sábado, 19 de enero de 2013

Reseña de La Goletera



La abundancia de asuntos ha sido parte para que vaya retrasándome en dar noticia á los lectores de LA ESPAÑA MODERNA de algunas obras literarias publicadas en los últimos meses. A fin de ir liquidando este atraso, me limitaré á decir breves palabras acerca de los libros á que me refiero.

Uno de ellos es La Goletera, novela del celebrado escritor D. Arturo Reyes. Se ha publicado ya su segunda edición, lo cual dice mucho en demostración del agrado con que el público ha acogido esta obra, pues es sabido que, á excepción de los libros de media docena de escritores de primer orden, como Galdós, Pereda, etc., las primeras ediciones de las obras literarias no suelen agotarse, ni venderse siquiera, y no hay lugar por tanto, á las segundas.

A sus méritos positivos de escritor, une el Sr. Reyes la feliz circunstancia de haber tenido propicia á la  prensa desde que publicó su primera novela Cartucherita, y haberse dado á conocer de este modo rápidamente.

La Goletera tiene un marcado aire de familia con las dos novelas anteriores del autor, y no es extraño que lo tenga, puesto que procede de la misma pluma y las ha seguido tras un intervalo de tiempo no muy largo. Es, como aquéllas, un cuadro de costumbres andaluzas, y los méritos de la nueva novela son del mismo género de los que aplaudimos en las anteriores, si bien en ésta los aumenta la mayor experiencia adquirida por el Sr. Reyes en el arte de novelar. Se observa, efectivamente, en La Goletera, mayor soltura en el desarrollo de la acción; hay progreso en la manera de presentar en escena y de mover á los personajes, y también en la naturalidad del lenguaje que en boca de ellos pone el novelista.

Los defectos que pueden señalarse en La Goletera son también semejantes á los de Cartucherita y El lagar de la Viñuela. Todas estas novelas son, en realidad, cuentos largos. La parte episódica es muy rudimentaria. El autor profundiza poco. La psicología de los personajes es superficial, epidérmica, á fleur de peau, como dicen los franceses. Sus pasiones no tienen complicación alguna, son elementales y sencillas. Mientras se mantienen dichos personajes en este terreno, mientras no pasan de las formas comunes de lo afectivo, resultan figuras vivas y animadas. Cuando se elevan á más altas regiones, pierden casi toda su naturalidad, y con ella casi todo su encanto. 

El Sr. Reyes es, ante todo, un colorista. La calificación de color aplicada á lo literario abarca una amplia esfera metafórica: vale tanto como adecuada y expresiva representación de lo sensible, de lo exterior, con sus caracteres individuales. En esto sobresale el autor de La Goletera; por eso puede decirse que su estilo tiene mucho colorido, y sí parece demasiado manoseado el símil pictórico, que es muy representativo, que expresa muy bien lo físico, la vida exterior. De ahí que en su novela lo que más atrae no es la acción en sí misma, ni los caracteres de los personajes, sino las escenas descriptivas, algunas de ellas secundarias con relación al argumento de la novela.

El asunto corresponde también á esta tendencia colorista del estilo: lo representado está en armonía con las formas de la representación artística. En La Goletera vemos escenas de celos entre mozas de empuje y majos enamorados y valientes; amores y puñaladas; la guapeza y el ardor de la pasión amorosa, los dos rasgos característicos con los cuales nos representamos el tipo popular andaluz. Gran parte de nuestro público tiene debilidad por esta clase de asuntos. Y acaso es un error creer que lo que se ha llamado el andalucismo es una superposición artificial de influencias extrañas al verdadero carácter español, como sostienen algunos. Precisamente por la conformidad entre las tendencias del carácter nacional y el andalucismo, se explica la influencia de éste hasta en sus degeneraciones y caricaturas, como el flamenquismo.

Pero si la representación de escenas y de tipos corresponde en La Goletera á la realidad popular, no podría asegurarse lo mismo de la vida interior de los personajes, de los sentimientos é ideas por los cuales aparecen movidos. El Sr. Reyes, como muchos literatos buenos y malos, y hasta algunos eminentes, de España y de fuera de España, idealiza interiormente  á sus personajes populares, atribuyéndoles refinados sentimientos morales que son, en gran parte, resultado de la educación y de las condiciones de vida de las clases elevadas. No es nueva esta tendencia, y se explica fácilmente que haya sido para los literatos una tentación muy viva la de presentar el contraste entre la humildad de la condición social de un personaje y la elevación de sentimientos que le convierte en tipo caballeresco. Mas estos contrastes suelen ser puramente artificiales é imaginarios. Muy lejos estoy de querer significar con esto que el pueblo sea inmoral, ni siquiera menos moral (dadas sus condiciones de vida) que las clases elevadas de la sociedad. Lo que quiero decir es que tiene otra manera de ser moral. El problema de la conducta humana no se ofrece bajo el mismo aspecto en una cabaña que bajo el dorado techo de un palacio. El código de las conveniencias y de las preocupaciones que regula tanta parte de la conducta de todos los hombres, nobles ó pecheros, campesinos ó ciudadanos, es un código de clase que, en cada una de éstas, dicta diferentes reglas. De ahí que los sentimientos de exaltado honor caballeresco que mueven en ocasiones á Trini la Goletera, á Paco el de las Campanillas [sic] y al Cantimplora, personajes todos ellos de la novela del señor Reyes, me parezcan colocados un tanto fuera de su lugar propio. La discusión de este punto me apartaría acaso de los propósitos de brevedad que he anunciado al principio, por lo cual la omito, reduciéndome á hacer la indicación anterior.

No diré tampoco que en el ancho campo de las posibilidades no pueda darse alguna vez el caso de esta trasposición de sentimientos; pero los literatos que entienden y pintan de ese modo los personajes populares, no suelen concebirlos como tipos excepcionales. Lo que les ocurre es que, sin darse cuenta de ello, trasladan sus propios sentimientos de clase á los entes creados por su fantasía, y les atribuyen lo que por más noble y elevado tienen, sin curarse de si pegará ó no en las figuras novelescas y dramáticas, dada la condición social que se les supone. 

Con todo, la novela del Sr. Reyes es obra de muy agradable lectura. Entretiene y no fatiga. Llena, pues, cumplidamente el fin más inmediato de las obras de literatura amena.


E. GÓMEZ DE BAQUERO

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