viernes, 7 de diciembre de 2012

Desde El Surco

Reseña publicada en la Revista contemporánea (Madrid) el 4/1896, nº 102, páginas 94-99.


Quien sepa que soy amigo de Arturo Reyes, pensará que estas líneas van á ser otros tantos piropos literarios que el  afecto pone en mi pluma y la benevolencia de un periódico lanza á la publicidad.
 
Quien aquello ignore y sepa que yo hago versos, se imaginará seguramente que estos renglones van á ser un pliego de cargos redactado por la envidia.

Los que tengan la paciencia de leer hasta el fin, sabrán á qué atenerse.

Desde el surco se titula el nuevo libro que acaba de publicar Arturo Reyes, del cual libro han hablado ya quienes tienen títulos para entender de poesía y para censurar y aplaudir con la infalibilidad posible en materias de arte.

Yo me limitaré á exponer mis impresiones.

La obra en que me ocupo es, á mi juicio, bastante desigual. Hay en ella, verdaderamente barajados, cantos hermosos y poesías incorrectas; triviales tropos y originalísimas imágenes; versos gongorinos, altisonantes, huecos, y estrofas espontáneas, límpidas, aladas.

Y á las pruebas me remito.

La composición titulada Sueño triste, por ejemplo, contiene, amén de no pocos ripios, consonantes vulgares y símiles de mal gusto:

En los pliegues misteriosos
de las sombras, vaporosos,
se esfumaban los objetos;
y en las estatuas yacentes
sentábanse irreverentes
en filas los esqueletos.

Y allí esperaban la hora
en que al vibrar la sonora
lenta voz de la campana
que la medianoche anuncia,
á sus quietudes renuncia
la fúnebre caravana.

Con esas dos sextillas queda probado lo que respecto de Sueño triste he dicho más arriba.

Por fortuna, tres páginas después encuentra el lector una poesía, «El contrabandista», que la firmaría gustoso el mismísimo Ferrant.
       
Sí, señores, Ferrant. No hay más colores en la paleta que los esparcidos sobre el papel por la pluma prodigiosa que ha escrito esos versos. El pintor no puede ir más allá en dibujo, en colorido, en relieve, en palpitación. Y como obras son amores, ahí va la joya:

EL CONTRABANDISTA
(De Antaño)

Á D. Ramón de Campoamor.

Jinete en su pujante
yegua alazana,
á la luz misteriosa
que anuncia el día,
entonando una dulce
canción gitana,
va cruzando valiente
la serranía.
Ceñido á la cabeza,
y atrás atado,
de arabescos dibujos
lleva un pañuelo,
y hacia la sien izquierda,
con gracia echado,
el calañés brillante
de terciopelo.
Todo lo que en sí ostenta
vale un tesoro:
marsellés adornado
con alamares,
jubetín con lucientes
broches de oro
que abrillantan las tintas
crepusculares,
tersa faja de raso
color de grana,
camisón con chorreras
de fino encaje,
azulado y ceñido
calzón de pana
y polainas con flecos
de correaje.
Del arzón suspendida
corta escopeta,
que un juguete parece
de roble y plata,
con la cual, temerario,
tranquilo reta
el peligro y defiende
su vida ingrata.
Es su yegua arrogante
la más briosa
que recorre los campos
de Andalucía,
y es la manta que luce
tan primorosa,
que su urdimbre parece
de sedería.
Avanza con gallardo
trote ligero,
trote que ningún otro
corcel iguala,
y al caminar se antoja
que del mosquero,
los borlones, claveles
son de bengala.
De brocado parece
la baticola,
y la cincha de raso
de cien colores,
y con lazos prendida
lleva la cola
y adornadas las crines
lleva con flores.
Y camina la yegua,
y el mozo sigue
cantando con amante
monotonía,
sin pensar si la gente
que lo persigue
regará con su sangre
la serranía.
Y allá va presuroso,
de amor henchido,
por llegar al poblado
con la mañana,
allí donde le esperan
su hogar querido
y en su hogar las caricias
de su serrana.
Y arrostrando la muerte
va solitario,
sin temor, pues no sabe
qué son temores,
pues su vida defiende
su relicario,
donde lleva la Virgen
de los Dolores.

