miércoles, 9 de enero de 2013

El Lagar de la Viñuela. Capítulo vigésimo segundo



Era su cerebro una colmena en rebelión; la actitud de su prometida la más honda de sus preocupaciones ¡Vaya si estaba durilla de roer la zagala! ¡Y vaya si sabía explicarse!.

No esperaba él, por cierto, tal acogida por parte de ellas no por cierto, no había motivo para tanto: verdad era que había caminado lentamente, pero siempre lo había hecho por el buen camino.

¡Y cuidado que estaba hermosa la Viñuela! El dominio que ésta un tiempo ejerciera sobre él había tratado de nuevo; habíase sentido otra vez anegado por la misma ardiente ola que lo inundara aós atrás, el deber se le presentaba vestido con túnica de brocado; el recuerdo de la criolla no osaba casi mostrar su vaporosa silueta en su imaginación; hasta en el lenguaje tosco de Dolores encontraba indefinibles encantos: era preciso, indispensable, reanimar en ella el fuego sobre el cual el tiempo había hacinado tantas y tantas cenizas.

Cuando á la mañana siguiente abrió los ojos, el sol bañaba por completo el aposento.

Bernardo había despertado á las alondras; la noche había sido para él de las que hacen blanquear el pelo: su mirada sombría, sus profundas ojeras y su aire acansinado hubo de llamar la atención de la señá Tomasa, que le preguntó, aunque con acento lleno de acritud:

-¿Estás malo?

- Un poquillo - repuso el mozo.

La cortijera, que no podía sustraerse del todo al afecto que profesaba al zagal - á quien casi, como ya saben nuestros lectores, había servido de madre, - le dijo dulcificando el acento:

-Entonces hoy no se trabaja; eso será que anoche te atracarías mucho; aspérate y te jaré una taza é colicosa.

-No sá menester; no es ná; me voy ar pasero.

-Déjalo pá mañana ú pá otro día ú pá el año que viene; primero es er sarmiento que la pamplina.

-No puée ser; el fruto ya está güeno, y hay que alistar las cajas del señor Arcarde.

Y Bernardo se dirigió hacia el pasero,  y poco después conducía al llano, en los zazos de caña hechos por él, los mejores racimos de la escasísima cosecha.

Ya de vuelta, en el llano, colocó el fruto sobre algunos costales vacíos, sacó las cajas que había de llenar, y entregóse al trabajo con verdadero ahinco.

Sentado en tierra, con las cajas delante de si, y después de formado el cordón, colocando las pasas por parejas en el fondo de la caja, cogió el primer racimo con la mano izquierda, lo puso en alto, miróle como hombre inteligente, y con femenil delicadeza, y sin que—como los maestros de profesión disponen,—sus dedos tocasen al grano, dió comienzo á la entretenida labor.

Las tijeras eran manejadas por él con admirable soltura; el grano indigno de figurar en el racimo, la pobre gandinga, sufría la necesaria amputación, cayendo en otra caja de más humildes pretenciones. 

Ya estaban los zazos cubiertos de racimos que parecían contrahechos, sin que la aterciopelada película del grano hubiera perdido un átomo del polvo que la cubre y avalora, cuando Araceli apareció en la puerta del lagar, y dirigióse rápida con los brazos abiertos hacia el mozo.
Este soltó las tijeras y la recibió en los suyos; tenía ansias de oprimir contra su pecho algo íntimo de Dolores, y la muchacha tuvo que aguantar sus caricias, lo cual hizo con la más buena voluntad del mundo, y golpeándole cariñosamente la cara al mismo tiempo, y tirándole del pelo, y llenándolo de saliva.

El trabajo hubo de sufrir una larga interrupción; Bernardo no puso fin a sus halagos hasta ver aparecer á la Viñuela en la puerta del cortijo.

-Güenos días - dijo Dolores al zagal con acento afable, al par que arrojaba sobre él una mirada de melancólica ternura.

-Güenos mos lo dé Dios, que farta mos jace - repúsole éste con voz trémula, al mismo tiempo que sentaba sobre sus rodillas á Araceli.

