viernes, 7 de diciembre de 2012

Intima, al poeta Jurado de Parra




  Hoy te escribo esta carta, noble amigo,
En una de esas horas en que piensa
La gente que la vida es un castigo.

  Hora de insomnios y de angustia inmensa,
En que el propio dolor me causa tedio
Y el ajeno placer me causa ofensa.

  Hora en que pone al pensamiento asedio
La única solución que nos ofrece
La cruel adversidad como remedio.

  Hora que todo un siglo me parece;
Hora que el templo de mi fe destruye
Y en en noche infinita me envejece!

  Hora de donde la tristeza fluye
Cual tétrico raudal de negras ondas,
Que jamás su corriente disminuye.

  Tú, bardo amigo, que la dicha sondas
Y cantas en tu senda, como canta
Feliz el ave en las espesas frondas;

  Tú, que el antro jamás ves á tu planta;
Tú, que tal vez la envenenada queja
No has sentido subir á tu garganta ,

  Un instante no más óyeme, y deja
Venir tu pensamiento á lo más hondo
Del hondo desconsuelo que me aqueja.

  Ven á la sima en cuyo negro fondo,
Dentro del alma, como en vasto seno
De obscura cripta, mi dolor escondo.

  Ven tú, que, noble y generoso y bueno,
Me has hecho ver que aun la amistad existe,
Y quien deplore el infortunio ajeno.

  Ven, y dime sincero en qué consiste
Esta intensa y fatal melancolía,
Que hace vivir al corazón tan triste;

  Que hace imposible la existencia mía;
Que arranca sin cesar en mi camino
La purísima flor de la alegría!

  ¿Por qué envuelto en su ronco torbellino
Mientras vibra un dolor, otro parece
Que genera en su seno mi destino?

  ¿Por qué tanto sufrir? ¿Es que merece
Mi espíritu más hondo sufrimiento
Que su destino á los demás ofrece?

  ¿Por qué no soy dichoso ni un momento?
¿Por qué no amo lo que el mundo ama,
O él no siente lo mismo que yo siento?

  ¿Quién su veneno en mi mente derrama?
¿Quién de un crimen que nunca he cometido
La pena vengadora me reclama?

  ¿Para siempre luchar por qué he nacido?
¿Por qué Dios, si es tan grande y justiciero,
Si no ha engendrado el mal, lo ha consentido?

  ¿Por qué puso en mi alma este venero
De ansias de glorias que perenne late?
¡Sed infinita que saciar no espero!

  Pero no... que del mundo en el embate,
Estas ansias divinas son mi espada,
Mi escudo, mi corcel y mi acicate.

  Antígona, que besa enamorada,
Y le ayuda á salir, si se extravía
Del dédalo, al Edipo, en su jornada.

  Con los ritmos del arte que me envía
Desde el indio cantor de sus auroras,
Hasta el noble cantor de Una Elegía.

  Explosiones de luz deslumbradoras,
Que se suceden desde el bardo ciego
Hasta el bardo cantor de las Dolorosas.

  Refulgente pentágrama de fuego,
En donde el genio sin cesar imprime
Su ansia perenne y su perenne ruego.

  Búcaro santo, en cuyo seno exprime
Gota á gota su esencia luminosa
El alma, desde el antro que la oprime.

  Purisima visión esplendorosa,
Que plácida ilumina cual la estrella,
Y perfuma fragante cual la rosa.

  Que deja en pos, como celeste huella,
La honda nostalgia del oculto cielo
Que logra el hombre adivinar por ella.

  Que vierte en torno divinal consuelo;
Que hace un punto feliz al desgraciado
Si ante él detiene el misterioso vuelo.

  Mas basta de escribir, que ya ha pasado
El insomnio y la noche, y ya me envía
La mañana su aliento perfumado.

  Que ya resurge por Oriente el día,
Y la vencida obscuridad parece
Que, buscando el abismo, se guarece
En la noche sin fin del alma mía!

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