viernes, 28 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo octavo




La chiquilla votó [sic] en los brazos de la cortijera; en vano hizo por batir las invisibles alas, y su madre tuvo que ir en su ayuda, llevándosela á un ángulo para hacer compatible con el pudor el cumplimiento de su sagrado ministerio.

Dolores, desde la noche fatal de la despedida de Agustín, apenas si había dejado vagar la sonrisa en sus labios; siempre grave, siempre taciturna, dedicábase á sus quehaceres con ahinco, con ansia, como si quisiera adormecer en aquel rudo batallar sus pensamientos; el recuerdo del hombre querido no se apartaba un instante de su imaginación; cuando se recibió su primera carta, un gozo íntimo derramóse en su pecho y en el de todos los del lagar.

Agustín prometía la reparación debida; pedía que lo perdonasen, disculpaba su falta el amor inmenso que sentía por Dolores, el no querer alejarse sin despedirse de ella, sin arrancarle un último juramento; la quietud de la noche, el afán de consuelo, la desesperación, el hervor de la sangre, todo hubo de combinarse de tal manera, que llegó la fiebre y el vértigo después, y luego algo ardiente y luminoso, cuyo recuerdo le acompañaba en sus largas y penosas jornadas al través de mil peligros de muerte, en las eternas noches del campamento, en las terribles y gloriosas amarguras de la vida de soldado; pero él volvería á cumplir como bueno y leal que era, aunque tuviera que beberse el mar de un sorbo.

Esta carta devolvió en parte la tranquilidad á los del cortijo; el tiempo, al pasar, fué secando los ojos de la huérfana y despertando en ella algo de sus pasadas alegrías; la murmuración que puso á ochavo y á cuarto su historia en todo el partido, había ido acallándose, y como no hay fruta mas sabrosa que la del ajeno cercado, más de uno y más de dos mocitos de arranques y buenas vestiduras pusieron los puntos en la de la Viñuela, como la denominaban, sin conseguir más que dar suspiros al viento; pues maldito si ella se preocupaba más que de su Araceli, de sus faenas y de ayudar á Bernardo.

Éste habíase acostumbrado á mirarla como cosa propia, y entre ella y su padre tenían, como él decía, hipotecado el corazón, no sin dejarle una gran parte á la niña y á los cortijeros.

Agustín, entretanto, seguía en la tremenda lucha; otra bala volvió á poner en peligro su vida, y seis meses estuvo si se va, si no se va; pero como nadie se muere hasta que Dios quiere, el muchacho, que había ingresado en el hospital de sargento primero, cuando lo abandonó lucia ya en la bocamanga la primera solitaria estrella.

Cuando se enteraron en el lagar del nuevo percance, cada uno salió llorando por su lado, y Dolores, aunque lloró tanto como la señá Tomasa, pudo aquella noche, no obstante, conciliar el sueño, apesar de lo cual no dejó de rezar por su primo, ni de ir con Bernardo todos los domingos á la Ermita, adonde llegaban siempre antes, mucho antes que el sacristán hiciera resollar de monte en monte la enorme caracola, única campana que poseía el rústico santuario.



CAPÍTULO VIII

Ir por lana y volver trasquilado


Al abandonar Enrique Miranda la venta famosísima de las Palomas, puso al trote su fogoso Tordillo con dirección al cortijo de la Viñuela.

Su diálogo con el tío Juanillón había sido muy de su agrado; ¡naturalmente! Lo mismo que había convencido el descendiente del de Casariche á Toval el Churumbero de la fortaleza de sus músculos, podía intentar convencerlo á él, y no debía ser, sin duda, cosa agradable someterse a tan poco útil enseñanza; era preciso dormir con un ojo en vela, y si apesar de sus precauciones se juraba la Constitución, ¡qué se le iba á hacer! paciencia y barajar; no hay negocio sin quiebras ni flores sin espinas, y no todos tienen la resignación del gran orador de Grecia ante las exigencias de la cortesana de Corinto. 

Era necesario hacer corazón de cualquier cosa; jugábase en la partida el gran cartel adquirido á fuerza de romper pedestales y arrojar imágenes de sus hornacinas, y además era indispensable librar la batalla antes que regresara el de Cuba, el cual, según decían, estaba ya preparando la maleta para el regreso. 

Era menester dejarse ya de faroles y navarras, é irse al bicho y jugarse allí el todo por el todo, sin volver la cara, ni dar un paso atrás, ni seguir ninguna de las inspiraciones del miedo, propio solamente de los matadores de pega. 

Verdad era que la cosa no estaba muy mollar; Dolores, cada vez que se lo echaba á la cara arrugaba el ceño, contestábale con acento desabrido, y á la primera de cambio tomaba el portante y hasta más ver, prenda mía. 

Además de esto tenía que soportar á Bernardo, el cual, desde que le veía aparecer, plantábale encima los ojos en son de reto y amenaza, y hasta verle alejarse por la trocha no se los quitaba, así llovieran chuzos de punta ó se salieran de madre los arroyos. 

