lunes, 4 de marzo de 2013

De Lunes á Lunes




Con ocasión de una fiesta literaria que el Mundo Gráfico ha organizado en Málaga en honor de tres esclarecidos hijos de aquella provincia, ha transcendido al público la precaria situación económica en que está uno de ellos, Arturo Reyes, poeta inspiradísimo y autor de numerosas novelas que le han dado grande y merecido renombre; pero no una rentita que lo pusiera a salvo de las acometidas de a pobreza.

Si entre los escritores españoles de esta época hay unos pocos que han llevado al último extremo los esfuerzos lícitos para asegurarse un cómodo y tranquilo vivir, entre esos pocos está Arturo Reyes. Originalidad talento, comunicativa emoción, brillante fantasía, persistente trabajo, honorabilidad privada y pública, franco y simpático carácter.... Y, sin embargo, no ha logrado lo que cualquier zamacuco consigue pesando garbanzos y midiendo aceite.

Esto prueba incontestablemente, aunque huelga la demostración, que nuestro país es un mísero mercado para el libro. Las gentes leen periódicos y gracias; pero soltar tres pesetas de un golpe por un libro, vade retro.

Valle Inclán, á los tre ó cuatro meses de haber publicado una de sus sonatas se quejaba de que sólo había vendido treinta y cuatro ejemplares. Todavía tiene alguna explicación, aunque no sea convincente, aquel fracaso crematístico del insigne marqués de Bradomín, porque este maravilloso estilista es tan exquisito, tan personal, ta quintiesenciado, que no ha conquistado la popularidad ni la conquistará nunca, cosa que crispa de alegría y de orgullo á su endiablado aristocratismo. Pero Arturo Reyes no está más allá del bien y del mal, como D. Ramón María, ni es preciosista, ni se pasa los años cincelando extrañas joyas excluidas del uso corriente, cuando no autos y versallescos vasos de noche, sino que es lisa y llanamente un admirable artista todo luz, gracia, ternura y decoro, en cuyas obras, henchidas del calor y del aroma de las espléndidas regiones mediterráneas, poéticamente se copian del natural el pintoresco y agudo lenguaje del pueblo, la noble valentía varonil, la gitana hermosura de las mujeres, el rumbo, el amor, el sacrificio el verdeante lagar, la barca y la playa, la serenidad de los cielos y el huerto florido

Desbordandose en sus novelas la pasión - Yo las he leído todas- y jamás en ninguna de ellas se desliza, no ya una morbosa tendencia, sino una palabra siquiera que pueda avergonzar o repugnar a un lector  sanamente consituído. El amor es el nervio de casi todas ellas pero no el amor de los chamizos mentales en que D. Felipe Trigo y sus desdichados imitadores fabrican los elixires destinados a enfermar física y moralmente á la juventud y á deleitar la extraviada imaginación de los inválidos del vicio, sino un amor -cualesquiera que sean sus ímpetus y sus materiales vibraciones- en que ni un vislumbre asoma de degeneración ni inverecundia. Tales son los libros de Arturo Reyes con todas las condiciones exigibles para que el público agotara prontamente las más copiosas ediciones; y, puesto que Arturo Reyes es pobre, no otra puede ser la causa sino que en España es malísimo el negocio el de hacer libros.

Ahora bien, como en sus oratorios dice D. Demetrio Alonso Castrillo: ¿no está, en cierto modo, obligado el Poder Público á suplir el atraso, la indiferencia, la deficiente cultura por cuya virtud -si virtud puede llamarse á este motivo de nacional sonrojo- hay en nuestro país hombres de excelso entendimiento, de intachable vida y de labor beneficiosa y fecunda, candidatos á la inmortalidad á los cuales dejan morir de hambre, ó poco menos, las presentes generaciones?

Ya sé yo que ni en sus apéndices figura ley alguna concediendo destino o ayuda á los escritores amados de las musas y reñidos con la fortuna, como la hay para que D. Fermín Calbelón cobre su cesantía de ex ministro por haber enmarañado los servicios de Fomento; pero, queriendo el Gobierno, y aun recabando para ello autorización de las Cortes, no les será difícil pagar las deudas de honor contraídas por la Patria con algunos de sus hijos que más le honran y, entre ellos, claro está el ilustre novelista malagueño Arturo Reyes.

Yo creo que contra esta obra de reparación y de justicia, nadie votaría; antes bien, por todos sería aplaudida. Pero con una condición: la de poner una criba tan estrecha, que por sus agujeros no se colaran - como en otro caso se colarían irremisiblemente - los currinces y hampones de las Letras y las Artes y la innumerable fauna de las clientelas ministeriales que aún está por colocar, no obstante el paternal trienio de mando del señor Canalejas... el mejor de los amigos y el más bueno de los hombres.

Evaristo Romero

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