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viernes, 8 de febrero de 2013

Juventud

Publicado en:  Mundo gráfico. 2/11/1911, página 9.

Juventud

¡Oh, dulce juventud, quién no te ama;
quién cuando lo ha perdido no te llora;
quién tu luz esplendente, quién tu aurora
al llegar á la tarde no reclama!
 
Torna á mí ¡oh, juventud!, ven y derrama
de nuevo en mí tu luz deslumbradora;
ven, que mi triste corazón te adora;
ven, que mi triste corazón te  llama.
 
Sienta yo en mí tu boca de rubíes,
tus dulcísimos labios carmesíes
cual pétalos de rosas en capullos.

¡Oh, boca de carmín, llena de olores;
oh; boca de carmín, llena de flores;
oh; boca de carmín llena de arrullos!



ARTURO REYES

Romance morisco




Por la Puerta Tolaitola
penetra Almanzor, al frente
de sus taifas de andaluces,
de sus rudos bereberes,
de sus hábiles arqueros,
de sus ágiles jinetes
berberiscos, que acaudillan
sus bravos almocademes.

Por la Puerta Tolaitola
avanza, y al sol que hiere,
cual con centellas de oro,
sus huestes, brillan sus huestes;
brillan sus ricos liwaes;
sus trompetas relucientes;
los ondulantes penachos
prendidos en los bonetes;
las resonantes lorigas;
los nevados alquiceles;
las marlotas recamadas;
los vistosos gallardetes;
las bandas y las preseas,
del amor, dulces presentes;
y en las picas, enhestadas
de los bárbaros zenetes,
cien cabezas de rumíes,
que aun en sus ojos retienen
la última y rencorosa
mirada que ni aún la muerte
pudo borrar; y tras ellos,
destrozados los arneses,
pero tan fieros y altivos,
y tan en alto la frente,
que más que los derrotados
los triunfadores parecen,
caminan los prisioneros,
los indómitos leoneses
y los indómitos vascos;
los que no quiso la suerte
contraria, que sucumbieran
al hierro de los infieles
que arrasaron sus castillos,
que destruyeron sus mieses,
que sus templos profanaron
y osaron á sus mujeres.

¡Gloria á Almanzor! grita el el pueblo;
y ¡gloria! gritan, al verle,
en las blancas azoteas,
en los altos minaretes
y en las verdes celosías
de los áureos agimeces,
labios, al beso propicios,
labios que flores parecen.

¡Gloria á Hagile! todos gritan;
mas todos, al par, advierten
que nada del gran caudillo
desfruncir logra !a frente;
nada su faz ilumina,
nada su espíritu enciende,
nada acaricia su pecho,
nada su pecho divierte,
y en vano la gente grita
y en vano bulle la gente,
y en torno suyo lo aclama,
que ser dichoso no puede
en tanto suya no sea
la que sus ojos suspende
con los suyos melancólicos,
en los que el sol resplandece;
que cual [ilegible] la rama
es flexible, la que tiene
la esbeltez de los juncales;
aquella en la que florecen
dos nítidas azucenas
en el seno; la que puede
hacer llorar á la aurora
de envidia; la que se mueve,
al andar, cual la gacela;
la hija, en fin, del que defiende
la frontera del cristiano,
en la margen siempre verde
del Tormes; por la que diera
gustoso cien y cien veces,
de Córdoba sus palacios,
de Medina, los vergeles;
las bellas, gala y orgullo
y ornato de sus harenes;

sus aceros más preciados;
sus armaduras más fuertes;
sus más ricas tunicelas;
sus más bellos martinetes;
sus, del huracán hermanos,
rapidísimos corceles;
y es tanto su amor, que diera
por posar su labio ardiente
sobre sus labios de grana,
hasta el polvo que contiene
el rico cofre esmaltado
con ricas piedras de Oriente,
donde el polvo recogido
por sus fúlgidos arneses
en lides cien, atesora;
polvo que guarda y que quiere
derramen sobre su cuerpo
cuando su cuerpo ya entierren.

¡Gloria á Almanzor! gritan todos;
y ¡gloria! gritan al verle
tras las verdes celosías
de los áureos agimeces,
labios, al beso propicios,
labios que flores parecen.

ARTURO REYES

Los exámenes de la Academia de Declamación de Málaga




La Prensa malagueña se ocupa con excepcional y caluroso elogio de la velada de exámenes celebrada por la Real Academia de declamación, de Málaga, que dirigen desde hace veinticinco años el veterano actor señor Ruiz Borrego y los escritores Arturo Reyes y Narciso Díaz de Escovar.

Este año se han examinado cincuenta y tres alumnas y treinta y seis alumnos, escogiendo entre unas y otros los que habían de tomar parte en la representación de las aplaudidas obras Canción de cuna, La fuerza bruta y Teatro feminista.

Se han revelado actrices y actores que han de suceder en la escena á las discípulas y discípulos del Sr, Ruiz Borrego, que como Rosario Pino, las Gambardellas, Celia Ortiz, Concha Constans, Anita Adamuz, las hermanas Méndez, Carmen Díaz, Pepe Santiago, Martínez Tovar, Enrique Nadas y tantos otros dieron relieve al maestro y al Centro artístico donde estudiaron.

En Canción de cuna se distinguieron Victorina González, Teresa Alcaide, que logró una ovación; Elisa Parejo, que es ya una verdadera actriz; Piedad Gavilán y el redactor de La Unión Mercantil Sr. Cortés, que hizo un médico muy concienzudo y bien estudiado.

En La fuerza bruta aparecieron como artistas de porvenir Elisa Méndez, Adela Calderón, Mercedes Moreno y Pepe Cotilla.

La clase de baile terminó el espectáculo, consiguiendo no pocos aplausos y enhorabuenas para su profesora, Dª Ana Martín.

Es triste pensar que esta Academia, que es hoy la primera en España y de la que el HERALDO se ha ocupado en extensos artículos, no cuente con la más pequeña subvención y á veces los profesores tienen que cubrir los gastos de su propio bolsillo.

