lunes, 31 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo noveno




—Es que yo soy un poquito más que nadie, y que yo sé que le va á usted á gustar lo que yo le diga.

—¡Ay, Josús, y qué mañana se ha presentao más pesá y más calurosa, y con más mal arale.

—¡Cuando yo digo que tiene usted algo muy duro en la parte izquierda de ese pechito!

—Pero manque tenga un jierro, ¿á osté, qué?

—Es que yo me estoy muriendo, verdugo; es que esto es un martirio; es que yo no puedo seguir de esta manera; es que yo tengo el alma hecha trizas y hecho trizas el corazón.

—¿Y á mi qué me cuenta osté con eso? Vaya, déjeme osté á mí de música ratonera, que tengo mucho que jacer. ¡Dios, y qué hombre más majaero y más machacón, y más corto e vista!

Y armando en corso la cara, dio un revuelo y se alejó, dejando en medio del arroyo hecho una pieza al más irresistible de los niños bonitos de Almogía.

Cuando Dolores penetró en la casa, llevaba la frente fruncida y llena de enojos la mirada.

El tío Salustiano, sentado en la puerta del corral, mataba el aburrimiento haciendo pleitas; la señá Tomasa, como siempre, en sus horas de ocios oficiaba de hábil calcetera; y el señor .Juan, en quien aún la buena sangre pugnaba por vencer el peso de los años, entreteníase en cribar un puñado de garbanzos.

La casa del cortijo se parecía á todas las de los contornos; había sido edificada bajo la dirección del arquitecto del partido —un peón de albañil retirado del oficio,— y estaba formada por un portal y anteportal en una pieza entrelarga, con una puerta frente á la de la calle, que ponía en comunicación con otro aposento, en uno de cuyos ángulos, sobre enorme fogón, veíase una gran caldera fuera de uso.

Desde esta misma habitación podíase salir á los corrales, ó penetrar en la bodega, llena de enormes tinajas, ó ascender al piso principal, compuesto de amplísima antesala, y un pequeño corredor con varias habitaciones, utilizadas unas como graneros y otras como dormitorios. 

El anteportal era, por decirlo así, la vivienda común, y en su decorado veíase tanto la mano hacendosa de Dolores como la de su pulcrísima antecesora: blancas las paredes; en las alacenas, sin puertas, limpísimos los platos y los objetos de cristal, y además adornado con matas de romero; sobre la chimenea los peroles como ascuas de oro, y encima de la segunda puerta, en apolillado marco de caoba, un San Juan Evangelista en cromo, capaz de hacer escéptico al más creyente. 

Diez ó doce sillas de pino blanco y aneas; cuatro cántaros colocados en correctísima formación en la limpia cantarera, una enorme mesa y tres escopetas vizcaínas, colocadas en la pared en forma de trofeo, completaban el rústico mobiliario. 

—Paéce que Bernardo se ha dormío en el Puerto—dijo Dolores al penetrar en la casa, al mismo tiempo que soltaba en la amplia mesa el cesto de la fruta y se quitaba el pañuelo de la cabera. 

—Antonio el Perma es muy perma pa jacer un trato—repúsole la señá Tomasa. 

—¡Ah! ya se me orviaba: por ahí viene D. Enrique el de Almogía. 

—Me alegro—exclamó el Sr. Juan, soltando la criba y dirigiéndose hacia la puerta. 

—Oye, Dolores, por la cañá no viene naide—dccia momentos después el Cantueso, que con la mano en forma de pantalla sobre los ojos miraba hacia el camino. 

—Se habrá arripintío. 

—Me paéce que tú has soñao. 

—¡Qué sueño ni qué ocho cuartos! Si ha estao hablando conmigo en el huerto. Lo que puée ser es que se haya dío de miéo á un escopetazo que sonó. 

La cortijera contempló fijamente á Dolores, que dejó asomar á sus labios una maliciosa sonrisa. 


CAPÍTULO IX 

La trilla 


La cumbre aplanada del monte colindante con el camino forma, uniéndose ala carretera, hermosa planicie, de donde arranca, como ya hemos dicho en capítulo anterior, el pedregoso carril que conduce al cortijo. 

En esta planicie de tierra roja, que por dos lados muere en las faldas de dos colinas, y por las otras en dos pintorescas cañadas, al lado de un corral, destácase la era donde los del lagar trillan el grano, y desde la cual se dominan los montes salpicados de caseríos, que van á morir en las estribaciones de la sierra de Antequera. 

Era la hora en que el sol se despide; sus últimos resplandores cubrían de oro y de púrpura el encendido ocaso; iluminábase el celaje con todos los colores del iris en maravilloso desconcierto, y las cumbres recortaban con sus crestas desiguales el diáfano horizonte. 

Todo yacía en religiosa quietud; sólo era turbado el silencio por el canto dulce y quejumbroso de la trilla, interrumpido á veces por el acordado grito con que anima, de cuando en cuando, á la fatigada cobra el rústico cantor. 

Era Bernardo el que cantaba; veíasele á los últimos reflejos de la tarde, de pie sobre el ligero trillo, en una mano el ramal con que dirigía los robustos caballos, en la otra crugiente látigo, echada hacia atrás la gallarda figura, recorriendo la era en todas direcciones, mientras Dolores, viergo en mano, cuidaba de que no rebasase el circulo de la desgranada espiga. 

