domingo, 20 de enero de 2013

Más vale maña....

Publicado en: El Liberal (Madrid. 1879). 2/9/1903, página 1.


Paco el  Zurdo habíase ya metido en el querer hasta las mismas péndolas, cuando liándose la manta á  la cabeza fuese acompañado de Lola la de los Primores y con casi todo el barrio por séquito, á la iglesia de la Merced, donde el párroco uncióle para siempre al santo yugo matrimonial en menos que se persigna  un cura loco. 

Pasaron los días remitía en el Zurdo la fiebre y, como era de esperar, poco á poco primero, y como sobre potros desbocados después, lanzóse de nuevo por los antiguos atajos, dedicándose otra vez á quitarle el sueño á maridos celosos y padres desconfiados; á pasarse las  noches y los días entre faldas más o menos almidonadas y barriles más o menos católicos, y tres meses después del fausto suceso nadie hubiera creído, al verlo oficiar de rondador perpetuo en todo aguadero de agua más o menos cristalina, que tenía en su sala con alcoba de una de las casas menos desaseadas del Altozano, la chavala más graciosa y más  bonita que ha nacido de madre desde que el mundo es  mundo y el llano es llano. 

Y no piensen nuestros lectores que al hacer tal afirmación hemos mentido que tenía la de los Primores una cara que era un encanto, y un pelo negro anillado que bien podía servirle, suelto, de bata de cola, y un pecho que ni trabajado á cincel, y una cintura como una pestaña, y un aquel y una gracia y un ángel en toda ella, que no había hombre que al verla no se parase en firme, pusiera los ojos en blanco y apretara lo dientes, como si mordiera lo más dulce y sabroso en que puede hincar el diente humana dentadura. 

No llevaba Lola con muy evangélica resignación los desafueros y extralimitaciones de su Don Cuyo, y ya no sabía, qué hacer ni á qué santo encomendarse, cuando en la mañana en que la sacamos á relucir díjole Pepa la Presumida al topársela en el patio de la casa donde ambas vivían.

— ¿Querrás creer tú, Lola, que me da pena mirarte?

— ¿Y eso por qué?— preguntóle Lola sonriendo forzadamente.

— Porque hay hombres que están pidiendo á voces un ronzal; ¡porque parece mentira!, porque eso ya no es ser buena, sino ser tonta perdía; porque si yo estuviera bajo tu falda de percal y tu chaquetilla granate, otro gallo me cantara.

—Eso lo dices ahora, que si estuvieras donde yo y quisieras á un hombre como yo quiero al mío, ya tendrías paciencia, por más que ya me va fartando, Pepa, ya me va fartando, y ó mi Paco se enmienda ó yo no sé lo que va á ser de la que mi madre echó al mundo pa sufrir ducas y pasar fatigas.

—Si yo estuviera donde tú, ya verías cómo yo metía á tu hombre en cintura.

—Pos no parece sino que no conoces tú su genio; pa llevarle á mi hombre la contraria, sa menester preparar una barrica de árnica y un mauser con la bayoneta calá.

—¡Eso sí que es una porquería!; el que le pega á las  mujeres no es hombre, ni tié vergüenza, ni merece llevar calcetines ni pagarle iguala al barbero.

—Es que á mí nunca me ha puesto un dedo encima mi Paco.

—Es natural; como que te pone tós la mano cuando te pone alguno.

—¡Eso no es verdá! Mi Paco á  mí no me pega.

—¡No, pa qué! ¡Te pega y te la pega! ¡Pos no parece sino que á mí mi madre me echó al reondel sin ojos en la cara! Vaya; adiós, Lola, hasta luego y que te alivies, salero, si Dios quiere.

Y al decir esto, dió media vuelta y dirigióse á su sala Pepa la Presumida, mientras la de los Primores murmuraba sordamente, viéndola alejarse:

—¡Y tiée razón que le sobra, jásta pa rellenar un navío y un brisbares y la mar de bergantines goletas!
  
                                                                       II


—¡Dos cortaos del de Faraján!—gritó el Zurdo porraceando en una de las mesas del handilón del Catacaldos.

—¡Más pronto que un tiro!—exclamaba momentos después Pepe el Coronela colocando delante del Zurdo los dos de Faraján pedidos por nuestro héroe.

—Y otros dos más pa el Percalina, que ya está ahí— añadió Paco mirando á aquél, que acababa de penetrar en la taberna  con aire preocupado.

—¿Hombre, has llegao ya? ¡Pensé que habías emigrao á la Argentina—exclamó el Zurdo, dirigiéndose á  su amigo, [ilegible] sin dar las buenas noches, sentó [ilegible] un brazo sobre la mesa, echóse [ilegible] sombrero de un choclazo, cruzó  [ilegible] y empezó á canturrear [ilegible]  ronco y simpático timbre:

Malillamente, serrana
de un color eres de noche
y de otro por la mañana

El Zurdo lo dejó acabar la copla, y así que la hubo terminado, díjole mientras el Coronela colocaba sobre la mesa los otros dos cortados pedidos para el nuevo cliente.

