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sábado, 19 de enero de 2013

Reseña de La Goletera



La Goletera es la historia de unos amores interesantes que, por naturalmente humana, se desarrolla con la variedad de notas con que en la vida se ofrece el amor muchas veces. Este es el motivo principal de su éxito, consagrado por la crítica, pero formado al calor de muchas voluntades... de cuantas al encanto de las páginas de la obra voluntariamente se rindieron.

Otra cualidad que avalora el libro de Reyes es que aun cuando todo él es reflejo de hechos, dichos, aspiraciones y sentimientos de gentes de la más baja sociedad del pueblo en que la acción se desarrolla, con tal fuerza de arte está concebido, que si algún momento parece como puede ocasionar la repulsión del que lee, bien pronto el buen gusto se impone y vence, y sin dejar un punto de reflejar la vida, ofrécese esta vista por temperamento tan artístico, que el lector sigue de buen grado al novelador en fortuna adonde éste quiere llevarle, y es por su esfuerzo y la gallardía de su pluma ameno y sugestivo, hasta cuando describe escenas y lugares ocasionados á grave riesgo en temperamentos que no estuvieran tan discretamente formados como el de Arturo Reyes. 

Pero concretemos algo acerca del asunto que es alma de La Goletera, y digamos lo que en síntesis viene á ser argumento de libro tan con justicia aplaudido. 

Empieza el autor trazando admirablemente el marco que ha de servir al cuadro de su obra con la descripción de la vida social de los moradores de la calle de los Mármoles y en el corralón de Santa Isabel, en que uno de los personajes principales de la tragedia, Paco el de las Campanillas, tiene su residencia. 

Paco es un excelente tocador de guitarra, el mejor de Andalucía tal vez, el mejor de los barrios extremos de Málaga desde luego, y vive en compañía de su madre, la señá Rosario, una vieja que adora en él, en una de las habitaciones del Corralón de Santa Isabel, especie de Casa de Tócame-Roque de la capital malagueña.

Paco se ocupa.. en tocar la guitarra. De eso vive. 

Trini la Goletera es una andaluza morena, de ojos africanos y corazón de fuego, de poco más de veinte años, huérfana de padre, y que, como el de las Campanillas, vive con su madre, otra vieja que se mira en ella, y sólo para ella vive.

Trini, en brazos de la casualidad, viene á ponerse frente al de las Campanillas, en ocasión en que ya es tortura de los más apasionados amadores de entre la gente del bronce, por haber tomado una habitación contigua al Corralón de Santa Isabel. 

De cómo se enamora el de las Campanillas de la Goletera, nos da testimonio muy elocuente Arturo Reyes, cuando hace decir al tocaor ante la presencia de Trini, á quien ve asomada á un balcón cercano al en que él se encuentra desperezándose de pasado sueño, y fumando un pitillo:

—¡Madre! ¡¡Madre!!... Venga usted. ¡Mire usted qué niña más bonita! ¿Quién es esta criatura, madre?

La señá Rosario acude á las exclamaciones del hijo, y con la frialdad de los años, sólo contesta á tanto entusiasmo dando el nombre porque pregunta su hijo. Esa, dice, es Trini la Goletera. Y ya con esto encuéntranse frente á frente los principales personajes del drama. 

Corren los días. En el corazón del de las Campanillas brota un amor intenso por la Goletera, amor verdadero, que de humilde chispa tornóse en hoguera inmensa bien pronto, y en fuego devastador al fin, que amenaza devorarlo todo, al amador, á la amada, á la madre de ésta, á la del Campanillas, á cuantos en torno de la llama amorosa se mueven por una ú otra razón lógicamente humana... 

Pero no adelantemos los acontecimientos, y digamos antes cómo llega á producirse esa anormalidad en el alma de todos estos personajes, para lo cual dejaremos en sus balcones respectivos y frente á frente al de las Campanillas y á  la Goletera, en aquel su primer encuentro.

Hemos dicho de la Goletera algo que refleja su belleza material, pero no hemos contado que merced á ella tenía infinitos admiradores, todos en desgracia, pues cuando cualquiera de ellos pretendió llevar las cosas á mayor grado de consideración cerca de la moza, siempre que de admiradores pasaron á la categoría de pretendientes, oyeron de la Goletera invariablemente, unos y otros, la más desesperante respuesta. Aquella andaluza belleza igualaba á todos no rindiéndose á ninguno ¿Debía prometérselas más felices el famoso tocador de guitarra el Campanillas? Estudiemos el proceso del amor de éste por la Goletera.

Un día, á los pocos del encuentro de Paco y Trini, la madre de ésta cayó en cama con enfermedad gravísima. Una pulmonía que amenazaba dejarla á ella sin vida y á Trini la Goletera solita en el mundo. Ocurrió lo que es natural en casos semejantes. Que á casa de la Goletera acuden para ayudarla en los menesteres que el cuidado de su madre en tan grave trance exigía, no solamente Lola la de los Claveles, su prima, sino que también alguna gente de la vecindad, entre ella Paco el de las Campanillas y su madre la señá Rosario. 

Cómo se portó Paco durante la enfermedad aquella, no hay para qué decirlo, constando ya hasta qué punto habíasele entrado por el alma la hija de la enferma. Él fué en casa de la Goletera verdadera providencia para todo; para buscar á los médicos á deshora, para ir á la botica, para acudir allí donde fué menester, de noche como de día. Hubo un instante, el día en que la enfermedad de la madre de la Goletera ofreció mayor peligro, en que Trini lloraba sin consuelo su desgracia terrible... 

Allí surgió consolador y amante y ofreciéndose con el alma el Campanillas. La Goletera oyó aquel inesperado eco de aliento, tan hondamente sentido y tan elocuentemente expresado, con inmensa gratitud... Dió las gracias con sinceridad extrema al de las Campanillas, y éste no se sabe qué acertó á ver en la gratitud aquella, que desde aquel instante alimentó su esperanza en proporción tal que creyóse por un momento vencedor afortunado de aquella fortaleza, decidiéndose á dar, por fin, el paso en que tantos y tantos otros antes que él habían naufragado.

La madre de la Goletera sanó, y para festejar su restablecimiento, acordóse una juerga, á que, además de Trini y su madre, asistieron Lola la de los Claveles, Pedro el Pipirigaña, novio de Lola, y Paco el de las Campanillas, que, acompañado de su guitarra, prometía ser alma de la fiesta con sus primores en el arte de rasguear la vigüela, como antes lo había sido con sus solicitudes mientras la madre de la Goletera estuvo enferma. 

Y allá se fueron las personas dichas al arroyo Toquero, lugar que, por sus elementos naturales, era delicioso paraje para la fiesta en proyecto. 

No hacía falta —bien se vió durante la juerga—que el de las Campanillas se declarara á Trini la Goletera, pues ya ésta en los ojos del tocaor habla leído más que él pudiera decirle. La juerga deslizóse sin más incidente que uno, que ya al término casi de ella determinó el exceso de vino consumido. 

A Lola la de los Claveles le dio la borrachera por mirar más que á su novio el Pipirigaña—que allí estaba, como queda dicho—á Paco el de las Campanillas. Esto no sólo excitó el amor propio de la Goletera que se abrasó en celos, sino que obligó al Pipirigaña á reconvenir á su novia y á faltar un tanto de palabra al de las Campanillas

La Goletera, más discretamente, también reconvino á su prima por poner los ojos donde no debía. La de los Claveles satisfizo al Pipirigaña con una copla, en que se mostraba amorosa con él y le tachaba de injusto. Sólo Paco no parecía darse por enterado de nada, ocupado en tocar la guitarra y en devorar con los ojos á la Goletera. Esta actitud del de las Campanillas no satisfizo mucho á Trini, quien pensó acaso que Paco debió contestar las insolencias con que el Pipirigaña en sus celos le ofendiera. La juerga acabó, en fin, para que las cosas no pasaran á mayores, y cada cual regresó á su domicilio. 