Cielo azul




Nos hemos sentado á la mesa con los albos y finísimos manteles reservados para los suculentos banquetes del espíritu, y nos ha sido servido el mayestático condumio que supone la última novela del fecundo poeta y novelista andaluz Arturo Reyes.

Ahitos y empalagados por la bazofia nociva que á diario nos sirven los hosteleros del erotismo dominante en sus inmundos bodegones, con sus platos de latón y sus cucharas de palo de escoba, porque hasta el humilde  boj se resiste al acarreo de estas comidas que levantan el estómago, estos otros manjares sazonados con las sabrosas y sanas especias que el arte y el talento verdaderos brindan con prodigalidad nos saben á gloria, y después de una apacible digestión nos nutren el entendimiento y nos fortalecen el ánimo.

Cielo azul es una preciosa novela, acaso la mejor, la más pensada, la más sentida, la más cuidada que ha salido de la pintoresca pluma del laborioso vate andaluz, sin dejar de tener en cuenta, muy cariñosamente, su  primera y primorosa obra Cartucherita, que le abrió las puertas del templo de par en par.

La fábula y la trama de esta novela de Arturo Reyes son sencillísimas; pero los caracteres de sus tipos son de una firmeza brava, y estos tipos de una traza de robusta realidad y de un vigor vital imponderables.

Como todas las novelas del mismo autor, está cuidadosamente escrita y dialogada.

Estos diálogos, que quizá son el fundamento de la bondad literaria que tiene Cielo azul, están escritos con esa dicacidad privativa del pueblo malagueño que Arturo Reyes sabe reflejar con veracidad suprema.

Novelas como esta que nos ocupa ya pueden comprarse, leerse y conservarse...

Nosotros nos quedamos con la mesa puesta y muy bien dispuestos á devorar el próximo banquete, que no ha de hacerse esperar seguramente, porque hay pocos literatos tan trabajadores como este feliz novelista malagueño.

Cielo azul




Arturo Reyes da en el pleonasmo de llamar á su último libro Cielo azul (novela andaluza). Andaluza es hasta  las cachas, y huelga el subtítulo; y amena, deleitosa y de interés, al punto de superar á Cartucherita y á El lagar de la Viñuela, cuando no en intensidad dramática, en emoción de poesía y de sencillez.

El ilustre autor malagueño ha llegado á una madurez de producción sazonada, serena y fuerte. Aquellas desbordantes páginas, verdaderas lujurias de retórica, que hacían tan difusos los relatos y las fábulas tan obscuras, han adquirido castidad y transparencia. La poda del estilo vigorizó el sarmiento emocional, y desembarazada la manigua, las figuras se ven mejor. Algo y aun algos de manigua queda; pero la gracia natural, sin postizos ni afeites de rebuscamiento, que tiene el garbosísimo diálogo de Cielo azul consiéntenlo sin gran enojo.

Cuanto á los tipos novelescos, tienen el realismo más poético y, por lo tanto, más real—¡agarrarse, Gustavos Planche y Saint-Beuves de café con media!—, por la razón sencilla de que son menos burdos y más amables y de que en ellos, como pide Sheelly, hay bondad y verdad, y por consiguiente poesía. Sola y Cristóbal, más rotundos aún que La goletera y que Cartucherita, tal vez son menos pintorescos, pero sin duda son más humanos. La narración, viva y caliente, no despide las tufaradas trágicas de un andalucismo demodé en su sombrero da catite, sino el perfume íntimo y noble de la delicadeza espiritual.

Afortunado más que nunca, Arturo Reyes pinta un Cielo azul, sin duda menos rutilante que el de las etiquetas del ojén; pero tan hondamente evocador como el que encubre la epopeya en Gibralfaro y la égloga en al valle de los Galanes. No estamos ya en la Andalucía de cromo de Gutiérrez de Alba y de los hermanos Valdelomar, sino que estamos en camino de la Andalucía espiritual de Fernán Caballero, de Alarcón, de Valera y del preclaro duque de Rivas y confinando con la Andalucía habladora del Solitario y de Moja y Bolívar.


El abate Marchena.

Cielo azul

Publicado en Nuestro tiempo el 4/1911, n.º 148, páginas 155 y 156.

Con decir que esta novela es una de las más bellas producciones de su afamado autor, quizá habría dicho, en cuanto á la alabanza, lo más justo y expresivo, pero seguramente quedarían incumplidos mis deberes en esta sección.

Arturo Reyes, ya en otras ocasiones lo he manifestado, es uno de los más verídicos escritores regionales, y, entre los muchos méritos que ostenta, no es este el menor ni menos digno de estima. Hay escritores regionales á los que ciega la pasión local, hasta el punto de no ver... ó no querer ver, en su tierruca sino paraísos acabaditos de hacer, con Evas y Adanes para los que no ha de forjarse nunca la espada del ángel; hay otros, otros escritores regionales, cuyas obras no están hechas sino con vistas á la exportación y con arreglo á la demanda exterior. Claro está que éstos son mucho más vituperables que aquéllos, aunque todos cometan el feo pecado de faltar á la verdad á sabiendas. La falsedad de los primeros obedece á un exceso de amor propio y de amor á su país; son desdeñables, sin embargo, aunque en el desdén vaya mezclada la benevolencia.

La falsedad de los segundos tiene sencillamente algo del beso de Judas; venden á su país por un determinado pedido de ejemplares de sus libros; merecen que se les menosprecie, sin atenuaciones...
Recuerdo que encontrándome una vez en una población francesa, me llamó la atención el escaparate de una tienda de objetos vistosos. Había allí mucho encarnado y mucho amarillo; parecía un relampagueo de la bandera española. Me fijé. Había, allí, en efecto, una porción de objetos de asuntos españoles, en abanicos, panderetas, petacas, fosforeras, acuarelas y hasta cuadritos al óleo. ¡Qué asuntos, por Santiago! ¿Necesito decirlo al lector cuáles eran? ¿Acaso no los ha visto él diferentes veces? Pero lo peor es que los objetos en que tales asuntos se representan son de fabricación española, de artistas (!) españoles.

