domingo, 20 de enero de 2013

Amor y valentía



I


—Pero vamos á ver qué es lo que á tí te pasa díjole el Pitiller al Pelusita— vamos á ver por qué se te ha alargao hoy el perfil de esa manera.

—Qué quieres que me pase, que estoy muriéndome de pena, que el Cositas se mo ha cruzao en el camino, y que voy á tener que echar por la calle de los truenos, porque á mí no me quita á mi Dolores más que el mismísimo Dios en presona.

—Pos ya había oído yo una falzeta de esas murcianas, pero pensé que eran hablaurías, y na más que hablaurías.

—No, no son hablaurías, qua á mí me lo ha contao la propia interesá, y anoche habló ese mala hora con el padre de mi ídolo, y como quiera que el padre de mi ídolo tiée la manía de la guapeza, y dice que él mandó traer ar mundo á su hija consirná pa un hombre de pelo en pecho, manque sea de la sociedá de la albaldilla solitaria, y no sepa lo que es una americana sin los codos zurcíos; pos velay tú, el Cositas que se ha enterao
de la manía del viejo, y de que éste habillela pa costearle un día sí y otro no un callo á la andaluza ó una paella á la valenciana, se ha dio á ese mal calé y le ha dao coba, y como quiera que yo entoavía no le he dao á nadie una puñalá, que yo sepa... ¡pos velay tú!

—Pos eso se arregla pronto: trincas un machete, te bebes medio azumbre de solera, buscas uno pa quien una puñalá sea un favor que se lo haga, y... Sanseacabó, no tiée vigilia.

—Éso es, y aluego á darme el agua á buches con un cabo de vara en Ceuta ó en el Peñón ó en el tiro que le peguen á los hombres esaboríos!

—¡Cá, hombre, cá, á Ceuta! Allí no van ya más que los niños llorones; hoy por matar á uno no va ya nadie á presidio.

—Pos que nos mate Dios que nos ha criao, que yo no soy capaz de matar á nadie, por más que si eso del Cositas se formaliza y me rempujan, me parece que voy á dir aonde no quiero llegar, contra tó el torrente de mi gusto.


II


Ya había pasado la hora de la venta y el señor Antonio, cansado del trajín matinal, viendo sastifecho, casi desocupados del todo, los grandes serones, poco antes repletos de verduras, con que tenía casi invadida la calle, y con los cuales iba sacando á puerto, sin grandes escaseces, su tan nutrida como churretosa prole, retrepóse en la silla algo perniquebrada que servíale de sitial en sus relativamente vastos dominios, descansó ambas manos sobre el crecidísimo abdomen, y se dispuso á vengarse del diario madrugón, lo cual hubiera realizado, seguramente, á no haber llegado en aquel momento el Pelusa —su sobrino carnal, el más tonto —según él— de su noble apellido y de su ilustre dinastía.

—Buenos días, tío—exclamó el recién llegado, cruzando por entre los serones hasta llegar junto al hermano do su difunta madre. El señor Antonio desentornó los párpados, y exclamó con acento bronco, posando su mirada soñolienta en su sobrino.

—Ven con Dios, Pepe; ¿quién mal te quiere que por aquí te envía?

—Mi suerte, mi negra suerte; y como no tengo á nadie en el mundo más que á usté que me aconseje, pues por eso.

—¿A nadie más que a mí? ¿Pos y el corralón que tiées en Capuchinos?

—Déjese usté de broma, que está la leña verde y no arde.

—Vamos, hombre... está de Dios que no eche yo hoy un rengue... Vamos á ver, ¿y qué es lo que te pasa?

—¿Qué quiée usté que me pase? Que el Cositas...

—Ya estoy enterao de eso, y como el Cositas es un perro rabioso, y como quiera que en los cuarenta y pico de años que lleva de roar tierra le han apuntao en el ros cuarenta mil barbaridaes, lo mejor que haces tú es cortarle el hilo del embrague á tu tórtola, y si esa primita se la quiera llevaren el pico, que se la lleve, y á vivir, que pa eso el mundo es ancho y la mar es jonda.

—Pero tío de mi alma—exclamó con la voz congestionada por la pena y la ira el Pelusa—si es que eso no puée ser, porque eso es pa mí aserrarme el corazón y crucificarme el pensamiento.

—Eso te parece; eso creía yo cuando tenía yo tu edá; á los diesisiete años, cuando nos metemos en un querer, nos parece que Dios no ha hecho más luz que la que nos ilumina el sentío, ni más flor que la que nos perfuma el pecho; pero aluego... aluego...aluego... aluego....

—Pues no puée ser, tío Antonio, no puée ser; yo le digo á usté que no puée ser, y que no lo consiento... ya solo he dicho al Pitillero y ahora á usté se lo repito; yo le juro á usté que el Cositas no se casa con Lola la Golondrina.

Y con tal ímpetu y tal acento de convicción hubo de decir esto el Pelusa, que el señor Antonio quedósele mirando fijamente, como quien contempla un panorama desconocido, y tras algunos instantes de silencio, díjole con acento irónico.

—Pero, ¿qué vas á jacer chaval, vas á pegarle al Cositas?

—Yo no le pego á nadie, pero yo le prometo a usté que el Cositas no se cuelga á la bandola la jembra que yo más quiero.