Bien al contrario de lo que por su actitud en la fiesta pudo deducirse, el de las Campanillas, que era muy hombre, había tomado nota de lo que el Pipirigaña le dijo con gran molestia para la Goletera, y aquella misma noche buscó á su ofensor, y lo que no hizo en la juerga porque era hombre que sabía el respeto que se debe á las mujeres, lo hizo entonces, provocándole, desafiándole y haciéndole, en fin, con toda la nobleza que el caso requería, un chirlo en una mejilla, con que quedó el Pipirigaña marcado para siempre. 

El Campanillas fué encerrado en la cárcel, noticia que llegó á la Goletera por su prima la de los Claveles, acompañada con las maldiciones que estimó del caso, dirigidas á quien de aquel modo había desfigurado el rostro de su novio. Impresionó la nueva desagradablemente á Trini, quien, sin embargo, encontró muy de su gusto que el Campanillas demostrara su vergüenza y su valor, aunque fuera á tan dura costa para él. No podía ser que el hombre que la cortejaba resultara un mandria. 

Mientras el Campanillas estuvo preso, la Goletera demostróle su predilección mandándole un expresivo recado con Pepillo el Cuchufleta. Recibió el preso la buena nueva con tal emoción, que aun dudaba de que fueran ciertos los términos satisfactorios en que se la daban. Asegurábale la verdad de lo dicho Pepillo, y el Campanillas confiesa su locura por la Goletera en un arranque tan delicado, que hasta parece impropio de los labios que lo dicen. 

—Mira—le dice al Cuchufleta —, que no me engañes: que oyéndote, me ha nacío en el corazón una vara de azucenas. 

Como lo del chirlo del Pipirigaña no tuvo consecuencias, con dos meses de cárcel y la elocuencia de un letrado, liquidó el de las Campanillas su vengativa acción contra el novio de la de los Claveles. Apenas dejó la cárcel, fuese á ver á la Goletera, lleno el pecho de esperanzas que pronto se enfriaron, pues Trini á la declaración del de las Campanillas, á sus ofrecimientos de vivir por ella y sólo para ella y á sus propósitos de hacerla suya, respondió que que le quería como un buen amigo, pero no podía hacer nada más en su obsequio. 

Estrechó el cerco el amante, y sólo obtuvo de la Goletera la promesa de que ya que no suya, tampoco sería de otro hombre. En este punto, y cuando el de las Campanillas deja la casa de la Goletera más muerto que vivo, al ver el término de sus soñadas venturas, descúbrese el por qué Trini mostrárase tan displicente con cuantos la habían pretendido, tan indiferente á las ofertas amorosas del de las Campanillas. Trini sentía en el fondo de su alma el hielo de una deshonra en que ella no fué parte, y resultó víctima. La ocasión habíala entregado á la brutalidad lujuriosa siendo casi una niña, y ella no podía ser de nadie sin exponerse á una gran venganza, pues el autor de la infamia de que padecía, ausente de Málaga entonces, podía aparecer, y dada su ralea, más era de esperar de él una acción villana que nada meritorio. 

De aquí la actitud extraña de la Goletera para con sus adoradores. Quería al de las Campanillas, como acaso quiso á alguno antes de conocerle á él, pero no se juzgaba en condiciones de corresponderle, cercada de continuo por razonables temores. La Goletera lloraba á solas con su madre su desventura y su infortunio, sentía que la pasión por el de las Campanillas le mordía muy adentro, pero se repudría y se abrasaba y se consumía, fingiendo una entereza y una indiferencia y una pasividad de que estaba muy lejos.

Mientras estos acontecimientos se desarrollaban, el marcado en la cara por Paco, el novio de Lola la de los Claveles, meditaba una  venganza contra su ofensor. La preparaba ya y casi la tenía al ocurrir los hechos relatados. Ofreciósela la llegada al muelle de Málaga del Cantimplora, que atracó en una de esas expediciones de españoles que devuelve la República Argentina. 

De este nuevo personaje sábese en la población andaluza que emigró un día, como tantos otros, y que vuelve á su tierra con algunos pesos que ganó, no se dice en qué. Amigo el Cantimplora del Pipirigaña, con él vive casi á diario desde su vuelta á Málaga. Joven aún el Cantimplora y con algún dinero, nada más lógico que piense en casarse; ya decidido á ello, el Pipirigaña oriéntale hacia la Goletera, mujer para él que ni pintada, si no fuera porque es finca que guarda cautelosamente Paco el de las Campanillas. 

El Cantimplora, reputado de siempre en la Goleta como hombre de pelo en pecho donde los hubiera, no había de detenerse por el único pero que á la Goletera poníale el Pipirigaña ¡La Goletera! Tenía esta mujer para el Cantimplora el amargo de un recuerdo que guardaba muy hondo hacía algún tiempo, y sólo para él. No habló jamás á nadie de la cosa, pero por su acción infame con aquella mujer, acaso se fué él á América, como quizá su vuelta obedecía á haber sabido que el padre de la Trini—otro bravo—había ya muerto y no podía hacer en él la prometida justicia.

El Cantimplora, no obstante el recuerdo, aguijado por el incentivo de la pintura que de la Goletera le hacen, muy otra entonces de cuando él la ofendió, decídese á probar fortuna cerca de ella. Su plan consiste en ofrecerle una reparación á la honra por él mancillada, casarse con ella, si le admite, poner después con sus ahorros y los de Trini una carnicería, y por último, si hay alguien que se oponga á semejante programa, quitarle de en medio del modo que sea menester.

Y dicho y hecho. Preséntase el Cantimplora en casa de la Goletera. Repuestas ésta y su madre de la sorpresa que tan inesperada visita les produce, convencen al hombre de lo loco de su pretensión, demuéstranle  el horror que les produce y le quitan toda esperanza de realización de sus proyectos. El desairado pretendiente despídese de la Goletera, prometiéndola que, si no es suya, tampoco permitirá que sea de otro.

Tras varios días de ausencia completa del Campanillas, ocúrrele rondar á la Goletera el día en que va el Cantimplora á exponer sus pretensiones. Ve el de las Campanillas salir al que toma por su rival, y ciego de ira, preséntase á la Goletera, la increpa y le pide cuentas de su conducta. 

La muchacha niégase á lo que la exige el de las Campanillas. No tiene usted derecho—le dice—á recriminarme, y remordiéndose el corazón, le añade: Usted no es nada mío; y le muestra la puerta por donde tan atropelladamente entrara.

El de las Campanillas, en un rapto de locura, quiere deshacer á la que es causa constante de sus inquietudes, pero se repone un poco y sale como de huída. 

Ya están todos los factores del drama en acción. 

Paco vuélvese á su casa desesperado á buscar en el calor de su vieja el consuelo que el amor le niega. El Cantimplora mal devora su despecho en disquisiciones con el Pipirigaña, quien le objeta para exacerbarle más en contra del de las Campanillas:

—Ya te decía yo que esa finca estaba mu  bien guardá

La madre de Paco maldice hasta la hora en que su hijo conoció á la Goletera. La de Trini reniega del momento en que conocieron al ladrón del Cantimplora, y en esta intensidad de pasión camina la novela hacia su fin.


Si odio tiene el Cantimplora á Paco el de las Campanillas, éste no odia menos al Cantimplora, en quien encuentra el enigma del desvío que Trini le manifestara. Adivínase claramente que el choque de estos dos hombres será terrible.

La madre de Paco, ¡madre al fin!, no se resuelve á una actitud pasiva. Sale de su casa, entra en la de la Goletera, y á ésta dícele tales cosas en defensa del amor de su hijo, y tantas en contra de la conducta que la Goletera sigue con él, que á punto está la muchacha, agotado el sufrimiento, y en lógico desborde del amor que por Paco siente, de confesar las causas de una conducta que todos juzgan inexplicable. Véncese otra vez y deja salir de allí á la madre del de las Campanillas en un mar de confusiones y sin nada concreto que poder decir á su vuelta al hijo que la aguarda.