Me indignó el escaparate, pero no tanto como no pocas obras literarias regionales, que si son muchos los franceses á quienes ese y otros escaparates por el estilo hacen pensar que España no es sino una inmensa plaza de toros, son muchos los españoles que creen, por ejemplo, que en Andalucía no hay sino juergas y colmados, y que los andaluces son unos individuos que se pasan la vida pasando el rato.

No es esa la Andalucía, porque no es verdad, que nos pinta Arturo Reyes.

Hay, si, en su Cielo azul, bromas y cantos, donaires y alegrías; hay también algún personaje para quien la vida es pasar el rato; pero hay al mismo tiempo seriedades y lágrimas y tristezas, más aún, el alma del libro es de una infinita amargura. Desde la primera escena de la despedida del protagonista de su novia, escena idílica, llena de natural ternura, hasta el regreso del mismo, moribundo, minado por cruel enfermedad, después de haber tenido un momento de triunfo, seguido de interminables horas dolorosas, en la capital, hay en todo el libro una corriente de melancolía, de desesperanza, de nuncios de fracaso, que hace encogerse el corazón hasta cuando se ríen los labios. La escena final, bellísima, más que bellísima, una escena que no vacilo en reputar por una de las más grandes inspiraciones literarias, es de una intensidad desgarradora... Cristóbal, que salió de su pueblo, sano y gallardo mozo, dejando allí sus sanos amores, encarnados en garrida y enamorada moza, para marchar á Málaga por imperativos económicos, vuelve á su hogar, herido de muerte en el cuerpo y en el alma. En Málaga, los inesperados triunfos de su garganta privilegiada y los coqueteos de hermosísima razonadora, hiciéronle olvidar poco á poco á su paisana. Ésta, á su vez, olvidada ya del todo por el ausente, ha encontrado quien le sustituya en su corazón, que si amor con amor se paga, justo es que suceda lo contrario. Herido al fin en el alma, por la coqueta, herido al mismo tiempo en el cuerpo por la tisis, Cristóbal vuelve, ó más bien es vuelto á su lugar por sus congojados padres. Va á morir, y tiene un supremo anhelo. Quiere ver, antes de su muerte, á la que fué su novia, y quiere verla en el mismo lugar en donde se despidió de ella. La moza accede, es buena, generosa, y no quiere negarse al deseo de un moribundo. Celébrase la cita; acude ella llena de vida; le llevan á él, porque es ya un cuerpo que no puede moverse. ¿Qué pasa en aquellos momentos? Nada, no pasa nada. Es decir, pasa mucho, pero es callado, es interior, pasa en las almas. Míranse unos instantes los dos jóvenes, no se hablan, se despiden con un musitado adiós; pero en el alma de él ha entrado todo el horror del absoluto vacío; de la de ella se ha enseñoreado por completo, con sentimiento cruelmente egoísta, pero legítimamente humano, la imagen vigorosa del que sustituyó á la sombra que se aleja...

No es ésta, sin embargo, la única escena que acredita el talento de Arturo Reyes; muéstrase también aquél en otras de diferentes géneros, y en la presentación de personajes, tomados todos del natural, con mano maestra.

Es una novela admirable Cielo azul.

Asociación de publicistas

Publicado en: El Heraldo de Madrid. 3/3/1911, página 3.

El entusiasmo de los publicistas españoles por la Asociación que al unirlos habrá de dignificarles moral y materialmente y en plazo próximo, es mayor y más elocuente cada día.

Los más altos prestigios de la ciencia, de la literatura y del arte envían adhesiones calurosas, testimoniando la eficacia de tan noble idea.

La Prensa toda de Madrid y de provincia le presta su resuelto apoyo; el Gobierno está decidido á ampararla como instrumento de cultura, factor esencialísimo del gran problema nacional y la actividad de la Junta directiva resolverá en plazo brevísimo todo la referente á la administración, librerías, ediciones, bibliotecas populares, propaganda, exclusiva para provincias y para América, etcétera, etc.

A las delegaciones provinciales constituidas ya hay, que agregar las de Salamanca, bajo la presidencia de D. Miguel de Unamuno; Zoragoza, presidente, D. Rafael Pamplona; Oviedo, presidente, D. A, Núñez de Diego; Málaga, presidente, D. Arturo Reyes; Zamora, presidente, D. Francisco Antón, y Toledo, presidente, D. Arturo Garcés.
 
Entre las adhesiones recibidas últimamente figuran las del ministro de Fomento, don Rafael Gasset, y las de los Sres. Altamira (don Rafael), Armada (D. Arturo), Aitolaguirre (D. Fernando), Alcalá Martínez, Alderete, Arpe, Alonso Rodríguez (D. Antonio), Buylla (D. Adolfo), Bullón (D. Eloy), Baselga (don Mario), Blas y Ubide, de Berrueta (D.Juan y D. Marún), Casiro (D. Juan de), Casadesús, Castillo (D. M.), Corujedo, Camino, Camacho (D. Tomás), Díaz Caneja, Dorado Montero, Estrañi (D, José), Fernández y González, Ferrándiz Pozo (D. José), García Ladevese, Gómez de la Cruz, Guijarro, Guerra y Alarcón, Gras (D. Rafael), Ibarra (D. Eduardo), Iglesias (D. Raimundo), Juste (D. Albinio), López Orense, López Alonso, Mártínez (D. Ramón), Martín Guix (D. Enrique), Martínez Falero, Moyano, Maldonado (D. Luis), Novo y Colsón, Navarro Baltrán, Navarro Pérez, Ontañón, O'Shee, Pinilla (D. Cándido y D. Hipólito), Quijada Valdivieso, Ruiz Alcázar, Royo Villanova (D. Antonio y D. Ricardo), Redondo, Risco, Romano (D. Luis), Sangro y Ros de Olano, Salillas (D. Rafael), Said Armesto, Sastre, Soler, Torromé (D. Rafael), Toledo, Trapiello, Valenzuela, Villa (D. Santiago), Villanueva, Verdes Montenegro (D. José), Zancada (D. Práxedes) y Zozaya (D. Antonio y D. Luis).
 
