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lunes, 28 de enero de 2013

Triste experiencia

Publicado en: El Imparcial el 30/11/1908, página 3.


—Pero, Pepillo ¿quieres dejar al gato?.. Mira que como vaya … y tú, Paco ¿quieres no meter mas la manos en la legía ?…Pero Pepillo, ¿no te he dicho que dejes al minino, que te va a arañar… Ay Virgen Santísima á mí me quitan del mundo estos charranes …Usté perdone, señor Rafael, usté perdone y siéntese usté…no en esa silla no que esa no se la ofrezco yo más que á las personas que no quiero que vuelvan más por esta casa.

—Pos que Dios te lo pague, hija mía... ¡Ajajá! Ahora sí que estoy la mar de bien... Ahora un cigarrito, y fumando y mirándote no me cambio yo ni por la estrella del rabo.

—Pues que le conste á usté... Pero, Paco, por los clavos de Cristo, ¿te quieres estar quieto?... ¿no ves que hay visita?... ¡Ay, señor Rafael, usté perdone!

—Déjalos mujé; ¡si no están haciendo naita!

—¡Eso es! ¡déjalos! Pos si no fuera porque estoy desde que amanece hasta que anochece como un padre misionero...

—Bueno, pués dime lo que me encomenzaste á decir, que me parece á mí que diba á ser una cosa más  resalerosa que un dulce.

—Pos lo que yo le diba á decir á usté era que si á usté le sabe á azúcar el estar aquí, el que usté lo esté no me sabe á mí á retama.

—¿A pesar de mis sesenta y pico, de mi panza  y de mi pelito blanco?

—A pasar de tú eso, no, sino por eso mismamente, y por lo otro, porque, gracias, á usté, cuando vuelvo la vista á mi alreor no me jallo tan sola ni tan desamparaita en el mundo... Pero, ahora que me acuerdo, cuando usté entró me dijo usté que tenía que decirme una cosa mú interesante.

—Vaya, ¡y tan interesante como es lo que te tengo que decir!

—Pos encomience usté ya, que ya lo escucho.

Y diciendo esto, acercó Dolores una silla á la que ocupaba el viejo y sentóse en ella, poniendo de relieve al hacerlo, merced á la ductilidad de la falda, sus piernas redondas como columnas y descubriendo sus pies brevísimos y arqueados que holgaban en unas chinelas no acreedoras aprisionar tales primores.

El sol, un sol otoñal, iluminaba espléndidamente  la escena, el reducido patio invadido casi del todo por el lebrillo de lavar, por una higuera despojada de pámpanos y frutos y convertida en tendedero, y por la orza de la legía, en que uno de los dos rapaces hundía los desnudos brazos, mientras su compañero impacientaba á una gata de morisca piel que sufría pacientemente sus infantiles travesuras.

Y al par que iluminaba el sol el reducido patio, la retorcida higuera convertida en tendedero y los encuerinos rapaces, bañaba en su luz al viejo, el cual aún resistía gallardamente las sesenta y pico de otoñadas que pesaban sobre sus hombros y que aún no habían conseguido borrar del todo las huellas de su juventud en su rostro limpio, sonrosado y de expresión bondadosa, y risueña.

Y frente por frente al viejo destacábase Dolores -una hermosa plenitud de la vida á la  que la maternidad no había logrado hurtarle turgencias y valentías en el seno ni esbeltez en la cintura; una hermosa plenitud de ojos enormes de córnea azulada, en que las pupilas  negrísimas y luminosas parecían dormir eternamente un sueño lánguido y voluptuoso; una hermosa plenitud, alta, mórbida, ondulante, de sonrisa picaresca, de pelo abundoso, de cuello tornátil, de frente amplia y noble y de voz de ritmo susurrante y desmayado.

Durante algunos instantes paseó el viejo sus ojos por la cara y por el cuerpo de Lola, por aquel cuerpo suyo mal engalanado con un vestido de pobre urdimbre y un delantal mallorquín, y tras contemplarla durante algunos instantes con acariciadora expresión, dijo, al par que arrojaba por boca y nariz tres espirales de humo:

—Pos, señó, lo que yo tenía que decirte era una cosa, y no sé yo si endispués de decírtela me vas á poner al sol en la puerta de tu casa.

—Eso nunca—exclamó aquélla con voz plácida—eso no lo podría jacer yo nunca con un hombre al que debo

más retegüenas partías
que tienen lágrimas las penas
y risas las alegrías.