Mientras se desarrolla en casa de la Goletera la anterior escena, el Cuchufleta, que acompaña á Paco constantemente en la tarea de ahogar en vino sus ansias amorosas, ha llegado á casa de éste, y vaso tras vaso toma una borrachera fenomenal mientras da esperanzas en su cuita amorosa al de las Campanillas. Llega la madre de Paco, cuenta á su hijo la entrevista que con la Goletera ha tenido, tórnase Paco todo curiosidad por saber hasta los menores detalles, y el Cuchufleta apenas le deja oir con sus continuas interrupciones de borracho latoso.

—Voy á dejar á este en su casa—dice Paco á su madre—, y vuelvo á que me lo cuente usted todo.—Sale con el borracho á la calle, éntrasele á pesar suyo en una taberna, sigúele Paco para sustraerle al peligro, y en esto aparece en la misma tienda Pedro el Pipirigaña, el señalado por Paco en la cara y el inseparable del Cantimplora.

Los que beben en la tasca preguntan al recién llegado por su amigo el Pipirigaña, vengativo siempre, y como si no hubiera visto á Paco, responde:

—¿El Cantimplora? El Cantimplora va ahora mismo á dar un bocado á la manzana más bonita de todos los manzanos de la Goleta.

Al oir esto Paco el de las Campanillas, se va al Pipirigaña como una flecha, y dándole en el hombro le pregunta si podría él decir qué manzana es esa que va á morder el Cantimplora.

—No hay inconveniente—le responde aquél—; la que á usted le parezca la mejor manzana de la Goleta, esa es la que va á morder el Cantimplora ahora mismito.

El de las Campanillas, fingiendo gran tranquilidad, deja la taberna, toma rumbo distinto al que realmente quiere seguir, para no denunciar sus propósitos, dirígese rápidamente á casa de la Goletera y llega á la puerta de la habitación de ésta al tiempo en que el Cantimplora segunda vez prueba fortuna en sus pretensiones. Oye Paco la nueva declaración, pero oye también algo que habla de deshonra, y al lado de la
ardiente confesión de cariño que por él hace Trini, siente que algo se le agarra al pecho y se lo oprime amenazando ahogarlo. Aquel odiado rival es quien deshonró á la Goletera, sí; escucha la confesión de Camtimplora, cuando vencido por un sentimiento generoso, casi inverosímil, y desde luego único en él, promete respetar la voluntad de la Goletera, que está por Paco y solamente por él, y no meterse con el Campanillas para nada.

Generosidad tardía. Paco comprende que su dicha es imposible mientras el Cantimplora viva; le acecha, le aguarda y le desafía.

Los dos rivales están frente á frente, y como son muy hombres, escogen pronto lugar apropiado al duelo.

Al saber el Cantimplora el nombre de quien había llevado al de las Campanillas á casa de Trini, replica: Si usted no me mata, yo enseñaré á ese mozo á que vengue sus cosas él solo.

Y con esto empieza el duelo, demostrando guapeza y serenidad increíble los dos tiradores de navaja. Iba á rendirse ya á la fatiga el de las Campanillas por el continuo ir y venir, saltar y agacharse en busca ó en defensa de su contrario, cuando en un supremo esfuerzo alcanzó con su arma el pecho enemigo. El Cantimplora cae bañado en sangre, exclamando:

—¡De las de chipé! ¡Valiente cartel te ganas!

La herida era enorme. Llevado el Cantimplora al hospital, se moría á chorros cuando llegó el juez, y á sus preguntas de ¿quién le ha herido á usted?, el Cantimplora, agonizante, exclama:

—¡El Pipirigaña! ¡El Pipirigaña!

Este nuevo é inesperado arranque generoso del Cantimplora, sobre servir como venganza suprema contra un cobarde, devuelve la felicidad á dos corazones dignos de ella. Paco el de las Campanillas y Trini la Goletera pueden ser dichosos. ¡Con qué fiebre no se cobrarán de un amor que les costó tanto!

Asi termina Arturo Reyes su hermoso libro, libro cuyo estilo es siempre adecuado, trasunto fiel de un pedazo de vida, reflejo acertado de afectos y pasiones, y respecto del cual no cabe decir más que, puesto que en él ha salvado el autor con inspiración dichosa y arte magistral las dificultades inherentes al género á que pertenecen los personajes que le dan vida—según expresión del insigne maestro D. Juan Valera—, es justo que se rinda la voluntad y el espíritu, como en efecto se rinden, á su lectura, y merece en la expresión más amplia el unánime aplauso con que lo han recibido el público y la crítica.


FÉLIX DE MONTEMAR

Reseña de La Goletera



La abundancia de asuntos ha sido parte para que vaya retrasándome en dar noticia á los lectores de LA ESPAÑA MODERNA de algunas obras literarias publicadas en los últimos meses. A fin de ir liquidando este atraso, me limitaré á decir breves palabras acerca de los libros á que me refiero.

Uno de ellos es La Goletera, novela del celebrado escritor D. Arturo Reyes. Se ha publicado ya su segunda edición, lo cual dice mucho en demostración del agrado con que el público ha acogido esta obra, pues es sabido que, á excepción de los libros de media docena de escritores de primer orden, como Galdós, Pereda, etc., las primeras ediciones de las obras literarias no suelen agotarse, ni venderse siquiera, y no hay lugar por tanto, á las segundas.

A sus méritos positivos de escritor, une el Sr. Reyes la feliz circunstancia de haber tenido propicia á la  prensa desde que publicó su primera novela Cartucherita, y haberse dado á conocer de este modo rápidamente.

La Goletera tiene un marcado aire de familia con las dos novelas anteriores del autor, y no es extraño que lo tenga, puesto que procede de la misma pluma y las ha seguido tras un intervalo de tiempo no muy largo. Es, como aquéllas, un cuadro de costumbres andaluzas, y los méritos de la nueva novela son del mismo género de los que aplaudimos en las anteriores, si bien en ésta los aumenta la mayor experiencia adquirida por el Sr. Reyes en el arte de novelar. Se observa, efectivamente, en La Goletera, mayor soltura en el desarrollo de la acción; hay progreso en la manera de presentar en escena y de mover á los personajes, y también en la naturalidad del lenguaje que en boca de ellos pone el novelista.

Los defectos que pueden señalarse en La Goletera son también semejantes á los de Cartucherita y El lagar de la Viñuela. Todas estas novelas son, en realidad, cuentos largos. La parte episódica es muy rudimentaria. El autor profundiza poco. La psicología de los personajes es superficial, epidérmica, á fleur de peau, como dicen los franceses. Sus pasiones no tienen complicación alguna, son elementales y sencillas. Mientras se mantienen dichos personajes en este terreno, mientras no pasan de las formas comunes de lo afectivo, resultan figuras vivas y animadas. Cuando se elevan á más altas regiones, pierden casi toda su naturalidad, y con ella casi todo su encanto. 

El Sr. Reyes es, ante todo, un colorista. La calificación de color aplicada á lo literario abarca una amplia esfera metafórica: vale tanto como adecuada y expresiva representación de lo sensible, de lo exterior, con sus caracteres individuales. En esto sobresale el autor de La Goletera; por eso puede decirse que su estilo tiene mucho colorido, y sí parece demasiado manoseado el símil pictórico, que es muy representativo, que expresa muy bien lo físico, la vida exterior. De ahí que en su novela lo que más atrae no es la acción en sí misma, ni los caracteres de los personajes, sino las escenas descriptivas, algunas de ellas secundarias con relación al argumento de la novela.

El asunto corresponde también á esta tendencia colorista del estilo: lo representado está en armonía con las formas de la representación artística. En La Goletera vemos escenas de celos entre mozas de empuje y majos enamorados y valientes; amores y puñaladas; la guapeza y el ardor de la pasión amorosa, los dos rasgos característicos con los cuales nos representamos el tipo popular andaluz. Gran parte de nuestro público tiene debilidad por esta clase de asuntos. Y acaso es un error creer que lo que se ha llamado el andalucismo es una superposición artificial de influencias extrañas al verdadero carácter español, como sostienen algunos. Precisamente por la conformidad entre las tendencias del carácter nacional y el andalucismo, se explica la influencia de éste hasta en sus degeneraciones y caricaturas, como el flamenquismo.