La Viñuela tenía también en el semblante algo de lo que le hervía en el pecho; no se apartaban de su imaginación los dos rivales; éstos seguían, como siempre, dentro de su alma, disputándose su posesión, y lo peor era que Bernardo iba ganando terreno: era el que menos armas tenía, el más débil, el más humilde, el de menos derecho; luego, Agustín, en vez de resucitar en ella dormidas ternuras, sólo había logrado volver á abrir antiguas cicatrices; ella, buscando algo con que justificarse ante sí misma, había pensado cosas que antes no se le habían ocurrido siquiera; él debía, efectivamente, haber regresado al terminar el tiempo de servicio obligatorio á enmendar la falta cometida, ¡Qué falta! la traición llevada á cabo: sí, traición, y traición infame; ella nunca había dado al olvido sus deberes; ella se había dormido virgen y despertaba madre; aquello fué un sueño, paro un sueño que le ataba á un yugo que tenía que soportar como el presidiario el grillete; de no haber ocurrido aquello, ella sería libre como los pajaritos del campo, y podría posarse á sus antojos en la rama que más fuera de su gusto.

Al asomarse á la puerta y ver á Bernardo, ocurrióle lo que nunca con él: se le matizaron de púrpura las mejillas; hizo un esfuerzo por disimular su turbación, y sentóse en la puerta.

Araceli, al verla, corrió á su madre, que la sentó en sus faldas después de besarla en la frente.

En aquel instante la cortijera, con una taza humeante en la mano, dirigióse á Bernardo, diciéndole:

-Tómate eso: á ver si te se arregla el cuerpo.

Dolores miró con inquietud al zagal; y cuando éste hubo apurado el contenido de la taza, y la señá Tomasa regresando á la cocina, le preguntó al primero:

-¿Qué es lo qeue tiées tú, Bernardo?

-Ná, que anoche comí mucho, y ya se ve, me sentó malamente

- Pos si comiste lo mesmito que un gorrión.

-Tú anoche no estabas güena de los ojos, Dolores, y no me viste: ¡Vaya si comí!¡Pos si tengo comía pa una eterniá!

-¡Y pa dos eterniáes si es tu gusto! Pero á mí me pareció que habías comío poco. Y ¿Qué es lo que te duele?

El corazón, iba á exclamar Bernardo, dejándose llevar por la corriente; pero la voluntad echó el resto, y tras algunos instantes de vacilaciones dijo, al par que colocaba un racimo en el fondo de la caja:

-El ricuerdo de mi madre y er de tóos mi defuntos; ¿te parece poco?

-Estás conmigo como nunca, Bernardo; como nunca.

-Es que yo anoche le eché la de vámonos; y como quiera que no está acostumbráo á que yo le pestañee, el mozo se ha dío por las nubes - dijo el tío Salustiano, apareciendo en la puerta.

-¿ Y qué jué lo que jizo éste anoche?

-No cumplir con su obligación como es debío; dejar las bestias careando solas, y largarse á la venta á tener un rato de hablaurías con Anselmo er Currinchela.

Bernardo miró á su padre con extraña expresión, y Dolores exclamó con aire pensativo:

-Güeno; pos pelillos á la mar, poique la cosa no merece ni que se ajunten las cejas.

Y diciendo esto, se levantó y metióse dentro de la casa á continuar los comenzados quehaceres.

Cuando se levantó Agustín, aspiró con deleite las emanaciones de la montaña; el golpe de vista que divisábase desde el balcón, despertó en él dulces remembranzas; eran los mismos que viera en su niñez los olivos y almendros de las laderas prócimas, el cuadro de vides que verdegueaba en la loma y los copudos algarrobos, cuyo ramaje hacía ondular el viento en las escuetas cumbres.

-Buenos días, Bernardo - gritó al mozo, que á la sombra de uno de los frondosos almecinos inmediatos á la casa proseguía arreglando el fruto del pasero.

Suspendió Bernardo la tarca para contestar á Agustín, lo cual hizo transportando desde donde no sabemos hasta sus labios, una ligera sonrisa.

La señá Tomasa, al sentir la voz de su hijo se dirigió á la habitación de éste llevando una imponente jícara de chocolate y unos bollos, obra maestra de la Viñuela.

Después de aguantar Agustín los besos y achuchones de rigor, dijo á su madre, haciéndola sentarse á su lado:

-¿Quiere usted que hablemos un minuto?

-Y tóo lo que resta de hogaño, y la mitá y la otra mitá tamién der que viene.

-Bueno; pues, en primer lugar, dígame usted si Dolores está lista del todo para que vayamos á la iglesia.

-¡Gandul! ¡Cómo pá darle gusto á tu persona no lo eres! Ya se ve que sí, que está lista del to pa cuando te dé la gana.


[(Se continuará)]

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