—A mí tú no me debes naita, que, por el contrario yo soy el que á ti te debe porque, si bien yo algo jice alguna vez en tu favor no tieé la cosa más valer que el que tú le das, y no tiée valor arguno porque yo soy más solo que un ermitaño; yo, gracias á un divé y á las caballás que di por la serranía, tengo más de lo que necesito pa comer, pa merendar y pa orsequiar al sereno; yo te quiero á ti porque cuando tu madre te sortó fué mi Rosalía, que en paz descanse, la que te dio por primera vez los tres jarabes, y desde entonces ya no te he perdío de vista ni me alejo de tu trato, y además que tú has sío mú desgraciaita, porque tú perdiste á tu padre cuando más falta te jacía, porque tu madre te quitó su apego por ponerlo en Antoñico el del «Pirulo», que en lugar de ser pa tí un segundo «vato», fué pa tí el peor de tus cuchillos, porque no sólo no te quiso, sino que te robó la voluntá de tu probé madre á la que Dios tenga en su santísima gloria.

—No—dijo Dolores,—la probe de mi madre me quería; pero como aquel hombre era como era.

—Güeno, dejemos eso, que al pasao se le dice adiós, y platiquemos de otros asuntos; pero antes de decirte lo que yo te tenía que dicir, quisiera yo preguntarte unas cuantas cosas, si es que tu me lo permites.

—Pos empiece usté á preguntar lo que le dé á usté la repotentísima gana.

—Pos vamos á ver si me dices cuántos son les guasones que viéen tós los días á rondarte en tu aguaéro.

—Y qué sé yo—repúsole Dolores encogiéndose desdeñosamente de hombros—además, que esos son los maderos de San Juan, que unos vienen y otros van; pero yo no me fijo en ninguno; bastante tengo yo con este par de salcillos que me dejó al morir mi probretico Antoñuelo.

Y un hondo suspiro brotó de la garganta de Dolores al evocar el recuerdo de hombre por ella tan hondamente amado y tan prontamente perdido.

El viejo, tras concederle algunos instantes de silencio, le preguntó, procurando ahuyentar con su festivo sonreír sus tristísimas evocaciones.

—Pero es que una cosa es el corazón y otra cosa son los ojos de la cara; y como los ojos son niños, alguno de los que lo simbelean te habrá sío sin duda más simpático que otros.

—Yo á eso digo lo que dice la copla:

Pa mí toitos son iguales,
campanas son las campanas
de toitas las catedrales.

—Y yo á esa te contesto con esta:

Pos siendo asín, punto en boca,
y en mis alforjas me llevo
lo que truje en mis alforjas.

—No, señó, eso sí que no, que ya sabe usté que la curiosidá vive más cerca de mí que mi casero.

—Güeno, pos hablaré; pero con la condición de que me respondas tú con el corazón en la mano.

—Pos bien, lo haré con el corazón en la mano; pero antes dígame usté por qué me está usté hoy haciéndome esas preguntas.

—Pos te lo diré: te las estoy jaciendo porque á mí, hier tarde, estando yo en cá de Pepico el Quitamanchas, se me arrimó un gachó al que yo estimo porque son de batista toas sus prendas interiores, y el tal gachó me dijo señó Rafaé usté que es güeno dende la cepa al racimo, usté que sabe que yo soy un hombre que lleva siempre la vendá á la grupa y la hombría de bien en la bandolera, usté que está enterao de que yo tengo pa más die un cuarto de gallina, si me la receta el méico; usté que sabe que yo no tengo  más parientes  que mis  dientes ni más parienta que la vía que me alienta, y usté que es, en fin, un hombre al que Dios le ha conservao to el pelo pa que cuando se muera usté sirva, er pelo pelo de usté de reliquia, usté va á jacer conmigo una obra de misericordia, porque aquí aonde usté me ve, con más fuerza que una yunta, más reondo que una bola, con cá carrillo que pesa una carnicara con una partía de bautismo que certifica que entoavía no he pasao de los treinta y pico de años, y con la salú por arrobas y con los güenos propósitos por quintales, aquí aonde usté me ve, yo estoy á pique de ponerme flaco y ojeroso y de perder la panza y de ver mi alegría de cuerpo presente; porque ha de saber usté que yo estoy enamorao, pero que tonto perdío, por una gachí que es tó un acontecimiento de bonita y otro acontecimiento como mujer de bien y de su casa, y ha de saber usté que manque es libre, endispués de haber sío prisionera, yo no me atermino más que á mirarla, porque cuando le voy á platicar se me aflojan los gonces y se me traba la lengua; y por eso, porque yo necesito que ella me quiera, es por lo que yo he vinío á usté pa que usté me preste su ayuda, que Dios se lo pagará á usté con lo que El saca pa pagarles á los güenos de su rica faltriquera. 