Pero si la representación de escenas y de tipos corresponde en La Goletera á la realidad popular, no podría asegurarse lo mismo de la vida interior de los personajes, de los sentimientos é ideas por los cuales aparecen movidos. El Sr. Reyes, como muchos literatos buenos y malos, y hasta algunos eminentes, de España y de fuera de España, idealiza interiormente  á sus personajes populares, atribuyéndoles refinados sentimientos morales que son, en gran parte, resultado de la educación y de las condiciones de vida de las clases elevadas. No es nueva esta tendencia, y se explica fácilmente que haya sido para los literatos una tentación muy viva la de presentar el contraste entre la humildad de la condición social de un personaje y la elevación de sentimientos que le convierte en tipo caballeresco. Mas estos contrastes suelen ser puramente artificiales é imaginarios. Muy lejos estoy de querer significar con esto que el pueblo sea inmoral, ni siquiera menos moral (dadas sus condiciones de vida) que las clases elevadas de la sociedad. Lo que quiero decir es que tiene otra manera de ser moral. El problema de la conducta humana no se ofrece bajo el mismo aspecto en una cabaña que bajo el dorado techo de un palacio. El código de las conveniencias y de las preocupaciones que regula tanta parte de la conducta de todos los hombres, nobles ó pecheros, campesinos ó ciudadanos, es un código de clase que, en cada una de éstas, dicta diferentes reglas. De ahí que los sentimientos de exaltado honor caballeresco que mueven en ocasiones á Trini la Goletera, á Paco el de las Campanillas [sic] y al Cantimplora, personajes todos ellos de la novela del señor Reyes, me parezcan colocados un tanto fuera de su lugar propio. La discusión de este punto me apartaría acaso de los propósitos de brevedad que he anunciado al principio, por lo cual la omito, reduciéndome á hacer la indicación anterior.

No diré tampoco que en el ancho campo de las posibilidades no pueda darse alguna vez el caso de esta trasposición de sentimientos; pero los literatos que entienden y pintan de ese modo los personajes populares, no suelen concebirlos como tipos excepcionales. Lo que les ocurre es que, sin darse cuenta de ello, trasladan sus propios sentimientos de clase á los entes creados por su fantasía, y les atribuyen lo que por más noble y elevado tienen, sin curarse de si pegará ó no en las figuras novelescas y dramáticas, dada la condición social que se les supone. 

Con todo, la novela del Sr. Reyes es obra de muy agradable lectura. Entretiene y no fatiga. Llena, pues, cumplidamente el fin más inmediato de las obras de literatura amena.


E. GÓMEZ DE BAQUERO

Reseña de La Goletera



Es el pueblo español, con sus sentimientos, con sus pasiones, un hermoso filón que se ofrece, para ser explotado, al novelista. El pueblo es bueno, el pueblo es lo mejor de la sociedad de España. Su corazón y su alma no están corrompidos. Si poseyera la fuerza física, el vigor orgánico que ha perdido en tres siglos de desnutrición, constituiría un cimiento firme y saneado para renovarnos.

Cuando en esa mena [?] trabaja el novelista, como Arturo Reyes en La Goletera, los personajes de ella extraídos son nobles, son bravos, son enteros; y aunque la navaja reluzca y la navaja haga sangre, la mano que hiere ó mata aparece siempre honradamente impulsada. Y el libro con este material compuesto, conmueve y conforta el espíritu sano del lector, identificándolo con la lectura.

Tiene La Goletera tanta sencillez, tanta sobriedad en el asunto; es tan fácil, tan despojada de complicación y de enredo, como son sencillas, naturales y sinceras en su manera de  producirse y de manifestarse las pasiones que mueven á los personajes. Y sencilla y fácil, la novela interesa, la novela emociona. No hace pensar, no enseña nada, porque Reyes no ha querido estudiar en ella problemas sociales, ni ha estimado que sus tipos se prestaban  al complicado examen psicológico que se puede emprender en clase más intelectuales; pero el libro como retrato del corazón del espíritu del pueblo, es un  retrato exacto, bien observado, reproducción fiel de esas almas llenas de nobleza, saturadas de verdad, almas abiertas de niño, sanas y puras, que dicen lo que sienten, y como sienten obran.

Nos pinta Arturo Reyes en La  Goletera el campo malagueño, las escenas del mar, la estructura de los barrios, las fiestas populares que  han dado su celebridad á la pluma de Salvador Rueda. La pintura de Reyes está  vertida toda en el dialogo, en el lenguaje de sus personajes, lenguaje por demás pintoresco, empapado de poesía, que va expresando con vigoroso relieve el desenvolvimiento del  estado anímico de los héroes del drama, á medida que el drama se incuba, que el drama estalla, y se desenlaza á  puñalada limpia en el cauce seco y polvoriento del Guadalmedina.

Y el drama parece que atrae la predilección de  la pluma de Arturo Reyes. En La Goletera no se encuentran escenas culminantes de ternura, de fina delicadeza, de idilio inefable; es la. pasión vibrante, poderosa, terrible, la que el novelista sacude, la que el novelista hace rugir, hasta condensarla, como lluvia bienhechora, en torrentes de lágrimas, que caen ruidosamente y encalman y serenan las almas apasionadas; hasta adormecerla, anestesiándola con las embriagadoras libaciones de la taberna; hasta descargarla por el filo de la navaja, cuando no surgió á tiempo el llanto que consuela, el vino que borra la memoria.

Y una novela así, como la novela de Arturo Reyes, informada en el saludable espíritu popular, sencilla y hermosamente narrada, con los grandes efectos de la pasión como elemento emotivo, pudiera ser muy bien la novela para el pueblo, ya que el pueblo, español, por su incipiente desarrollo intelectual, no alcanza la novela moderna, la novela de ideas, llena de psicologías, de símbolos y de ciencia, deleite inmenso de los espíritus más cultos y diferenciados. Y ser poeta del pueblo en el libro  y en el teatro, en el teatro, donde la pasión  se comunica más intensamente que  en el libro, ¿no sería para Arturo Reyes un ideal grande? Y  el pueblo español, que se está redimiendo solo, que siente las ansias de vivir, ¿no recibiría á un poeta que va á ennoblecerle el espíritu, á ofrecerle un Arte asimilable, cuando el Arte, como la fortuna, están reservados al goce de los elegidos?


Carlos del Río

Arturo Reyes en Málaga



Los amigos y admiradores del novelista malagueño D. Arturo Reyes, rompiendo con la costumbre de festejar su último triunfo literario con un banquete, le han dedicado un día completo, ofreciéndole una gira campestre, que se ha verificado hoy en la hermosa hacienda de recreo El Candado cedida por su propietario D. Arturo Torres.

Se sirvió un suculento almuerzo al aire libre, que presidió el autor de La Goletera con el alcalde de Málaga y el propietario de la finca donde se celebraba la fiesta.

Sentáronse á las mesas cerca de 100 comensales, entre los que figuraban amigos particulares de Reyes, constituyendo el núcleo mayor de los concurrentes, periodistas, literatos y artistas.

Al finalizar la fiesta el alcalde hizo suya la idea propuesta por el diputado provincial Sr. Fosa, de imprimir una edición de lujo de La Goletera á expensas del Ayuntamiento.

La alegre gira ha sido una gallarda muestra de las generales simpatías que tiene el Sr. Reyes en esta capital y un testimonio elocuente del reconocido mérito del novelista.—Corresponsal.

En honor de Arturo Reyes




En la hermosa finca «El Candado», propiedad de D. Arturo Torres, se verificó ayer una fiesta en honor del celebrado autor de La Goletera, Arturo Reyes.

Málaga, que le considera su escritor predilecto, estuvo representada por más de cien comensales, entre los cuales se encontraba una mayoría de literatos, periodistas y artistas.

También tomaron parte en la fiesta el alcalde y el gobernador civil.

Se recibieron muchas adhesiones, entre ellas una muy expresiva da D. Adolfo Suárez de Figueroa.

La fiesta, á la que se dio el nombre de jirabanquete, empezó por la mañana y terminó por la tarde, habiendo revestido un carácter singular propio del sitio, próximo á la playa.

