viernes, 1 de febrero de 2013

Reseña de De Andalucía y publicación de Donde las dan las toman




Arturo Reyes, además de su gran talento y exquisito buen gusto (¡qué meritorio es esto último en los tiempos que corremos!), es, si no el más, uno de los más sinceros escritores regionales. Y bien meritoria es también la cualidad esta; porque no son pocos los que usan de una literatura regional ad usum Delphinis, quiero decir, de certamen nacional de género chico.

Los tipos y paisajes que de su país nos presenta Arturo Reyes, tienen el encanto de una realidad pasmosa avalorada por el arte de la mejor ley. De Andalucía, es un libro extraordinariamente bello. Todos sus cuentos, llenos de gracia y de emoción, son de loa que se releen y no se olvidan.

He aquí uno de ellos, para regalo de los lectores:


DONDE LAS DAN LAS TOMAN

I

Cuando Pepa la "Tripicallera" penetró en la sala de su madre, entreteníase ésta en hacer prodigios con la aguja en algo parecido á una chapona acariciada por los intensos rayos de sol que inundaban el aposento y convertían en joyeles de piedras preciosas las flores que en tiestos y macetas orlaban el renegrido balcón.

Pepa entró en la estancia á modo de torbellino y sentóse sin decir oste ni moste en una silla, apoyó un codo en el espaldar y una megilla [sic] en la palma de la mano y dió comienzo á redoblar nerviosamente con los tacones sobre los rojos ladrillos.

La señá Dolores desdoblo el escuálido busto, se colocó las gafas á modo de venda sobre la rugosa frente y exclamó con acento de reproche, contemplando fijamente á su hija.

—Que Dios te los dé mu güenos.

—Usté perdone, madre, usté perdone, es que yo estoy mu malita, es que á mí mi hombre concluye por golverme loca.

—Tú te tieés la curpa, pero ya á la cosa no se le puée echar tapas y medias suelas, y por un gustazo un trancazo.

—Pero si es que no se puée aguantar á ese charrán.

—Ya te lo eciamos yo y tó er mundo antes de que fueras á la parroquia.

—Si, pero es que yo tenía una venda.

—Y vamos á ver, ¿qué hay de nuevo?

—Pos hay de nuevo que yo no puéo más, que tengo repudría la sangre, que hace dos horas, al ir á casa de Pepita la "infundiosa," me trompezé con mi hombre, y lo vide yo, yo, yo con mis ojos, pegar la hebra con Toñuela la de los «lunares,» con ese estornúo de mujer, con ese tiesto, con esa cresta de gallo minino, que no vale ni lo que yo espertoro.

—¿Y qué más?

—¿Quiée usté más? Pus si, hubo más; que cuando los vide me fuí pa ellos, y dicen que la Toñuela tiée un ojo como un melocotón, y... mire usté, qué añadío, voy a encerrar en un guardapelo.

Y al decir esto sacaba del bolsillo y se lo mostraba en la crispada mano una abundante maraña de pelo rubio.

—Pos mira, en dándole una poca de cal, un añadío pa mi; ¿y qué más pasó?

—Pos pasó que á mi hombre, que está pidiendo á voces un ronzal, se le puso la rabia sobre el corazón y me llevó á la casa y me ha puesto el cuerpecito acardenalao.

Y la muchacha rompió en acerbo llanto al recordar la contundente escena.

Minutos después decíale su madre empujándola suavemente hacia la alcoba:

—Anda, métete ya dentro, que estará al venir, y lo que es la digestión, se la cortamos; ¡vaya si se la cortamos!


II


Toño sabía dónde estaba Pepa; durante una hora logró dominarse, no sin dar fin á una botella de Montilla ayudado por Juanico el "Torozona", en la taberna del "Ballenero"; pero después se le puso de pie algo en la conciencia, y le dija[o]:

—No seas bruto, hombre, no seas bruto; tu Pepa es más bonita que el sol, más buena que un bálsamo, te quiere con delirio y tú eres un animal, porque después de faltarle un día sí y otro no, y el de enmedio con toditos los jarambeles con que te tropiezas, le amoratas el cutis de terciopelo, y eso es una judiada, y el día menos pensao se va á cansar tu rosicles de aguantarte y va á remontar el vuelo, y ese día te da el tifus y el cólera, y hasta la fiebre amarilla, y vas á andar por esas calles de Dios haciéndole la competencia al "Melena" y á Joseito "el de Vélez".