En el domicilio social (Sevilla, 4 y 6; teléfono 3.210; apartado de Correos 489) se reciben las adhesiones y se facilitan los Estatutos, fichas de catalogación y cuantos datos necesiten los escritores y corresponsales.

miércoles, 6 de febrero de 2013

En honor de dos novelistas




MALAGA. (Miércoles, noche.) En el Paraninfo del Instituto se han reunido los literatos y periodistas y representantes de diversas Corporaciones.

Acordaron organizar un solemne homenaje en honor de los novelistas malagueños Arturo Reyes y Ricardo León, que acaban de obtener el premio Fastenrath.

El homenaje coincidirá con las fiestas de agosto.

El acto fué presidido por la poetisa y directora de la Escuela Normal, doña Suceso Luengo.

Asistió á él D. Luis de Armiñán, que se ofreció calurosamente.

Se le nombró secretario de la Comisión de Madrid, que formarán los diputados y senadores malagueños.

La Comisión malagueña rstará presidida por el poeta Sr. Díaz de Escovar.

Será secretario de ella el novelista señor A. Urbano.

Se acordó telefonear á Ricardo León y dejar tarjeta en casa de Reyes.

Homenaje á dos malagueños




En los salones del Instituto provincial se ha celebrado una reunión, presidida por el director general de Obras públicas.

Concurrieron representaciones de todas las entidades y Corporaciones de Málaga con objeto de organizar un acto de homenaje á los ilustres escritores malagueños Arturo Reyes y Ricardo León, por sus méritos literarios que habían merecido tan señaladas distinciones en Madrid.

Acordóse celebrarlo el próximo mes de Agosto en el teatro de Cervantes, nombrando Comisiones de Málaga y Madrid, encargadas de la organización.

Acordóse enviar un telegrama á Ricardo León y dejar tarjetas en el domicilio de Arturo Reyes.

Acuden numerosos amigos á rendirle homenaje.

Cielo azul, novela andaluza




Arturo Reyes ha dado á luz esta nueva novela de costumbres andaluzas. Y más aun que de costumbres, de ideas, de sentimiento, de alma andaluza.

El autor de Otoñales y Cartucherita sigue cual Anteo abrazándose á su madre la Tierra (la tierra andaluza en este caso) para cobrar fuerzas en la lucha con la forma por la conquista de la inmortalidad literaria.

Con excelente acuerdo, y puestos los ojos en la gloria del inolvidable Pereda, hace regionalismo en poesía rimada y sin rimar; y peñas arriba camina cada momento má en vísperas de ser el pendant malagueño del incomparable novelador santanderino.

Como en Carchuterita se narran las andanzas de un torero, en Cielo azul se cuentan las de un cantaor de tronío.

Nació en la sierra, y mecida su cuna al arrullo de los ruiseñores campestres, de ellos aprendió los cadenciosos y tristes gorjeos de sus soleares y guajiras, y por el parentesco de su privilegiada garganta con la de los alados amigos de sa niñez, de ellos también recibió el remoquete y nombre de guerra: El Ruiseñor.

De la sierra trasládese á la capital. Y sus azarosos triunfos en ella, como artista y como niño pinturero, y el calvario de un amor no bien correspondido, y el desmoronamiento de una tisis galopante, integran el contenido de las 312 páginas del volumen.


Hemos extractado el argumento y no hemos hecho nada, porque el argumento no es en este caso sino el pretexto de la novela, el cañamazo, en el cual, con hilos multiculores, se borda un paisaje de luz y de color vivificante; de cielo azulado y mar turquesa; de jardines frondosos y patios como jardines. Sólo que en esos jardines, como canta la copla

En el jardín de amor
ten por sabido,
la flor que más abunda
es el suspiro.

En la novela, aun antes que en el drama contemporáneo, se ha verificado una evolución radicalísima. Antes, en la poesía épica como en la dramática, lo principal, lo determinante era la acción, y de ahí los nombres épico, del verbo griego pieio, que significa hacer y dramático, del verbo drin, que también vale lo mismo que hacer. De ahí que el interés y precio de los poemas, novelas y comedias se cifran en la trama enrevesada y compleja, en lo estallante de las peripecias y en lo inesperado, asombroso y aun mágico de los desenlaces, ya bélicos (rara vez), ya espantablemente catastróficos.

Hoy, al contrario, la acción suele ser simple: cabe en un papel de fumar. Se han desterrado las peripecias: nadie tiene que reconocer á nadie, ni encontrarse á deshora; y gracias á reveladores medallones ó lunares ó antojos hizo su hermano de los que largos días considera extraños y aun enemigos. El desenlace se columbra desde el principio.

Poco, pues, ordinariamente, hay que decir del argumento de las novelas modernas, nacionales y extranjeras. Del de Cielo Azul, sin embargo, hemos de consignar usa alabanza. Todos los amores de esta obra son perfectamente honestos, y los hombres y mujeres que intervienen, honrados, dándose por el pie á la vulgaridad francesa del menage á trois.

La enjundia de Cielo Azul está en la descripción de escenas y en mucho de psicología popular; pero sobre todo y ante todo en el colorido y en el lenguaje. Nos da la sensación del álbum de un paisajista insigne, confirmándonos en la opinión aventurada por Rene Bazin, conforme á la cual cada novelista es un pintor; Bourget, pone el preopinante por ejemplo, pintor de interiores; Pierre Loti, paisajista; Anatole France, retratista; Prevost, admirable pastelista y acuarelista.

