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viernes, 11 de enero de 2013

Reseña de El lagar de la Viñuela





No se ha dormido D. Arturo Reyes sobre los laureles que le adjudicó la prensa por su novela Cartucherita. Acaba de dar á la imprenta otra novela andaluza: El lagar de la Viñuela, que también ha sido celebrada por los periódicos, aunque un poco menos que aquélla, quizá porque el D. Arturo Reyes de Cartucherita era un descubrimiento, y el de El lagar de la Viñuela, como está ya descubierto, ofrece menos interés para la prensa, que busca cada día novedades literarias, como las busca en la política, en la crónica criminal y en todos los órdenes de la vida, persiguiendo el modo mejor de entretener á sus lectores y sostener la competencia natural que existe entre los papeles públicos.

El lagar de la Viñuela no es inferior á Cartucherita. En conjunto puede considerarse como superior, como más novela, si bien sus defectos y sus cualidades dignas de aplauso, son en realidad los mismos que los de aquella otra obra.

Todo lo que en esta novela es descripción de las costumbres populares andaluzas, ó diálogo entre los personajes en el habla peculiar, graciosa y expresiva, alegre y honda á la vez, de la tierra de María Santísima, resulta espontáneo, lleno de frescura y de color local. En cambio la acción de la novela es pobre en su concepción y en su desarrollo. El hecho capital de que dependen todas las demás: la caída, digámoslo así, ó el tropezón amoroso de la Viñuela es un recurso literario primitivo, á la altura de las novelas por entregas. Es la historia de siempre. Dos novios, cuyas relaciones han sido castas, hasta que un día, en vísperas de larga separación (él marcha á Cuba de soldado), entra el galán á despedirse de la doncella en la alcoba de ésta, lo cual produce á los nueve meses el nacimiento de una criatura.

Los matrimonios legítimos infecundos que estén mal avenidos con la falta de prole deben de contemplar con verdadera envidia esta fecundidad infalible de los amantes de novela. Basta que tengan conversación á solas un momento para que se siga fatalmente el fruto de la falta con todas sus consecuencias. Y es natural que sea así, porque de lo contrario no habría novela.

El hecho es, volviendo á la novela del Sr. Reyes, que la heroína de su historia es madre mientras el novio pelea en Cuba con los insurrectos. Con la ausencia se les pasa á entrambos el amor y al mismo tiempo se enamora de la Viñuela (llaman así á Dolores, la protagonista de la obra, por la Viñuela en que vive) otro mozo que, por obligaciones de gratitud con la familia del ausente, se ve obligado á ocultar sus sentimientos, mas no tanto que no los advierta y no corresponda á ellos la muchacha. Y cuando vuelve el novio de Cuba, ya oficial, y más resignado á las justas nupcias que deseoso de ellas, ve que no es amado y se decide á dejar  el campo libre á su competidor.

Las principales escenas de la obra valen más, consideradas aisladamente, que el conjunto. El Sr. Reyes traza  excelentes cuadros de costumbres, pero no es todavía un novelista consumado. Sin embargo, su obra se lee con gusto, aunque no conmueva hondamente. Y para el público en general, el asunto mismo, por lo que tiene  de pintura de costumbres y tipos andaluces (que es, al cabo, lo principal en el libro), ofrece un atractivo que contribuirá, sin duda, al buen éxito de esta novela, como contribuyó al de Cartucherita. Lo andaluz es, de lo regional, lo que más agrada á la masa general del público de las obras literarias. Débese esto, no sólo al flamenquismo, que no es cosa nueva, y ofrece, por otra parte, grandes afinidades y semejanzas con el antiguo manolismo madrileño, sino también á que en las costumbres andaluzas aparecen realzados dos de los rasgos más salientes del carácter nacional: la galantería y la guapeza, lo cual, unido al gracejo de los naturales de aquellas provincias y á lo pintoresco y donoso de su lenguaje, hace que una novela ó una poesía andaluza, en igualdad de mérito, tenga más público que una novela ó una poesía gallega ó catalana.

Cuando los viajeros de otros países toman por rasgos distintivos y por personajes típicos de España al torero ó á la cantadora andaluza, nos reimos de sus exageraciones ó las llevamos á mal, si las tomamos en serio. Pensándolo más despacio, se explica que un extranjero, al estudiar superficialmente, como puede estudiarse en el curso de un viaje ó en una breve estancia, un país poco conocido, como el nuestro, se fije en  lo exterior y aparente de las costumbres y deduzca de las aficiones populares conclusiones de esas que no suele agradarnos ver impresas, aunque miradas imparcialmente sean muchas veces una simple exageración de la verdad.


E. GÓMEZ DE BAQUERO.

Los hombres del día. Arturo Reyes





Cartucherita y El lagar de la Viñuela son dos novelas de pura casta española, y aunque no tuvieran otras muchas excelencias, por esta sola cualidad, merecerían elogio.

Cuando la juventud literaria que en España alardea de mayor cultura, menosprecia lo propio para recrearse en lo ajeno, atenta tan sólo á cuanto se produce fuera de las fronteras, encasillada en escuelas y grupos caprichosos sin relación alguna con nuestro modo de ser y pensar, renunciar á la fácil popularidad que dan los motes exóticos en ista, y hacer obra esencialmente nacional, sin otra pretensión de originalidad que la del propio temperamento y método de observación, supone un valor, una voluntad y una entereza digna de todo encomio.

Es verdad que en esa originalidad de temperamento, en esa observación personal y propia, consiste el verdadero mérito; pero no es menos cierto que, dadas las modas y aficiones del momento, es este el camino más largo y difícil para alcanzar notoriedad.

Los muchachos listos, la gente nueva, han encontrado un atajo corto y fácil para llegar de la «inmortalidad al alto asiento». Descubren un autor extranjero de mayor ó menor mérito, pero de aquellos que han inventado un mote nuevo y son discutidos ó endiosados en las revistas jóvenes francesas; le leen (traducido las más veces) ó no le leen, eso importa poco; le proclaman genio, sacrifican en su honor toda la literatura española contemporánea, publican (gratis, por supuesto) dos ó tres artículos, encomiásticos para el maestro en los diarios, se proclaman bellomanos, delicuescentes ó vibrantistas, se juntan cuatro ó cinco para hacer más ruido, gritando fuerte, y ya tienen nombre, fama y popularidad. Nadie sabe que hayan creado obra propia, ni tienen estilo, ni saben gramática generalmente; pero su nombre corre de boca en boca y de periódico en periódico y todos repiten; Fulánez-Zutánez, el conocido vibrantista y... le tour est fait.

Y mientras esa lucida juventud entona elegías llorando la muerte del arte patrio, y compadece con aire de superioridad á los grandes productores nacionales, poniéndolos á los pies de cualquier novelador búlgaro, lírico sueco ó dramaturgo belga, otros jóvenes modestos no pierden el tiempo en declamaciones de café ó de Ateneo, y trabajan con constancia y seriedad en su rincón, creando obras que para ser bellas no necesitan vivir de reflejo ajeno.

¡Ya no hay novelistas! - dicen los vibrantistas, delicuescentes, bellomanos ó como se llame la última hornada literaria. Y mientras eso dicen ellos, sin producir, por supuesto la novela redentora, los maestros verdaderos publican maravillosas obras como El AbueloGenio y figura... y Peñas arriba, y siguiéndolos sin imitarlos servilmente, Arturo Reyes en Málaga, Blasco Ibáñez en Valencia, Juan Ochoa en Oviedo, demuestran que la tradición castiza de la novela española, resucitada por Galdós, Valera y Pereda, continuada con gloria por Dña. Emilia Pardo Bazán, Picón, Palacio Valdés, Alas y Ortega Munilla, anuncia, un hermoso y robusto renacimiento.

Este movimiento novísimo de la novela no va, como ha sido de tradición en España, del centro á la periferia, sino que, por el contrario, camina de la periferia al centro.

Los novelistas nuevos, Reyes, Blasco Ibáñez y Ochoa, viven y escriben en provincias sin haber sufrido el desrracinamiento [sic] que tanto alarma á Barres, y en directa comunicación con la tierra madre, libres de influencias extrañas, de sugestiones de grupo, de imposiciones de pasajeras modas, realizan labor genuinamente nacional, no por imitación da lo pasado, sino por copia directa de lo presente.

No allaréis [sic] complicaciones psicológicas, pesimismos enervadores, rebuscas de nuevas sensaciones en los personajes de las novelas de Reyes, porque tales sutilidades no se encuentran en las gentes malagueñas, apasionadas, amantes, artistas á su modo por instinto y compenatrabilidad con la hermosa naturaleza, enérgicos é impulsivos, pero sin las esquisiteces sólo compatibles con el exceso de cultura de la juventud instruida de los grandes centros de población, y que determinados novelistas se empeñan en generalizar como características de eso que equivocadamente apellidan fin de siglo. ¡Cómo si el proceso de la cultura humana estuviera sujeto á las divisiones del almanaque gregoriano!

El simpático Cartucherita, y la hermosa Viñuela, por la misma pobreza psicológica de sus almas casi instintivas, tienen relieve poderoso, exacta verdad, intensa vida; son figuras arrancadas á la realidad y colocadas con admirable arte en el medio propio; sienten, y sobre todo hablan como las personas que á diario pueden encontrarse en la campiña malagueña ó en las calles de su capital.

