lunes, 11 de febrero de 2013

Trato hecho

Publicado en Mundo gráfico. 28/8/1912, páginas 6 y 7.


Antonio el Moreno se dirigió á la mesa junto á la cual está el Pelirrojo, y sentándose junto á éste, no sin antes golpearle afectuosamente, con una mano, en el hombro, exclamó, dirigiéndose al mozo de  Los Leones, que, reclinado contra una de las cuarterolas y con los brazos cruzados sobre el pecho, entreteníase en silbar uno de los tangos más en boca.
  
—A ver, tu, Isidoro, café pa mí y unas copas de veneno pa la compaña.

El Pelirrojo permaneció, grave y circunspecto, sin abrir los labios, como era en él casi sistema, y sólo cuando Isidoro hubo colocado delante de él los nuevos cortados de aguardiente, dignóse preguntar, con voz campanuda, al recién llegado:

—Qué, ¿cerraste por fin el trato con el de Osuna?

—Cá, señó Curro; pos no está ese gachó mu equivacao, cámara; usté supóngase que, el mu alma mía, se me ha dejao caer ofreciéndome por los seis muletos y los dos potros dos mil pesetas, cuando las dos mil pesetas, como usté sabe mu requetebién, lo valen na más que el pasarle las manos por las ancas.

—Sí que los bichos valen lo suyo—dijo el señor Curro, con acento reposado,—y yo creo que el hombre subirá la tara y arrematará por llevárselos; pero es que como está tan á gusto aquí, pos es natural, ese tira y afloja que se trae contigo le sirve al hombre de pretexto pa no izar el ancla de esta badía.

—¿y él qué interés tié en no izar el ancla de esta badía?

—¡Pos ni que tú vivieras en la luna! Pos si toíto er mundo sabe que el gachó está una miajita ilusionao por la Lucesita, la novia de tu compadre Antoñico el Tarambana.

—¿Por la novia del Tarambana?—exclamó mirando lleno de inquietud al Pelirrojo, el Moreno.

—Por la misma, y lo más peor no es que él esté por ella una miajita ilusionao, sino que, según parece, á ella no le pone él tampoco la boca amarga, y pa nu' que si el do Osuna no agüeca pronto el ala de aquí, va á tener tu compadre que tomar la mar de Zarzaparrilla de Bristo.

Cuando una hora después penetró en su casa el Moreno, iba con el entrecejo fruncido y la cara para que nadie intentara pedirle un favor.

—¿Qué es lo que te ha pasao á ti, so mal ange, que traes una cara que ni pintipara pa que yo pía el divorcio?—le preguntó su mujer, la cual, con las mangas arremangadas y dejando ver, por tanto, desnudos sus brazos redondos, y tan nítidos que dejaban transparentar las azules venas; y sus pies, de indiscutible abolengo andaluz, empleábase en tender la ropa, recién lavada, que iba sacando de una canasta.

Antonio el Moreno, que al penetrar en el patio lo primero que había hecho había sido quedarse en mangas de camisa y sentarse en una vieja mecedora, no se dignó contestar á la pregunta de su bizarra consorte, y, durante algunos minutos, permanecieron ambos silenciosos.

El patio presentaba un risueño golpe de vista con sus bien cuidados arriates, que la mano de Mariquita cuidábase de limpiar de hojas socas y de flores mustias, y que sus desvelos habían convertido en reducidas verjeles, en que imperaban las notas de rubíes de los geranios y las no menos purpurinas de los claveles de bengala; un á modo de tapiz de enredaderas vestía la parte más ruinosa del muro, donde ponían una nota de intensa poesía las azules campanillas; un carambuco lucía, en uno de los extremos, sus áureos botones, y en otro, un jazmín lucía Sus flores perfumadas; en el centro del patio, y sobre el carcomido brocal del pozo, goteaba el cubo, pendiente de una garrucha, y junto al brocal, sobre un tenderete de pino, el enorme lebrillo de lavar, aún lleno de jabonosas y espumantes aguas, hablaba elocuentemente de la índole pulcra y hacendosa de Mariquita.

—¿Conque no se puée saber—preguntó ésta— qué nialita yerba ha sío la que ha pisao hoy el hombre mas pelmazo y más guasón que ha puesto un divé en este valle de lágrimas?

Sonrió Antonio, y como ya sentía hervirle en el corazón lo que tanto le preocupaba, y como no se sentía nunca á gusto hasta confiar cuanto pensaba y sentía á su compañera,

—Cállate tú, chiquilla—exclamó con acento malhumorado;—que acaba de decirme una esos» el señor Juan el Pelirrojo que me ha puesto la boca más amarga que la tuera.

—¿Y qué ha sío lo que te ha dicho esa carreta de años y de güesos y de malas intenciones?