La descripción de la floresta ribera del río y á vista de la vía férrea, musicada por las oropéndolas, perforado  por los botones reventantes y por al aire que traía efluvios de los naranjales, esa floresta, donde se despiden
El ruiseñor y María Rosa, puede servir de modelo.

Como el hondilón del tío Juan, al clarear el día, con los parroquianos trasnochadores ó madrugadores. Como el ventorro de Rosarito la de los claveles, ó el patio y fiesta de los Torrijos, ó la plaza de toros (el público), ó la figura y persona de Paco el Cartagenero y Lola la Golondrina.

El lenguaje es inimitablemente andaluz. No por el ceceo, ni por las jotas, ni por las palabras mal pronunciadas, sino por las metáforas, por los sentires...

Todos los capítulos finales, en los que se va viendo al Ruiseñor que, paralelamente á los pedazos del pulmón, va perdiendo los del alma en afectos que parecen más sinceros, y que huyen espantados ante la ruina de su cuerpo como pájaros frente al hosco y ridículo pelele, es de una intensidad emotiva, extraordinaria y entran en un orden de belleza sentimental más alta que el de los dibujos exactos y diestramente coloreados.

Hemos de ser totalmente sinceros. No se puede poner veto moral á Cielo Azul, pero tampoco debe entregarse en todas las manos, lo cual, por otra parte, puede decirse de todas las novelas...incluso de las de Pereda.


MARCIAL.

Sangre gitana




El recientemente laureado poeta Arturo Reyes firma la novela que en su último número publica la notable revista «El Cuento Semanal».

Se titula «Sangre gitana», y la escena se desarrolla en Andalucía con todo el sol de la tierra, floridas rejas, rasguear de guita[r]ras y «cante hondo».

Del estilo no hay qué hablar, tratándose de tan brillante colorista.

Resulta un número interesantísimo, á cuyo interés ha contribuido, en no escasa proporción, Vázquez Calleja,  el notable dibujante, que ha hecho para el cuento de Reyes unas ilustraciones primorosas.

Los Zarcillos

Publicado en: Por esos mundos (Madrid). 1/2/1911, página 30 a 33.

Dolores, tras arreglarse delante del espejo con dedos hábiles los rizos de su blonda cabellera, se colocó entre ellos un rojo clavel de Bengala y se dirigió, con paso gallardo y rítmico, hacia donde tenía la cesta de la costura.

Y sentádose que hubo, no sin arrojar antes una mirada por el entreabierto balcón en la, á la sazón, calle desierta y soleada, y cuando á continuar se disponía su trabajo, asomándose á la puerta de la habitación la seña Currita la Bigotona, la preguntó, con voz zalamera.

—¿Se puée pasar, Dolorcita?

—A ver si viée mi Antonio y la coje á usté aquí, y si la coje vamos á tener que emigrar usté y yo á las Pampas Argentinas.

— ¡Cá!...No me coje;lo acabo de ver al pasar en la taberna del Cuco, jugando al dominó con Periquillo Canales—,dijo, penetrando en la habitación la señá Currita, hembra de más de sesenta navidades y de vientre y caderas imponentes, la cual, sin previa invitación, se apresuró á hacer crujir uno de los sillones de caoba, forrados de cretona, que decoraban la habitación, bajo su imponente balumba.

— Pero es que ya sabe usté que él no quiée verla á usté por aquí, y yo no quieo tampoco que me busque usté una esaborición, sin comerlo ni beberlo; ¿usté se entera bien de lo que yo á usté le digo?

— Pero, si no viée, mujer; ¿si yo creyera que pudiera venir ahora, y no lo hubiera visto aónde le he visto, crees tu que yo hubiera venío? Pos si le temo yo más á ese gachó que á un retaco sin seguro.

—Pus por si ú por no, lo mejor que jase usté es izar el ancla y poner proa á la mar, y además que estoy esperando á mi madre, y ya sabe usté que mi madre también la tiée á usté una miajita de manía, porque como la pobre es tan supersticiosa...¡y no hay una sola vez que usté venga que no mos pase algo malo! Mire usté, la última vez que usté vino, no había usté Jecho más que salir y se mos pegó el puchero.

— Vamos, mujer, á ser una miajita menos lunática, y sobre tó, que si yo he venío hoy no es por platicarte como tú te crees de Joseito el Barrilero, sino pa que veas un par de zarcillos que ya quisiera lucir la de más ringorrango; como que los rematé esta mañana en las Lagunillas, y en cuantito los rematé, me dije yo pa mi:

—Lo que es este par si que merecían lucirlo las dos orejas más invisibles que ha puesto Dios en el barrio.

—¿Y eso de las orejas invisibles, lo dice usté por las mías?

—¡Digo!, ¿puspor quién va á ser, si no por ti? ¿Qué jembra hay en toito er mundo que tenga dos anises por orejas?

—Vamos, menos anises, y enséñeme usté ya de una vez esos zarcillos.

—Sí, pero no te vayas á afertar mucho al verlos, y sea cosa de que te vaya á dar un desmayo.

Y la señá Currita, ocultando su mano en su seno y tras rebuscar durante casi un minuto, sacó un pequeño estuche de badana que entregó á la costurera.

A esta le chispearon de codicia los hermosísimos ojos, al ver brillar sobre el fondo de terciopelo del estuche los ponderados zarcillos— dos ópalos entre dos á modo de grecas de pequeñísimos diamantes.

—¡Qué requetebonitos que son! — Murmuró con voz trémula, y después, tras dejar  escapar un resonante suspiro, cerró bruscamente el estuche, que devolvió á la vendedora, diciéndole con voz apagada:

— Eso no es pa mi, señá Currita; yo necesitaría, pa compar eso, perder jasta las pestañas cosiendo desde ahora jasta que güelvan los Reyes Magos.