Tampoco son complicados los asuntos de las novelas de Reyes; son la historia de una pasión amorosa entre gentes en quienes el impulso de los sentidos, emberrinchinados por el ansia del placer, prima sobre la razón y el deber; y la habilidad del novelista consiste en interesar y conmover con tal sencillez de intriga; tomando, en artista que sabe escoger y convinar [sic] los datos proporcionados por la realidad, dándoles extraordinaria vida y relieve al exteriorizarlos en un estilo brillante, lleno de color y armonía. Las descripciones son sobrias pero intensas, los incidentes variados y expresivos, los diálogos asombrosos de exactitud; siendo en ésto quizá, en donde mayor perfección consigue Arturo Reyes.

Basta con lo dicho para justificar el éxito alcanzado en poco tiempo, la reputación conquistada, el unánime aplauso de los críticos. Reyes es un verdadero novelista, y si todavía no ha escrito su obra maestra, Cartuchuerita [sic], y sobre lodo El Lagar de la Viñuela, justifican que como á tal desde ahora, se le considere.


L. R. DE V.

El Lagar de la Viñuela. Epílogo

El ejemplar correspondiente al epílogo no se encuentra disponible en la Hemeroteca Digital, por lo que para no dejar la novela sin completar, hemos decidido copiarlo de la edición alojada en Internet Archive.


 El mar parecía dormido; la brisa apenas hacía ondular las jarcias de los buques anclados en el puerto; el cielo aparecía bañado en luz purísima.

Inclinóse Agustín yerto y abatido, con los ojos húmedos por el llanto, con la queja en la garganta y el infierno en el corazón, sobre la borda del buque divisábase frente á él la ciudad salpicada de luces temblorosas y de caprichosas siluetas; era aquella perspectiva á modo de la artística creación de un cerebro fantástico; allá, en los últimos límites, erguíanse los montes, tras los cuales dejábase para siempre nuestro héroe todo cuanto embelleciera su vida.

Oyóse el monótomo y áspero rechinar de las cadenas, enroscándose al molinote; resonó el poderoso silbato de la máquina; giró lenta y majestuosamente el vapor, y poco á poco empezó á alejarse de la hermosa bahía, dejando tras sí brilladora estela de fosforescentes espumas


FIN

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo octavo

El ejemplar correspondiente al capítulo 28 no se encuentra disponible en la Hemeroteca Digital, por lo que para no dejar la novela sin completar, hemos decidido copiarlo de la edición alojada en Internet Archive.



CAPÍTULO XXVIII

Decepción


Asomó el sol barriendo tinieblas, iluminando celajes y alegrándolo todo con sus ardientes y luminosas caricias.

Abandonaron el lecho los habitantes del ya conocido lagar de la Viñuela, y dieron todos comienzo á la gran solemnidad que debía poner en su sitio el buen nombre de la hermosa hija de Antonio el Arrabaleño.

Como el carruaje debía llegar en las primeras horas de la mañana, pronto aparecieron vestidos de pontifical, la cortijera con un vestido de cachemira, en el cual debió emplearse más tela que lona en el velamen de un navío, y el señor Juan con el ya histórico traje de paño, color de castaña, camisón de bordada pechera, y blancos y enormes brodequines, con cuyas prendas creíase él en condiciones de darle tres y raya al mozo de más enjundia y mejor empaque del partido.

Poco después que el matrimonio, aparecieron Dolores y Bernardo, pálidos, ojerosos, entregados á su dolor, ya sin fuerzas para seguir enmascarándolo.

El vestido negro de la primera hacía resaltar su palidez y quitábale rudeza á la figura; lucía el zagal la ropa dominguera como si llevara un sudario; los dos se miraron fijamente al llegar, y en sus miradas se cruzaron dos besos, dos silenciosas protestas, tal vez dos infames propósitos.

Á poco apareció el tío Salustiano con el clásico pantalón de pana y el viejo marsellés, gala y ornato de su persona en sus floridas mocedades.

-Anda y llama á Agustín; yo hubiera dormío en cuclillas; ¡Vaya un sueño! Ni er de los sietes durmientes - dijo el señor Juan á Bernardo.

Aquí no está - dijo éste á poco, saliendo de la habitación de Agustín.

-¡Aónde habrá dío tan temprano! - exclamó sorprendida la señá Tomasa.

-Estará más allaílla; vé tú y búscalo - dijo á su hijo el de Casariche.

Inclinó el zagal la cabeza y salió de la casa.

-¿Has visto tú á Agustín? - preguntóle al porquero al hallar á éste en lo alto de la loma.

-Yo, no ¿sá pirdío? Por eso tiées tú la cara tan digustá.

El porquero no sintió en aquella ocasión una vez más el peso de la mano del mozo, porque éste apenas lo había escuchado por seguir el camino hasta la venta de Matagatos.

-¿Aónde iba Agustín antes que clareara er día? - le preguntó al verle llegar Antonio el Currinchela, entretenido en aquellos instantes en aligerar de chumbos los pencares inmediatos á la casa.

-¿Qué ices tú? ¿Que de madrugá pasó por aquí? - preguntóle á su vez el mozo sorprendido.

-Antes que clareara, vestío é militar y más tieso que un ajo.

-¡Dale, y qué majaero! Yo lo vide; me había alevantáo por casoliá; sentí ruío en er gallinero, y como jace pocas noches dejó sin gallo la zorra á Pepica la Afligía, me alevanté, y pués..... lo vide.

Bernardo, oyendo al Currinchela, había sentido algo que le refrescaba el pecho - un borbotón de agua en un arenal, -y, sin prestar oído á la cháchara del ventero, arrancó á correr hacia el cortijo, adonde llegó jadeante.

-¿Poiqué corres? - le preguntó asustada la cortijera.

El muchacho tomó resuello, miró con extraña expresión de júbilo y de inquietud á Dolores, y expresión de júbilo y de inquietud á Dolores, y exclamó con voz entrecortada:

-Currinchela, er de Matagatos, ice que lo vió, antes que á los claros er día, pasar por allí con el uniforme puesto.

El señor Juan y la señá Tomasa abrieron mucho los ojos, y se miraron como interrogándose; el tío Salustiano puso los suyos, preñados de sombríos reproches, en su hijo y la Viñuela se estremeció violentamente, paseó una mirada escrutadora por la habitación, y al ver la carta colocada por Agustín sobre la mesa, preguntó con acento trémulo:

-¿Pa quién es esta carta?

Bernardo se la arrebató bruscamente, y dijo después de leer el sobre, y dirigiéndose al Catueso:

-Es pá osté; está más claro que el agua.

-Á ver; léela, léela - murmuró el viejo con terrible ansiedad.

Bernardo no se hizo repetir la orden y rompió el sobre con manos temblorosas. ¡Virgen Santa, y qué letra más infame la de la carta! Por fin, pudo ir enterándose de lo que ésta decía, y al par que avanzaba en la lectura iban desarrungándosele el ceño, aflojándosele los estallantes músculos y atersándosele la frente.

Cuando hubo terminado, al par que completaba á la huérfana con insensata expresión de triunfo, exclamó con voz sorda:

-Se ha dío pá no golver en jamás de los jamaces; ice que no se puée casar, que está mu comprometío allá en Cuba con otra mujer, que ostedes lo perdonen, y que mosotros mesmos, tóos mosotros, seamos los padres de Araceli.

Los Cantuesos se miraron como atontados por el terrible golpe; la señá Tomasa se apretó la cabeza entre las manos, como si temiese que se le escapara, y se acercó tambaleándose al señor Juan, que hacía visajes para reprimir las lágrimas, y el cual, abriendo los brazos, recibió en ellos á la pobre compañera, y, uniéndose en el dolor aquellos dos seres benditos, besáronse con mortales ansias, confundieron sus desesperados sollozos, y se estrecharon convulsos, como para prestarse recíprocamente calor y ayuda en aquel inesperado abandono.

El semblante de Dolores demudóse ante la fatal noticia; horrible expresión de angustia veló su mirada; vió de repente, con los ojos del espíritu, á Agusín, alejándose con el corazón desgarrado por la solitaria carretera; comprendió, llena de lucidez, cuánta abnegación, cuánto heroísmo, cuánta generosidad encerraba el fondo de la aparente infamia; parecióle, al ver entrar á Araceli, que ésta iba á reclamarle á su padre con aterradores balbuceos, y su amor por Bernardo quedó escondido en aquellos instantes bajo la enorme balumba de remordimientos que sobre él hacinaba la conciencia, y un grito, un grito ronco y desgarrador brotó de su garganta, y tirándose contra la pared, rompió en desesperados sollozos.

Bernardo, al verla de aquel modo, sintió algo helado que le caía sobre el corazón; fué á dirigirse á ella: pero en aquel momento sintióse cogido por un brazo, y oyó á su padre, que le decía con voz profética y acusadora:

-Velay lo que has jecho; píele á Dios que no te lo tome en cuenta, que te lo tomará; poique si Dios es güeno, tamién es justo, y er que no es agradecío no es bien nacío.

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo séptimo

El ejemplar correspondiente al capítulo 27 no se encuentra disponible en la Hemeroteca Digital, por lo que para no dejar la novela sin completar, hemos decidido copiarlo de la edición alojada en Internet Archive.



Agustín, falto de un corazón en quien depositar el secreto que le roía el suyo, al ver á su lado al noble compañero, con quien tantas veces retara á la muerte en los campos de batalla, creyóse menos solo, menos abandonado.

- Parece que no te han sentado muy bien las auras montecinas - díjole Centenera poniéndole ambas manos en los hombros mirándole con expresión interrogadora.

Agustín sintió que el amarguísimo secreto se le subía á los labios en irresistibes borbotones.

-Ese es el único camino que te queda - decíale una hora después su compañero. - Un poco de tiempo te dolerá el corazón; pero ten en cuenta que no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.