Dolores, que había escuchado ligeramente turbada al anciano, dado que éste hubo fin á su pintoresca plática, exclamó:

—Ya sé yo quién es el que le ha dicho á usté toito ese montón de cosas: Pepico el Talabartero.

—El mesmito que tú dices, Pepico el Talabartero

—¿Y qué le contestó usté a Pepico ?

—Pos yo le contesté que no le podía servir porque tú estabas loquita der tó por mis jechunas y por mi ange y por mi sangre torera. 

Dolores hizo un graciosísimo mohín, y después, poniéndose algo seria, le contestó:

—Pos bien, yo lo siento y yo le estimo á ese hombre su güena voluntá; pero no puée ser lo que ese  hombre desea.

—¿Pero es que no te gusta á ti ese hombre?

—Es el que más me gusta y el que mejor me parece de tós los que me rondan la calle.

—Pos siendo asín, y siendo güeno como es, y teniendo como tiée pa que no pases fatigas, y estando tú como estás rompiéndote esas manitas de nácar pa sacar alante á tus pícaros churumbeles, ¿por qué, vamos á ver, por qué no te casas con Pepe el Talabartero

Dolores posó una mirada plácida en su viejo amigo, y después, con voz siempre desmayada y dulce como una amante caricia, le repuso:

—Por eso mismamente no me caso con él, porque me gusta, porque me es simpático, porque podría tal vez llegar yo á quererlo como mi madre quiso, en mal hora y por mi mal, á su Antoñico el Pirulo

Y, levantándose, se dirigió rápida hacia sus hijos, los estrechó bruscamente entre sus brazos esculturales, puso en sus churretosas mejillas una granizada de besos de madre apasionada, y exclamó con voz llena de ternura:

—Cualsiquier día me caso yo con José el Talabartero.

Arturo Reyes

Los últimos, los primeros

Publicado en Nuevo mundo el 19/11/1908, página 28.

I

Cumplida su misión huyen las nubes al par que las sombras de la noche y el sol apareciendo triunfante en un horizonte de zafir vierte sus rayos de oro sobre la tierra húmeda y engalanada con sus más rientes verdores. 

Cruzan las palomas el espacio azul como saetas nítidas, despéñanse los arroyos en las pintorescas cañadas donde el torrente despojó la adelfa de sus flores carmesíes; lanza el mirlo su nota estridente en el espeso zarzal; cruzan los campesinos por los accidentados senderos que ponen en comunicación los blancos caseríos que se destacan como arropados por árboles añosos en cumbres y en laderas; casi escondidos por los florecientes matujos ramonean acá y acullá los rebaños haciendo resonar el melancólico sonido de la esquila; discurren las aldeanas por entre los maltrechos bancales de los huertos; camina con paso perezoso por la carretera flanqueada de altos pencares la acansinada  recua; y allá en lo distante, parece que para unirse al mar descendió el horizonte, ó que para unirse al horizonte, elevó el mar su onda azulada y cristalina. 

Al canto del gallo que lanza desde el corral su reto matutino, entreabre Dolores la puerta del lagar y pasea sus ojos llena de zozobra por todos los atajos del monte; está pálido su semblante moreno y tristes sus ojos de oriental estirpe y caida en desorden la negrísima guedeja sobre la espalda que tantas veces quemó y requemó el sol, al segar las escasas mieses por prestar también en aquella ruda labor su concurso al cansado compañero. 

Dolores se sienta sobre el murete que circunda la limitada planicie que sirve de antesala á la reducida vivienda, mas la inquietud que la tortura, le hace incorporarse á poco y dirigirse hacia el hogar, gritando con voz de timbre de plata:

—¡Tía Pepa, yo me voy á alargar á la trocha, que ya estoy la mar de acongojaita, que yo no he podio pegar en toa la noche los ojos!

—Ya te he sentio, mujer; pero no seas tan cavilosa y no te acongojes asina, que no es la cosa pa tanto.

—Es que ha sío mucha el agua que Dios mos ha concedío, y milagrito será que no se haigan jinchao toicos los arroyos; no tié usté más que ver el de los Mimbrales que muje que mete espanto.