— ¡Cá, tonta! ¿No comprendes tú que tratándose de ti yo te los doy como tú quieras? Tú suponte que si tú los quieres, te los doy en quince duros y, además pa que me los pagues cuando á tí le de la repotentísima gana, y eso si es que no quiées tú que me los pague un pajarito verde que no jase más que piar por ti encimica de tu alero.

—¿Cuándo he visto yo arrejuntaos quince duros?—Dijo, haciéndose la sorda á lo del pájaro verde, la muchacha.

—Pos en cuantito digas tú pío, ties tú, no digo yo quince duros, sino quince mil y un automóvi en la puerta; ¡pos apenaas hay güenos mozos, con más rentas que el gobierno, eseandilo que tú los entornes un párpado tan siquiera!

—¿Vé usted?—Dijo Dolores, poniéndose grave—. Por esas cosas no quiée mi madre, ni quiée mi Antonio que entre usté aquí, ni de noche ni de día, ni entre dos luces, serrana.

— Porque dambos están en el limbo, porque, miá tú, yo no he sio nunca mala, y no quieo yo que la más honra me lleve á mí ni una raya tan siquiera: pero es que las probes no poemos tener retantísimos repulgos pa con las cosas: porqué es que no puée ser, porqué no se puée vivir del trabajo, y sino vamos á ver, ¿qué ganas tú despestañándote como tú dices,desde que amanece hasta que sale la luna?

 Cuatro ó cinco reales á tó lirar, y tu hombre, según tú misma me has contao, cuando está como ahora viviendo de rebusco, no llega ni á dos pesetas lo que gana, ¿no es asín? Bueno, pos supongamos que ganan ustedes entre dambos doce ó trece reales diarios; ahora bien; pa medio merendar tres presonas que seis, se gasta cuasi las tres pesetas, y si no, ajustá: un pan por lo menos, cuatro pachonas, y dos de azúcar y una de café son siete, y tres de aceite son diez; y cuatro del puchero, y dos de pescao,y un rial de huevos de los que cuando se cojen cacarean, y una perra de jigos brevales, ya tiés dos púas, y ahora agrégale á eso un rial de petróleo y otro rial de casa, y pón un rial de tabaco y otro de afeitao y de una copa que se tercie, y ya tienes toito lo que entre dambos ganais, y ahora pa jabón y pa medicina y pa comprar un peine ó un par de zapatos ó una vara de percalina, ó roban ustedes, ú se mueren y revientan en un rincón, y tan y mientras que tú, que debías estar engarzá en oro, vas con la camisa con más zurcios que tiée cocos un potaje de lenteja, y con dos ligas que serán dos cuerdas pa el pelo, fíjamente y no sabrás, lo que es descansar en un colchón de lana ni lo que es llevarse un durce á la boca, tan y mientras, otras que no valen lo que la caspa que tú te quitas, esas van por ahí en coche y con vestíos de sea y con arracás de diamantes goliendo á gloria bendita.

Las palabras de la vendedora pusieron meditabunda a Dolores; lo que aquella estaba diciendo era la verdad, la santa verdad; lo mismo habíase dicho ella muchas veces al buscar tras la fatigosa brega diaria, en el sueño, un oasis donde olvidar los rigores y crueldades de la contraria fortuna.

— ¿Qué, me llevo los zarcillos?—le pregunto, tras algunos instantes de silencio, la señá Currita, volviendo á colocar el adorno tentador ante los ojos de Dolores, atónita.

— Pos, naturalmente—le repuso esta, posando una última codiciosa mirada en el estuche.

—A ver, pruébatelos —á ver que tal te caen—díjole la vieja, sonriendo pérfidamente.

No pudo resistir la tentación la muchacha y momentos después, mirábase al espejo moviendo la cabeza para ver brillar más intensamente los zarcillos en los dos pétalos de rosa que le había puesto Dios por orejas.

Y cuando más engolfada estaba mirándose en la no muy fiel luna del espejo, se abrió bruscamente la puerta de la sala y apareció en el dintel Antonio el Belonero, el cual plantándose en el umbral de la sala con las manos en la cintura, el sombrero tirado hacia atrás, sobre la tersa frente juvenil los revueltos mechones de su pelo negro y reluciente, y contraído el semblante de cutis ligeramente sombreado en el labio superior y en las mejillas por la bien afeitada barba y el bien afeitado incipiente bigote, de boca de graciosa estructura, nariz ligeramente arremangada, y de grandes ojos de mirar en aquellos momentos, centelleante, y vestido con algo de achulada elegancia, exclamó con voz amenazadora , y mirando de modo casi contundente á la vendedora:

— ¡Cuado yo digo que usté va á salir de esta casa por aonde salen los más malitos olores!

La señá Currita, que á la entrada de aquel había palidecido, exclamó con acento balbuciente:

—¡Pero, hijo, ni que yo fuera el alguacil del juzgao! Yo no sé que haiga jecho naita pa que usté me haiga tomao retanto aborrecimiento.

—No ha jecho usté naita malo, porque aquí no hay maera pa lo que usté busca, y si no vamos á ver, ¿á que no ha venio usté á naita güeno á esta casa?

—Pos se dequivoca usté del tó, pero que del tó, por que el venir no ha sio pa naita de lo que usté se figura—dijo la Bigotona, á la que un color se le iba y otro se le venía, acordándose de las muchas barbaridades que contaba Antonio en su glorioso historial de hombre poco sufrido y de malísimas pulgas.

— Pero, entonces ¿á qué ha venío usté por mi güerto? ¿á venio usté por claveles?

—Pos si he venío, ha sío porque como pasaba por la puerta... y como yo les tengo voluntá á ustedes, y estos zarcillos son un regalo, pero que un verdadero regalo...

— ¡Un regalo!—dijo Antonio, tomando los zarcillos de manos de su mujer.

—Si señó, un regalo cuasi, y como yo... ¿Pero usté no sabe que yo estoy parao jase un montón de tiempo, y que pa dir medio tirando ha tenío mi Dolores que volver á la costura, y que traerla unos zarcillos de oro y de piedras finas á una mujer que no puée salir de un caldisopa es motivo más que sobrao pa que yo la coja á usté por el sitio que menos ruío puea usté dar y les dé gusto á los dátiles y se quite usté ya de ir buscando ruinas de puerta en puerta, en tó el barrio aonde yo vivo?