Cuando aquella tarde regresó Agustín al lagar, parecía más tranquilo; Araceli fué cogida por él en brazos y besada con dulce ansiedad; con Dolores cambió algunas frases, sonriendo violentamente.

Su actitud llamó la atención de casi todos los que estaban en el secreto; cuando fué llegada la hora de retirarse, su rostro estaba febril y contraído.

-Vamos á escansar, que mañana hay que alevantarse temprano pa dir á la iglesia - exclamó la señá Tomasa.

Agustínse dirigió rápidamente hacia su cuarto, mientras el señor Juan decíale al de Casariche, al par que se rascaba la cabeza:

-Compañero y qué cosas; pos no paece que tos estamos bebiendo vinagre en ayunas y comiendo arcasiles.

Cuando Agustín se vió solo, empezó á medir la sala una y otra vez con pasos iguales y rápidos; necesitaba domar sus nervios en rebeldía; la determinación adoptada ya por él, la de huir valientemente del ya profanado templo de sus ilusiones, la que hubo de aconsejarle el teniente Centenera, rodábale por el corazón como un torbellino; tenía delante de los ojos del alma á Dolores, pálida, hermosa, indiferente; á Araceli con sus profusos y dorados cabellos y los grandes ojos llenos de azules claridades; á Bernardo atlético y viril, que lo miraba con expresión de triunfo al par que ceñía con su brazo la redonda cintura de la Viñuela, de aquella mujer que, pisoteando al deber, hundíase ebria de gozo en el seno de aquel amor infame.

Anticipándose á los sucesos, parecíale ver á los ancianos, á aquellos ancianos de quienes era honra y orgullo, llorar desconsoladamente, mesarse los blancos cabellos y llamarlo á voces, con la súplica y con el gemido en la boca.

Sentía, además de tantas angustias, la sensación del vacío en que se iba á lanzar. Esperanza era el único puerto donde podía ir á restañar la sangre de la tremenda herida, lejos de aquel refugio apacible que consagraran el primer amor y las esperanzas primeras.

Pasaron lentamente las horas; imperaba doquier el mayor silencio; era necesario llevar á cabo el terrible sacrificio; la luna lo invadía todo con sus argentados raudales de luz. Agustín se dirigió á la mesa, cogió la pluma, vaciló unos instantes, y decidiéndose, por fin, escribió, con mano temblona, algunas líneas; vistióse el glorioso uniforme después, y con la respiración entrecortada y lívido el rostro entreabrió la puerta de su cuarto.

El silencio era completo; ya en el corredor se detuvo; surgía en aquel instante en su mente el recuerdo de la noche aquella en que abandonara por primera vez el paternal abrigo; todo estaba igual, aparentemente; el cerrado maderamen de la estancia de Dolores dejaba escapar una recta de luz, pero ya el desamor y la desconfianza hacían, sin duda, centinela en el dintel del recinto.

Los perros gruñeros cariñosamente al ver salir á Agustín, que, sin volver el rostro atrás, con el corazón hinchado, avanzó hacia la cañada: al llegar al recodo sus ojos se tornaron para dar el último adiós soñado porvenir, á cuanto le sirviera de estímulo en la terrible lucha, á la hija á quien iba á arrebatarle cuanto le era en deber; y al pensar que ya no volvería á estampar su boca en la noble frente de sus viejos adorados, un sollozo, un un terrible sollozo desgarró roncamente su garganta, una ola de lágrimas anegó sus ojos, y arrancándose, por decirlo así, de la tierra que pisaba, alejóse como si fuera dejando tras de sí, hecho trizas, el corazón en las desigualdades del camino.

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo sexto.


Publicado en: La Época (Madrid. 1849). 31/3/1898, n.º 17.175, página 4.


Sí por el contrario, parapetándose en la esperanza de que la infamia no se hubiera cometido, él llevaba al altar..., pero no, imposible; sólo de pensarlo, de pensarlo tan sólo se crispaban sus músculos y un borbotón de sangre le inundaba el cerebro; ahogábase en aquel charco de perfídias en que se hundía cada vez más; ¿Por qué abandonó la guerra? La guerra, donde cada compañero es un hermano, por el hogar, donde en aquella ocasión el hermano -porque como á tal considerara un tiempo al mozo- habíase convertido en serpiente, envenenándole su paraiso.

—Ten cuidáo; miá que er mulo te va á mandar ar Górgota; miá que está mu resabiáo— díjole al verle aproximarse el ventero de las Palomas.

—¡Hola, tío Juanillón! Deme usted un vaso del seco, ó de aguardiente ó de espíritu de vino.

—Pá ti tengo un barril que no lo he querío cambiar por una torre é plata.

Y diciendo esto, penetró el ventero en el edificio, saliendo á poco con dos cálices que eran dos pilas de bautismo.

—¿Y qué es lo que tú tiées, güen mozo? ¿Poiqué jié hoy el aliento?

— Por nada, tío Juanillón; aburrido que estoy.

—Pos lo que es tú no tiées motivo más que pá cantar jaberes y serranas y darte cuatro pataitas cuando se te arboroten los pinreles. ¡Camará, pos si cuando á ti te den ganas de esperezarte llegarás ar cielo con el morro!

—Es que usted á mí me mira con cristales de aumento.

— Lo que tú quieras, hombre, lo que tú quieras; por eso mosotros no vamos á pelear. ¿Y qué tal se ha jecháo er día? Habrán puesto juncias en las calles y habrán tiráo cohetes, ¿verdá tú?

—Ya lo creo; vamos, tío Juanillón, écheme usted otro de la misma dinastía.

—¡Puéce que te ha gustáo er mozo! ¡Como que es miel y azúcar meramente! Por más que me paéce á mí que si hoy te doy petróleo ó cardo e gazpacho no te enteras.

—¿Por qué dice usted eso?

— Poique tú te has trompezáo con arguna esazón en er camino y traes una cara que no es cara, sino vinagre e yema.

—No tal; es el calor, el cansancio.

—Si tú lo ices, güeno, güeno está. ¿Y se ha arreglao ya lo der casorio?

—Sí; ya está todo listo.

—¿Y cuándo vas á jacer la valentía?

—Pronto.

—¿Y los dichos cuándo sus los tomáis?

—Pasado mañana.

—Pos que sea pá bien, que tiée que serlo, poique cuando tú lo jaces, tú conocerás tu convenencia.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Pos ná; que cuando tú lo jaces, será con tu conque y tu razón.

—Lo hago porque yo quiero á Dolores y... Dolores me quiere á mí; porque es buena y es hermosa y es digna de llevar mi nombre.

Todo esto lo dijo Agustín acentuando lenta y enérgicamente las palabras, con expresión sombría y sin apartar los ojos de los del tío Juanillón.

Este, al oír hablar de la buena calidad de Dolores, no pudo reprimir una vaga sonrisa y le repuso, encogiéndose de hombros:

—Ya se ve que sí, que es una real moza, ¡vaya!

—Buena moza y buena.

—Cuando tú lo ices, lo es sin dúa; poique tú ya tiés mucho mundo y mucho orfato y la que á ti se te escape que venga otro y la recoja.

—Vaya, ¡adiós, tío Juanillón!—exclamó Agustín, estrechando la mano al viejo y taconeando después
fuertemente en los ijares á su cabalgadura.

El ventero murmuró, penetrando de nuevo en la venta:

—Al güen entendeor con media palabra basta,¡Valiente tabardillo lleva er mozo! Y me paece á mí que eso de casarse no está ya tan liso como la parma de la mano.

*

Cuando Agustín llegó al lagar había ya oscurecido; era preciso fingir, convencerse, tener pruebas de la realidad para de una vez hundirse el cuchillo hasta el mango en la tremenda herida.

Todos le aguardaban en el llano; la huérfana, al verle llegar, arrojó sobre él una mirada escrutadora; Bernardo no le miró siquiera; íbasele haciendo imposible el fingimiento.

La señá Tomasa dirigióse á poner la comida á Agustín, mientras el tío Salustiano preguntaba á éste:

—¿Poiqué tan tarde?

—Me han entretenido; me ha hecho el alcalde almorzar con él—repúsole Agustín, que en vano luchaba por ocultar su ira y su pena.

—Anda á comer—díjole su madre desde la puerta de la casa.

Agustín posó con expresión sombría los ojos en Dolores y en Bernardo, y de pronto, como dejándose arrastrar un punto por la indignación que sentía, dijo al último con acento imperativo y desdeñoso:

—A ver, tú, Bernardo, lleva el mulo al corral. 

Bernardo sintió el latigazo, y un escalofrío recorrió su cuerpo; él no podía tolerar ser tratado de aquel modo, y menos por Agustín, y menos delante de la Viñuela. Fué á contestar con una gansada á la orden recibida; pero Dolores, que comprendió cuánto pasaba en él, que sentíase también dolorida por el golpe, le dijo sin reflexionar lo que hacía:

—Déjalo; no te alevantes; yo lo llevaré.

Y alzándose rápida y resúelta, cogió la bestia por el ronzal y dirigióse con ella hacia el palio; mientras Agustín hacíase saltar la sangre en los labios, Bernardo regodeábase con su triunfo, el tío Salustiano contemplaba á éste con amenazadora gravedad y los Cantuesos sentíanse más anchos que largos pensando en los honores tributados á su hijo por el alcalde de Almogía.


CAPÍTULO XXVII


Á qué fué Agustín á Málaga


¡Cielo santo y qué noche la que pasaron los principales protagonistas de esta verídica historia!

Ni Dolores, ya arrepentida de su imprudencia; ni Bernardo, lleno de incertidumbres y congojas; ni Agustín, flajelado por los celos y por la ira, pudieron cerrar los ojos.