Aquellas dos figuras, bañadas por las claridades del crepúsculo, aparecían llenas de dulces y poéticas sugestiones. El mozo, que ya contaba veinte años, no tenía nada que envidiar al más apuesto; era alto, robusto, de pecho amplísimo y esbelto talle. Su rostro, tostado por el sol y curtido por la intemperie, era de facciones enérgicas, de ojos expresivos, de nariz recta, de flexibles cartílagos, de frente reducida, pelo fuerte, negro y rizoso, boca grande y sensual, y blanquísima dentadura. 

Vestía Bernardo en aquellos momentos humilde traje; era preciso conservar el de gala para los días de fiesta. 

—Pá el trabajo, güeno está lo más malo y lo más peor—decía Dolores; y ya se ve, si lo decía Dolores, no había más remedio que inclinar la cerviz ante el hermoso déspota.

Los pantalones de mallorquín lucían grandes cicatrices; el camisón hacíale la competencia con probabilidades de triunfo; la faja, por el contrario, era nuevecita, encarnada, y teníala ceñida con todo el salero entre á lo cañi y á lo castellano, y lucía sobre la frente sombrero de palma de finísima labor—tejido por la Viñuela,—la cual para aquello, igual que para otras muchas cosas, tenía por manos dos primores.

Calló el zagal, y díjole la muchacha con tono de reconvención: 

—Avívate y sigue cantando, que se jace tarde. 

Miróla el zagal sonriendo, echó atrás la cabeza, y cantó: 

La trilla no se jace 

y er sol traspone; 

la pícara del ama, 

¡qué cara pone! 

—No sé si es mejor que cantes ó que cierres er pico, poique cantando se te va er santo ar cielo, y no trillas más que por los remates. 

Por la vera y por medio 

se hace la trilla; 

por la vera y por medio, 

dice la niña. 

Y al terminar la copla, miró maliciosamente el cantor á la muchacha. 

Ésta, durante el tiempo transcurrido, había llegado á la plenitud de su hermosura; su pechó amenazaba hacer estallar el apretado corpiño; sus caderas se habían redondeado y sus movimientos eran más gallardos y graves. 

El vestido que lucía era también humilde: falda corta de coco obscuro, que dejaba al aire el pie, calzado con fuerte zapato de baqueta; delantal encarnado. Con ancha franja estampada; pañuelo de hierbas al busto, y otro igual arrollado entonces en el cuello. 

Cada vez que terminaba de apilar la paja, apoyábase en el viergo con una mano, colocábase la otra en la redonda cintura, y entreteníase en seguir con la vista en sus rápidos giros al mozo que, ora se destacaba sobre el fondo gris de la ladera, ora sobre el azul pálido del cielo. 

—Oye, Dolores: lo que es ahora escanso; y no me avives más, que me duele ya el alma del trasiego—dijo el muchacho, deteniendo con mano firme el paso de la cobra y saltando del trillo. 

—Escansa, hombre, escansa; pero no más que una chispa; sa menester rematar hoy, y si mañana Dios quiere que haiga viento, aventaremos. 

—Ya lo creo; y si no hay viento, yo soplo y tú aventas. 

Y abriéndose paso al través de la amontonada paja, saltó fuera de la era. 

—Estás mu cansao, ¿verdad? ¡Probetico! 

—jDe juró que sí! 

—Pos en cuántico arrematemos mos vamos, y ¡ya verás! ¡ya verás que sorpresa te doy! ¡Te vas á chupar los deos! 

—Vamos á ver, ¿qué has guisao que no sea lo de tó los días? 

—Anda, aciértalo. 

—Pos has jecho, has jecho... arroz con leche. 

—No, majaero;otra cosa que te gusta más entoavía. 

—Más entoavía? Entonces, cidra endulzá. 

—Éso es; pá que aluego digas que no me acuerdo de ti; le he dao ar saco de la azúcar un tiento que sa quedao temblando. 

—¿Y pá qué le has jechao azúcar, si tus manos son meramente panales? 

—¡Adulaorcillol 

—¡Adulaor yo! Pos si dende que tú viniste al partío san muerto de jachares toítas las mozas e rumpo, y to los mozos andan rastreando tu pista como si jueran poencos; y si no, anda y pregúntaselo a don Enrique, que no jace más que dir y venir der monte al llano y der llano al monte. 

—Y á propósito de D. Enrique, hier mañana estuvo ahí. 

—¡No te lo ecía yo! Ese tordo no se aparta de estos olivares. ¿Y qué era lo que quería? Y al preguntar esto Bernardo, puso torva la frente. 

—Pos na; ó, mejor dicho, yo no sé; se abronco a lo úrtimo conmigo poique no quise que llevara á la casa er canasto de las brevas, y sin ecirme ná pilló el portante, y Dios sabe aónde iría á reponerse del berrinche. 

—A ese mar bicho lo voy yo á encojar pá que no güerva sin muletas por estos andurriales. 

—¿Y á mosotros qué mos importa? Que venga u que no venga jasta que se le caiga er pelo.


[(Se continuará)]

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