lunes, 31 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo décimo




—¡Vaya si mos importa! Que se arrima mucho á la cormena, y cuando se arrima es poique le gusta la miel, y esa miel, que es miel de rosas y de claveles, y de clavellinas der paraíso, no es pá naide más que pá er zángano e Cuba, y no le premito ni al mesmo sol que la mire tan siquiera; ¡vaya un Dios! Ni que la mire tan siquiera!

—¡Vaya un Dios! ¡Ni que la mire tan siquiera!— repitió en tono de burla la muchacha.

—Tú dirás lo que quieras; pero en cuantico se me ajume er pescao, le parto un ala á ese pájaro de mal agüero,

—Dale, bola: ¿á mosotros qué mos da ni mos quita que mire jasta que se le jagan cenizas las pestañas?

—No seas tú inocente; ese mocito, con el aquel de ser hijo de su padre y de haber estudiáo, sa creío que toas las mujeres seis azofaifa, y mosotros, los hombres, crestas e gallos ú carrizos e zambombas.

—Vamos, anda á la era, y éjate de tontunas, que se jace tarde; ¡pos no lo has tomao tú con mucha fatiga que digamos!

—Tú podrás icir lo que quieras; pero er día que me lo trompiece y venga la cosa erecha, lo trinco, lo doblo, lo meto en un sobre y se mando á Agustín pa que mos lo devuelva jecho guayaba.

Y Bernardo, con el semblante contraído, penetró de nuevo en la era, saltó al trillo y tendió el látigo á los caballos.

—Vamos, canta; ya sabes que me gusta oírte.

 — No canto ya más; más dáo la tarde; ¡vaya un Dios! 

Y mudo y sombrío siguió trillando, mientras Dolores lo contemplaba con vaga abstracción, y las primeras sombras de la noche empezaban á invadir los purísimos horizontes. 


CAPÍTULO X 

Bronca en el sol


Cuando Miranda penetró por la calle del Negrete de Almogía, iba loco perdido; el desplante de Dolores habíale llenado la cabeza y el corazón de rabias y despechos; aquélla fué la gota que hizo rebosar el vaso; cuando pasó de nuevo por la puerta de la venta, preguntóle Juanillón, sonriendo con malicia: 

—¿Ya estás e giierta? ¿Se arremató ya lo que se daba? 

Enrique sonrió también, aunque violentamente, y siguió su camino saludando con una inclinación de cabeza al viejo ex contrabandista. 

El pueblo yacía en silenciosa quietud; los vecinos, declarándose en retirada ante aquel sol de Agosto, habíanse guarecido en los más frescos y húmedos rincones de sus respectivas viviendas; todas las puertas estaban cerradas unas, otras entornadas; ni un solo transeúnte cruzaba la calle. 

La curiosidad, no obstante, pudo más que el miedo al calor, y al pasar Enrique, algunas cabezas asomaron por entre las entornadas puertas, y tal ó cual cortina fué disimuladamente recogida para ver al temerario que osaba pelear con el sol cara á cara en aquellas horas de bochorno. 

Cuando penetró Enrique en el casino, después de atar las riendas del caballo á la reja, las dos habitaciones corridas del vestíbulo estaban llenas de gentes: el suelo aparecía recién regado, varios macetoves [sic] de hortensias adornaban los ángulos, ligero niento [sic] penetraba por la puerta del jardín, abierta de par en par. 

Estaba allí la crema del pueblo: Juan el Cantudo, Antonio el Pájaro, Íñigo Pedrosa, Tovalico el Churumbero, aquel á quien un día Bernardo hubo de vapulear en la cañaílla de Ponce, y otros personajes que maldito si importan á nuestros lectores. 

Entreteníanse aquellos próceres, honra y ornato del pueblo famoso, muchos de ellos en mangas de camisa, en matar al tiempo y en burlar al calor jugando al dominó ó á las cartas, lo cual hacían con el mayor silencio, silencio que era interrumpido solamente por el chocar de las fichas removidas de cuando en cuando, por las exclamaciones ó por los tremendos puñetazos descargados sobre las mesas con que los jugadores se aplaudían un triunfo ó se quejaban de un descalabro. 

—Caballeros, buenas tardes—dijo Miranda, sentándose al lado de la única mesa desocupada.

—Tú, Belloto, tráeme una sangría. 