El último no se desnudó siquiera, ¡para qué! Al quedarse sólo en su estancia sentóse en el balcón á bucear en el porvenir. ¡Dichoso porvenir el suyo, tirase ya para arriba, ya para abajo! Cualquiera podía precisar la ruta que se debía adoptar; por todas partes desembocaba siempre en las dos únicas soluciones: en la infamia ó en el ridículo.

Por fin, allá por la madrugada pudo más el cansancio que sus graves preocupaciones y fuese al lecho y quedóse dormido.

Cuando abrió los ojos empezaban los claros del día á teñir de tonos blanquecinos el horizonte; allá, en una cumbre, cantó una perdiz; el gallo despertaba el harem con estridentes cacareos; empezaba á embalsamarse el ambiente; el Chamullo, al ver á Agustín desde los secos haces de retama que le servían de lecho, le dijo:

—Bien se madruga, mostramo.

—Arréglame la Careta, voy á Málaga.

—La señá Tomasa, al verle montar en la enjaezada yegua, le preguntó:

—¿A qué vas tú á Málaga? ¿Poiqué no dejas pá mañana lo que tengas que jacer hoy?

—¿Y por qué he de dejarlo?

—¡Poique como mañana sus tomáis los dichos!

—Mañana no podré entretenerme en lo que tengo que hacer.

La cortijera se resignó á regañadientes.

Cuando Dolores se levantó, ya caminaba hacia la capital su prometido; éste, al llegar á la planicie, había visto á Bernardo, y esto encendióle más y más la sangre y tentaciones tuvo de hacerle sentir al ingrato el peso de la terrible borrasca desencadenada en su espíritu.

Cuando llegó á Málaga y hubo soltado en el parador la modesta cabalgadura, dirigióse al Centro Militar, donde preguntó por el teniente Centenera.

—Dentro de poco estará aquí; viene todos los días á estas horas—le respondió el conserje.

Reclinóse Villarrubia en una de las muelles otomanas y desatándole las alas al pensamiento, dejóle vagar á sus antojos por las poco gratas perspectivas de su existencia, mientras miraba sin ver los ricos cortinajes, los grandes lienzos en marcos de peluche que decoraban las estucadas paredes, los artísticos artesonados, las lujosas arañas y los transeúntes que desfilaban rápidos por delante del amplio ventanal.

Su exaltación había ido disminuyendo al par que una triste y sentimental melancolía apoderábase de su ser.
Cuando más ensimismado estaba sintióse estrechamente oprimido por los brazos de Centenera.


(Se concluirá.)

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo quinto.

Publicado en:  La Época (Madrid. 1849). 30/3/1898, n.º 17.174, página 4.


Cuando Agustín y Dolores dieran el voletón, ya se le pasaría, si era verdad, el sinvivir al mozo y buscaría éste un consuelo en Rosita la de los López, que estaba ardiendo por él desde la punta del pelo hasta la punta del zapato.

 Cuando el zagal, después de perder de vista á Agustín, penetró en la casa, Dolores encendía el fogón, y los viejos andaban por las alturas del edificio.

Sentóse Bernardo en el poyo silenciosamente, mientras Dolores seguía al lado del fuego sin volver la cara.

—Dolores- dijo, por fin, con acento querelloso el zagal,— ¿en qué parte de tu divina presona te jice yo daño sin querer, que ni mirarme quiées tan siquiera?

—¿Y poiqué me preguntas tú eso?

—Poiqué ha de ser, poique dende que vinieron las golondrinas ya no sirven los gorriones pa mardita la cosa.

—¡Probetico mío, y con cuánta voluntá has pisáo esta mañana la hierba de la tontuna!

—Tú podrás icir lo que quieras, pero lo que yo te he dicho es el Evangelio é la misa.

— Tú estás ensoñando.

—Tú lo has dicho; pero ya no es un ensueño, sino [una pesaílla mu grande y mu triste]

—Pos espierta, Bernardo, espierta y abre los ojos, y éjate de soñares; miá que sa menester mirar más lejos que arcanza la vista.

—Ya lo sé, Dolores, ya lo sé; por algo tengo yo el corazón jecho peázos; á mí ha ha pasáo lo que ice la copla.

—Y ¿qué ice la copla?

—La copla ice:

Yo ensoñaba que tenía
pá mí un rosal en el huerto,
y al despertar me he jalláo 
que mi rosal no lo encuentro.

—Ese rosal será Rosita, ¿verdá?

—Sí, Rosita. ¡Dejuro que es Rosita! —repúsole Bernardo con voz apagada.

—Pos si es ella, ¿á ti quién te achica el ánimo? Si esa moza no ve más que por tus ojos, y por ti un día sí y otro no le cae tiricia.

—Es que esa Rosita que tú ices es un ala e mi corazón, y se la van á llevar er día que menos se piense; y si se la llevan ¡ay Dolores!, si se la llevan, que me vayan jaciendo ya la seportura.

—No será tanto; una miajita menos.

—Más y no menos, Dolores, más y no menos, si tú te aterminas á ver lo que á mí me está pasando.

—Vete ya y éjate de hablaurías; mía que er que está jablando no eres tú.

—Sí, soy yo, yo, Dolores; yo, que estoy agonizando por Rosita, lo entiendes tú, agonizando; y tengo entro e mí un río e lágrimas, y ya me vá fartando jasta el aire que respiro y jasta er sol que mos calienta, y lo más peor de to es que hay necesiá de coserse la boca y de morirse como un perrito sin que me cierren tan siquiera los ojos las manilas santas de la jembra que es mi martirio.

Y la voz de Bernardo era dulce, trémula, apenadora; su mirada fulgía triste y suplicante, y su respiración era entrecortada y desigual.

Dolores iba sintiendo algo como un principio de embriaguez, algo que la atosigaba, que le encendía la sangre y le llenaba la cabeza de vaguedades dulcísimas.

—Miá Bernardo—díjole con voz insegura—vete por ahí á que te dé el relente y éjame ya; éjame ya, que yo no quiéo saber lo que á ti te pasa: eso se lo ices á Rosita, á ella; sí, á ella; con que vete ya por lo que tú más quieras en er mundo.

—Ya me voy; jaces bien en icirme que me vaya; ¿a tí qué te importa ya que á mí me piquen víboras y alacranes? ¿Quién soy yo? Un cualesquiera; un esgraciáo; una piedra que se tira ar balate pá que no estorbe en er camino.

—Pero ¿qué es lo aue tú estás iciendo?—repúsole la huérfana, queriendo hacerse superior á sus emociones.

— ¿Que es le que tú me ices? Ni tú eres una piedra, ni tú le estorbas pá ná á naide, y menos á mí; si to eso es ar revés, si á mi vera, como á un hermano, quisiera yo tenerte tóa la vía y cien años más.

—Tiées razón, mucha razón, Dolores; perdona y no te enfáes.

—Si yo no me enfáo; si es que no te entiendo, ni te quiéo entender.

—Mejor, asina, ojos que no ven corazón no quiebran, y yo tampoco quiéo que te enteres ahora ni nunca; mosotros semos dos caminantes que se trompezaron por casolidá la veréa, y entro é poco dirás tú «si te he visto no ricuerdo», y á vivir, que pá eso er mundo es mu grande. Y ¿qué le importa ar que bebe en la fuente de la feliciá lo que beben ó lo que no beben los esmamparaítos é la fortuna?

—No seas malo; no tengas mala intinción, no me arregüervas las entrañas,no me arrempujes, 

Bernardo, no me arrempujes, miá que yo tamién paézco e la vista y se me ponen nubes en los cristales de los ojos y... vete y éjame ya; éjame ya por los clavos é Cristo.

-Sí, ya te dejo, ya me voy.

Y esto lo dijo el zagal casi con el corazón encogido, y, levantándose, se dirigió hacia la puerta con paso lento y el semblante lleno de dolorosas y casi grotescas contracciones.

Dolores, al verle alejarse de aquel modo, tras un instante de vacilación y ue mirar con susto á todos lados, dirigióse á él, le cogió por un brazo con mano crispada, lo contempló con pasión, con rabia, con angustia y le dijo con voz lenta, opaca, vibrante, como si quisiera clavarle en el alma lo que le decía:

—Rosa, la Rosa por quien tú ices que te mueres, se está muriendo tamién, sí, muriendo, ¿sabes? Pero antes que tú y que ella están los angelitos er cielo y lo que Dios manda que sea; y lo que Dios manda que sea es que tú no la güervas á mirar á la cara, poique lo primero es la primero; y si es verdá que tú la quieres tanto, y que eres güeno y leal, jecha por otros carriles, Bernardo, jecha por otros carriles; miá que Rosita tamién tiée sangre en las venas y un martillo en er pecho, y á Rosita le van fartando unas cosas güenas y sobrándole otras malas, y antes de jacer una perrá se tira por un precepicio, ó se mete un escopetazo, ó se arranca er mardecío corazón y se lo jecha á los perros.

Y al decir esto, la voz de Dolores vibraba sorda, colérica, desesperada.

El mozo la contempló con profunda sorpresa, con delirante alegría, y fué á contestarle; pero en el momento aquel sintióse la voz de la señá Tomasa, que le decía a la huérfana:

—Sube, Dolores, que te llama tu Araceli. Y Dolores, separándose bruscamente de Bernardo, se dirigió en busca de su hija, arrepentida ya de haber dejado salir una chispa del incendio, del terrible incendio en que se abrasaba.


CAPÍTULO XXVI

Cómo el tío «Juanillón» dió remate á la obra del tío «Musaraña».