Todo aquello era para desesperar á cualquiera, y mucho mas á aquel mocito, un Apolo andaluz, con la mar de buena ropa, la mar de fama, y por ende con unos ojos melados y dulces como los de una Dolorosa, la tez pálida y suave, las facciones correctas, curvas las mejillas, el bigote fino, rizoso y negrísimo, como la cabellera, que además era abundante y siempre la llevaba peinada con el mayor esmero. 

Llegó, por fin, el garrido doncel al puente, á poca distancia del cual arranca en rápido declive la trocha que conduce al lagar; detúvose vacilante algunos momentos; decidióse, por fin, y avanzó con cuidado, refrenando con mano firme el potro, pues la trocha, que flanquea el monte hasta llegar al arroyo, es un paso difícil, y un resbalón puede arrojar bruto y jinete á los cuadros de hortalizas ó entre las frondosas ramas de los frutales del reducido huerto. 

Al llegar al promedio de la vereda se detuvo Enrique; había divisado á Dolores, que, de puntillas y alargando los brazos, arrancaba el fruto ya maduro de una de las higueras y colocábalo en tosco cesto tapizado con hojas verdes. 

—¡Buenos días - le gritó Enrique, al par que arrojaba una mirada escrutadora á su alrededor. 

Volvió la Viñuela, sorprendida, el semblante, y, al ver á Enrique, no pudo reprimir un gesto de desagrado, y murmuró, al par que contestaba al saludo con una inclinación de cabeza: 

—¡Mala mañana se ha presentao! 

Para Enrique no pasó inadvertido el gesto; pero como estaba decidido á ir de una vez al vado ó á la puente, saltó del caballo con la elegante limpieza de un acróbata, ató las riendas á uno de los arbustos, y dirigiéndose rápido y gallardo hacia donde estaba la Viñuela, díjole con voz acariciadora: 

—Así me gusta y me regusta; madrugando como las alondras y como el lucero matutino. 

—A quien madruga Dios le ayuda. 

—Según y como está de humor y caen las pesas; ¿le ha ayudado á usted hoy? 

—Yo, como me alevanto siempre trempano, lo mesmo pillo el mal tiempo que el güeno.

—Pues lo que es hoy, apesar de estar raso, debe estar nublo[so], á no ser que usted al buen tiempo le ponga mal[a] cara. 

—Eso e[s] [c]u[e]stión de vista; ca uno tié de un color los cristal[es] de los ojos, y lo que usted ve claro lo pueo yo v[er] un poquito turbio y un poquitico más. 

—¿Y h[oy] cómo está osté viendo las cosas? 

—Más [ne]gras que er jollín; ¿y osté? 

—Yo de [c]olor de cielo. 

—Pues [os]té gana; apúntese osté un tanto, y tan y mientras me voy, porque lo que es esto ya se arremató.

Y dici[en]do esto, la Viñuela puso algunas hojas verdes s[obr]e el sazonado fruto y colocóse el cesto al cuadril. 

—Eso [sí] que no lo permite Miranda el de Almogía; ven[ga] ese cesto, que lo voy yo á llevar con toito el salero. 

—No [puée] ser de risa; se va osté á relajar de la cintura; sería eso darle una pesaumbre al hijo de su [madrecica] e su corazón. 

—Ca, [D]olores; si yo soy fino y fuerte; ¡asi fuera afortu[nad]illo! 

—¡Q[ué] más fortuna! Pos sí toito er mundo ice que sí no [e]s de osté la mar y los barcos es poique no le gusta [á o]sté er salitre. 

—S[i] [fu]eran mías la mar y los barcos, y la tierra y las es[tre]llitas del cielo, todito lo daría yo, con la sangre [de] mis venas, porque usted no tuviera tan durillo el corazón. 

—[Cu]ánta generosidá, y cuánto rumbo, y cuánta calore jace. En fin, quédese osté con Dios, que yo me v[oy]. 

—[Es] que yo la quiero acompañar á usted; le pudiera [a u]sted pasar algo en una encrucijada, y eso sería [un]a lástima; deme usted el canasto. 

—[No] puée ser, hombre, muchas gracias; ni yo nece[sito que] naide me acompañe. 


(Se continuará)

1 comentarios:

Pepa dijo...

Qué clásicas historias rurales de amor. ¡¡¡Esto es un culebrón andaluz!!! Y por capítulos.

Me ha gustado todo lo que he leído, me ha parecido interesante la trama, los personajes, los dejes y modismos andaluces, y esas frases hechas tan irónicas y simpáticas con las que nos deleita. Una pena que sus libros se encuentren descatalogados pues creo que podría interesar al público malagueño y quizás andaluz. Tengo entendido que él publicaba sus cuentos y novelas por capítulos en revistas y periódicos, y que los lectores desanimados por los momentos que vivían, esperaban con avidez que se publicara el siguiente capítulo para así poder reir un rato y olvidarse de los duros momentos que pasaban política y económicamente.

Saludos y gracias.

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