Hubo brindis entusiastas; se leyeron poesías, y el alcalde hizo suya la propuesta de un ex concejal para que el Ayuntamiento costee una edición de lujo de La Goletera.

Se sacaron grupos fotográficos con destino á una revista ilustrada.

Tan brillante fiesta es testimonio elocuente de las simpatías con que cuenta en Málaga el inspirado novelista.— Viana Cárdenas.

Arturo Reyes en Málaga




Los amigos y admiradores con que cuenta en Málaga el distinguido autor de La goletera obsequiaron ayer á éste con una animada jira [sic] campestre para celebrar su último triunfo.

Según, las noticias recibidas de Málaga, la fiesta se vertficó en la posesión llamada El candado, donde se sirvió un almuerzo. Sentáronse á la mesa unos cien comensales, entre ellos el alcalde de Málaga, diputados provinciales y concejales, y numerosos escritores y periodistas.

El diputado provincial Sr. Fosa propuso que el Ayuntamiento costeara una edición de lujo de la última novela de Arturo Reyes, y el alcalde de Málaga, haciendo suya la idea, ofreció poner cuanto estuviera de su parte para realizarla.

Reseña de la Goletera




Dediquemos, por último, dos lineas, á La goletera, de Arturo Reyes.

De todos los libros que hemos recibido de Málaga hace un año, éste es el único que no nos ha parecido una caja de pasas.

Banquete a Arturo Reyes




Periodistas, literatos y amigos del ilustre novelista  y poeta malagueño Arturo Reyes, obsequiáronlo ayer tarde con un banquete en el Hotel Inglés, en testimonio de afecto y con motivo de la publicación Se su última obra  La goletera.

Los comensales excedían de sesenta. El joven novelista sentóse entre los Sres. Picón y Sellés. La ciudad de Málaga estuvo representada por su alcalde en este  banquete, al cual concurrieron muchos escritores andaluces residentes en esta corte.

Durante el almuerzo, que fue bien servido, reinó gran animación en el comedor del Hotel Inglés.

Excusaron su asistencia en términos muy afectuosos para Arturo Reyes, adhiriéndose al homenaje de simpatía y admiración que se le tributaba, D. Juan Valera, D. Benito Pérez Galdós, Mariano de Cavia y otros.

No se trataba de hacer alardes de oratoria, y los brindis fueron suprimidos, desde luego con excelente  acuerdo.

Las elocuentes, palabras que pronunció el festejado novelista, fueron de reconocimiento sincero y cariñoso á cuantos le agasajaban, haciendo honor á su ingenio y á las letras andaluzas.

Leyó las cartas de adhesión y una breva epístola en verso, de Limendoux, el distinguido poeta Sr. Jurado de la Parra.

También fueron leídos unos versos del joven escritor cordobés Rodolfo Gil, que en Madrid se encuentra accidentalmente.

Satisfecho pueda estar Arturo Reyes del homenaje con que han celebrado  la aparición de su nueva hermosísima novela sus paisanos, amigos y  admiradores.

Almuerzo en honor de Arturo Reyes



En el hotel Inglés se verificó ayer el anunciado almuerzo que amigos y admiradores do Arturo Reyes habían organizado para solemnizar el triunfo conseguido por el escritor malagueño con su novela  La Goletera.

Eugenio Sellés y Jacinto Octavio Picón ocupaban la presidencia de la mesa, teniendo entre ambos á Arturo Reyes.

Asistieron además á la fiesta los Sres. Benavente, López Ballesteros, Troyano, Francos Rodríguez, Thuiller, Laserna, Taboada, Fernández Shaw, el nuevo alcalde de Málaga, Sr. García Guerrero, Ramiro de Maeztu, Manuel Bueno, Sánchez Ramón, Ortega Munilla, Salvador Rueda, Rodríguez Chaves, Leyva, Cantín, Jimeno Vizarra, Sánchez Calvo, Marques, Bonald, Prieto Mera, Rodríguez Serra, Beltrán y de Torres, Castañer, Alcalde (D. José), «Monte-Cristo», Hernández y Bermúdez, Fernández Arias (D. Adelardo), Méndez (D. Félix), Gutiérrez Gamero, Luca de Tena, Gabaldón, Campo Moreno, Rivas (D. Enrique), León Roch», «Ángel Guerra», Varela (D. Aurelio), Trigo (D. Felipe), Melchor de Palau, Rojas y Relosillas, Rodolfo Gil, Padilla (D. José), Rodríguez (D. Juan), Sabau (D. Pedro), Asencio (D. Francisco P.), Estrada (D. Nicolás), Carvajal (D. José María), Madrid (D. Miguel G.), García Medina, Carlos Luis de Cuenca, Martín Azcárate, Jurado de la Parra, Alfonso Sawa, Fernandez Vaamonde y otros.

No hubo brindis. Arturo Reyes dio gracias por el honor que se le dispensaba en frases tan breves como efusivas.

Después se dió lectura á una carta de D. Juan Valera á Arturo Reyes, en que, después de deplorar que sus achaques y su ceguera le impidieran asistir al banquete y de anunciarle que había escrito un artículo acerca de La Goletera , que aparecerá en el primer número de La Lectura, añade:

Entretanto, me complazco en asegurar á usted que, á pesar de cierta repugnancia que siento yo por las mozas que se crían en el arroyo y por los parroquianos de las tabernas más plebeyas que se calzan el coturno y representan tragedias por todo lo alto, y no en parodia, como « El Manolo» ó «Pancho y Mendrugo», la novela de Vd. me ha interesado muchísimo. Y como yo entiendo que usted, con inspiración dichosa y arte magistral ha salvado ó vencido las disonancias y dificultades que en el tal género trágico-rufianesco me parece que hay, yo, por la virtud de su libro de Vd., desecho preocupaciones y, á fin de aplaudir resueltamente á «La Goletera», abjuro de ciertas doctrinas literarias, que, con fundamento ó no, he sostenido siempre, aunque no observado en la práctica.

Nuestro compañero Mariano de Cavia dirigió también al Sr. Reyes una carta, en que dice:

Estoy con un recrudecimiento en mis dolores reumáticos, y tengo que privarme del gusto de acompañar á los amigos, que rinden á Vd. afectuoso y justísimo tributo. Pero en espíritu con usted estoy, porque me he puesto á releer las radiantes páginas de «La Goletera», en la seguridad de que esas llamaradas de color, de pasión y de habla andaluza, me han de ser de tanto provecho como si me hallara curándome en pleno suelo y en pleno aire de Málaga.
Le admira, le quiere y le felicita, Mariano de Cavia.

El Sr. Pérez Galdós, que fue quien primero se inscribió en la lista del banquete, no pudo asistir á éste por hallarse en Toledo; pero escribió á Arturo Reyes una cariñosa carta llena de elogios, en que expresaba su vehemente deseo de que se le considerara como presente, y le renovaba su felicitación por el éxito logrado por «La Goletera.»

También enviaron cartas de adhesión los señores Mellado (D. Andrés), Dicenta (D. Joaquín), y se dio lectura á ingeniosos versos de los señores Gil (D. Rodolfo) y Limendoux.

Se recibieron telegramas de felicitación de Manuel Reina, Castell, Urbano, Díaz de Escovar (D. Narciso), Ricardo León, González Anaya, Rafael Mijana y otros.

La fiesta resultó por todo extremo agradable, como correspondía al simpático fin que la motivaba.

Un capítulo de La Goletera

Publicado en La Correspondencia de España el 1/4/1901, n.º 15.762, página 3.



Para que nuestros lectores formen idea de cómo está escrita la nuava y preciosa novela La goletera, de nuestro querido colaborador Arturo Reyes, allá va un capítulo copiado al azar:


CAPITULO VII


Paco recordaba como una pesadilla, su entrada en la cárcel; no había podido cerrar los ojos durante toda la noche; era la vez primera que se encontraba en aquel inmundo vaciadero; sus recuerdos se confundían como en un fantástico remolino; su llegada con Pedro á Guadalmedina, la soledad del sitio, el silencio de la noche, el vago temor que le sobrecogió de pronto en el instante supremo; después la rápida y casi traicionera acometida del Pipirigaña, el resuello bronco y jadeante de éste, el brillo de sus ojos, después aquel á modo de vértigo de ciega valentía, de ímpetu loco y de destreza suma que, al envolverlo, le arrebató todo temor, después el ahogado grito de ira y de dolor de su adversario al sentirse partido el rostro por la certera puñalada.

