viernes, 8 de febrero de 2013

Romance morisco




Por la Puerta Tolaitola
penetra Almanzor, al frente
de sus taifas de andaluces,
de sus rudos bereberes,
de sus hábiles arqueros,
de sus ágiles jinetes
berberiscos, que acaudillan
sus bravos almocademes.

Por la Puerta Tolaitola
avanza, y al sol que hiere,
cual con centellas de oro,
sus huestes, brillan sus huestes;
brillan sus ricos liwaes;
sus trompetas relucientes;
los ondulantes penachos
prendidos en los bonetes;
las resonantes lorigas;
los nevados alquiceles;
las marlotas recamadas;
los vistosos gallardetes;
las bandas y las preseas,
del amor, dulces presentes;
y en las picas, enhestadas
de los bárbaros zenetes,
cien cabezas de rumíes,
que aun en sus ojos retienen
la última y rencorosa
mirada que ni aún la muerte
pudo borrar; y tras ellos,
destrozados los arneses,
pero tan fieros y altivos,
y tan en alto la frente,
que más que los derrotados
los triunfadores parecen,
caminan los prisioneros,
los indómitos leoneses
y los indómitos vascos;
los que no quiso la suerte
contraria, que sucumbieran
al hierro de los infieles
que arrasaron sus castillos,
que destruyeron sus mieses,
que sus templos profanaron
y osaron á sus mujeres.

¡Gloria á Almanzor! grita el el pueblo;
y ¡gloria! gritan, al verle,
en las blancas azoteas,
en los altos minaretes
y en las verdes celosías
de los áureos agimeces,
labios, al beso propicios,
labios que flores parecen.

¡Gloria á Hagile! todos gritan;
mas todos, al par, advierten
que nada del gran caudillo
desfruncir logra !a frente;
nada su faz ilumina,
nada su espíritu enciende,
nada acaricia su pecho,
nada su pecho divierte,
y en vano la gente grita
y en vano bulle la gente,
y en torno suyo lo aclama,
que ser dichoso no puede
en tanto suya no sea
la que sus ojos suspende
con los suyos melancólicos,
en los que el sol resplandece;
que cual [ilegible] la rama
es flexible, la que tiene
la esbeltez de los juncales;
aquella en la que florecen
dos nítidas azucenas
en el seno; la que puede
hacer llorar á la aurora
de envidia; la que se mueve,
al andar, cual la gacela;
la hija, en fin, del que defiende
la frontera del cristiano,
en la margen siempre verde
del Tormes; por la que diera
gustoso cien y cien veces,
de Córdoba sus palacios,
de Medina, los vergeles;
las bellas, gala y orgullo
y ornato de sus harenes;

sus aceros más preciados;
sus armaduras más fuertes;
sus más ricas tunicelas;
sus más bellos martinetes;
sus, del huracán hermanos,
rapidísimos corceles;
y es tanto su amor, que diera
por posar su labio ardiente
sobre sus labios de grana,
hasta el polvo que contiene
el rico cofre esmaltado
con ricas piedras de Oriente,
donde el polvo recogido
por sus fúlgidos arneses
en lides cien, atesora;
polvo que guarda y que quiere
derramen sobre su cuerpo
cuando su cuerpo ya entierren.

¡Gloria á Almanzor! gritan todos;
y ¡gloria! gritan al verle
tras las verdes celosías
de los áureos agimeces,
labios, al beso propicios,
labios que flores parecen.

ARTURO REYES

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