De extraordinario mérito es también la composición titulada “En mi tierra”, donde el poeta de nuevo derrocha color y música, hermanando además en sus versos, al describir tipos y escenas andaluces, la minuciosidad y la precisión del fotógrafo con la noble libertad del artista.

Pero no es sólo en ese género puramente descriptivo donde Arturo Reyes muestra sus dotes excelentes como poeta, ni sólo son los metros brillantes y musicales los que maneja con maestría; cuando, cerrados los ojos, dirige la atención sobre su espíritu, en él encuentra veneros de inspiración melancólica que luego derrama en las estrofas tristísimas de «Vaguedades», donde hay mezcladas amarguras becquerianas, esperanzas borrosas, purísimos idealismos, resignaciones estoicas... todo ello vago, brumoso como el ensueño.

De igual alcance psicológico es «Intimidades», en la cual también el poeta sondea su alma y la canta en versos que tienen algo de quejido.

Á veces, esos ayes que la perseguida y no alcanzada gloria le arranca, ó que son expresión de otros anhelos tampoco saciados, se convierten en protestas, en reproches, en rebeldías, y el cantor melancólico tiene inadmisibles impiedades:

«Que un Dios existe la razón me grita
Y un algo misterioso me lo niega»,

ó escribe poesías hetorodoxas, llenas de ironía volteriana, como En el dintel, una de las más hondas y aceradas del libro.

Fuera tarea interminable estudiar una á una todas las composiciones de la hermosa obra del ilustre vate malagueño.

Diré, pues, que examinado en conjunto «el libro resulta desigual, por lo que se refiere al mérito muy diverso de sus partes; que considerada por otro aspecto, la obra ofrece cierta monotonía de fondo, puesto que sólo dos asuntos (el amor y el anhelo de gloria) constituyen los ejes alrededor de los cuales gira la inspiración del autor de «Intimas».

Pecados capitales ambos, hay, sin embargo, que absolver de ellos al poeta, porque tras sus caídas, ¡qué grande y qué viril se levanta su inteligencia! ¡Con cuánto vigor se yergue, segura del triunfo, en actitud victoriosa! Así se la contempla cuando tras la poesía que concluye:

«la cinta grana que arranqué triunfante
de tu nítido seno con mi boca»,

ofrece como manjar de dioses el siguiente soneto:

ES TARDE

SONETO
Deja dormir el corazón herido
por tu perfidia y tu traición cobarde;
ante el ara desierta, ya no arde
la intensa llama que apagó el olvido.

Ya tu recuerdo en el ayer se ha hundido,
y para amarte cual te amé ya es tarde,
pues ya de tu hermosura el loco alarde
no turba en nada al corazón dormido.

Ya sereno, glacial, indiferente
tus contornos de mármol esplendente
y los hechizos de tu faz contemplo;

ya mi orgullo venció á la pasión mía
y, como Cristo al mercader un día,
ya á latigazos te arrojó del templo.

Además, la monotonía referida viene atenuada por un alarde métrico, por una extraordinaria variedad rítmica. Sin contar con que las repetidas pinturas del amor carnal son interrumpidas de pronto por una poesía titulada , tan noble, tan ideal, tan llena de santidades, en tan violento contraste con las sensuales estrofas que la preceden y la siguen, que esos magníficos versos parecen un santuario colocado en mitad de un harén, un pedazo del cielo casto é inviolable suspendido sobre las lujurias de la tierra, un amor bendito que aparece de pronto cuando aún está lleno el oído de crepitaciones de lúbricos besos y llena la retina de desnudeces desfloradas.

No sé si Desde el surco dará á Arturo Reyes la fama apetecida: yo creo que sí, pues hay páginas en el libro que podrían ser firmadas por cualquiera de nuestros mejores poetas contemporáneos. ¡Cómo no ha de acudir la esquiva gloria á tan mágica evocación!


GONZALO DE CASTRO.

1 comentarios:

Pepa dijo...

Me ha encantado esta crítica porque provenía de un buen amigo suyo que lo conocía muy bien, y que quería lo mejor para él. Gracias por tan extenso artículo y tan buen trabajo!!!

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