miércoles, 26 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo tercero (y 2)




Desde el día en que Dolores penetró en el lagar, pareció que una nueva ráfaga de luz alegraba aquellos horizontes; la señá Tomasa la recibió con los brazos abiertos, Bernardo casi con indiferencia; el padre de éste, después de mirarla con cariñosa expresión, dijo:

—Güena suerte se mos ha metió por las puertas. ¡Es er lucero matutino! ¡Dios la bendiga! 

Y Agustín clavó en ella una mirada de profunda admiración, y no apartó los ojos de su cara durante todo el tiempo que estuvo á su lado. Pronto empezó la cortijera á sentirse compensada del sacrificio que representaba aquel aumento en la familia; Dolores dió comienzo á emplear sus juveniles bríos en provecho de todos; ella amasaba y cocía el pan, que mejoró en tercio y quinto, merced á sus puños y buenas mañas; ella lavaba, cosía, cuidábase de condimentar la olla, y de tal modo no dejaba nada por hacer, que hubo de decirle en algunas ocasiones la seña Tomasa:

—Esto no puée seguir asina; yo voy a ajilarme, y tú vas a dar un reventío.

—Bastantes madroños ha dao ya la madroñera, que tiée osté callos en las manos y en er corazón; ahora me toca á mí; pá eso tengo los remos nuevecicos, y sa menester cudiar esa presona, que es mi pañico e lágrimas. 

Pronto dio comienzo Dolores a ganarse la voluntad de todos los del cortijo, que desde su llegada empezó a ser denominado, como la muchacha, el de la Víñuela

Con el único de ellos con quien anduvo un tiempo un sí es no es encogida, y llena de timideces, fué con Agustín, el cual no la dejaba ni á sol ni á sombra, arrastrando constantemente a su alrededor su perezosa inutilidad. 

En un principio, maldita fué la gracia que le hizo a ella el constante mariposeo de aquel tarajallo que no abría la boca más que por trimestres vencidos. 

Poco á poco, y á fuerza de dejar tiempo atrás, fué encariñándose con él, cobrando vaga simpatía por aquella alma en pena; y muchas veces, viéndole, acudía la sonrisa á sus labios, y entreteníase en desconcertarle con algún gracioso mohín ó con alguna frase burlona. 

Era el mozo un vago interesante; todos, menos la cortijera y Bernardo, mirábanle con despego por su apatía y mala voluntad para el trabajo: desde que Dolores quedó instalada en el cortijo, llegó á su apoteosis su pereza; hasta cuando tenia que ir á Málaga hacíalo protestando, á regañadientes; pero, ya puesto en camino, era un rayo para ir y volver: las ventas comenzaron a dejar mucho que desear, lo cual hizo que un día el Cantueso le dijera con sobra de razón y de retintín, y de mal gesto:

—Mía tú, pá esos viajes no san menester alforjas; has vendío un rial más barato que tóos, y eso es una perrá; pá seguir asina, mejor es que yo vaya y te merque un corchón de pluma y un abanico pá que te refresques, y un papagayo pá que te distraigas. 

Como esto hubo de decírselo el señor Juan delante de la huérfana, enrojeció Agustín hasta en lo blanco de los ojos, y permaneció silencioso. Metió Dolores el capote, y

—Oye, primo—le dijo con tono de reconvención cuando se hubo alejado el Cantueso,—sa menester que te avives y que no mos des más disgustos; tu padre tié razón jasta la paré de enfrente.

—Pero ¿tú te disgustas cuando mi padre me regaña?— preguntóle el zagal, mirándola con extraña expresión.

—Estás tonto meramente; ya se ve que sí, que me enfáo.

Agustín fue a contestar algo, pero no se atrevió sin duda, y se alejó con la cabeza inclinada. Un día, la señá Tomasa le dijo delante de su prima:

—Mía, hijo, ¿polqué no enseñas á leer y escrebír á ésta? Asina, cuando tú, el año que viene, te vayas a servir al Rey, ella podrá ajustar las cuentas.

—¿Pero éste tiee que dir al servicio?—preguntó Dolores con inquietud.

—Como Dios no lo remedie no habrá más camino, y con jarta pena mía.

Dolores quedó pensativa; habíale preocupado la afirmación de la cortijera. 