—¡Hola, D. Enrique!—dijo el Cantudo, sonriendo al recién llegado. 

—Adiós, Miranda—murmuró Toval. 

Los demás jugadores apenas si se enteraron de la llegada del famoso y rústico Tenorio. 

—¿Quién quiere refrescarse la sangre?—preguntó Enrique. 

—Yo, que la tengo echando chirivitas—repúsole el Churumbero, levantándose y haciendo crugir la mesa al colocar en ella la última de sus fichas. Y sentándose junto á Miranda, sacó la petaca, la abrió, encajando una mitad en la otra mitad, y se la ofreció, diciéndole: 

—Miá tú que tiées la cara trompicá; ¿qué te ha pasao? —Nada. 

—¿Y de aónde vienes ahora con la calina que jace?

—De la Mirandola. ¡Como estamos de siega! —Los terrenos se estarán portando, ¿verdá? 

—Como todos, cinco por uno, y gracias; pero dejemos eso: me han dicho que te casas, por fin, con Currita la del Aceitero. 

—Emperreates están los que bien se quieren; pero tan y mientras el tío Juan no se consienta, mejor es nomeneallo. 

—¿Y por qué el tío Juan anda con retranca en esos amoríos? 

—Cabezonás sin fundamento; le han llenao la mollera de sin razones, y dice, que soy un mal trabaja; ¡ya ves tu, yo un mal trabaja! Además, que eso á él no le importa; yo tengo pá vivir con desahogo; si no he estudiáo cómo tú, no ha sío por falta de medios, sino porque naide me lo dijo ni yo me acordé, y sobre tó, que yo con mis tierras de Jotrón y dé Roalabota tengo pá vivir mil y milenta mil veces mejor que él y que toa su parentela. 

—Con paciencia se gana el cielo; ya verás tú cómo el tío Juan cae de su burro y muda de opinión. 

—Allá veremos con qué proceéres arremata el año. ¿Y tú qué? 
—¿De qué? 
—¡De qué ha de ser! De tu marimorena con la e más allaílla der camino; ¡picaro! Y si se logra tu gusto, ¡cómo nos vamos á morir tóos de envidia! 

—Ca, hombre; si eso ya lo he dejado. 

—¿Por imposible? 

—Hombre, imposible no hay nada en el mundo, y la que hace un cesto hace ciento; lo que tiene es que, cuando una mujer está encaprichaílla, no hay nadie en el mundo que la saque de su aguadero. 

—De ese capricho jace ya cinco años, y en cinco años hay tiempo pá olviarse jasta de la manera de andar.

—¡No están ustedes muy locos! En quien menos piensa Dolores es en Agustín; aquello fué un tropiezo, porque no tenía abiertos los ojos todavía; cayó porque sí; pero de entonces acá ha llovido mucho, y ya no son las mismas las alondras que cantaron antaño las que cantan hogaño. 

—¿Por qué dices tú eso? 

—Porque se necesita estar más ciego que Curruco el de Mendieta para no ver lo que está saltando á la vista. 

—¿Y qué es lo que está sartando á la vista? 

—Una cosa muy natural; lo que no puede remediarse, porque el que va á Sevilla pierde su silla, y si la Viñuela la riega Bernardo con el sudor de su frente, claro está que para él debe ser la cosecha, buena ó mala. 

Toval quedóse mirando fijamente á Miranda, como si quisiera metérsele en los ojos de cuerpo entero, y luego, moviendo negativamente la cabeza, dijo: 

—Me paése á mi que no estás tú en la fija; naide mejor que yo pá pensar mal, poique á la fin y á la postre yo estoy resentío con er mozo, y algún día ajustaremos él y yo unas cuentas á ver si salen cabales; pero eso no impíe que yo á cá cuál le dé lo suyo y diga y sostenga que ese zagal es mu bruto y mu fantesioso; pero leal lo es, eso sí, y con un corazón que no le cabe en er pecho. 

—Lo cual no impide lo otro, no seas tú inocente. 

—No seas tú mal pensao, que esa no es la mancha e la mora, que con otra verde se quita. 

—Hombre, me extraña que tú digas eso; parece que tienes miedo al de Casariche; pero tú sabes que yo soy un pozo, y que de lo que aquí hablemos no se entera nadie, ni aunque me confiese el obispo. 


(Sé continuará)

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