—Pos lo que me ha dicho ha sío... Tú sabes mu bien lo que yo quiero á mi compadre, Antoñico el Tarambana.

—Vaya si lo sé; pregúntamelo á mí, que cuasi tuve que peirle por la Pastora Divina que no me pusiera chinitas en el camino, cuando tuvo el mal gusto de consentir en ser yo la que te levara y la que te planchara y la que te espulgara y la que te zurciera toas tus prendas interiores.

—Y tú sabes—continuó el Moreno, sin parar mientes en las pahibras de su mujer— que si Antonio ha dio á Córdoba no ha sío más sino porque yo se lo peí por favor, pa que me arreglara una chapuza que yo tenía por arreglar con los Mellizos de Tebas

—¿Pos no lo he do saber, qué gracioso que ores tú: no lo he de saber, si me jiciste que te emprestara los cuatro chavicos que tenía yo arrejuntaos, pa pagarle á tu compadre el viaje, porque aquel día estabas tú con más boqueras que un mirlo?

—Y que de eso te pués tu quejar, salero, cuando eres peor que nadie pa las gabelas.

—¿Y el peligro que corro yo de que no me pagues? ¿Lo ves tú que sí te cito á juicio no me va á querer servir el Juzgao?

—Güeno, dejemos eso y vamos á lo que más interesa, ó sea á lo de mi compadre, al que me parece que le voy á poner un parte pa que se venga enseguía.

—¿Pero, eso por qué?

—Pos por una razón mu sencilla; porque, según me acaba de decir el señor Juan, Pedro el de Osuna, el que ha venío á ver si pué arrecoger los seis muletos y los dos potranquillos , anda dándole coba á la Lucesita, y como la Lucesita, sin ser mala, le gusta más el chufleo con los hombres que á tí mirarte en los ojos é mi cara...

—Jesús, María y José, ya ves, por tu causa me he costipao.

— Pos bien; conforme te diba diciendo, como si mi compadre ha dio á Córdoba ha dio por mo de mí, pos es natura, estoy que me ajogo con un soplío.

—¿Y qué curpa tiées tú que a la Lucesita le guste más que el turrón que la miren y la chufléen?

—Sí, pero es que yo sé que mi compadre está más loco que un cencerro por la Luz, y si viée y se trompieza con que el de Osuna le jace musarañas á su jembra, es mu posible que al hombre le dé la pica, y ya sabes tú lo que es el compadre cuando le da la pica, que dos picas que le han dao en su vía, una le costó estar tres meses y pico en el hospital y la otra una témpora en el Peñón de la Gomera.

—¿y qué quiées tú jacerle, qué curpa tiéos tú de to eso, si es que pasa?

—Es que si mi compadre no hubiera dio por mo de mí á Córdoba, no hubiera pasao naita; porque como la Luz, á pesar de to, á quien bien quiere es á mi compadre y, además, le teme más que á una espá esnúa, pos, ¡como si lo viera!, al primer guiño del de Osuna le hubiera güerto la espalda, y se acabó mi cuento.

—Sí, en eso ti s razón—murmuró, pensativa, Mariquita, y tras algunos momentos de meditación

—Vamos á ver—preguntó sonriendo maliciosamente á su marido;—¿qué te costaron á ti los seis muletos y los dos potranquillos?

—¿Y qué tiée que ver eso con lo que yo digo?

—Vamos á ver, tú contéstame á lo que yo te pregunto.

—Pos bien; á mi, entre lo que me costaron y lo que se ha arrimao, me vienen á estar... me vienen á estar...

Y tras echar cuentas durante algunos instantes de modo mental, el Moreno continuó:

—Pues bien; entre unas cosas y otras y chispa más ó chispa menos, á mí me vendrán á estar en unos seis mil reales mal contaos.

—¿Y cuánto te ha ofrecido á tí por ellos el de Osuna?

—Pos á lo más que ha llegao á subir ha sio á dos mil lordas y la convida.

—¿Y tú cuánto quieres sacar más de eso?

—Yo, menos, pero que un peazo menos de lo que valen; tú suponte que lo que yo quiero que me den es diez mil quinientos reales.

—¿Y dices tú que el de Osuna no ha venío aquí más que á cerrar este trato?

—Como que si ha vinío no ha sío más que porque yo le aconsejé que viniera.

—Es decir, que en cuantito cierre el trato el hombre y arrecoja los bichos, ya puée el gachó estar saliendo de estampía, ¿no es asín?

—Eso creo yo.