Agustín empezó á oficiar de catedrático. ¡Cuánta era su alegría cuando se sentaba junto á ella! ¡Cuántos y cuan dulces sus emociones cada vez que su cuerpo rozábase con el de la zagala, ó cuando le sonreían sus labios! Dolores empezó á ver por otros cristales á su primo; fué adquiriendo éste á sus ojos profundo relieve; sus miradas llegaron á hacerla ruborizar y á despertar en ella dulcísimas vaguedades: cuando su voz resonaba en sus oídos blanda y acariciadora, y sentía posarse sobre los suyos sus ojos ávidos, y pletóricos á la vez, de halagos, turbábase hondamente y no sabía qué decir ni de qué postura ponerse. Una tarde, hablándole de su probable ingreso en el ejército, Agustín, que ya habla dado comienzo á romper trabas y a saltar miramientos, le dijo:

—Mira, prima, cuando pienso que tengo que irme, no sé lo que me pasa; me parece que tengo dos corazones y que uno se me echa á llorar y otro á reír; antes que tú vinieras cerraba los ojos y me veía con la mar de cruces y de entorchados, y le hubiera metido espuela al tiempo para llegar más pronto al servicio; pero ahora, ahora que te tengo aquí ya es distinto, y con un ojo, con el de la ambición, veo las cosas más relucientes que una onza de oro, y con el otro más negras todavía que un corazón de luto.

—¿Y porqué tiés tú ganas de ir al servicio?

—¿Que por qué? Porque sí; porque á mí esto se me viene encima; porque yo no he nacido para cortijero, aunque me esté mal el decirlo; porque yo creo que yo tengo máquina para más; porque aquí, si no fuera por ti, que eres rocío del cielo, se me secaría el alma como si fuera estopa.

—Lo que tú tiées es pereza.

—No, prima, no es pereza; no seas tú como todos; mira que, hablando contigo, tengo el corazón fuera del pecho.

—¿Y porqué es eso asina?

—Yo no sé por lo que es; pero desde que tú viniste brilla pá mí el sol más y mejor que nunca, y huelen los zarzales como si fueran matitas de romero, y cantan mejor los pájaros, y donde tú pones el pie nacen diamelas y alelíes, y cuando estás como ahora, la parra es un palio y la silla un altar, y tú la Virgen Santísima, y yo un pobretico ermitaño que se pasa la vida reza que te reza porque tú consientas en quererle aunque no sea más que una chispitilla de cuando en cuando.

—¡Vaya con don Chamaricito! ¡Vaya con la mosquita muerta, que paece que no rompe un plato!
¡Vaya si se explica!

—No tienes buen corazón, prima, siempre dices lo mismo; ya sé yo que no te merezco, ya lo sé; pero pronto te verás libre de mi; aquí nadie me quiere y nadie tendrá que apenarse si me matan en la guerra, que me matarán y harán bien, y yo le alabaré el gusto á quien lo haga.

—¿Te quiées callar?—¡Tú sí que tiées mar corazón!— exclamó Dolores con acento emocionado, llevándose las manos á los ojos.

—¡Vaya una parejica güeña!—pensó la señá Tomasa, mirándolos por la entreabierta ventana, y al notar que Dolores llevábase á los ojos la mano, dirigióse á los zagales y preguntó á Agustín con tono de reproche:

—¿Por qué llora tu prima? ¿Qué le has dicho?

—Yo nada.

—Sí, sí, él, él, que tié mala sangre; él, que me está diciendo que en cuantico se vaya á la guerra va á jacer por que lo maten. A la señá Tomasa por poco se le encoge el corazón al oír aquello; y tal vez habríase echado á llorar si Agustín no hubiera vuelto la hoja diciendo con la sonrisa en los labios:

—¡Tonta de remate que está! Ha sido una broma; no se apure usted, madre, todo lo contrario; verán ustedes como, cuando vuelva, voy á entrar en Zapateros con espadín y sombrero de tres picos. 

Ocho meses después no era un secreto para nadie los amoríos de Agustín y Dolores, refiriéndose a los cuales decía el Cantueso muchas veces, al contemplar su hijo:

—¡Condenao, y qué suerte! ¿A quién habrá pedío emprestao Dolorsilla los ojos pa ver de güen color á este zángano, que es el arbo de la guasa? 

Lo cierto es que, según parecía, Dolores lentamente, y Agustín en gran velocidad, habíanse metido los dos en el paraíso del amor, y daban vueltas y más vueltas á la dulcísima y tentadora manzana.



CAPÍTULO IV


Cosas que pasan todos los días.



Pasó el tiempo, eterno enterrador de grandezas y pequeñeces, pesares y alegrías, y concluyó por enterrar la libertad de la huérfana, que se declaró vencida por el amor de Agustín.



(Se continuará)

1 comentarios:

Pepa dijo...

Las historias de amor daban vida a la gente que vivía apartada del mundanal ruido…

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