viernes, 11 de enero de 2013

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo octavo

El ejemplar correspondiente al capítulo 28 no se encuentra disponible en la Hemeroteca Digital, por lo que para no dejar la novela sin completar, hemos decidido copiarlo de la edición alojada en Internet Archive.



CAPÍTULO XXVIII

Decepción


Asomó el sol barriendo tinieblas, iluminando celajes y alegrándolo todo con sus ardientes y luminosas caricias.

Abandonaron el lecho los habitantes del ya conocido lagar de la Viñuela, y dieron todos comienzo á la gran solemnidad que debía poner en su sitio el buen nombre de la hermosa hija de Antonio el Arrabaleño.

Como el carruaje debía llegar en las primeras horas de la mañana, pronto aparecieron vestidos de pontifical, la cortijera con un vestido de cachemira, en el cual debió emplearse más tela que lona en el velamen de un navío, y el señor Juan con el ya histórico traje de paño, color de castaña, camisón de bordada pechera, y blancos y enormes brodequines, con cuyas prendas creíase él en condiciones de darle tres y raya al mozo de más enjundia y mejor empaque del partido.

Poco después que el matrimonio, aparecieron Dolores y Bernardo, pálidos, ojerosos, entregados á su dolor, ya sin fuerzas para seguir enmascarándolo.

El vestido negro de la primera hacía resaltar su palidez y quitábale rudeza á la figura; lucía el zagal la ropa dominguera como si llevara un sudario; los dos se miraron fijamente al llegar, y en sus miradas se cruzaron dos besos, dos silenciosas protestas, tal vez dos infames propósitos.

Á poco apareció el tío Salustiano con el clásico pantalón de pana y el viejo marsellés, gala y ornato de su persona en sus floridas mocedades.

-Anda y llama á Agustín; yo hubiera dormío en cuclillas; ¡Vaya un sueño! Ni er de los sietes durmientes - dijo el señor Juan á Bernardo.

Aquí no está - dijo éste á poco, saliendo de la habitación de Agustín.

-¡Aónde habrá dío tan temprano! - exclamó sorprendida la señá Tomasa.

-Estará más allaílla; vé tú y búscalo - dijo á su hijo el de Casariche.

Inclinó el zagal la cabeza y salió de la casa.

-¿Has visto tú á Agustín? - preguntóle al porquero al hallar á éste en lo alto de la loma.

-Yo, no ¿sá pirdío? Por eso tiées tú la cara tan digustá.

El porquero no sintió en aquella ocasión una vez más el peso de la mano del mozo, porque éste apenas lo había escuchado por seguir el camino hasta la venta de Matagatos.

-¿Aónde iba Agustín antes que clareara er día? - le preguntó al verle llegar Antonio el Currinchela, entretenido en aquellos instantes en aligerar de chumbos los pencares inmediatos á la casa.

-¿Qué ices tú? ¿Que de madrugá pasó por aquí? - preguntóle á su vez el mozo sorprendido.

-Antes que clareara, vestío é militar y más tieso que un ajo.

-¡Dale, y qué majaero! Yo lo vide; me había alevantáo por casoliá; sentí ruío en er gallinero, y como jace pocas noches dejó sin gallo la zorra á Pepica la Afligía, me alevanté, y pués..... lo vide.

Bernardo, oyendo al Currinchela, había sentido algo que le refrescaba el pecho - un borbotón de agua en un arenal, -y, sin prestar oído á la cháchara del ventero, arrancó á correr hacia el cortijo, adonde llegó jadeante.

-¿Poiqué corres? - le preguntó asustada la cortijera.

El muchacho tomó resuello, miró con extraña expresión de júbilo y de inquietud á Dolores, y expresión de júbilo y de inquietud á Dolores, y exclamó con voz entrecortada:

-Currinchela, er de Matagatos, ice que lo vió, antes que á los claros er día, pasar por allí con el uniforme puesto.

El señor Juan y la señá Tomasa abrieron mucho los ojos, y se miraron como interrogándose; el tío Salustiano puso los suyos, preñados de sombríos reproches, en su hijo y la Viñuela se estremeció violentamente, paseó una mirada escrutadora por la habitación, y al ver la carta colocada por Agustín sobre la mesa, preguntó con acento trémulo:

-¿Pa quién es esta carta?

Bernardo se la arrebató bruscamente, y dijo después de leer el sobre, y dirigiéndose al Catueso:

-Es pá osté; está más claro que el agua.

-Á ver; léela, léela - murmuró el viejo con terrible ansiedad.

Bernardo no se hizo repetir la orden y rompió el sobre con manos temblorosas. ¡Virgen Santa, y qué letra más infame la de la carta! Por fin, pudo ir enterándose de lo que ésta decía, y al par que avanzaba en la lectura iban desarrungándosele el ceño, aflojándosele los estallantes músculos y atersándosele la frente.

Cuando hubo terminado, al par que completaba á la huérfana con insensata expresión de triunfo, exclamó con voz sorda:

-Se ha dío pá no golver en jamás de los jamaces; ice que no se puée casar, que está mu comprometío allá en Cuba con otra mujer, que ostedes lo perdonen, y que mosotros mesmos, tóos mosotros, seamos los padres de Araceli.

Los Cantuesos se miraron como atontados por el terrible golpe; la señá Tomasa se apretó la cabeza entre las manos, como si temiese que se le escapara, y se acercó tambaleándose al señor Juan, que hacía visajes para reprimir las lágrimas, y el cual, abriendo los brazos, recibió en ellos á la pobre compañera, y, uniéndose en el dolor aquellos dos seres benditos, besáronse con mortales ansias, confundieron sus desesperados sollozos, y se estrecharon convulsos, como para prestarse recíprocamente calor y ayuda en aquel inesperado abandono.

El semblante de Dolores demudóse ante la fatal noticia; horrible expresión de angustia veló su mirada; vió de repente, con los ojos del espíritu, á Agusín, alejándose con el corazón desgarrado por la solitaria carretera; comprendió, llena de lucidez, cuánta abnegación, cuánto heroísmo, cuánta generosidad encerraba el fondo de la aparente infamia; parecióle, al ver entrar á Araceli, que ésta iba á reclamarle á su padre con aterradores balbuceos, y su amor por Bernardo quedó escondido en aquellos instantes bajo la enorme balumba de remordimientos que sobre él hacinaba la conciencia, y un grito, un grito ronco y desgarrador brotó de su garganta, y tirándose contra la pared, rompió en desesperados sollozos.

Bernardo, al verla de aquel modo, sintió algo helado que le caía sobre el corazón; fué á dirigirse á ella: pero en aquel momento sintióse cogido por un brazo, y oyó á su padre, que le decía con voz profética y acusadora:

-Velay lo que has jecho; píele á Dios que no te lo tome en cuenta, que te lo tomará; poique si Dios es güeno, tamién es justo, y er que no es agradecío no es bien nacío.

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