que no lo consiento... ya solo he dicho al Pitillero y ahora á usté se lo repito; yo le juro á usté que el Cositas no se casa con Lola la Golondrina.

Y con tal ímpetu y tal acento de convicción hubo de decir esto el Pelusa, que el señor Antonio quedósele mirando fijamente, como quien contempla un panorama desconocido, y tras algunos instantes de silencio, díjole con acento irónico.

—Pero, ¿qué vas á jacer chaval, vas á pegarle al Cositas?

—Yo no le pego á nadie, pero yo le prometo a usté que el Cositas no se cuelga á la bandola la jembra que yo más quiero.

Y al decir esto, dió mediavuelta y alejóse sombrío y silencioso, mientras el señor Antonio, tras seguirlo breves instantes con compasiva mirada, tornó á retreparse en la silla y á cruzar las  manos sobre el abdomen, murmurando con voz tranquila:

—Ya se le pasará el escosor y sa alegrará y yo me alegraré y tos nos alegraremos, y sobre tó, que lo que Dios dirta es lo que se escribe.


III


El Cositas estaba ébrio de júbilo; había amarrado, de golpe y porrazo, su porvenir; iba á llevarse en el pico una las chavalillas de más bandera del barrio, y además y con ella todos los machacantes que agenciara el señor Curro Cárdenas durante treinta años de matuteo en la Serranía.

Y paladeando mentalmente todas las voluptuosas dulzuras de aquel casi conquistado porvenir estaba el temible y victorioso rival del Pelusa, cuando éste penetró en el cafetín, á la sazón  sólitario, donde aquel lucía su gallarda figura y su rostro moreno varonil y simpático.

—Buenas tardes señor Paco—díjole el recién llegado, acercándose á su mesa con reposada actitud.

—Ven con Dios chaval—repúsole el Cositas, mirándolo entre irónico y compasivo.

—Me permite usté que me siente y que hablemos dos palabras.

—Ya lo creo; siéntate y píe lo que, quieras y dime lo que te de la gana.

El Pelusa, que estaba pálido y sereno, sentóse frente á frente al Cositas, y tras sacar la petaca, dar un cigarro á aquél, encender el suyo y tragar más humo que bilis llevaba tragada en dos días, exclamó con acento decidido:

—Pues mire usté, señó Paco, lo que yo tengo que decirle a usté no es más que una cosa, y esta cosa es que, por lo que más quiera usté en el mundo, se deje de meterse en mi coto, que yo no tengo más flor en mis jardines que esa rosa de Alejandría que se quiere usté llevar de mis rosales, y que yo no le he hecho á usté daño alguno, y que no me merezco yo que me trate usté de era manera.

—Hombre, to eso es mucha verdá —contestóle el Cositas con grava acento— pero has llegao tarde y crée que siento no poder darte gusto en lo que me píes; yo te juro que lo siento. 

El Pelusa se puso más pálido que estaba, y exclamó con voz algo temblorosa:

—Mire usté, señor Paco, que se lo pío á usté por favor; piense usté que Lola á quien quiere es á mí, y que no es con el viejo con quien se va usté á casar.

—Eso no importa, hombre; tú no sabes lo que son las mujeres; ya verás tú cómo no se acuerda de tí á los quince días de que yo le haiga cantao las primeras peteneras.

—Pero si la cosa es que usté no le va á cantar peteneras; si la cosa es que usted no se va á casar con ella.

—Hombre, ¿y eso por qué?—preguntóle el Cositas á su joven rival, no sin fruncir un tanto amenazadoramente las cejas.

—Pos por ná cuasi—díjole el Pelusa, encogiéndose de hombros—porque antes de que se case usté con ella... lo mato.

Y con tal acento de profunda convicción hubo de decir aquéllo el Pelusa, y tan fieramente le hubieron de brillar los ojos, que el Cositas desistió de romper en risas como pensara, y le preguntó con aparente calma:

—¿Y si te mato yo á tí?

—Peor pa usté; usté en este mal negocio lleva toas las contrarias; tó el mundo sabe que usté no va por la flor, sino por el florero; tó el mundo sabe que yo voy por lo contrario que usté; usted es un valiente de cartel á  dos tintas, y yo soy un probetico huérfano que nunca se ha metío con nadie, y si yo lo mato á usté tó el mundo y el jurao dirán que estaba llenito de rabia y llenito de pena y me echarán á la calle, y como tendré entonces entoavía más bandera que usté, [ilegible] padre de mi delirio me dará lo que yo quiero, y á usté le llevarán  en la Tertulia al Camposanto.

—No está mal pensao eso, pero ¿y si eres tú el que da ese paseo?

—Bah, si usté me mata á mí lo mandarán á usté á Alcalá ó á Chafarinas con la laureada y tó el mundo dirá que muy bien mandao, por haber consentío en pelear con un chaval sin pelo de barba tan siquiera.

El Cositas quedóse pensativo, y tras breve silencio preguntóle al Pelusa, mirándolo á las niñas de los ojos con enérgica y escrutadora fijeza.

—¿Pero es que te atreverías tú á matarme?

—Yo le juro á usté por la memoria de mi madre que antes de que se case usté con mi Lola, le parto á usté el corazón de una puñalá, ú de dos ú de las que  necesite.

Y da tal manera hizo la terrible afirmación el Pelusa, que aquella tarde preguntaba á éste la Gólondrina con los ojos, chispeantes de amor y el acento preñado de caricias, desde el balcón de su casa:

—Pero, chiquillo mío, ¿cómo has conseguío tú que el Cositas se avente de mi vera?

—Porque el Cositas tiée buen corazón y se lo pedí casi llorando—repúsole el Pelusa con voz apasionada.

—Porque el Cositas tiée buen corazón—siguió contestándole sistemáticamente a todo el que quiso enterarse, por él, cómo y por qué habíase alejado de Lola la Golondrina y desistido de sus amorosos propósitos, el guapo más guapo del barrio de Capuchinos.

Estreno de La Clavellina



La compañía que dirige Emilio Thuillier que actúa en el teatro Cervantes, ha estrenado con gran éxito una graciosa comedia, de Vital Aza, titulada La Clavellina, inspirada en un cuento de Arturo Reyes.

Thuillier, La Riva y los demás artistas que tomaron parte en la representación fueron muy aplaudidos.—Ulises.

Vital Aza y Arturo Reyes

Publicado en: El Imparcial (Madrid. 1867). 5/1/1903, página 2.

VITAL AZA Y ARTURO REYES
 POR TELÉGRAFO
(DE NUESTRO CORRESPONSAL)
                                                                                  (Málaga 4 10,10 mañana)

Anoche se verificó en el teatro Cervantes el beneficio de la primera actriz Ana Ferri. 

Después de la representación de «La moza de cántaro», en que tanto la beneficiada como el Sr. Thuiller, obtuvieron muchos y merecidos aplausos, se estrenó la comedia en un acto «La clavellina», escrita por nuestro huésped Vital Aza, sobre el precioso cuento de Arturo Reyes, que lleva el mismo título.

La obra, de grande delicadeza, y efecto escénico, valió repetidos aplausos al autor. 

Este, llamado con insistencia á la escena, manifestó que todos los placeres debían ser para nuestro paisano Arturo Reyes á cuyos méritos estaba consagrada la labor hecha para llevar la interesante narración á la escena. 

El teatro estaba completamente lleno y la Sra. Ferri fué obsequiada con muchos y valiosos regalos.—Corresponsal.