Recordaba también de un modo caótico la súbita presencia de algunos desconocidos con los semblantes entre airados y temerosos y de un sereno que, enfocándole con la luz del farol, poníale la punta del chuzo al pecho.

Veíase después camino de la cárcel escoltado por un grupo da curiosos, por el sereno que no se hubiera trocado seguramente en aquellos instantes por el vencedor de Pavía; por un guardia enclenque que, sable en mano, parecía dispuesto al asalto de una fortaleza, y por uno de la benemérita que, grave, pulcro, circunspecto, contemplaba con irónica conmiseración á aquel belicoso representante de la autoridad que parecía querer realizar aquel rancio proverbio de A moro muerto gran lanzada.

Su entrada en la cárcel causóle honda y angustiosa impresión; el centinela dormitando de pie en la penumbra de la garita; el edificio que nunca parecióle tan ruin tan sucio ni tan amenazador; la verja de madera de la portería, en la que la pintura desaparece bajo antiquísimas suciedades; el rechinar de los cerrojos; la cara estúpida del portero; el horrible hedor de pocilga de aquel ambiente envenanado, donde parecen flotar eternamente la imprecación, el rugido, el vocablo soez, las cláusulas del rencor y de la ira; la luz de cripta que iluminaba de un modo vago y somnoliento el vestíbulo, donde los cabos de vara mataban el ocio charlando de amores y crímenes y hombradas; la oficina del alcaide, donde el empleado de guardia departía con algunos presos de preferencia; el registro que tuvo que soportar, aquella cuadra mal oliente adonde fué conducido, donde roncaban y gruñían como cerdos algunos hombres sobre miserables petates, y todos los detalles en fin de su entrada en la prisión, vortijeábanle en el cerebro de un modo aterrador y fantástico.

Cuando la primera dudosa luz de la mañana siguiente llegó á él, su desesperación subió, si cabe, de punto; parecíale que aquellos muros se unían para aplastarlo y sentía una profunda repulsión hacia la chusma que discurría por el anchuroso patio, una multitud pintoresca y bullidora en la que el rapaz andrajoso y mugriento embelesábase ante el criminal envejecido que mataba el rato haciendo calcetas como cualquier respetabilísima anciana al calor del hogar y rodeada de su segunda prole; o ante el matón de gallarda apostura, arrogante mirar y pulcra indumentaria; ó ante el tosco campesino ó ante cualquier otro de los diversos ejemplares que arrojan á diario en aquel á modo de pudridero el crimen, el vicio y la insensatez humana.

Paco era la primera vez —repetimos— que encontrábase en aquel bien vigilado redil de mansísimos corderos, donde pronto hubiera tenido que pegar fuego á la Santa Bárbara de sus energías para no pagar la novatada en infamante esclavitud, si no hubiera sido por la decidida protección del Cuco de Benaque, un valentón de alternativa, al cual había tenido el alto honor y la envidiable fortuna de conocer años atrás en una francachela.

El Cuco, á la primera provocación de la chusma al guitarrista, cogió con la mayor delicadeza posible por una solapa al más caracterizado de los provocadores, y le dijo con el más dulce acento del mundo:

—Mira tú, Carambola, que este gachó tiée bula pontificia; conque á ver si lo dejamos tranquilo.

Y el veto del Cuco de Benaque fué más que suficiente para que chicos y menos chicos dejasen á Paco entregarse á sus poco gratas meditaciones.

La señá Rosario, que no había podido pegar un ojo, como es natural, durante toda aquella noche de lágrimas y desesperación, noche en que se le fué un año de existencia en cada suspiro, apenas Dios echó sus primeras claridades sobre la tierra, corrió desolada á la cárcel, acompañada de algunas vecinas que, apiadadas de su dolor, no la habían abandonado un solo momento, y cuando tras algunas eternas horas de espera pudo abrazar á su hijo, comiéndoselo á besos, tuvo por fin Paco que decirle, desciñándose dulcemente de sus brazos y en tono que quiso hacer jovial y chancero:

—Pero, madre, por Dios; que no es pa tanto; que por tan poquilla cosa no le dan á nadie garrote.

Cuando la señá Rosario se hubo por fin tranquilizado algo, le preguntó su hijo:

—¿Y ha visto usté á Trini, madre; ha visto usté á Trini?

—No; no la he visto, ni la quiero ver; esa mujer va á ser tu perdición, tu ruina; maldita sea la hora en que se mudó á nuestra vera; maldita y retemaldita, sí; maldita y retemaldita.

 —¿Y qué culpa tiée Trini de lo que ha pasao? Trini no tiée culpa de na; yo no podía comerme aquello que me dijo Pedro; aquello no se lo traga ningún hombre que tenga la vergüenza almidoná; usté no sabe los frenos automáticos que tuve yo que echarme por no darles á ustedes la esazón, y me los eché porque los hombres no deben pintarla de botonadura delante de las hembras, pero yo no podía dejar aquello asín, pa dejarlo asín tenía que comerme antes la negra honrilla, y á mí no me gusta comerme las cosas que me dañan.

A poco de haberse ido la señá Rosario á prepararle á su hijo el almuerzo, pudo por fin hablar con el guitarrista el Cuchufleta, el cual llegó á su lado con el semblante todo hecho un puro fruncimiento:

—Pos dí tú que te has creído que vienes á mi funeral, ¡chavó y qué cara! Pos ni que me hubieran hecho yá la autosia—exclamó al verlo el de las Campanillas.

—Déjate tú de bromas, que pa bromas está el tiempo con la desazón que nos has dao á tos, y sobre tó al Pipirigaña, que ahora va á tener que dejarse la barba corría y le va á achicar las rentas al barbero.

—¿Y tú, cuando te enteraste y cómo te enteraste de la cosa?

—Pos anoche mismo me enteré; como que se armó el jollín en el barrio, y me fuí á tu casa, y al ver á tu pobre vieja se me encogió el corazón y me he pasao la noche enterita mirándole el máuser y el tricornio al centinela; yo me la he pasao asín y él se la pasao pidiéndome el quién vive.

—Entonces no habrás visto á Trini.

—¡Vaya!

—¿Qué, la has visto?

—¡Vaya!

— ¿Y qué?

—Pos ná, que la gachí está más pajiza que la bayeta y espeluzná y sin haberse echao polvos en la cara tan siquiera; y mira tú que eso es más grande que el día del Señor; pos bien, sin echarse polvo en la cara y sin alisarse el pelo.

—¿Pero tú has hablao con ella? ¿Te ha encargao que me digas algo? ¿Le ha sentao mu mal la cosa?

—Pos pregúntame tú algo de una vez, chavó, y no te cortes y que no te dé fatiga.

—¿Pero no ves tú que me estoy muriendo de ganas de saber de ella? ¿Pero no sabes tú que me parece que hace un siglo que no la veo? ¿Pero tú no sabes que si ella está enojá conmigo yo voy á pedir que me maten y que me hagan trizas y que me echen luego en salmuera?

—Vamos, hombre, vamos, no seas asín; menos trizas y menos salmuera; á la Trini le importa el Pedro lo que á mí la bitácora del Alerta; y yo, que he platicao esta mañana con esa mujer; yo, que la he visto con mis propios ojos, con estos ojos que calan más que dos buzos; yo, que tengo mucho mundo y muchísima experiencia; yo, que conozco á toas las mujeres como si las hubiera parío; yo, Pepe Cantarrana y Clavijo, por mal nombre el Cuchufleta, nacío en el Perchel, de cuarenta años, sin ocultaciones, no mal mozo, con buenas hechuras y dos ternos de lana dulce, yo te digo y te juro y te rejuro que Trini la Goletera, la más bonita y la más graciosa de toítas las mujeres, está enamorá hasta el tuétano del famoso Paco el de las Campanillas, el hombre que yo más quiero de tos los nacíos y por nacer, y aquí está el que te lo dice pa lo que tú quieras mandar.