Cuando Agustín, al declinarla tarde, se vió de nuevo jinete en el enjaezado mulo, en mitad de la carretera, iba echando chispas; las frases del tío Musarañas reperentíanle en el alma de un modo lúgubre; el viejo habíale arrancado la venda, y puesto ante sus ojos la realidad, la triste realidad; la actitud de Dolores y de Bernardo ya no era un misterio para él. ¡Cuán torpe anduvo en no adivinarlo desde el primer instante!

Al pensar en aquello, al leer de corrido en aquel momento las antes indescifrables páginas de su desventura, el amor hacia la huérfana, situado hasta entonces en los dinteles de su corazón, habíasele metido en él á sangre y fuego; robustecido por el despecho y el orgullo.

Desde el lugar en que la suerte lo había colocado empezó á pensar Agustín en la solución del terrible problema; ¡cómo iba á cumplir su juramento! El amor de Bernardo y Dolores -si era cierto—sería para él un padrón infame; quién sabía si ya el honor estaba á los pies del deseo; no, él no podía dar á aquella mujer su nombre; la duda iba hundiendo en él cada vez más su implacable garra; el dilema era horrible; sí, torturándose las entrañas y ensoberbecído por los celos, ponía á salvo su honra amenazada, su hija, aquella niña sin nombre; que era suya, quedábase á merced de los vientos y de las negras olas del infortunio; como él no podía contar á todo el mundo su desdicha, todo el mundo le pondría la ceniza en la frente; además tendría, para justificarse con sus padres, que ponerles ante los ojos la liviandad de la huérfana y la villanía de Bernardo, que amargarles sus últimas horas, y sobrevendría el desquiciamiento de aquel hogar, antes honrado y tranquilo, y el alejamiento de los culpables y el abandono y el desamparo moral para los viejos, para los pobres viejos, para los verdaderamente amantes y amados con toda el alma.


(Se continuará.)

jueves, 10 de enero de 2013

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo cuarto




Ella no podía jurar fe á otro hombre que no fuera Bernardo; aquel juramento no podía Dios consentirlo, Pero ¿y si no se casaba con Agustín? Si saltando por todos los diques negábase á llevar á cabo el cruento sacrificio, entonces tendría que colgarse al pecho el sambenito de la mujer prostituida; lo que hasta entonces no había dejado de ser infame calumnia, dejarla de serlo; tendría que abandonar el honrado recinto y á los nobles ancianos, de los que era savia del corazón.


Luego llegaría un tiempo en que Araceli la interrogaría con sus ojos azules, pedríale cuenta de su conducta, le preguntaría por su padre, y tendría que inclinar ante ella, avergonzada, la frente.


Sintió la Viñuela, pensando en cosas tan tristes, que se le iba la razón; oprimióse rabiosamente las sienes, y hubo un momento en que se atirantaron sus músculos, en que la sangre se agolpó á su cerebro: pero la tempestad se deshizo generosamente en lágrimas, y, mientras Agustín daba una tregua á sus amargas meditaciones entre sus antiguos camaradas, y Bernardo aplastaba delicadamente el grano, entre el índice y el pulgar, para colocarlo con el mayor primer en el fondo de la caja, y cada cual el mayor primer en el fondo de la caja, y cada cual mataba el rato á su manera, ella, con el pelo en desorden, jadeante y convulsa, rompió en ahogados sollozos, y con voz sorda, tristísima, llena de juveniles inflexiones, volviendo el pensamiento á su niñez, recordando á la única que en aquellos instantes hubiera podido destilar una gota de bálsamo en su pecho, tapándose la boca con las crispadas manos:

-¡Ay, madre! ¡Ay, madre mía de mi corazón!- murmuró afónica y desesperada .


 Capítulo XXIV

Como Agustín Empieza Á Ver Claro


Agustín fué á Almogia; no llevaba más objeto que alejarse del lagar para poder medir mejor, distante de la escena, la situación en que la pícara suerte lo había colocado; ya en el pueblo, todo cuanto éste encerraba por aquel entonces de campanillas congregóse en torno suyo, desde el señor alcalde, que hubiera dado tres y raya al imperecedero de Móstoles, hasta el más humilde de los hacendados de la tan famosa villa.


Tuvo que resistir Villarubia casi todo un ataque de apretones de manos y de vigorosas achuchones; pero acreditados una vez más para con él de cariñosos y robustos sus antiguos compañeros, pudo hacer la procesión del niño perdido y guarecerse en la posada del tío Musarañas.

Éste, al verle llegar desde la puerta de la calle, donde ajustaba no sabemos qué cuentas valiéndose de los dedos de ambas manos, se adelantó a recibirlo, cuadrándose cómica y respetuosamente.

-Venga con Dios su mercé, el gran capitán del partío- dijo con voz zalamera.

-Aquí no hay más mercedes que las que usted quiera otorgarme, tío Musarañas .

-¡Ay, Agustinico, y cómo le diste el pego á toito er mundo, y qué cosas más grandes pasan! ¡Quién creyera que tú te ibas á subir tan de sopetón á la bolina! Pero pasa, hombre, pasa. ¡Vaya un mozo templáo! Pasa y asiéntate una miaja, que siempre hubo probes y ricos.

La presencia de Agustín había hecho levantase á la adormilada arriería, que le puso apretadísimo cerco.

-Lo primero, tío Musarañas, que yo quisiera agradecerle á usted, sería un catre donde dormir la siesta.

-Ahora mesmito; pá ti tengo yo lo mejor de mi casa, y lo que no tenga lo robo ó lo frabico, ó lo pio á préstamo.

Cuando Agustín se vió á solas con el posadero en la mejor habitación de la posada, tumbóse, en mangas de camisa, en el relativamente cómodo lecho.

-Vamos, abuelito - dijo al tío Musarañas, que parecía no tener mucha prisa por irse, -usted, que seguirá siendo la gacetilla del pueblo, cuéntame usted lo que yo no sepa, ó dígame usted algún acertijo.

-¿Qué quiées que te caente? - repúsole el viejo mirándole con maliciosa tijeza. -¿Qué quiées que te cuente, sino que esto está más malo que un dolor, que tóos los probes vamos á concluir con un trapo atrás y otro alante, que er día menos pensao van á ponernos contribución por er metal de voz, y jasta por llevar antiparras los que sean cortos de vista?

-¿Y el negocio, cómo anda?

-Como los cangrejos, arreculando; aquí ya no se come más que er día der Corpus ó antes, si se espera peligro o muerte; los inglis deben nacer ahora sin cabeza casi tóos, poique no pien chascales. Dios anda emperraete en jacer yesca er campo, y de seguir asina vamos á rematar como er gallo de Morón, ó como la torre de Teba.

-Vamos, abuelito, que aprieta usted más que un torno. ¿Y el cortijo de la Esperanza?

-Ya no es ni esperanza tan siquiera; aquello es un cimenterio, donde están enterráos los cuatro chavicos que gané con suóres de muerte, y tan jondo los enterré y con tan güena voluntá, que san dio por el otro láo.

-Pues, mire usted, aunque se ponga usted en cruz en mitad del camino á decir eso, no lo creen.

- Y ¿Quién va á jacer caso e la mormuración de los irnorantes? Hay gente que debía arder como rastrojos; y á propósito e mormuración. ¿Vas, por fin, á casarte con tu prima?

-Eso dicen- repúsole Agustín, con acento desabrido.

El tío Musarañas empezó a darle vueltas y más vueltas al sombrero, á mirarle el sitio donde en tiempos ya remotos luciera la correspondiente badana, y, tras algunos instantes de vacilación, dijo:

-¡Güena mujer esta la jembra! Mozo hay que daría los ojos e su cara por ser el hijo de tu madre; y si no te han ganao, no ha sio poique no haigan puesto los esparticos.

-Hombre, y ¿Quién ha sido el que se ha metido en tales trabajeras? - preguntó Agustín con tono que quiso hacer chancero.

-¿Y pá qué lo quiées saber tú, si manque yo te lo diga tú no vas á matar tórtolas con trabucos?

-Pero ¿Quién ha sido ese buen amigo?

-Una mujersilla cuasi, y sin cuasi tamién: uno que, cuando se esengañó, y vió que pá él estaba la tierra en barbecho, empezó a darle á la lengua más acharáo que un tiro, y le alevantó a tu moza un farzo testimonio; pero no tengas tú cuidáo: que si hubo pique hubo tamién repique, y er que se arrimó á tu coto no se güerve á arrimar tan y mientras se le encoja el párpao.

-Hágame usted el favor de hablar clarito, que yo me entere - dijo Agustín, que desde los comienzos del relato estaba incorporado nerviosamente en la cama.

-¿Más claro entoavía? Pos di tú que sa menester que te metan las sopas con cucharas y cucharones.

-Bueno, si; más claro abuelo, más claro. ¿Qué fué lo que pasó?

-Pos ná, no te soliviantes; no pasó más sino que aquí hay un mocito mu pinturero que se aterminó ña cantarle á tu Dolores una seguidilla gitana, y á tu Dolores no le sonó bien el jipío, y le dió una gofetá sin mano más grande que un terremoto; y Bernardo, que hubo de enterarse, tomó la cosa á pechos y, como es mu arriscáo y mu vivo, se arrimió ar sujeto y se le acabaron á este las pinturas y la fantasía, y jasta la manera de andar.

Agustín escuchaba al viejo con avidez; sus palabras iban como despertándole de un letargo.

-¿Y qué más, abuelo, y qué más? - le preguntó impaciente y sombrío.

-Pos ná, que el mozo pinturero, pá vengarse del palizón, jechó tinta en el agüita clara; pero en fin, eso ya pasó.