—Pos dí tú que no tiées ni chispa de educación, ni de compostura, ni de cosa que valga ni lo parezca.

—Lo que tengo es una esazón que no cabe en ningunos de los compartimentos, y que estoy entre la espá y la paré, y que en mi pellejo quisiera yo ver ahora mismo al que inventó la pólvora, á ver qué era lo que el tal hacía.

—¿Pero se puée saber qué es lo que te pasa?

—Si á mí no me pasa ná; si á quien le pasa es á tí ¡pa que tú te enteres!

—¿A mí? Pero oye tú, ¿aonde tengo el tumor, que yo no me lo he notao?

El Percalina miró gravemente á su amigo, y tras breves instantes de vacilación y silencio, preguntóle entre temeroso y decidido: —Vamos á ver: si tu Lola hubiera dejao de quererte, ¿qué dirias tú?

—¿A mí dejar de quererme mi Lola?. Pues al que me dijera eso lo mandaría al médico ó á que le dieran una empajá ó á que le bordaran la baticola.

—¿Y al que te dijera que tu Lola quería á otro, y que esta noche tenía una cita con ese otro?

Y al concluir de decir esto incorporóse rápido y dió un paso atrás al ver el rostro descompuesto de su amigo, el cual, cogiéndolo violentamente por la solapa de la chaqueta, díjole con voz sorda y rugiente:

— Si otro que no fueras tú me hubiera dicho eso, á estas horas estaría pidiendo el santolio á voces.

—Por lo pronto, suelta la americana, que no tiée curpa el terno de lo que á tí te pasa, y resperto á lo de mala lengua, refréscate un poco y para los pies, que si lo que yo he dicho es verdá tiées que tener paciencia, porque ese mal trago tú te lo has buscao; tú que teniendo gloria santa en tus cubriles, vives á salto de mata y eres de los que no se acuerdan de Santa Bárbara hasta que truena.

                                                                               III


Las doce de la noche acababan de dar en el reloj de la vieja iglesia parroquial; solitaria y silenciosa estaba la calle donde Paco vivía, cuando desembocó por una de las esquinas un embozado, el cual con paso lento y cauteloso, avanzó hasta el centro de la calle, detúvose bajo el balcón donde solía lucir su garbo y gentileza la de los Primores y dejó escapar un tenue silbido.

El Zurdo sintió como la ira y la pena le subían al cerebro en terrible aluvión y fué á avanzar hacia el desconocido, cuando díjole el Percalina, sujetándolo férreamente por un brazo:

—No te muevas, no ves que manque estamos casi á oscuras, puéen verte y entonces, ¡jéchale un galgo!

Y conteniéndose el Zurdo, poniéndoles tornos y galgas y bridas á su indignación y á su cólera, esperó y pudo ver cómo se abria el bacón y cómo Dolores, su Dolores, la de más bandera entre las mujeres bonitas, asomábase recelosa, inclinaba sobre el barandal el airoso busto, preguntábale al desconocido con voz dulcísima y apasionada:

—¿Eres tú, locura de mi pensamiento?

 Y en vano pretendió el Percalina detener al Zurdo, el cual, desprendiéndose de sus brazos, tras breve y terrible forzejeo, avanzó vertiginoso y desesperado hacia el desconocido, al llegar junto al cual detúvose fiero y jadeante, diciéndole, al par que daba el aire su enorme y cachicuerna navaja:

—¡Mete mano, porque me matas ó te mato!

Y en aquel momento supremo, cuando la tragedia amenazaba con asomar allí más siniestros perfiles, tres sonoras é irónicas carcajadas resonaron al unísono: la fresca y argentina de Dolores, que se apretaba con las manos la esbelta cintura; la robusta y estruendosa del Percalina, que no osaba acercarse, sin duda por miedo al hule, al lugar de la acción; y la senil y cascada y aguardentosa del famoso tío Catite, padre de Lola, el cual, bajando el embozo de la capa y poniendo al descubierto su faz rugosa y renegrida, su nariz ya en contacto con la puntiaguda barba y su pelo blanquísimo, díjole al Zurdo con voz entrecortada por la risa:

—¡Hombre, por el amor de Dios! No seas bruto y guarta el jierro y no atentes á la familia, y piensa en que alguna vez pudiera tronar lo que felizmente entoavía no ha tronao, y salirte tus charranas por un ojo de la cara.

Y cinco minutos después alejábanse, cogidos amistosamente del brazo, el Percalina y el tío Catite, mientras el Zurdo escalaba el balcón, donde le aguardaba impaciente y ávida como siempre de su amor y de sus caricias, Lola la de los Primores, una de las mujeres más bonitas que ha nacido de madre de los barrios de mi tierra.

Arturo Reyes.


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