miércoles, 6 de febrero de 2013

Cielo azul, novela andaluza




Arturo Reyes ha dado á luz esta nueva novela de costumbres andaluzas. Y más aun que de costumbres, de ideas, de sentimiento, de alma andaluza.

El autor de Otoñales y Cartucherita sigue cual Anteo abrazándose á su madre la Tierra (la tierra andaluza en este caso) para cobrar fuerzas en la lucha con la forma por la conquista de la inmortalidad literaria.

Con excelente acuerdo, y puestos los ojos en la gloria del inolvidable Pereda, hace regionalismo en poesía rimada y sin rimar; y peñas arriba camina cada momento má en vísperas de ser el pendant malagueño del incomparable novelador santanderino.

Como en Carchuterita se narran las andanzas de un torero, en Cielo azul se cuentan las de un cantaor de tronío.

Nació en la sierra, y mecida su cuna al arrullo de los ruiseñores campestres, de ellos aprendió los cadenciosos y tristes gorjeos de sus soleares y guajiras, y por el parentesco de su privilegiada garganta con la de los alados amigos de sa niñez, de ellos también recibió el remoquete y nombre de guerra: El Ruiseñor.

De la sierra trasládese á la capital. Y sus azarosos triunfos en ella, como artista y como niño pinturero, y el calvario de un amor no bien correspondido, y el desmoronamiento de una tisis galopante, integran el contenido de las 312 páginas del volumen.


Hemos extractado el argumento y no hemos hecho nada, porque el argumento no es en este caso sino el pretexto de la novela, el cañamazo, en el cual, con hilos multiculores, se borda un paisaje de luz y de color vivificante; de cielo azulado y mar turquesa; de jardines frondosos y patios como jardines. Sólo que en esos jardines, como canta la copla

En el jardín de amor
ten por sabido,
la flor que más abunda
es el suspiro.

En la novela, aun antes que en el drama contemporáneo, se ha verificado una evolución radicalísima. Antes, en la poesía épica como en la dramática, lo principal, lo determinante era la acción, y de ahí los nombres épico, del verbo griego pieio, que significa hacer y dramático, del verbo drin, que también vale lo mismo que hacer. De ahí que el interés y precio de los poemas, novelas y comedias se cifran en la trama enrevesada y compleja, en lo estallante de las peripecias y en lo inesperado, asombroso y aun mágico de los desenlaces, ya bélicos (rara vez), ya espantablemente catastróficos.

Hoy, al contrario, la acción suele ser simple: cabe en un papel de fumar. Se han desterrado las peripecias: nadie tiene que reconocer á nadie, ni encontrarse á deshora; y gracias á reveladores medallones ó lunares ó antojos hizo su hermano de los que largos días considera extraños y aun enemigos. El desenlace se columbra desde el principio.

Poco, pues, ordinariamente, hay que decir del argumento de las novelas modernas, nacionales y extranjeras. Del de Cielo Azul, sin embargo, hemos de consignar usa alabanza. Todos los amores de esta obra son perfectamente honestos, y los hombres y mujeres que intervienen, honrados, dándose por el pie á la vulgaridad francesa del menage á trois.

La enjundia de Cielo Azul está en la descripción de escenas y en mucho de psicología popular; pero sobre todo y ante todo en el colorido y en el lenguaje. Nos da la sensación del álbum de un paisajista insigne, confirmándonos en la opinión aventurada por Rene Bazin, conforme á la cual cada novelista es un pintor; Bourget, pone el preopinante por ejemplo, pintor de interiores; Pierre Loti, paisajista; Anatole France, retratista; Prevost, admirable pastelista y acuarelista.

La descripción de la floresta ribera del río y á vista de la vía férrea, musicada por las oropéndolas, perforado  por los botones reventantes y por al aire que traía efluvios de los naranjales, esa floresta, donde se despiden
El ruiseñor y María Rosa, puede servir de modelo.

Como el hondilón del tío Juan, al clarear el día, con los parroquianos trasnochadores ó madrugadores. Como el ventorro de Rosarito la de los claveles, ó el patio y fiesta de los Torrijos, ó la plaza de toros (el público), ó la figura y persona de Paco el Cartagenero y Lola la Golondrina.

El lenguaje es inimitablemente andaluz. No por el ceceo, ni por las jotas, ni por las palabras mal pronunciadas, sino por las metáforas, por los sentires...

Todos los capítulos finales, en los que se va viendo al Ruiseñor que, paralelamente á los pedazos del pulmón, va perdiendo los del alma en afectos que parecen más sinceros, y que huyen espantados ante la ruina de su cuerpo como pájaros frente al hosco y ridículo pelele, es de una intensidad emotiva, extraordinaria y entran en un orden de belleza sentimental más alta que el de los dibujos exactos y diestramente coloreados.

Hemos de ser totalmente sinceros. No se puede poner veto moral á Cielo Azul, pero tampoco debe entregarse en todas las manos, lo cual, por otra parte, puede decirse de todas las novelas...incluso de las de Pereda.


MARCIAL.

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