-Pero ¿Qué fué lo que dijo el mocito pinturero? - exclamó Agustín con el semblante demudado.

-¿A ti qué te importa? te repito; si nadie lo creyó; si tu jembra tiée su base mu bien sentá, y á Bernardo le güelé er corazón á jazmines y á albahaca.

Una exclamación sorda acogió las frases del tío Musarañas: un rayo de luz había iluminado de pronto el cerebro de Agustín.

-Déjeme usted solo, abuelo, déjeme usted solo, que voy á descansar un rato- dijo éste al viejo con voz insegura y emocionada.

El tío Musarañas salió arrepentido de su locuacidad y murmurando:

-Las palabras son como las guindas, y er que mucho jabla mucho yerra, y en la boca cerrá no entran moscas; y si por bruto se ganaran dátiles, sería yo, sin que hubiera pleito, la mejor parmera de to el partío.


Capítulo XXV

Empieza el torrente á rebasar el dique.


Cuando Bernardo vió á Agustín dirigirse hacia Almogía, dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción: parecióle que le alejaban el cordel puesto á la garganta, y se dirigió rápidamente hacia el cortijo.

Desde la llegada de aquél apenas si había cambiado con Dolores alguna que otra frase, y se moría de ganas de acercarse á ella.

Reflejábanse en el rostro de la Viñuela aquellas horitas de angustias que estaba pasando, aquellas dos olas contrarias que rompían en su corazón; sus ojos, cansados de ver nubes y relámpagos, parecían adormecidos; anchos tintes violáceos los circundaban; su tez estaba descolorida y sus movimientos llenos de laxitud y abandono.

Cuando la mañana á que nos referimos hubo partido Agustín con dirección al pueblo, dijo la cortijera á Dolores con todo de irónico reproche:

-Yo ya estoy convencía de que tengo turbios los cristales de los ojos; y si no, acierta cómo te estoy viendo ahora mesmito.

-Con barba corría - repúsole la zagala con voz desapacible.

La señá Tomasa, ante aquella contestación, recogió rizos á las velas: era, sin duda, preciso andarse con pies de plomo: aquello iba por malos derroteros; estaba ya casi tan claro como el agua lo que había en el fondo de aquellos desplantes; Bernardo y Dolores se amaban sin duda, y gracias á que la muchacha era de oro de ley, y el zagal de ley también y de oro, no habían pasado las cosas á mayores.

Podía ser también que estuviera equivocada; pero, por si ó por no, lo mejor era que se casasen pronto y se fuera el matrimonio del lagar más pronto todavía: porque cantar claro y darle un tironazo á la manta sería peor que pegar fuego al partido.


[(Se continuará)]

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo tercero




—Es que lo que tengo de licencia son tres meses, y no es cosa de casarse en la escala del vapor.

—¿Pero, es de verdá que tiées tanta priesa pa irte?

—¡Y tanta! por eso necesito que usted me diga los pasos que tengo que dar.

—Uno alante.

—¿Y hace falta algo?

—Cá, pos si con lo que tú has mandao tié ella más vestíos que casullas el obispo; pero ella no sabe ni jota de esto: se los he mandao yo jacer de contrabando; poique ahí aondé tú la ves tan mansica, tié más orgullo que don Rodrigo en la jorca, y no quice de ti ni un soplo en un ojo jasta que estéis como Dios manda.

—Sí que es orgullosa, más de lo que debe.

—¿Y anoche, qué? ¡Buen palizón sus disteis!

—No tal; está enfadada conmigo; pero ya haré yo que se la quite el enfado. Ahora hablaré con ella de nuevo.

Cuando bajó Agustín, ya Dolores sabía que éste iba á hablarle; habíaselo dicho la cortijera.

—Dios te bendiga— díjole el oficial, sentándose familiarmente á su lado.

Ella le contempló con extrañeza; creíale disgustado por el desplante de la noche anterior, y le, hizo poca gracia la expresión acariciadora y risueña de su rostro.

Agustín adivinó la causa de su extrañeza, y le dijo con voz llena de plácidas gradaciones:

—Te sorprende que no esté enfadado contigo, ¿verdad? ¡Qué quieres! Lo estuve anoche, pero ya pasó; lo que me dijiste fué poco grato para mí: tus palabras tuvieron tilos y puntas; no obstante, en algo tenías y tienes razón mirando mi conducta desde tu sitio; tal vez yo debí regresar á los dos años; pero en ese tiempo era yo sargento segundo; ¿qué porvenir podía yo ofrecerte? Yo quiero para ti el paraíso en este mundo, y en el otro la gloria; yo quiero que todos los que forman mi piña sean felices; yo quiero poner velas de terciopelo á mi barco; pero para conseguir esto, necesito subir algunos peldaños más; yo, si no hubiera sido por ti y por nuestra Araceli, estaría en la manigua, donde, si es cierto que llueven balas, es cierto que también de cuando en cuando llueven galones; pero yo te llevaba dentro de mí, y cuando me ví lo que soy, cuando comprendí que regresando podrías tú reírte de la miseria, que aunque á mí me hicieran pedazos tú no tendrías que mendigar de puerta en puerta; desde que todo esto se me agolpó á la imaginación, no vivía, y cada matajo se me antojaba un insurrecto, y cada insurrecto una compañía, y cada compañía una manada de lobos. Anoche, ¿á qué negártelo? cuando me separé de ti, llevaba dentro un tigre; pero luego la reflexión maniató á la fiera, y ya estoy completamente tranquilo, y tú, tú también estás más serena, menos irritada, ¿verdad, Dolores, Dolores mía?

Esta, con los ojos bajos y la respiración anhelosa, había escuchado á su primo sin desplegar los labios; no esperaba ella verse combatida con tales armas. ¿Cómo defenderse de la hablada caricia? ¿Qué contestar á aquel hombre, que, dejando aparte derechos adquiridos, utilizaba para con ella tan sólo la persuasión y la súplica?,

—Vamos—siguió diciéndole Agustín.—no me guardes rencores, no los merezco; además, no son dignos de ti; tu alma es hermosa y es buena, y el rencor es un gusano que anida solamente en el mal fruto; no me atormentes más, Dolores; que desaparezcan ya los enojos de tu mirada, y vuélveme el tesoro de ternuras que te dejé en depósito; fué un depósito sagrado que puse en ti; tu corazón es, debe, tiene que ser mío todo entero, como el mío te pertenece todo entero también.

—¡Cuántas cosas has aprendío dende que te aseparaste de nuestra vera!—exclamó Dolores con voz sorda.

—La verdad no se aprende: se oculta, ó no se oculta: pero hablemos de lo que más nos interesa; es preciso llegar al fin cuanto antes; ya se lo he indicado á mi madre; ¡no me llamarás ahora perezoso! Quiero que se mueran de envidia todos los buenos mozos de los Verdiales antes de quince días.

—¡Tan pronto!—exclamó Dolores sin poder contenerse, y mirando con temor, con angustia, con terrible zozobra á Agustín.

Este sintió algo helado que le caía en las venas; aquellas frases habían brotado de labios de Dolores como una rebelión, como una dolorosa protesta.

—Si te parece pronto, elige tú el día que más te plazca—repúsole con acento glacial.

—No, yo no; el que tú quieras—balbuceó Dolores asustada de si misma.

Ya era tarde: ya el soldado llevaba hundido el aceradísimo dardo en mitad del corazón.


CAPITULO XXIII


Luchas del alma.



Cuando, llegada la hora del almuerzo, reuniéronse todos alrededor de la mesa, tanto la señá Tomasa como su marido hubieron de extrañarse de la seriedad de los muchachos, sobre todo de Agustín, el cual, más que en familia, parecía estar frente á un reducto del enemigo.

Dolores y Bernardo tenían en la cara un reflejo de las negruras que llevaban dentro, y el tío Salustiano pensaba en que aquello no podía seguir de aquel modo; en que si le apretaba más las clavijas al guitarro podía saltar uno de los bordones, y en que si el chaval perdía los estribos iba á sonar el trompetazo en la vega.

El señor Juan, ante aquel poco grato golpe de vista, rascóse, como solía hacer desde casi antes que viniera al mundo, la cabeza, y dijo á la señá Tomasa:

—Dáca la escopeta, compañerilla, que le voy á pegar un tiro.

La cortijera abrió desmesuradamente los ojos y preguntóle alarmada:

—¿A quién vas á matar, condená?

—A la bicha, que tiée que andar por aquí; ¿no ves qué caras? Son capaces de encogerle er corazón á cualisquiera.

—Tiées razó, Juan; paéce que entre mosotros anda el enemigo, y va á ser menester jecharle agua bendita en la mollera.

—Esta va á ser la que va á quitar la presa ar molino, y er que más y er que menos va á tener que salir nadando -pensó sombríamente el de Casariche.

Agustín luchó por hacerse superior á sus preocupaciones; estaba convencidisimo del desamor de Dolores; tenía que recuperar el terreno perdido, que luchar contra el peor de los adversarios, contra la indiferencia. ¿Y para sufrir tal decepción había abandonado el campo de la lucha? ¿Aquel era el galardón de su sacrificio? Sí, de su sacrificio; él, para regresar, había tenido que echar fuera de su corazón á Esperanza, á aquella mujer que era una tentación hermosísima, para abrírselo de par en par á Dolores; él cumpliría con su deber, pero sentíase profundamente lastimado, seguíale haciendo daño en el alma la protesta con que había sido acogida su amantísima proposición.