—¿Pero tú crees que tu padre, y que tu marío son dambos dos inocentes? No tengas tu miéo que ya se habrán puesto en seguro y se habrán queáo en la Venta del Ajojoli ú en el lagar del Pizarro.

—No, tía Pepa, ni mi Toño ni mi padre han juio el cuerpo á la lluvia ni á la ventolina y cuando ya no están aquí es poiqué están arriáos y calaicos y sa menester no orviarse de que mi Toño, á pesar de sus aparencias, es más delicao que una tórtola en el celo.

—Pos de perder, perder le tocaría fijamente al que á ti te trujo al mundo, poique el suyo es muchísimo más peor que el camino por aonde habrá jechao tu Toño y además que él tiée los guesos abitocáos y tu Toño está en sus propios amaneceres.

—Eso se piensa su mercé, pero mi Toño no vale ogaño lo que antaño y si lo ha cogío la tormenta en el camino ya verá su mercé como eso le cuesta la mar de días en cama.

—Camará y quién eres. ¡Pos ni que á tu Toño lo hubiera empoyao un arzacola! No seas asina, mujer. Lo que tú debes jacer es estarte quieta y no salilles ar paso, que no poique tú les salgas ar paso, vas á conseguir amasar de nuevo el pan que ya se han comío. 

Dolores se encogió de hombros á los consejos de la tía Pepa y se dirigió rápida hacia la falda del monte desdeñando la vereda y saltando ágil como un corzo por la inclinada vertiente.

II

—¿Has llegao jasta la trocha?

—Jasta el olivar de Joseito el Candela.

—¿Y no has visto á naide en el camino?

—Ni un pájaro, y sólo al golver me dí de cara con Toval el Cencerrete que venía de los Pencares y que ice que ha pasao las é Caín pa cruzar por el váo de los granizos.

—¿Y no se ha trompezao ni á tu padre ni á tu Toño en su veréa?

—A ninguno de dambos; pero él se cree que como el uno pasa por la venta del Ajojoli y el otro por la del tío Cambronero, se habrán guarecio en ellas del turbión que según dice Tovalo ha sio por allá arriba de los que ajogan las ramas.

—Pos vete tú ya pa entro y ve poniendo en el fuego la puchera, que lo primero es lo primero.

—Póngala su mercé que no estoy yo pa ocuparme de naica. 

Y mientras la anciana penetraba en el hogar, sentóse Dolores de nuevo en el poyo adosado al muro, clavando los hermosísimos ojos en las floridas sendas, sin que lograran arrancarla de su abstracción los halagos del escuálido mastín que también paseaba como impaciente su mirada en la radiante lejanía, ni el alegre bandurrio de gallinas que acaudilladas por un gallo de roja cresta y de pluma recamada de oro, removía la tierra acá y acullá con alegre cacareo, ni Churrete el pastor, que resguardando del relente las manos bajo sus axilas dirigíase hacia la cercana cumbre á la retaguardia del reducido rebaño que despuntaba, al paso, alegremente, los bien mojados matujos. 

Dolores no pudo continuar sentada; la inquietud hizola levantarse de nuevo como si el movimiento amortiguase su zozobra, y ya disponíase á dirigirse de nuevo hacia el olivar del Candela, cuando un resonante ladrido turbó el silencio del monte, y el mastín, tras un instante, tras un sólo instante de vacilación, corrió impetuoso y alborozado por la trocha de los Cipreses

Dolores dejó escapar una exclamación de júbilo.

—Ya están aqui—gritó al divisar casi simultáneamente allá al final de la vereda por la que corría el mastín, á su padre, el señor Paco el Tardío, que avanzaba arrebujado en su manta, sobre el viejo pollino que parecía vacilar al peso de su carga y de sus años; y allá por la vereda de los Rosales, al brioso trotar de su fuerte cabalgadura, á su marido Toño el  Bizarro, que confirmaba su mote con la gentileza de su gallarda persona. 

Y también Dolores, como el mastín momentos antes, vaciló un punto, sólo un punto, y decidiéndose, rápida y vibrante de alegría al ver huir en tropel sus inquietudes, corrió, ágil como una ardilla y riente como una alborada, hacía su dueño luciendo al correr la bien torneada pantorrilla bajo la mancha sangrienta de su zagalejo encarnado. 

Y momentos después, mientras el Bizarro sonreía y posaba sus labios sensuales, ávidos de caricias, sobre los húmedos y purpurinos de Dolores, y el sol irisaba el cuadro al conjuro de su ardiente centelleo, allá en lo alto de la trocha de los Cipreses, arrebujado en su manta raída, acariciaba el anciano con sus escuálidas manos al también viejo lebrel que le mostraba su amor con su resonante ladrar y con sus alborozados escarceos. 