—No me digas eso, Pepe, ¡por los ojitos de tu cara! por lo que tú más quieras en el mundo; mira que oyéndote me ha nacío en el corazón una vara de azucenas; mira, Pepe, que de la alegría ya me está faltando el jalito y se me está llenando de sol el alma; mira que si aluego me salen las contrarias no digo pío tan siquiera y me muero de repente de una puñalá que me doy en la tablita del pecho.

—Pos lo que es por causa mía no tendrás tú que latimarte los pertorales, porque lo que yo te digo es la fija, porque lo he visto yo, yo que lo he visto más claro que el Solera de La Plata; tú no sabes, camará, cómo me dijo á mí esa gachí, esta mañana temprano, lo que me dijo, que me lo dijo con los ojos llenos de relampaguzas y con un metal de voz... que vaya calor, hijo mío, y vaya cosas dulces y vaya canela fina.

—¿Pero qué fué lo que te dijo?

—Pos me dijo: «Vaya usté correndito á ver á Paco; vaya usté y véalo usté y dígale usté lo que usté quiera decirle, y vuelva usté y cuéntenos usté cómo está y si necesita algo.» En fin, Paquillo, que por el  jabeque que le has pintao tú en la fila al Pipirigaña, se te está asomando la buena fortuna vestía de color de rosa.

Y cuando una hora después se hubo marchado el Cuchufleta, antojósele al de las Campanillas el patio de la cárcel el pórtico de la gloria, y la repugnante chusma, la nata y flor de los ángeles, de los arcángeles y de los serafines del cielo.

En honor de un novelista

Publicado en El Imparcial el 30/3/1901, página 2.


Amigos y admiradores del brillante novelista Arturo Reyes propónense obsequiarle con un banquete por el triunfo alcanzado con su última obra «La Goletera», en el restaurant Inglés, el lunes próximo á la una y media de la tarde.

Pasan de 60 las adhesiones recibidas por la comisión organizadora y es de esperar que aumente considerablemente el número, á juzgar por el entusiasmo que ha despertado la hermosa novela del ilustre escritor malagueño y las vivas simpatías con que cuenta el celebrado autor de «Cartucheríta.»

Las tarjetas se adquieren en la librería de Fé y en el restaurant Inglés, al precio de 7,59 pesetas.

Reseña de La Goletera



Aquella crítica literaria que desde tiempo inmemorial tenía fama de adusta y de severa ha venido poco á poco humanizándose y  haciéndose de tal suerte bondadosa y campechana, que ya no le cuadran los atributos del peso y de la espada de la pagana deidad de la justicia, sino los ubérrimos senos de la caridad cristiana que amamanta á la vez dos criaturas y acaricia todavía á otras que esperan turno. 

Solamente para la  literatura dramática suele conservar  la crítica de ahora sus severidades  judiciales; pero para los otros géneros sólo ternuras de madre, ó cuando menos mimos de nodriza, suele emplear á diario.

Juzguen otros de este estado de derecho, y si á tanto se atreven lleguen hasta el colmo de criticar á la crítica; yo no la aplaudo por generosa ni la censuro por débil, pero señalo el hecho de que no se publica  libro  alguno que no resulte una maravilla, y únicamente me lamento de que  á fuerza de echar las campanas á vuelo  por el más pequeño motivo, suenen á cascadas cuando tenemos que repicar gordo en las fiestas de precepto.

¿Qué epíteto laudatorio ó qué superlativo encomiástico de los que á diario prodigamos con tanto rumbo no está ya ajado y descolorido á fuerza de uso? 

De todo esto viene á resultar que los que no tenemos un guardarropa de príncipe de Gales, apenas tenemos ya que ponernos cuando queremos vestirnos.

Cayó en mis manos La Goletera, de Arturo Reyes, y apenas comencé á leer la descripción de la malagueña calle de Mármoles en un domingo de sol espléndido, y encantado en la contemplación de aquella fresca y luminosa acuarela me entré en la pulcra y bien oliente vivienda de Paco el de las Campanillas, me embargó de tal suerte  el ánimo la sugestión del diálogo pintoresco y gracioso de los personajes, y despertó de  tal suerte el asunto mi interés, que no acerté á suspender ni un momento la lectura del libro , y de un tirón se me metieron en el alma, para quedarse allí á vivir, las 200 páginas de la novela con todos los lances, todas las sales, todo el sentimiento y toda la grandeza que en ellas ha derramado á manos llenas la  musa popular andaluza que  á Arturo Reyes inspira.

Ni la atención se fatiga en la maraña de peripecias rebuscadas, ni el espíritu se alarma ante la tesis de terribles  problemas, ni el estómago se revuelve ante la repugnante llaga social á cuya contemplación minuciosa se la convida, como suele  acontecer en otras novelas de las que dicen que se estilan. 

La acción es sencilla y se desliza lógica y suavemente; el asunto es el eternamente joven del amor; el problema está en un concepto, estrecho, delicado, nobilísimo del honor, sentido á la española, y las pasiones que en la novela luchan tienen un sello de sincera espontaneidad y de vigor gallardo, que ni los hechos, ni las personas dejan de sernos simpáticos en su respectiva esfera. 

Con estos elementos, es cosa fácil hacer un cuento para honesto recreo de la infancia, con mayor ó menor limpieza y corrección en la forma; pero inocente y soso.

Lo que en mi humilde concepto es dificilísimo, es conseguir como Arturo Reyes lo ha conseguido, hacer una novela de primer orden que hace sentir y pensar y que así conmueve por la intensidad de sentimiento de lo que me atrevería á llamar la sustancia del asunto, como recrea y maravilla por la naturalidad y graciosísima forma de su chispeante diálogo.

A los que hayan leído ya La Goletera no quiero amargarles el gusto que de sus bellezas les queda, relatando de prisa y con palabras mías el argumento; y á los que todavía no leyeron la novela de Arturo Reyes, no quiero perjudicarles amenguando prematuramente con mi prosa el interés que el libro encierra. Léanlo, y después de  que sigan con irresistible curiosidad las acciones de Tomi y de Paco, y  lleguen á la trájica [sic] escena de éste y del Cantimplora, me agradecerán este respeto que ha  sabido guardar.

Conste, pues, que creo sinceramente que La Goletera es una de las mejores novelas que han visto la luz de algunos años á esta parte; pero como todos los elogios de puro usados van teniendo poca autoridad á priori, y los que yo le dedico, por ser míos, habrían de merecer menos crédito que ningunos, me limito á declarar mi opinión: á  invitará los lectores á que por sí mismos se  convenzan, y á invitará aquél que  con su lectura no se deleite y entusiasme á que me tire la primera piedra.

Carlos Luis de Cuenca

Reseña de La Goletera



Como Narciso Oller y Blasco Ibáñez, como Campión y otros escritores regionales, el poeta malagueño que lleva este nombre en la «república literaria» es un caso más para demostrar de qué  admirable manera, sin revoluciones ni algaradas por  puros procedimientos evolutivos, caminamos a  la descentralización en las letras. La literatura Regional triunfa y se impone; la pobre provincia, siempre desconocida y vejada, hace valer sus derechos y eleva á sus escritores á la cumbre de la fama . Desde la provincia, el escritor triunfa y alcanza honra y provecho. Arturo Reyes lo  demuestra, mejor acaso que otro alguno, porque es el más provinciano de los escritores regionales. 

No le sacarán á él de su Málaga, aunque le emplumen. Allá vive siempre, gozando los encantos de la tierra, inestimables para quien, como Arturo Reyes, es andaluz hasta la médula, observando bizarrías del Perchel y la Goleta, copiándolas en sus libros, sin acordarse para nada de que hay otro mundo y otros cielos más allá de las riberas del Guadalmedina. Y desde Málaga, desde su solar andaluz que el sol acaricia de continuo, ha hecho su reputación en labor sólida y primorosa, y desde allí consolidó su crédito. 