Y al decir esto, dió mediavuelta y alejóse sombrío y silencioso, mientras el señor Antonio, tras seguirlo breves instantes con compasiva mirada, tornó á retreparse en la silla y á cruzar las  manos sobre el abdomen, murmurando con voz tranquila:

—Ya se le pasará el escosor y sa alegrará y yo me alegraré y tos nos alegraremos, y sobre tó, que lo que Dios dirta es lo que se escribe.


III


El Cositas estaba ébrio de júbilo; había amarrado, de golpe y porrazo, su porvenir; iba á llevarse en el pico una las chavalillas de más bandera del barrio, y además y con ella todos los machacantes que agenciara el señor Curro Cárdenas durante treinta años de matuteo en la Serranía.

Y paladeando mentalmente todas las voluptuosas dulzuras de aquel casi conquistado porvenir estaba el temible y victorioso rival del Pelusa, cuando éste penetró en el cafetín, á la sazón  sólitario, donde aquel lucía su gallarda figura y su rostro moreno varonil y simpático.

—Buenas tardes señor Paco—díjole el recién llegado, acercándose á su mesa con reposada actitud.

—Ven con Dios chaval—repúsole el Cositas, mirándolo entre irónico y compasivo.

—Me permite usté que me siente y que hablemos dos palabras.

—Ya lo creo; siéntate y píe lo que, quieras y dime lo que te de la gana.

El Pelusa, que estaba pálido y sereno, sentóse frente á frente al Cositas, y tras sacar la petaca, dar un cigarro á aquél, encender el suyo y tragar más humo que bilis llevaba tragada en dos días, exclamó con acento decidido:

—Pues mire usté, señó Paco, lo que yo tengo que decirle a usté no es más que una cosa, y esta cosa es que, por lo que más quiera usté en el mundo, se deje de meterse en mi coto, que yo no tengo más flor en mis jardines que esa rosa de Alejandría que se quiere usté llevar de mis rosales, y que yo no le he hecho á usté daño alguno, y que no me merezco yo que me trate usté de era manera.

—Hombre, to eso es mucha verdá —contestóle el Cositas con grava acento— pero has llegao tarde y crée que siento no poder darte gusto en lo que me píes; yo te juro que lo siento. 

El Pelusa se puso más pálido que estaba, y exclamó con voz algo temblorosa:

—Mire usté, señor Paco, que se lo pío á usté por favor; piense usté que Lola á quien quiere es á mí, y que no es con el viejo con quien se va usté á casar.

—Eso no importa, hombre; tú no sabes lo que son las mujeres; ya verás tú cómo no se acuerda de tí á los quince días de que yo le haiga cantao las primeras peteneras.

—Pero si la cosa es que usté no le va á cantar peteneras; si la cosa es que usted no se va á casar con ella.

—Hombre, ¿y eso por qué?—preguntóle el Cositas á su joven rival, no sin fruncir un tanto amenazadoramente las cejas.

—Pos por ná cuasi—díjole el Pelusa, encogiéndose de hombros—porque antes de que se case usté con ella... lo mato.

Y con tal acento de profunda convicción hubo de decir aquéllo el Pelusa, y tan fieramente le hubieron de brillar los ojos, que el Cositas desistió de romper en risas como pensara, y le preguntó con aparente calma:

—¿Y si te mato yo á tí?

—Peor pa usté; usté en este mal negocio lleva toas las contrarias; tó el mundo sabe que usté no va por la flor, sino por el florero; tó el mundo sabe que yo voy por lo contrario que usté; usted es un valiente de cartel á  dos tintas, y yo soy un probetico huérfano que nunca se ha metío con nadie, y si yo lo mato á usté tó el mundo y el jurao dirán que estaba llenito de rabia y llenito de pena y me echarán á la calle, y como tendré entonces entoavía más bandera que usté, [ilegible] padre de mi delirio me dará lo que yo quiero, y á usté le llevarán  en la Tertulia al Camposanto.

—No está mal pensao eso, pero ¿y si eres tú el que da ese paseo?

—Bah, si usté me mata á mí lo mandarán á usté á Alcalá ó á Chafarinas con la laureada y tó el mundo dirá que muy bien mandao, por haber consentío en pelear con un chaval sin pelo de barba tan siquiera.

El Cositas quedóse pensativo, y tras breve silencio preguntóle al Pelusa, mirándolo á las niñas de los ojos con enérgica y escrutadora fijeza.

—¿Pero es que te atreverías tú á matarme?

—Yo le juro á usté por la memoria de mi madre que antes de que se case usté con mi Lola, le parto á usté el corazón de una puñalá, ú de dos ú de las que  necesite.

Y da tal manera hizo la terrible afirmación el Pelusa, que aquella tarde preguntaba á éste la Gólondrina con los ojos, chispeantes de amor y el acento preñado de caricias, desde el balcón de su casa:

—Pero, chiquillo mío, ¿cómo has conseguío tú que el Cositas se avente de mi vera?

—Porque el Cositas tiée buen corazón y se lo pedí casi llorando—repúsole el Pelusa con voz apasionada.

—Porque el Cositas tiée buen corazón—siguió contestándole sistemáticamente a todo el que quiso enterarse, por él, cómo y por qué habíase alejado de Lola la Golondrina y desistido de sus amorosos propósitos, el guapo más guapo del barrio de Capuchinos.

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