—Es que—. Dijo poniéndose lívida la Bigotona, al ver avanzar hacia ella en amenazadora actitud al Belonero, mientras Dolores forcejeaba por sujetarlo—Es que usté está dequivocao der tó, y tiée usté mu malillos pensamiento; es que esos zarcillos no son lo que usté se piensa, es que esos zarcillos son , y tan son, que lo que valen no pasa de seis pesetas.

Antonio se detuvo, y tras un solo instante de perplejidad, exclamó procurando, inútilmente, poner una expresión de candidez suprema en su acharranado semblante.

—¿Pero qué es lo que está usté diciendo? ¿Qué nó valen más que seis púas estos zarcillos?

—Si, señó, seis púas son lo que valen.

—¡Pus haberlo dicho antes, mujer, quien diba á pensar!..., ¡pus si parecen que son de los de ole con ole!, y tanto es asina, que me voy á quear con ellos, que quiero yo que ya que esta va á ser la última vez que pienso verla por aquí, quiero yo que se vaya usted contenta de mis cubriles.

A la Bigotona se le erizó hasta el negro vello del labio, anchas gotas de sudor empezaron á surcar por su rugosa frente, tremenda angustia se retrató en su rostro congestionado y:

—¿No, pa qué? Si yo se los he traío ha sio na más pa que Lolita los vea —. Exclamó, con acento ahogado y tembloroso.

—Es que—repuso el Belonero, con cruel ironía—, por seis púas, como hoy, gracias á un divé, las tengo, le doy yo gusto á la jembra que más estimo. Con que tome usté su parné, pero mucho cudiaito en que güervan á ver á usté por aquí los ojitos é mi cara.

La señá Currita miró con la agonía en los ojos al Belonero, comprendió que rectificar el precio de los zarcillos equivaldría á no salir con hueso sano de aquella casa, y al sentir como el miedo paralizaba la sangre en sus venas, lanzó una mirada dolorosa de despedida al estuche, y minutos después decíale á Joseito el Barrilero, con acento entrecortado por la fatiga:

—¡Ay, señó José, y en que horita más guasona me dijo usté que fuera con los zarcillos á casa de la Dolores!
Y cuando Joseito el Barrilero se hubo enterado de lo ocurrido, dijo á la seña Currita, encogiéndose de hombros:

—Po lo que es esos quince duros no se les paga á usté el hijo de mi mare, porque ya sabe usté lo que yo le dije, que esos zarcillos los pagaba yo, pero había de ser con el conque de que yo me había de enterar de como besan los labios de la gachí que más quiero.

Y Joseito salió de la casa, mientras la señá Currita retorcíase las manos y murmuraba con acento rencoroso, poniendo en él una no menos rencorosa mirada:

—¡Asín te dieran el beso que yo sé aonde yo sé y con una de Albacete!

ARTURO REYES

Premio Fastenrath

Publicado en El Heraldo de Madrid. 28/1/1911, página 5.


La Academia española ha propuesto para el premio Fastenrath á Ricardo León y Arturo Reyes; mas como dicho premio es de 2.000 pesetas y la Academia proponía que se entregase 1.000 á cada uno de los mencionados escritores, el Rey D. Alfonso XIII, patrono de la fundación, al objeto de que el premio no se divida, ha dispuesto que á cada uno de los insignes literatos se abone íntegramente la cantidad de 2.000 pesetas, dando al efecto las órdenes oportunas á la Intendencia de Palacio.

El simpático rasgo del Rey merece incondicional aplauso.

¡Ricardo León y Arturo Reyes, premiados por la Academia española y objetos del favor y de la distinción del Monarca!...

¡Vaya por la hermosa ciudad de Málaga!...


FRANCISCO FLORES GARCÍA.

Premio Fastenrath

 Publicado en: El Imparcial (Madrid. 1867). 25/1/1911, página 1.

Su majestad el rey recibió ayer mañana en audiencia á los señores duque de Montellano, conde de Cartagena, capitán Sanchiz y al ilustre escritor D. Arturo Reyes, que fué á dar las gracias al rey por su munificencia con motivo del premio que le ha sido otorgado por la Academia Española.

Premio Fastenrath




El distinguido escritor D. Arturo Reyes ha elevado á S. M. el Rey un sentido telegrama de gratitud por haberle concedido un premio igual al instituido por el hispanófilo de grata memoria Sr. Fastenrath.

Premio Fastenrath




El eximio poeta D. Arturo Reyes ha dirigido un telegrama de gracias á nuestro soberano por su hermosa iniciativa donando una cantidad igual al premio Fastenrath, para que éste no fuese dividido entre los dos literatos propuestos por la Academia Española.

Premio Fastenrath


Dimos cuenta hace pocos días de que la Real Academia de la Lengua había formulado su propuesta para la adjudicación del premio correspondiente á 1910, de la fundación del ilustre hispanófilo D. Juan Fastenrath.

En dicha propuesta, que ha sido aprobada por S. M. el rey, patrono de la fundación, estaban comprendidos los notables poetas y novelistas D. Ricardo León y D. Arturo Reyes.

Como la cuantía del premio es de 2.000 pesetas, la Academia Española propuso que se concediera 1.000 pesetas á cada uno de aquellos distinguidos escritores.

Al enterarse S. M. el rey, se opuso á esta división del premio, disponiendo que á cada uno de los laureados literatos se abonase íntegramente el premio de 2.000 pesetas.

Al efecto ha dado orden para que por la Intendencia de Palacio se sufraguen las otras 2.000 pesetas.

