lunes, 24 de diciembre de 2012

Reseña sobre El lagar de la Viñuela




Entre otros méritos que encuentro en El lagar de la Viñuela, es uno de los principales el de no ser reflejo de lecturas ni de prejuicios de secta literaria, sino producto de observación directa de la vida. 

En España, y muy particularmente entre la juventud, domina el elemento libresco. Más que estudiar por sí mismos la naturaleza, los escritores jóvenes de nuestro país buscan su inspiración en la lectura de libros, casi siempre franceses. Arturo Reyes no es de aquéllos: enamorado de la hermosa tierra andaluza, su patria, conociendo el carácter, las costumbres y el lenguaje de los hijos de Andalucía, sintiendo y pensando como ellos, el autor de El lagar de la Viñuela es de los escritores que saben trasladar á sus libros pedazos de la realidad. 

La historia que cuenta Reyes en su novela es sencillísima, lo que no estorba, antes favorece á su fuerza dramática; la acción se desprende lógicamente de los caracteres y de las circunstancias del medio ambiente; no lleva el autor á los personajes á trancas y barrancas; van ellos por su pie, arrastrado cada cual por sus inclinaciones ó por el impulso avasallador de la pasión. El cambio que experimentan los sentimientos de Dolores, lejos de ser un defecto contra la integridad del carácter de la protagonista de El lagar de la Viñuela, es, en mi concepto, prueba de la intuición psicológica de Reyes. 

Un escritor vulgar hubiera hecho de la apasionada muchacha una especie de Isabel de Segura rústica, esperando á su gentil galán día y noche, sin pensar en otra cosa que en la vuelta del mancebo. Esta inquebrantable firmeza de las grandes enamoradas tiene, por desgracia, frecuentes excepciones, y la Viñuela es una de ellas. 

Bien mirado, la evolución de sus inclinaciones no puede ser más lógica. Cometida su falta en un momento de olvido, ó más bien de sorpresa, necesariamente ha de sentir hacia el ausente, que al partir la deja sumida en la ignominia, algo que ensombrece sus amores. Pasa el tiempo, y la moza ve constantemente á su lado á Bernardo, vigoroso, gentil, honrado, respetándola como se respeta á la Virgen del altar, rodeándola de tiernas atenciones, defendiéndola con bríos contra los ataques de la murmuración. Durante cinco años, el mismo techo cubre á los dos jóvenes, los mismos trabajos los juntan á todas horas, las mismas impresiones los rodean. Son dos almas que vibran al unísono; primero los une sentimiento fraternal, después este sentimiento va transformándose en vagos deseos, en amor inconsciente, en atracción poderosa que al cabo se convierte en pasión violenta, tanto más fuerte cuanto más contenida está por los sentimientos de honradez y de lealtad de los dos enamorados. 

Podrá lamentarse que las mujeres no sean semejantes á estatuas de mármol, que conserven siempre la misma postura moral, como las esculturas guardan invariable actitud; pero si el corazón humano está sujeto á las oscilaciones con que la pasión le agita, si en el caso concreto presentado por el Sr. Reyes son tantos los estímulos que influyen sobre el alma de la Viñuela, ¿podrá con razón tacharse de ilógico el cambio de la hermosa andaluza? 

Lo más hermoso de esta historia de amor es la lucha que entre el deber y el deseo se traba en el corazón de cada uno de los amantes, lucha de la cual se ven brotar las tremendas angustias en el breve diálogo, único de amor, que media entre Bernardo y Dolores. Aunque no tuviese El lagar de la Viñuela más bellezas que las de esta escena, bastaría ella sola para acreditar á Reyes de verdadero artista. 

Y empleo la palabra escena, porque, en efecto, el elemento dramático domina en todo el libro; tanto es así, que con poco esfuerzo podría convertirse la novela en obra de teatro. 

¡Qué hermoso también el cuadro en que el autor pinta á Bernardo dormido y á Dolores entrelazando las ramas del árbol á cuya sombra descansa el zagal para defenderle de los rayos del sol!... Este delicado idilio me recuerda los hermosos episodios de Mireya; y ya que acabo de escribir el título del famoso poema provenzal, he de decir que á la novela de Reyes son, en mi concepto, perfectamente aplicables las siguientes frases que Barallat y Folguera, traductor del poema de Mistral, escribe en el prólogo de Mireya: «Es un repertorio de la flora, de las costumbres, de los modismos, de todo lo que constituye la vida de un pueblo trabajador y artista.» 

Yo no sé si los modismos que emplean los personajes son los que usan los habitantes de la región en que figura la novela; ignoro también si la copia de las costumbres es rigurosamente exacta. De todos modos, el color de la novela tiene verdad relativa bastante para justificar el adjetivo de andaluza conque el autor califica á su novela. 

No sería tarea muy difícil encontrar en El lagar de la Viñuela tal cual defecto, como, por ejemplo, lo borroso de la figura de Agustín, cierto estiramiento de la acción que quizá habría ganado en fuerza siendo más concisa, y excesiva abundancia de diálogos...; pero estos defectos ni amenguan el interés del lector, ni perjudican al buen nombre que alcanzó Reyes con su libro Cartucherita, ni, finalmente, defraudan tampoco las esperanzas que á los amantes de la literatura hizo concebir la publicación de aquella novela. 


ZEDA.

1 comentarios:

Pepa dijo...

Estimado Angel: Vaya curro os estais dando. Ánimos por el trabajo bien hecho. Me ha encantado también esta crítica de alguien (¿Zeda?) que no conocía nuestra tierra pero que se sentía identificado con este libro tan malagueño.

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