Apenas había terminado el almuerzo cuando empezaron á llegar, jinetes en sendos mulos, algunos amigos de la familia; la noticia del regreso de Agustín había cundido por los contornos, y, quién por afecto, quién por curiosidad, quién por cortesía, al llegar la tarde estaba en el llano la nata y flor de los prohombres del partido, entre los cuales destacábase D. Salvador, con los ojos aún húmedos por el llanto que le hiciera derramar el aparatoso abrazo con que dió la bienvenida al más heroico de sus discípulos.

Bernardo habíase trasladado con todos los bártulos al interior de la casa á proseguir su faena, y allí fueron á saludarle los recién llegados, los cuáles, al ver su cara de pocos amigos, no se atrevieron á soltarle ninguna de las muchas cosas que habían pensado decirle.

—Cómo se conoce, camará, que se le ha indigestáo el tiniente—dijo Antonio el Manchan á Juan el Chiripero en voz baja.

—Son muchos galones pá comérselos tóos de una sentá.

—Y á Dolores no se la ven los jarapos.

—Estará rezándole á Santa Rita.

—No le arriendo las ganancias á Agustín; y ¡cudiáo que er pobre ha güerto con mal encare! ¡Parece gomitáo!

—¡Qué Dios! ¡Como que habrá tenío el gómito!

—Pos veremos á ver cómo ha güerto de vista; si se casa, es que tiée gota serena.

—O que se tapa los ojos con dambas manos.

La presencia del señor Juan hizo que aquellas dos buenas personas pusieran punto final al edificante diálogo.

Dolores estaba en su habitación; no quería ver ni oír á nadie; sentíase ya medio loca; ella no podía ni debía casarse: sería, hacerlo, una infamia; desde que estaba Agustín en el cortijo, desde que sabía que iba forzosamente á pertenecerle, y que no podía rechazar el yugo sin descubrir sus harapos, el amor, hasta entonces en gestación, hacia el zagal, había roto la ninfa, y consumíala toda entera con sus olas de fuego.


[(Se continuará)]

miércoles, 9 de enero de 2013

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo segundo



Era su cerebro una colmena en rebelión; la actitud de su prometida la más honda de sus preocupaciones ¡Vaya si estaba durilla de roer la zagala! ¡Y vaya si sabía explicarse!.

No esperaba él, por cierto, tal acogida por parte de ellas no por cierto, no había motivo para tanto: verdad era que había caminado lentamente, pero siempre lo había hecho por el buen camino.

¡Y cuidado que estaba hermosa la Viñuela! El dominio que ésta un tiempo ejerciera sobre él había tratado de nuevo; habíase sentido otra vez anegado por la misma ardiente ola que lo inundara aós atrás, el deber se le presentaba vestido con túnica de brocado; el recuerdo de la criolla no osaba casi mostrar su vaporosa silueta en su imaginación; hasta en el lenguaje tosco de Dolores encontraba indefinibles encantos: era preciso, indispensable, reanimar en ella el fuego sobre el cual el tiempo había hacinado tantas y tantas cenizas.

Cuando á la mañana siguiente abrió los ojos, el sol bañaba por completo el aposento.

Bernardo había despertado á las alondras; la noche había sido para él de las que hacen blanquear el pelo: su mirada sombría, sus profundas ojeras y su aire acansinado hubo de llamar la atención de la señá Tomasa, que le preguntó, aunque con acento lleno de acritud:

-¿Estás malo?

- Un poquillo - repuso el mozo.

La cortijera, que no podía sustraerse del todo al afecto que profesaba al zagal - á quien casi, como ya saben nuestros lectores, había servido de madre, - le dijo dulcificando el acento:

-Entonces hoy no se trabaja; eso será que anoche te atracarías mucho; aspérate y te jaré una taza é colicosa.

-No sá menester; no es ná; me voy ar pasero.

-Déjalo pá mañana ú pá otro día ú pá el año que viene; primero es er sarmiento que la pamplina.

-No puée ser; el fruto ya está güeno, y hay que alistar las cajas del señor Arcarde.

Y Bernardo se dirigió hacia el pasero,  y poco después conducía al llano, en los zazos de caña hechos por él, los mejores racimos de la escasísima cosecha.

Ya de vuelta, en el llano, colocó el fruto sobre algunos costales vacíos, sacó las cajas que había de llenar, y entregóse al trabajo con verdadero ahinco.

Sentado en tierra, con las cajas delante de si, y después de formado el cordón, colocando las pasas por parejas en el fondo de la caja, cogió el primer racimo con la mano izquierda, lo puso en alto, miróle como hombre inteligente, y con femenil delicadeza, y sin que—como los maestros de profesión disponen,—sus dedos tocasen al grano, dió comienzo á la entretenida labor.

Las tijeras eran manejadas por él con admirable soltura; el grano indigno de figurar en el racimo, la pobre gandinga, sufría la necesaria amputación, cayendo en otra caja de más humildes pretenciones. 

Ya estaban los zazos cubiertos de racimos que parecían contrahechos, sin que la aterciopelada película del grano hubiera perdido un átomo del polvo que la cubre y avalora, cuando Araceli apareció en la puerta del lagar, y dirigióse rápida con los brazos abiertos hacia el mozo.
Este soltó las tijeras y la recibió en los suyos; tenía ansias de oprimir contra su pecho algo íntimo de Dolores, y la muchacha tuvo que aguantar sus caricias, lo cual hizo con la más buena voluntad del mundo, y golpeándole cariñosamente la cara al mismo tiempo, y tirándole del pelo, y llenándolo de saliva.

El trabajo hubo de sufrir una larga interrupción; Bernardo no puso fin a sus halagos hasta ver aparecer á la Viñuela en la puerta del cortijo.

-Güenos días - dijo Dolores al zagal con acento afable, al par que arrojaba sobre él una mirada de melancólica ternura.

-Güenos mos lo dé Dios, que farta mos jace - repúsole éste con voz trémula, al mismo tiempo que sentaba sobre sus rodillas á Araceli.

La Viñuela tenía también en el semblante algo de lo que le hervía en el pecho; no se apartaban de su imaginación los dos rivales; éstos seguían, como siempre, dentro de su alma, disputándose su posesión, y lo peor era que Bernardo iba ganando terreno: era el que menos armas tenía, el más débil, el más humilde, el de menos derecho; luego, Agustín, en vez de resucitar en ella dormidas ternuras, sólo había logrado volver á abrir antiguas cicatrices; ella, buscando algo con que justificarse ante sí misma, había pensado cosas que antes no se le habían ocurrido siquiera; él debía, efectivamente, haber regresado al terminar el tiempo de servicio obligatorio á enmendar la falta cometida, ¡Qué falta! la traición llevada á cabo: sí, traición, y traición infame; ella nunca había dado al olvido sus deberes; ella se había dormido virgen y despertaba madre; aquello fué un sueño, paro un sueño que le ataba á un yugo que tenía que soportar como el presidiario el grillete; de no haber ocurrido aquello, ella sería libre como los pajaritos del campo, y podría posarse á sus antojos en la rama que más fuera de su gusto.

Al asomarse á la puerta y ver á Bernardo, ocurrióle lo que nunca con él: se le matizaron de púrpura las mejillas; hizo un esfuerzo por disimular su turbación, y sentóse en la puerta.

Araceli, al verla, corrió á su madre, que la sentó en sus faldas después de besarla en la frente.

En aquel instante la cortijera, con una taza humeante en la mano, dirigióse á Bernardo, diciéndole:

-Tómate eso: á ver si te se arregla el cuerpo.

Dolores miró con inquietud al zagal; y cuando éste hubo apurado el contenido de la taza, y la señá Tomasa regresando á la cocina, le preguntó al primero:

-¿Qué es lo qeue tiées tú, Bernardo?

-Ná, que anoche comí mucho, y ya se ve, me sentó malamente

- Pos si comiste lo mesmito que un gorrión.

-Tú anoche no estabas güena de los ojos, Dolores, y no me viste: ¡Vaya si comí!¡Pos si tengo comía pa una eterniá!

-¡Y pa dos eterniáes si es tu gusto! Pero á mí me pareció que habías comío poco. Y ¿Qué es lo que te duele?

El corazón, iba á exclamar Bernardo, dejándose llevar por la corriente; pero la voluntad echó el resto, y tras algunos instantes de vacilaciones dijo, al par que colocaba un racimo en el fondo de la caja:

-El ricuerdo de mi madre y er de tóos mi defuntos; ¿te parece poco?

-Estás conmigo como nunca, Bernardo; como nunca.

-Es que yo anoche le eché la de vámonos; y como quiera que no está acostumbráo á que yo le pestañee, el mozo se ha dío por las nubes - dijo el tío Salustiano, apareciendo en la puerta.

-¿ Y qué jué lo que jizo éste anoche?

-No cumplir con su obligación como es debío; dejar las bestias careando solas, y largarse á la venta á tener un rato de hablaurías con Anselmo er Currinchela.

Bernardo miró á su padre con extraña expresión, y Dolores exclamó con aire pensativo:

-Güeno; pos pelillos á la mar, poique la cosa no merece ni que se ajunten las cejas.

Y diciendo esto, se levantó y metióse dentro de la casa á continuar los comenzados quehaceres.

Cuando se levantó Agustín, aspiró con deleite las emanaciones de la montaña; el golpe de vista que divisábase desde el balcón, despertó en él dulces remembranzas; eran los mismos que viera en su niñez los olivos y almendros de las laderas prócimas, el cuadro de vides que verdegueaba en la loma y los copudos algarrobos, cuyo ramaje hacía ondular el viento en las escuetas cumbres.

-Buenos días, Bernardo - gritó al mozo, que á la sombra de uno de los frondosos almecinos inmediatos á la casa proseguía arreglando el fruto del pasero.