Un libro de versos, no tan bien conocido y elogiado como merece, de inspiración valiente y original, y las novelas do costumbres andaluzas Cartuchterita y El lagar de la Viñuela, notas de color admirables, abrillantadas por  pura luz del cielo malagueño, diéronle nombradía . En el primero, Desde el surco, presentábase  Arturo Reyes como poeta vigoroso, de hondo sentir y  honrado pensamiento; en las segundas, como observador afortunado de las costumbres andaluzas. Cartucherita y El lagar de la Viñuela son dos cuadros palpitantes  de la vida malagueña, con tipos de carne y hueso, que piensan, sienten y hablan, sobre todo, como hablan y sienten aquellos mozos ternes del Perchel y del Muelle; desde Fernán Caballero, nadie transcribió con más fidelidad los diálogos andaluces. En las tres obras resaltaba la personalidad de Arturo Reyes como artista completo, colorista de buena ley, sin retorcimientos de lenguaje ni extravagancias imaginativas, naturalista á ratos, soñador casi siempre. 

Ahora presenta al público el poeta delicado de Adúltera un nuevo libro, digno hermano de sus anteriores obras. Llegó hace poco Arturo Reyes de Málaga, con  un puñado da cuartillas en la maleta, agrupadas en veinticuatro primorosos capítulos; venía á darlas á luz en Madrid, porque Arturo Reyes sólo se acuerda de la capital de España cuando tiene que publicar un libro. Y hace pocos días ha aparecido el volumen, elegantemente editado, con el título La goletera y un retrato de mujer en la cubierta, no tan garrida y tan incitante como aquella brava moza que pinta de mano maestra Arturo Reyes en la persona da Trini, heroína da su novela. 

La goletera es otra novela andaluza, de interesante trama y primoroso diálogo, en la cual da á conocer el autor con gran fidelidad aquel pintoresco barrio de la Goleta, de Málaga, eterno campo en litigio para bravucones de oficio y albergue de las más pulidas mozas andaluzas. Los tipos de esta obra, principalmente los de Trini la Goletera y Paco el de las Campanillas, el tocaor sin rival, bravo sin jactancia, ciego de amores por la Trini, están admirablemente formados y tienen extraordinario vigor. La historia de la pasión en que las dos almas de los protagonistas se consumen sin poder realizar sus ambiciones, constituye una novela conmovedora, dramática en extremo y con páginas tiernísimas. El cuadro total, lleno de luz y de color, da notable relieve, es bellísimo y del más puro sabor andaluz. 

Con La goletera alcanzará Arturo Reyes un nuevo y justo éxito. Espíritus mezquinos censurarán acaso la lucha de los  bravos á navajadas, aunque el autor ni la deprime ni la ensalza, limitándose á copiar la realidad tal como es; pero los críticos de recto é imparcial criterio elogiarán la obra. Y con el sabor de los elogios en la boca y el orgullo legítimo del triunfo, Arturo Reyes volverá da nuevo á Málaga, envuelto en su capa andaluza, á  trabajar otra vez con su nunca decaído entusiasmo de artista sincero, y á preparar la victoria de mañana...


LEON ROCH.

Reseña de La Goletera


En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido contra los hombres y las mujeres de la ínfima plebe, que calzan el coturno, que se muestran poseídos de las pasiones y sentimientos más sublimes, y que vienen á ser dignos personajes de verdaderas tragedias y no de aventuras picarescas como en Rinconete y Cortadillo, ó de parodias como El Manolo, El Muñuelo, Inesilla la de Pinto y Pancho y Mendrugo. Y no porque yo crea que el concepto de las virtudes más altas y la capacidad enérgica de ejercitarlas requieran educación esmeradísima y largos estudios. Por fortuna, para saber de ciencias es menester acudir á las aulas ó leer muchos libros; y para percibir, juzgar ó crear la belleza artística, sin extravíos de mal gusto, se requieren también preparación y enseñanza; mientras que para el conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas necesita nadie devanarse los sesos.. En la sociedad cristiana y culta de nuestros días, casi parece infuso, innato ó intuitivo dicho conocimiento. Bien podemos decir con el gran dramaturgo:
A ciencias de voluntad
les hace al estudio agravio.
Y, sin embargo, si se persiste y se toma como por sistema el que muchachas criadas en el arroyo y parroquianos de las más infectas tabernas de los barrios peores, resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valentía heróica, de sufrimiento estóico y de cuantas son ó pueden ser las excelencias morales que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al extremo de imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la elegancia y la riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones, y que para ser moralmente bien estimados es menester estar ó bajar al nivel posiblemente más próximo al estado salvaje en nuestra refinada civilización del día. De esta suerte, á fuerza de querer ser demócrata y filántropo, puede el escritor caer en el error de ser retrógrado.

Hay también, en las novelas tabernarias, adornadas con las más exquisitas sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara vez vencida: combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar é inculto, con un estilo elevado, apto para expresar los sentimientos más delicados y nobles. Y como esto rara vez se consigue, resultan los diálogos llenos de amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar de lo expuesto, como doctrina general, contra la cual he pecado yo también, dejándome llevar de la corriente al escribir algunas novelas, me complazco en declarar aquí que me han entrado ganas de retractarme y de abjurar de la doctrina general mencionada al leer La Goletera, de D. Arturo Reyes. Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven malagueño, así por sus bonitas poesías, como por sus graciosos cuentos en prosa, y por sus novelas Cartucherita y El lagar de la Viñuela

Su última obra, La Goletera, viene, en mi sentir, á confirmar su buena fama de novelista alcanzando para él diploma y título de escritor excelente. 

Trini, su heroína, se parece, no por imitación, sino por coincidencia, á la dama de Calderón, en la comedia titulada No hay cosa como callar; pero Trini es más noble, más amorosa, más real y más humana que la dama de Calderón. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por arte admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis miquis primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.

Como la dama de No hay cosa como callar, Trini ha sido víctima de la violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la dama, si Trini no concede su amor á ningún otro galán, por considerarse deshonrada, todavía es muy superior á la dama, porque se enamora de otro y lucha con su ardiente pasión y finge desdeñar á quien la adora y de quien ella está prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires, donde ha pasado años y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar su falta, casándose con Trini; pero ésta no es como la dama de Calderón, que acepta al burlador por marido, porque sólo piensa en restaurar su honor y porque no ama á nadie. Trini ama á otro y rechaza al burlador, que no le inspira amor, sino repugnancia. El hombre que ama á Trini es excelente y muy celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engañarle. Y Trini no puede unirse con él, mientras viva el hombre que la burló y bajo cuya mirada se moriría de vergüenza.

Los casos y lances por donde llega el autor á resolver este conflicto, no pueden ser imaginados ni presentados con mayor naturalidad, verosimilitud, interés creciente y pasmoso ingenio. El amante, misteriosamente amado por Trini, sabe que ella le ama, y sabe su deshonra y quién ha sido la causa de ella, todo por una involuntaria revelación de la misma Trini, la cual estaba decidida á callarse, aunque la matase el silencio, para no ocasionar una lucha sangrienta entre los dos rivales, valerosos y poco sufridos ambos. La revelación, una vez hecha por medios verosímiles, ordenados con exquisito arte, hace inevitable el conflicto. 

Los dos rivales salen al campo y riñen á puñaladas. La riña está vigorosamente descrita. Muere en ella el burlador, que en los últimos momentos y escenas de su vida se ha mostrado generoso y simpático. Así termina la novela. Aunque el autor no lo dice, y hace bien en no decirlo y en terminar donde termina, el lector puede suponer que, no castigado por la ley, porque su rival moribundo dice que su matador ha sido otro, cuya negra traición ha causado la riña, el vencedor y amante de Trini se casa al fin con ella después de haberla vengado. 

Toda la narración, los diálogos ingeridos en ella, y los varios incidentes, que aquí se omiten y que de un modo tan magistral y tan hábil llevan al desenlace, interesan, conmueven y se apoderan con tal hechizo del ánimo del lector, que de seguro no deja el libro hasta que acaba de leerle.


J. V.