Y acariciado que hubo al viejo mastín, murmuró el señor Paco el Tardío, tras arrojar un suspiro y al par que ponía una hosca mirada sobre el grupo formado allá en el opuesto camino por el Bizarro y Dolores.

—¡Lo mesmo le hubiera pasao conmigo á su madre, á la que Dios me quitó, á la que me dejó tan solico... á la mía compañera!

ARTURO REYES

Reseña sobre El Niño de Los Caireles

Publicado en: El País (Madrid. 1887). 5/6/1908, página 3.

Hemos recibido «El Niño de Los Caireles» interesante novela, de costumbres andaluzas, original de Arturo Reyes.
 
Nuestros lectores saben que Reyes, el celebrado autor de «Cartucherita», es un colorista excelente, á quien nadie ha superado en la descripción del bajo pueblo andaluz, tan apasionado y pintoresco.
 
«El Niño de Los Caireles» es un cuadrito altamente dramático y que deja en el espíritu impresión profunda.

Cromos andaluces



Andalucía sigue siendo un almacén de ridiculeces, un silo de mamarrachadas y un filón inagotable de épicas invenciones. Los andaluces debían llevar unos crótalos en el bolsillo para saludar con gentiles piruetas á los extranjeros; debían esgrimir gallardos navajones para hurgarse en los dientes, y debían llamar con flamencos berridos á los amigotes en las calles, á las damas en los salones y á los camareros en las fondas y en los cafés... Porque es inútil, admirables paisanos, que intentemos destruir la leyenda; es inútil que se desgañiten millares de criaturas gritando que en Andalucía no se imponen los chulos, ni triunfa el flamenquismo, ni es venerado el matón, ni es adorada la pelandusca que bailotea danzones salvajes; es inútil que se indignen asegurando que los toreros son unos dignos industriales, económicos y hormiguitas, sin pizca de locura heroica, que el amor no se pone la careta trágica con más frecuencia que en cualquiera otro país, que la fantasía no aplasta á la vulgaridad rastrera bajo su imperio y que el dominio de lo pintoresco no embellece la vida. 

Inútil, señores míos. Andalucía, tierra excepcional, gracias á las faramallas de los exploradores literatos, seguirá produciendo cromos, y una selvatiquez imaginaria, un brío pasional inventado, excitará, á costa del pueblo andaluz, la risa de medio mundo y atizará los lúbricos ardores del universo entero. Y, ¡qué caramba!, esto no es denigrante. Lo mismo da que nos imaginen trabajando en un gran taller, con la severa blusa, ó trajinando en una oficina, con la cazadora democrática, que azacaneando en el porche de una iglesia ó junto á los muros de un circo taurino, engalanados con chaquetillas de joyante seda, entre clérigos rijosos é iracundos, hembras diabólicas y canes traspillados. 

Lo mismo es, porque en nosotros está nuestra valía, y no en la ajena opinión; porque la, calumnia de pintar como conquistador, ardoroso y violento al que es tímido, helado y apacible es de las más tolerables... Pero lo que subleva es que nosotros, los calumniados, alentemos con nuestras zoncerías á los falsificadores. Los infundios de Dumas y Gautier palidecen ante los cuentos de ese hidalgo pintor de panderetas que se llama don Arturo Reyes; las bizarras ocurrencias de algunos próceres sevillanos dejan tamañitas á las del mismísimo ingente forjador de absurdidades españolas Sr. Richepin. 

¿No ha sido maravillosa, digna de que la archiven historiadores y la canten poetas, esa fiesta andaluza con que han obsequiado á D. Alfonso en Sevilla? Lo tradicional, lo clásico, lo típico, lo castizo... Los Reyes no podían impedir que les regalaran con unas racioncillas de condumios regionales, y celebróse el magno festejo. ¡Y qué festejo, qué clásico, típico, castizo y tradicional festejo!... El Señor nos ilumine y nos ampare.