Premio Fastenrath




La Academia española ha propuesto este año para el premio Fastenrath á dos escritores que gozan de buena y merecida fama: Ricardo León y Arturo Reyes. Esta distinción académica renueva la actualidad de los últimos volúmenes que han dado á la imprenta uno y otro escritor. Ricardo León ha publicado hace, poco una nueva novela: «El amor de los amores» y antes «La escuela de los sofistas», recopilación de diálogos filosóficos ó filosófico poéticos. De Arturo Reyes he leído recientemente la colección de poesías que lleva por título «Béticas».


Es posible que la Academia, al otorgarles esa recompensa ó al proponerles para ella, haya tenido en cuenta, no sólo los libros últimos que acaban de citarse, sino también el conjunto y suma de la labor realizada por Ricardo León y Arturo Reyes. Puede premiarse una obra singular, que vigorosamente se destaque de entre las que son sus compañeras en el tiempo y puede y debe premiarse también, con ocasión de algún libro estimable, la obra entera de un escritor, el esfuerzo que ha consagrado á las letras. En mi humil[d]e opinión, los últimos libros de León y de Reyes no son de esas obras singulares que se elevan sobre la producción corriente de un literato, ni tampoco las más sobresalientes y acabadas que han escrito sus autores. Mas uno y otro tienen una personalidad en las letras contemporáneas que abona la elección de la Academia y la hace merecedora del aplauso público.

Ricardo León es un escritor nuevo, de reciente, pero justa y no improvisada fama, que no debe al lustre de una posición social ni al Compañerismo de la Prensa, sino á la perfección de forma con que apareció su primer obra importante: «Casta de hidalgos». En una época en que tanto abunda la literatura industrial, hecha de cualquier modo, siguiendo la inspiración del momento y los apremios del «pane lucrando», los libros de este joven novelista, donde se advierten una cuidadosa y paciente lima y una artística depuración del lenguaje, no podían menos de llamar la atención de los buenos aficionados á las letras. Hasta ahora no ha mostrado Ricardo León ser un novelista de poderosa vena creadora, de esos que arrancan á la realidad imágenes indelebles; pero merece ser considerado como uno de los más puros y elegantes prosistas castellanos de la nueva generación, y sus novelas están llenas de poesía, de delicadeza espiritual y de honradez artística. En Arturo Reyes, novelista, poeta lírico y cuentista, sobresale el don del color, que ha hecho de él un costumbrista incomparable del pueblo andaluz, lleno de jugosidad y de esa sabor de la tierra que, en marco más amplio y en obra más dilatada y sólida, han cultivado Pereda pintando la Montaña; Blasco Ibáñez, Valencia, y la condesa de Pardo Bazán Galicia, aunque los dos últimos, y especialmente la autora de «La Quimera», en quien esa nota local es un accidente, no sean sólo novelistas regionales. El huerto de Arturo Reyes es más pequeño; pero en su género ha escrito bellas y vivientes páginas, principalmente cuentos y escenas de costumbres en prosa y verso.

Ambos tienen un rasgo simpático común: el de haberse mantenido en el terreno del decoro del arte, sin hacer literatura celestinesca ni adular los gustos del público inferior.

Premio Fastenrath

Publicado en La Correspondencia de España el 11/1/1911, página 4.


El premio Fastenrath ha caído en Málaga. Los favorecidos por la fortuna han sido Arturo Reyes y Ricardo León. Sólo hay motivo para felicitarse de ello. En Ricardo León, como en Arturo Reyes, el hombre vale tanto como el escritor. Ambos tienen la admiración de cuantos leen sus obras y el afecto de cuantos se honran con su amistad. Recibirán muchas enhorabuenas sincerísimas, y quiero que la mía sea una de ellas. Y, sin embargo, la noticia de habérseles adjudicado el premio Fastenrath al autor de Béticas y al de El amor de los amores no dejará de producir alguna sorpresa.

Compréndese la división del premio Nobel entre dos poetas, como ocurrió al ser agraciados Federico Mistral y nuestro Echegaray. Setenta mil duros—creo que es de setenta mil duros el premio Nobel, y si hubiera error en la cifra no sería grande—dan mucho de sí. Con esa cantidad puede hacerse felices á dos literatos.

El premio Fastenrath es muy otra cosa, por desgracia para el autor de Cartucherita y para el de Alcalá de los Zegríes. Ya no se trata de varios miles de duros, sino de dos mil pesetas únicamente. Y, la verdad, pensar en el modo de no otorgarle la fabulosa suma de dos mil pesetas á un solo escritor y obligarle á que las reparta con otro, me parece el colmo de la prudencia y de la meticulosidad. Cualquiera de ambos libros premiados —Béticas y El amor de los amores—merecía un premio grande y no quedará bien pagado con un premio chico. Sólo la circunstancia de ser, á juicio de !a Academia, el libro mejor del año, ya bastaría para justificar la merced completa. Las mil pesetas que ahora le toquen al autor de cada una de esas dos obras elegidas por la Academia no le resarcirán ni del gasto de la edición. Como suele decirse, el papel vale más.

—¿Cuál libro es mejor, el de León ó el de Reyes?—interrumpirá el lector. A esta interrupción no puedo contestar. No soy yo el llamado a esclarecer este punto; era la Academia.

Premio Fastenrath

Noticia publicada en La Época el 6/1/1911, n.º 21.617, página 3.

La Real Academia Española ha formulado la propuesta correspondiente á este año para la adjudicación del premio instituido por el legado del ilustre hispanófilo alemán Juan Fastenrath.

En la propuesta de la docta Corporación figura el notable y castizo escritor D. Ricardo León, novelista de ilustre abolengo clásico, que con sus admirables obras Casta de hidalgos, El amor de los amores y otras, ha conquistado la más envidiable reputación.

También se incluye en la propuesta al ilustre poeta y novelista malagueño Arturo Reyes, cuyo último libro de poesías, Béticas, ha merecido justos elogios de los académicos.

La propuesta será elevada á S. M. el Rey.

Enviamos nuestra cordial enhorabuena á los dos notables escritores favorecidos.