viernes, 1 de febrero de 2013

El de la Umbría. Capítulo octavo



LA NOVELA ANDALUZA

En vista del éxito de esta revista y queriendo corresponder de alguna manera al creciente favor del público, hemos decidido publicar una serie de novelas andaluzas debida á las mejores plumas de los escritores de la región. Arturo Reyes, Julio Pellicer, Ramón A. Urbano, Fernández del Villar, Casaux España, Martínez Barrionuevo y otros nos han prometido cooperar con sus bellos escritos al mejor éxito de esta sección.  

Arturo Reyes, el padre de la novela andaluza, ha abierto la marcha con una narración primorosísima, como todas las que salen de su brillante pluma.

 Por su extensión la vamos publicando en fragmentos procurando hacer los cortes al final de los capítulos, para el mejor conocimiento de los lectores.
La novela de Reyes lleva este título:

El de la Umbría

Capítulo Octavo



Sonaron las ocho y media en el reloj de la vieja iglesia, y Pepa más engalanada que de costumbre, con el abundantísimo pelo graciosamente peinado y con el rostro radiante de júbilo, exclamó con voz emocionada, dirigiéndose á la señá Currita, su pariente:
—Yo me voy y güervo enseguía; ya sabe usté, si viniera Tobalo, le dice usté que he dio á casa de Pepa la Hortelana.

Y dicho esto, dirigióse á la parte posterior del edificio, atravesó el corral, abrió la puerta de éste y salió al campo, rápida y sigilosa.

La noche era fresca y apacible: el cielo aparecía esmaltado de estrellas, sin que una nube empañara su ámbito sereno; ligera brisa hacía ondular suavemente las ramas de los copudos árboles; llegaban hasta allí desvanecidos los ruídos del poblado, y allá á lo lejos, las altísimas cumbres recortaban con sus lomos obseuros el fondo intensamente azul del horizonte.

Pepa caminaba trémula, vibrante de ansiedad y embriagada de gozo. Iba á ver al Niño, á aquel hombre, al que tenía metido en el alma, al hombre único ante cuyo ardiente mirar rendíase á discreción con todas sus fierezas y con todas sus indomables energías; iba á verlo, por fin, tras dos eternas semanas de ausencia: ¡quice días sin verlo!; quince días de angustias y de miedos horribles y de agonías inaguantables; no; aquello no podía continuar de aquel modo; ella quería, si, quería compartir los peligros de muerte al que por causa de ella habíase tenido que lanzar, además, se iba descorriendo la cortina, y su hermano Cristóbal podía hacer con ella una barbaridad el día menos pensado, y más, mucho más, desde que había tenido que echarle toda el agua al molino á causa de las pretensiones de Antonio.

Y absorta en sus meditaciones, iba Pepa saltando arrollos y escalando pendientes, cuando una voz robusta, voz de hombre, la voz del hijo del Naranjero, resonó en sus oídos, dicíéndole con acento sarcástico y despechado:

—Cuidado con los baches, que se pudiera usted ensuciar los zapatitos, morena.

 La Jabalina quedóse un momento inmóvil, llena de susto, de profunda sorpresa al verse vendida, pero su miedo no duró más que breves instantes; reaccionaron los vigores de su alma, y arrancando á correr, sujetándose las faldas con ambas manos, exclamó con trémulo acento:

Estamos vendíos, estamos vendíos.

Nunca había corrido tanto la Jabalina, y cinco minutos después desplomábase rendida en brazos de Pedro, el cual, tras besarla con desesperado ahinco en la boca, preguntóle con voz intranquila:

— ¿Poi qué has venío asín, ajogaita casi? ¿Poi qué le falta el jálito á la única alegría de este probetico desamparao?

—Poique he pasao un miedo mu grande por ti, poique mos han traicionao,— repúsole Pepa con voz jadeante, paseando su inquieta mirada por los contornos.

—¿Cómo, que mos han traicionao— exclamó sordamente el Niño acordándose del ventero.

—Lo que te digo: al venir pa acá me he encontrao un puñao de basura que estaba acechándome escondio en el olivar del Calesero, y ese montón de basura está rabioso, poique quería pa él lo que á ti solito te pertenece, y ese hombre tiée mala cara y tiée que tener podrías las intenciones.

—A ese hombre ya le explicaré yo el catecismo, conque déjate ya de sustos y de aprensiones y siéntate á mi verita, que me estoy muriendo de ganas de verte, y de oler el tomillo de tu boca y de oír cantar en ella el ruiseñor de los quereles.

Y cuando el amor, disponíase á dejar oir sus embriagadoras cadencias bajo un horizonte cuajado de melancólicos luceros, en un ambiente impregnado de silvestres aromas, un relámpago iluminó un instante uno de los espesos breñales de la inmediata ladera, tronó seco disparo de escopeta y exclamó el de la Umbría al sentirse quitado el sombrero del balazo:

—La vida te va á costar el calañés, cobarde!

Y arrojando de un empellón al suelo á la Jabalina, enganchó rápido la manta en el cañón de la escopeta y encorvado, casi arrastra, y ondeando aquel á modo de pendón, lanzóse al puente, al asomar al cual un nuevo disparo iluminó el cercano breñal, y otra bala seseó lúgubremente en los oídos del contrabandista, que abatiendo al punto el engaño, echóse la escopeta á la cara, y

—Dios te perdone!—exclamó roncamente al mismo tiempo que la nueva detonación parecía serpear por las profundas cañadas.

Y si dos minutos después hubiera podido brillar el sol, habiérase podido ver á la luz, á Cristóbal revolcándose en su sangre y arrancando con manos crispadas las hierbas silvestres que cubrían á modo de alcatifa el lugar de la emboscada, y poco más allá, oculto por un corte del terreno, al tío Cachorrito, que murmuraba sordamente:

—Pos ya se vendió el pescao y se me acabó la venta, poique lo que es el hijo de mi madre no reza más en aquella ermita.

Y hubiérase podido ver también allá lejos, muy lejos, al Cantinero, que decíale al hijo del señor Curro:

— ¿No te dícía yo que esta noche rellenaban carne con plomo en el puente del Tejarillo, no te lo dicía yo?

Y mientras el uno se revolcaba con el pecho traspasado, y el otro buscaba mentalmente un escondite donde no le pudiera alcanzar la venganza de contrabandista, y el Cantinero felicitábase de su previsión, el Niño de la Umbría lanzábase al vertiginoso galopar de sú potro Cartujano por los más ocultos senderos de la montaña, llevando á la grupa á Pepa la Jabalina, la que era para él, según él decía, su rosa de Jérico y su manojito de flores.

ARTURO REYES

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