Unas muchachas con mantones de Manila; unos mocitos con alamares, sombreros de queso y camisolas abullonadas; unos jácaros con guitarrillas y ciencia en los «dátiles»; unos «cantaores» con «silgueros»- en la garganta—¡pobrecitos míos!—; unos «bailaores» esbeltos, ondulantes, ojinegros y desgonzados como bayaderas—¡pícaros!—y venga de ahí... ¿Cómo se pela la pava? Pues una chiquita se envuelve en el fausto de su mantón, reclínase en los hierros del cancel, pone en blanco los ojos y sonríe á un alentado mancebo que cruza las piernecitas y oprime graciosamente el cigarro entre el índice y el pulgar, como si fuera á retratarse... ¿Una «juerga»? Pues cencerrean las guitarras, se yerguen los «cantaores», encrestados, altivos y sacerdotales, y se deshacen los bailarines—¡ay! ¡Salomé!— piafando y meciéndose y desmayándose ¡Jesús María! 

Y sería ridículo proclamar que los mantones con sus pagodas, sus árboles de pesadilla y sus pálidos chinitos, se pudren en el fondo de las arcas; sería ridículo decir que las mozuelas reciben á sus amantes «de trapillo», con la joya de una flor entre el lujo del peinado, y que la «penilla» del «cantaor» y las contorsiones del ninfo bailarín arrancan burlas y engendran carcajadas... Sería ridículo y nadie lo creería. Y el autor de Espada, la nueva espagnolade, ese René Maugars á quien elogia Gómez Carrillo, nos miraría estupefacto, asombrado de que alguien calificase de sandias y disparatadas sus creaciones.


Pármeno.

Egilona


EGILONA

Grave y doliente y altiva,
dice la noble cautiva
al emir que la encadena
y que contempla extasiado,
cual tesoro improfanado,
á la gentil nazarena.

—Señor, me ordenan que acate
tu voluntad, y que mate
en tus brazos mi decoro;
que puesto que así lo quiso
mi aciaga suerte, es preciso
que te mienta que te adoro.

Me dicen que tienes fría
el alma cual tu gumía,
un alma que no perdona,
y que ha de yacer contigo
la esposa de Don Rodrigo,
la sin ventura Egilona.

Egilona sin ventura,
que hoy maldice la hermosura
que hizo nacer tus antojos,
antojos que son agravios,
torpe suspiro en tus labios,
torpe caricia en tus ojos.

Egilona, sombra triste
de Egilona, que aún existe
porque aún en ti su honra fía;
porque por tí respetada
aún no ha sido mancillada
por tu poder la honra mía.

Dice trémula Egilona,
y con acento que abona
la hidalguía que se esconde
bajo la cota de acero
y oro y plata del guerrero,
Abdelazis le responde:

—Levanta, oh reina, esa frente
que brilla más refulgente
que el cielo en mis patrios lares.

más que tu rota diadema,
más que el sol que ardiente quema,
mis remotos aduares.

Nada torpe de mí esperes,
que aunque implacable me hieres
yo en ti á vengarme no acierto,
y pues libre ser anhelas,
ya lo eres cual las gacelas
que cruzan por el desierto.

Cual lo es la flotante bruma;
como el ave que su pluma
del sol en el rayo dora;
como la luz, como el viento,
cual lo era mi pensamiento
antes de verte, señora.


Mas si te vas de mi lado
malhaya el triunfo logrado
que á tal pena me somete;
malhaya la hora menguada
en que arrastró ensangrentada
tu bandera el Guadalete.

En que admiré tus hechizos
embriagadores, tus rizos
en que el aura juguetea;
tus ojos, ojos tan bellos
que de ellos, prendada, en ellos
la tentación centellea.

Tu tez tan fina y suave
como el plumón con que el ave
en el nido se engalana;
tu boca donde sus perlas
vertió la aurora por verlas
entre tus labios de grana.

Malhaya mi triunfo sea,
que si vencí en la pelea
frente á frente al enemigo,
en vano en vencer me empeño,
al que fué de tu alma dueño,
como vencí á Don Rodrigo.

Mas sin duda á Dios le plugo
someter al triste yugo
de su amor y tus desdenes
al que cien veces ciñera
cien coronas, si tuviera,
cien coronas, á tus sienes.

Sin duda así Dios lo quiso
y si sufrir es preciso,
yo sufrir ya más no quiero.
Parte, pues, oh reina, parte,
yo le haré, al irte, olvidarte
al corazón con mi acero.

Y Abdelazis enmudece,
y en sus ojos resplandece
tal decisión, que Egilona
le responde conmovida:

—¡No me arrebates tu vida
lo mismo que mi corona!

Y en tanto el noble agareno,
ébrio de amor, en el seno
del amor encuentra abrigo,
ya sin que nada le inquiete;
solloza en el Guadalete
la sombra de Don Rodrigo.
ARTURO REYES