martes, 5 de marzo de 2013

El poeta Arturo Reyes

Publicado en La Unión ilustrada. 21/9/1913, páginas 8 y 9.



Si la biografía de un hombre ilustre, pide la convencional fijación de fecha de natalicio y la enumeración  impertinente de sucesos en que intervino aquella personalidad, permitidme que ahora rompa yo el caduco molde, y que, sólo de pasada, os cuente que nuestro poeta tenía cuarenta y ocho años, á la hora de morir.

Desde que la flor intelectual de nuestro poeta desbordó sus brillantes pétalos sobre el cáliz de una inteligencia culta, empezó á llenar de aromas el sagrado jardín parnasiano.

Porque Arturo Reyes fue, ante todo y sobre todo, «poeta excelso».

¡Poeta! He aquí el título glorioso; la ejecutoria de nobleza de un escritor. Hablar el lenguaje de Apolo, es  conocer [el] idioma de los dioses. Las mayores elegancias de dicción encuéntranse en la poesía; que la prosa parece refractaria á tales atildamientos; ya que el román paladino de hoy, no alcanza jamás á las gallardías de forma que se han refugiado desde la antigüedad clásica y han cristalizado, usando un tropo vulgar, sólo en los versos; donde se explaya el espíritu al través de esas formas, que son su adecuado ropaje.

De Arturo Reyes no puede decirse, sino que fué exclusivamente literato durante toda su vida; que cantó los grandes ideales; que en esos peregrinos libros «Desde el surco», «Otoñales» y «Béticas», nos transmitió para siempre su espíritu, lleno de delicadezas singulares.

Cantor parnasiano, por la plasticidad de la forma, nos adormeció dulcemente, y legó á la hispana literatura  un tesoro de espiritual encanto.

Empezó á escribir, cuando era muy joven; y aunque había encanecido, él dijo en su poesía titulada «Mis canas», que cada cabello blanco tenía su historia; (historia amarga seguramente), [su] alma no había envejecido aún; antes bien, había ido recobrando juventud y lozanía, á medida que las ordenadas lecturas, la familiaridad con el arte; la clarividente mirada del vate que escrutaba nuevos horizontes, y los labios del espíritu que probaban de consuno lo dulce y lo amargo del vivir, convertían en maravillosa obra lo admirado y sentido.

No hablemos de los oficios ruines, aunque lícitos, en que los genios de España, tienen necesidad de ocuparse para obtener los emolumentos que han de darles el pan cotidiano: Cervantes, recaudando alcábalas y Arturo Reyes ocupando un pupitre en oficinas municipales, no manchan su impoluta grandeza mental por ello, ni por ello dejan de ser lo que son. Representan, además, á todos los hijos del gran Arte: que tienen que postular para comer.

Estos ruines apremios de la vida social, fueron los que vertieron acíbar en la copa de su licor de gloria. Artista que se debía por completo á su arte, había necesidad de buscar intervalos en que olvidar el cálamo y la lira; en que luchar con editores y jefes de negociado, siquiera éstos reconocieran la superioridad de su subordinado insigne.

Y después de la peregrina satisfacción de haber producido, de haber dado todo el zumo de una inteligencia refinada, Arturo Reyes tenía que descender de su propio pedestal, para discutir con libreros negociantes el terrible tanto por ciento de comisión, amargándose con estas luchas de los dulces placeres que acompañan al artista, desde la génesis hasta la consecución de su obra.

La biografía, pues, de Arturo Reyes, puede sintetizarse en este fácil juego de palabras: vivió para cantar, y cantó para vivir.

Aquél hombre, con más tipo de prócer árabe que de poeta heleno; que tenía escondido en su alma un venero de inspiración, era ante todo, poeta.

Como poeta, pues, hemos de juzgarle; y con la memoria de su estro peregrino, endulzaremos estos momentos en que recordamos al maestro ilustre.

Nuñez de Arce, á quien se parece mucho Arturo Reyes, en cuanto á lo lapidario de la forma, dijo públicamente que auguraba grandes triunfos á nuestro llorado poeta, si seguía como había empezado: no buscando su inspiración en el ansia ciega de la novedad que á tantos extravía, ni en el febril deseo de excitar á toda costa la displicente curiosidad de un público hastiado ó corrompido; ni en el imperio efímero, pero impetuoso, de la moda; sino en las que fueron y serán siempre eternas fuentes de la verdadera poesía; el amor de la naturaleza, los íntimos y generosos movimientos del ánimo, la expresión serena y diáfana de la belleza y los altos ideales de la vida.

Fiel á estas enseñanzas, lanzadas apostólicamente desde su elevado sitial por el príncipe de los poetas modernos de España, Arturo Reyes, no puso su inspiración al servicio del modernismo mal sano; ni ensalzó lo que es oprobio, ni deprimió lo que es virtud; cantó á la Naturaleza como Virgilio; elevó himnos al amor, como Lucano; y últimamente en el ocaso de su vida, poco tiempo antes de morir, y en admirables estrofas que forman su obra póstuma rivalizó con el espiritual Juan de la Cruz, al entonar, con acentos de cristiana devoción sus mejores poesías á la fé.

Pronto verán las gentes, cuando se dé á la estampa el peregrino volumen que ha de contener estos últimos cantos lanzados al morir por nuestro cisne cantor, el misticismo que, como blanca paloma, mensajera de celestiales consuelos, había anidado en el alma del poeta, en las postrimerías ligeramente dichosas de su vida.

El aserto nuestro, que tiende á elevar á Arturo Reyes, sobre todo, como poeta, pruébase también en las peregrinas novelas que le han dado fama.

El pueblo que pinta, siempre gallardo, enamorado y valiente, emociona por el caudal de poesía que el autor empleara en la pintura; de tal manera que contrastando lo fingido con lo natural, se aprecian algunas diferencias sustanciales; y de ahí que la dulce mentira poética haya hecho más simpático el ambiente andaluz en las novelas escritas, que en la realidad estudiada por el genial novelista.

Todo lo observado por Arturo Reyes, denuncia un exaltado temperamento poético; y á la manera de esos pintores que superan en brillantez al natural, nuestro poeta ilustre recarga el azul de los cielos, la belleza de nuestras mujeres, la gallardía de nuestros hombres, el aroma silvestre de nuestros campos y el perfume sutil de nuestros jardines; siendo la hipérbole la figura favorita de aquel gran poeta, que todo lo agrandaba generosamente y lo enaltecía todo, expresando las cosas con tal vigor que no hubo manera de que su arte pasase inadvertido.

Buscad á Arturo Reyes en todos sus libros; pero siempre encontrareis al poeta, aún á través de aquellas líneas de prosa que no tienen medida, pero que en él tienen cadencia y pulcritud denunciadores de que al narrador le es habitual el bien decir propio de los poetas.

Si también exijís [sic] que os hable del hombre, yo os diré que es cuestión á dilucidar, si el hombre era superior al poeta, ó si el poeta superaba al hombre.

Lleno Arturo Reyes de amor, explayábalo con sus amigos, con sus camaradas y con sus compañeros. Acaso fuera Arturo Reyes, el único escritor que no hablaba mal de los demás.

La pureza de sus afectos, su hombría de bien y su seriedad, conquistáronle una indiscutible superioridad, tácticamente reconocida por todos.

El nimbo que á su espíritu faltaba, lo alcanzó en los últimos tiempos de su azarosa vida; creyó en Cristo y cayó de rodillas ante el símbolo redentor, musitando la hermosa palabra:

«¡Ave Crux, spes única!»


Santiago Márquez del CASTILLO


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