Suspendió Bernardo la tarca para contestar á Agustín, lo cual hizo transportando desde donde no sabemos hasta sus labios, una ligera sonrisa.

La señá Tomasa, al sentir la voz de su hijo se dirigió á la habitación de éste llevando una imponente jícara de chocolate y unos bollos, obra maestra de la Viñuela.

Después de aguantar Agustín los besos y achuchones de rigor, dijo á su madre, haciéndola sentarse á su lado:

-¿Quiere usted que hablemos un minuto?

-Y tóo lo que resta de hogaño, y la mitá y la otra mitá tamién der que viene.

-Bueno; pues, en primer lugar, dígame usted si Dolores está lista del todo para que vayamos á la iglesia.

-¡Gandul! ¡Cómo pá darle gusto á tu persona no lo eres! Ya se ve que sí, que está lista del to pa cuando te dé la gana.


[(Se continuará)]

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo primero


Araceli, sentada al lado de su madre, miraba de reojo, y como temiendo ser sorprendida, á su padre; el Chamullo y el porquero alargaban el cuello desde la puerta, saboreando anticipadamente las ricas viandas, y los perros, sentados sobre sus patas traseras, aguardaban inmóviles y resignados las sobras del festín.

Este duró largo rato; las preguntas al heroico militar sucedíanse sin orden ni concierto; por fin, éste tomó la palabra, lo cual hizo con ligero énfasis; la narración fué interesante y escuchada por todos con religiosa atención; la cortijera suspiraba aparatosamente ora de gozo, ora de pena, según las impresiones del relato.

El semblante del narrador habíase animado al recordar los hechos de armas en que tomara parte; chispeábanle los ojos, y su acento resonaba sonoro y sugestivo.

Sentíase Bernardo, oyéndole, avergonzado de su insignificancia; el señor Juan rezaba en penitencia por el despego con que hubo de tratar en tiempos pasados á aquel genio de la guerra; Dolores no perdía una frase, y el Chamullo seguía alargando el cuello, con lo ojos de par en par y la admiración pintada en el bronceado semblante.

Cuando hubo terminado Agustín, todos salieron al llano ahitos y perezosos.

Pronto empezó á languidecer la conversación; Bernado hacía como que dormitaba: no quería ver ni las estrellas del cielo; ya tenía bastante con la procesión de servitas que se le paseaba por el alma.

 Los Cantuesos, después dé mirarse con aire malicioso, se levantaron simultaneamente. ¡Tendrían los muchachos tantas cosas que decirse! La cortijera miró al hijo del de Casariche; no pasó para éste inadvertida la mirada; comprendió que era una orden; pero dolíale tanlto dejar á solas á los prometidos, que oprimió los parpados con ira, dispuesto á no moverse, lo cual habría hecho á no decirle su padre con acento de reproche:

—Vaya, hijo, anda, y jéchale el tordo ar pasero.

Levantóse el zugal lentamente, y lentamente se alejó, mientras la señá Tomasa miraba al viejo con extraña expresión de complacencia.

—¿Qué le pasa al mozo, abuelito? Parece otro; antes estaba siempre más alegre que un guitarro, y hoy parece que está rezándole siempre á los difuntos —díjole Agustín al de Casariche.

—Er caráiter es como la armendra amarga, que mientras más maura, más rejelea.

Cuando quedaron solos Dolores y Agustín, la primera estaba como en un potro, y el segundo sin saber cómo desplegar las guerrillas; Araceli dormía en brazos de su madre.

—Se hace preciso que hablemos de lo que más nos interesa—dijo, por fin, el descendiente de los Cantuesos, ehándose al agua de golpe y porrazo.

—Jablemos de lo que tú quieras—repúsole, sin mirarle, Dolores.

—No puedes figurarte tú, prima de mi alma, las horas tristes que he pasado pensando en que una bala podía poner fin á mis buenos pensamientos, y dejar á ustedes sin más sombra que la que da este árbol ya sin ramas. Eso me ha hecho venir á devolverte la tranquilidad antes de proseguir peleando con la fortuna. ¿Te acuerdas de cuando yo te decía que yo no había nacido para esto? Ya ves como era verdad, cómo yo tenía razón en no resignarme á esta vida sin horizontes.:

—Ya se ve que sí, que icias bien, que tenías retemuchísima razón—le repuso la huérfana con acento irónico.

—Y si tú supieras cómo me he acordado de ti siempre; siempre ha sido tu recuerdo la fuente donde yo bebía cuando me amargaba el dolor la boca; cada vez que me daban un ascenso, pensaba yo: «No paro hasta que sea general,» y no pararé; quiero que vivas como una reina; que si has sufrido como uno, goces como ciento, y darte por cada hora de tristeza un siglo de felicidad.

—Muchas gracias por tus güenos propósitos, Agustín, muchas gracias.

—¡Muchas gracias! ¡Cómo lo dices! Cualquiera juraría, Dolores, que habías con segunda y con tercera, y que estás triste, y que te suena mal lo que te digo.

—Ni estoy triste, ni me suena mal lo que tú me dices; es que er tiempo me ha puesto cavilosa, y no se limpia er campo ó zarzales en un minuto.

—No creía yo que me guardases tanto rencor; ¡estaba tan loco por ti, Dolores mía!

—Lo estabas, tú lo has dicho.

—Lo estaba y lo estoy; si no fuera así, ¿hubiera yo vuelto?

—Tú nos has güerto por mí; tú has venío por ti, por ti mesmo; poique, como tiées consencia, la consencia te ha rempujáo y te ha jecho venir contra tó el torrente de tu gusto: si eso que ices juera verdá, hubieras güerto á los dos años; pos antes que tantos galones y tantas cruces es esta probe niña, ya que no yo, pues yo pá mí no quería ná, ni pío ná; yo ya lo que perdí no lo gano, ni manque me vaya á un desierto á jacer penitencia.

—Si yo no he vuelto á los dos años, es por crearte, tanto á ti como á esa niña, una posición, para
conseguir lo cual tú no sabes, tú no sabes cuántos temporales he tenido que resistir; tú no sabes lo que es la vida del soldado; pero todo lo llevaba con resignación por ustedes, solamente por ustedes.

—¡Por ostedes! Por ti; poique eres una agonía que nunca arremata, poique to lo quieres pá tu presona, poique te inrrita no poer icir al sol que mos alumbre ó que no mos alumbre; ¡ices que tú has pasáo penas! ¿Qué penas has pasáo tú? A ti, ¿que te ha dolio? El cuerpo, ¿verdá? Pos á mí me ha dolió algo peor, me ha dolío el alma; á mí me desprecia to er mundo; yo, dende que tú te juiste, soy una cualesquiera, á quien naide mira á la cara, á quien toito er mundo le juye; y si no hubiera sío por los tuyos, ya me hubiera tiráo con este angélico por una torrentera.

—Habrá sido una mala interpretación del deber en mí; yo pensaba que el mejor camino era el que había adoptado; pero, en fin, si hice mal, aquí me tienes dispuesto á pedirte perdón, perdón que te pido—dijo Agustín, en quien la hermosura de Dolores en aquellos instantes, con los ojos cargados de luz, encendida la tez, y la voz llena y armónica, había despertado la sed tanto tiempo adormecida.

—¡Perdonarte! ¡Ya lo estás!—repúsole la huérfana con amarga ironía.

—Gracias, Dolores -prosiguió Agustín, posando en ella sus ojos llenos de voluptuosidades.—Yo te juro que te amo como antes te amé; que tú has llenado con tu recuerdo mis noches y mis días; que tú, únicamente tú, has sido y eres mi única aspiración; que lo mismo hoy que ayer tu hermosura me vuelve loco, y que necesito que tus ojos, esos ojos tan dulces y tan bellos, me miren, no como me miran, sino como me miraron cuando no tenía yo en el mundo más que mis sueños y tus caricias.

—Cá año no tié más que una primavera, Agustín, como no tié más que un otoño.

—Pues es preciso que florezca de nuevo el rosal, y que no me puncen tanto sus espinas.

—Eso es lo que le quéa al rosal meramente, ¡espinas!

—Yo se las sacaré una por una; yo lo cuidaré tanto, que lo veré de nuevo cubrirle de capullos.

—¿Poiqué no viniste cuando fué debío?—exclamó Dolores con ira y con dolor.

—Porque no te quiero cortijera; porque tú eres yo, y yo no he nacido para esto; porque quiero que
el aro sea digno de la piedra; porque es mucho, pero mucho, lo que te quiero.

Y Agustín se incorporó lentamente, inclinándose sobre Dolores, con los ojos llenos de pasión y el beso en la boca.

Y Dolores se puso lívida, y miró á su alrededor asustada; Bernardo estaría observándolos seguramente; además, de ningún modo debía aceptar el beso de aquel hombre; tiempo le quedaba en que tener que soportarlo, y al pensar esto incorporóse violentamente y rehuyó brusca y decidida á los  de Agustín.

Este palideció á su vez, enrojeció luego, lastimado en su amor propio, y dominando sus, despechos, murmuró acercando su rostro al de Araceli:

—Deja que la dé un beso.

Momentos después separábase Agustín de Dolores, con el semblante contraído por la cólera y el desaliento.



CAPÍTULO XXII

Lo que puede una frase. 



Cuando Agustín se vió entre sábanas, desde donde podía contemplar por el entreabierto balcón un trozo de cielo tachonado de estrellas y la falda del monte cercano; cuando se encontró á solas con su pensamiento, pasada la primera impresión del despego de Dolores, dedicóse á poner en orden sus ideas, á coordinarlas debidamente, á someterlas á la disciplina; ¡pero que si quieres!


[(Se continuará)]