—Pos, hijo, premíteme que te diga qué hay días quo te alevantas con los cinco sentios jechaos en espíritu de vino. Si el de Osuna se va en cuantito cierre el trato; si lo que hay entre él y la Lucesita no es más quo cuatro pamplinas y cuatro quiebros de cintura; si tú estimas tantísimo á tu compadre; si tu compadre ha dio á Córdoba por mó de tí; si tú temes que si se entera del pamplineo de Luz con el otro puée el hombre buscarse una esaborición; si á tí los bichos te están seis mil reales mal contaos y el de Osuna te ofrece ocho mil, una de dos, ú eso del apego á tu compadre es pura guayaba, ú hay días en que habría que ponerte una iluminación en la mollera.

—Pero, ¿á qué viée tó eso?—preguntó á Mariquita mirándola con los párpados entornados el Moreno.

—Pos viée á que no sé yo por qué has dé apurarte tantísimo; y si no, ¿quiés tú saber lo que yo jaría en tu lugar?

—Pos de juro que quisiera yo saberlo.

—¿Y qué me vas á dar porque yo te lo diga?

—Según sea lo que tú me digas.

—Pos suponte tú que yo te digo lo que yo jaría en tu lugar y que tú lo jaces y te queas tan contento y con la frente más usa que la palma de la mano, y con la cabeza libre de tantas cavilaciones.

—En ese caso... chavó, en ese caso yo te daría... yo te daría...

—Vamos á ver, ¿qué sería lo que tú me darías?

—Pos yo te daría cien mil millones de besos de los de chipé, y tos ellos en la boca.

A mí me dejas tú de besos, que es mucha la cosecha que tengo yo de eso tó el año. Lo quo yo necesito son partieses ú cosa que lo parezca.

—Vaya, güeno; pos te daré un  mantón que vende la seña Dolore la Garabito.

—¡Ole por mi San Antonio!—gritó repiqueteando los dedos como crótalos Mariquita la Clavelera, y después

—Pos mira—dijo al Moreno,—lo quo yo haría en tu lugar sería llamar ó buscar enseguiita al de Osuna y decirle:—Mire usté, mozo güeno, como usté ha venío á Málaga por mó de mí y se ha metió usté en gastos y yo soy hombre de consencia, yo lo doy á usté los seis machos y los dos postrancos en las dos mil púas del ala, pero se los doy á usté con la condición do que se vaya usté enseguüta y se lleve usté mismo los bichos. Y como el de Osuna, lo que se trae con la Luz no es más que un tonteo, pos el gachó trinca los bichos, se larga tan campante á Córdoba, y aquí no ha pasao ná, pero que naita que ha pasao.

Antonio se quedó mirando como entontecido á Mariquita, y

—Pero eso, ¿cómo no se me ha ocurrió á mí?— exclamó lleno de asombro;—¡si eso no vale el mantón que te he prometió! ¡Si eso se le ocurrió á un tapón de corcho, á un puñao de virutas, á un rancho de calamares! Si eso no es ná, si eso no vale ná, si eso es como dicir Jesús cuando se estornúa.
Mariquita miró con expresión de cómica indignación al que de modo tan cruel recompensaba su femenil clarividencia, y

—Pos eso no quie dicir más sino que tú chanelas menos que un tapón y que un puñao de virutas y que un rancho de calamares, y como yo no tengo la curpa de ná de eso, á mi me tiés tú que mercar el mantón de la seña Lola Garabito.

—Sí, mujer, sí—se apresuró á decir el Moreno

—te lo compraré, ya lo creo que te lo compraré, ¿qué culpa tiés tú de que yo sea tan bruto? –Por vía de la Malena! Ahora mismito me voy á buscar al de Osuna. Y aquella tarde, cuando ya dado fin á los cuotidianos quehaceres, penetró de nuevo en su hogar

Antonio el Moreno, exclamó sonriente y dirigiéndose á su mujer que, graciosamente acicalada, tocado de flores el magnífico cabello, le esperaba cosiendo sentada junto á la puerta del patio, en el que el sol muriente ponía sus últimas claridades:

—Dicho y Jecho, cámara; dicho y Jecho, y toma y guarda en la gabeta esos parneses.

Y al decir esto arrojaba algunos billetes de Banco en la falda á su mujer, que le preguntó sonriendo:

—¿Y qué, se va mañana, por fin, ese arma mía?

—Mañana mismo se va, gracias a Dios y á tu boquita de grana.

—Pa que aluego presuma la Luz con los tenteos del de Osuna. Y ya ves tú si puée tontear, cuando no ha valió pa él tan siquiera ni dos mil quinientos ríales.

Y con razón, con sobradísima razón habíale contestado aquella tarde á su marido Mariquita la Clavelera cuando aquel le ofreciera cien mil millones de besos en pago de sus consejos, que de besos tenía ella siempre más que sobrada, sobradísima cosecha.


ARTURO REYES

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