Y pensando en aquello que le decía lo que se le había incorporado en la conciencia, no pudo aguantar más, y
—Ya vuelvo—le dijo al "Torozona", y salió del hondilon como si fuera á pedir para alguien los Santos Óleos.

Cuando nuestro hombre penetró en el aposento de la señá Dolores, se incorporó ésta violentamente, se dirigió y se detuvo delante de él, cruzó los brazos y exclamó con sordo acento de reproche:

—Ya te saliste con tu gusto, so pendón; ya te saliste con la tuya; lo estabas pidiendo á voces; tú no podías tener á la vera un relicario como era mi Pepa.

—Como era y como es—exclamó sordamente Toño.

—No; como era, porque ya se ha enturbiado la fuente, y ya has conseguío lo que querías.

—¿Qué es lo que yo he conseguío?—rugió Toño, abriendo enormemente los ojos—¿qué es lo que dice usté, agüela?

—Yo digo los Evangelios; yo te dí lo que tú no merecías, una prima hermana de la Virgen del Carmen, y tú, que no distingues, te creíste que era una chanca y te empeñaste en tirarla á la calle y la tiraste, y como... Julián el "Tormenta" estaba en la acera de enfrente, esperando al maná, pos velay tú...

No pudo continuar la vieja, Toño al oir aquello había sentido morderle un tigre en las entrañas, ¡su Pepa, su Pepa con el "Tormenta!"

La señá Dolores se asustó de su obra, quiso enmendar el yerro, pero Toño, lívido y arrebatado se lanzó hacia la escalera sin oir á la vieja que le gritaba:

—Ven, van acá, ven por Dios, que tó es mentira.


III


Una hora después estaban de regreso Pepa y la señá Dolores en el aposento de ésta; habían recorrido todo el barrio, cada una de ellas por un lado, sin encontrar á Toño.

Apenas hubo tomado resuello un instante exclamó Pepa:

—Yo me voy, madre, yo me voy otra vez jasta encontrarle, yo me estoy muriendo, no me llega la camisa al cuerpo. ¡Virgen santa y si encuentra al "Tormenta"! ¡Virgen Santísima y lo que va á pasar!

Y cuando ya se dirigía Pepa hacia la puerta se abrió ésta violentamente y apareció en el umbral el "Torozona" jadeante, sudoroso y con el semblante contraído:

—"Torozona", ¿y mi Toño? ¿aónde está mi Toño?—preguntóle Pepa con voz angustiada, y cogiéndole violentamente por un brazo.

—¿Tu Toño?...tu Toño?

—Si, si, mi Toño, ¿aónde está mi Toño?

—En la cárcel—repúsole el "Torozona" con voz sombría.

—En la cárcel, ¿y qué ha jecho, qué ha sío lo que ha jecho?

—Pos no ha jecho cuasi na, diez años de chirona tie lo menos.

—Pero, ¿por qué, Dios mió, por qué?— exclamó Pepa, rompiendo en desesperados sollozos.

—Puee por ná cuasi, porque le ha metio una puñalá al "Tormenta" en los pectorales que no ha dicho pío siquiera, ¡valiente puñalá! como que parese que se la ha dao con el espolón del Carlos V.

Una exclamación de horror brotó de la garganta de la "Tripicallera", mientras la señá Dolores decíale al "Torozona" con voz desgarradora.

—Y tó por mí, "Torozona", vaya usté por Dios corriendo por un piquete pa que me fusilen.

—Mejor será que sus traiga esta pañito de lágrimas—exclamó el "Torozona", asomándose á la puerta del cuarto y volviendo con Antonio cogido por el brazo.

Un minuto después decíale el Toño á Pepa mirándola con infinita ternura.

—Yo te había visto, mujer, yo te había visto, cuando tu madre me dijo aquella barbaridad, tú fuiste á salir de la alcoba y yo te vide esa carita graciosa; pero como el mal trago ya me lo había bebío y se me había puesto al revés el corazón y había visto amortajaitas pa siempre las alegrías de mi pecho, dije yo: aonde las dan las toman, y pa que no juegue más con pistolas vizcaínas, le voy a dar la esazón, y te la di; pero ya se acabó tó, y yo te perdono, y tú me perdonas, y si tu madre y mi amigo lo premiten te voy á dar un beso en esa  clavellina de tu cara pa endulzarme el amargor de boca.

Y se dieron el beso anunciado y algunos más mientras la señá Dolores y el "Torozona", sonrientes y satisfechos, contemplaban cómo iluminados por el sol brillaban cual si fuesen de riquísima pedrería, las rosas y los claveles de las pintadas macetas.

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