martes, 25 de diciembre de 2012

El lagar de la Viñuela. Capítulo primero



CAPÍTULO PRIMERO

Las gentes del lagar


No siempre fué designado por el de la Viñuela el lagarillo donde ocurrieron los sucesos que hanme dado asunto para hilvanar este libro, pues, según hubo de contarme el cortijero de Tierra Blanquilla, llamóse Zapateron cuando aún sus montes eran una bendición de Dios y dábanse en ellos las mejores viñas de todos los Verdiales.

Como no hay bien ni mal que cien años dure, tras una época de bienestar llegaron al cortijo las contrarias, y, en menos casi que se persigna un cura loco, convirtieron en incultos eriales las antes florecientes laderas.

Cuando queremos conducir á él á nuestros lectores, ya no quedaban en el lagar más que huellas miserables de su antiguo esplendor: allá en lo alto de una loma, como defendido por ancha faja de breña, un cuadro de riparias era lo único que recordaba las perdidas plantaciones; sobre el fondo encarnado de la tierra destacábanse cenicientos olivos, verdes almendros y lozanas higueras, mientras en las cumbres pedregosas se retorcían, cubiertos de flores de coral, los granados silvestres.

Al poner la adversa fortuna proa al lagar, y al ver el señor Juan el Cantueso la ruina que se le metía por las puertas, contemplando un día las últimas de sus viñas convertidas en estériles ceporros, juntó los extremos de las cejas, se colocó una mano en la cintura, con la otra empujóse el sombrero hacia adelante para rascarse, sin necesidad, la cabeza; permaneció algunos minutos contemplando las secas fuentes de su bienestar, y dirigióse, por fin, á la casa murmurando:

—¡Estaría e Dios! Mos lo mereceremos.

Luchó, no obstante su fatalismo, por apuntalar aquello que se le venía abajo; pero ¡que si quieres! Lo único que logró fué cortar á la bandada de desdichas, que se llevaba su hacienda, el indispensable pedazo de pan, lo cual iba consiguiendo merced á la poderosa ayuda de Bernardo, que era un jierro—según él decía,—y de Dolores que, según él también, era una leona con mucha injundia, mucho pesquí y muchísima voluntá, todo- lo cual le faltaba á Agustín, el unigénito de los Cantuesos, que, juzgado por su padre, era un á modo de matajo que nunca daría flores ni fruto, ni sombra ni buen olor.

Chaval más desgarbado que éste no había nacido sin duda en todo el partido, ni más bonito de cara tampoco; tenía los ojos claros, de un azul verdoso y transparente, el pelo rubio y lacio, la tez pecosa y obscurecida por el sol, la frente amplia y noble, y el perfil de su rostro no dejaba nada que desear al más apasionado de la estatuaria gentílica.

El señor Juan, un bendito a pesar de su cara hosca y de su voz llena de acritudes, andaba un poco y un mucho desazonado con las decisiones del Altísimo, que había impuesto tan pobre retoño á tan robustas encinas.

No era, sin embargo, del todo justo el Cantueso al juzgar á su presunto heredero; éste, á su manera, contribuía á llevar al troje el indispensable grano; él era el que iba á Málaga a vender los escasos productos de la finca, y, según confesión de los cosarios del partido, ninguno de ellos los vendía más pronto ni mejor, lo cual era sin duda un mérito indiscutible, el cual siempre sacaba á relucir la cortijera en las eternas disensiones con su marido. 

—Mía tú qué gran cosa—solía responderle éste;— pá eso en tó el partío no hay un armendro en fruto que varga lo que uno mío en flor, y mis chumbos son azúcar y mis jigos mier de cormena. 

—Y tu leña palo santo, ¿verdá? Y la señá Tomasa se iba más que de prisa por no embestirle á su marido, el cual parecía tener sentado al mozo en mala parte, menos cuando alguno de los muchos alifafes que combatían al zagal desde su niñez lograba meterlo en cama, pues entonces volvíase el señor Juan la camisa lleno de sustos y congojas y era menester taparse los oídos para no oírle desbarrar unas veces y otras poner el grito en el cielo jurando y perjurando que detrás de cada mata debían sembrarse una botica de las mejores y un médico de los de punta, y cuidarlo más que á los naranjos del huerto. 

Cuando llegaron al lagar las negras, una de las nubes más grandes que le cayeron encima al Cantueso fué el pensar en el porvenir del mozo. ¿Qué sería de éste Cuando él entornara el párpado? Tendría que dar un jornal para no morirse de hambre, y seguramente se dejaría pegada el ánima á la espiocha. Pensando en esto el buen hombre, sentía humedecérsele los ojos, y hubiera vendido á retro el corazón por dejar al abrigo de temporales á aquel zanquilargo que no tenía dos onzas de salud ni dos adarmes de fuerza. 

Bernardo y su padre eran huéspedes; mejor dicho, formaban parte de la familia desde muchos años atrás. Una tarde, cuando aún en el monte no se veían más que pámpanos y racimos, presentóse en el lagar el tío Salustiano con el chavalillo —un guripato con el plumón todavía— á horcajada sobre los hombros, y después de tomar resuello y de meterse de golpe y porrazo casi entre las llamas del hogar, dijo dirigiéndose al Cantueso, que, sentado con la señá Tomasa cerca de la chimenea, lo contemplaban sorprendidos mientras algunos gañanes dormitaban sobre el desigual empedrado: 

—A la pa e Dios, caballeros. 

—Venga osté con él, güen amigo.¿En qué le poemos servir? 

El tío Salustiano, después de medio chamuscarse, respondió: 

—Ostedes isimulen la libertá; ¡pero corre un relente!... 

—Pá eso jizo Dios la candela, pá que se calienten los probes que tiritan. 

—Y pá eso jizo güenos á los poerosos, pá que lo consientan. 

—Y ¿qué es lo que le trae por estos linderos, tocayo? 

—Paece mentira que no me haigas conocío; verdá es que ya está el arbo tan escascarao... 

El señor Juan miró fijamente al desconocido que apretaba al rapaz contra el pecho, y después, encogiéndose de hombros, le repuso: 

—Tan será asina que no lo ricuerdo; pero eso no impíe que pase osté aquí la noche, porque la pícara se presenta de rechupete. 

—Conque no me ricuerdas, ¿verdá? Pos bien; yo soy Salustiano er de Casariche, hijo de tu tío José er de Utrera. 

—¡Qué Dios! No tié ná de particular que no te ricuerde; no te he visto más que una vez, y de eso jace lo menos... lo menos... 

—Diez y nueve años justos y cabales. 

La señá Tomasa había tomado en brazos al chicuelo, que con la nariz y las orejas amoratadas contemplaba el fuego con infantil alborozo, tendiendo hacia él las ateridas manos. 

—¡Ánger de Dios!—exclamó la cortijera.— Viene jecho un terroncito e nieve. Juana, Juanilla: daca una tacica de leche. ¡Cudiao con el hombre! Sa menester estar más loco que una cabra pá traer asina á esta criaturita con el frió que jace. ¡No tié perdón e Dios! 

—Tapao con er corazón jecho dobleces lo hubiera yo traío, señá Tomasa; pero no hay más leña que la que arde. Antier vendí la manta en seis riales á Toñico er de la Encrucijá, ¡y ya, como no venda los palillos der sombrajo, ó er sombrajo e mi presona! 

—Hombre, ¿y tu lagar der Fraile

—No me jables de eso: er mundo da muchas güertas, y si la tierra juera justa, no jecharía de aquí alante la de mí cortijo más que escorpiones y cisañas. 

Y al decir esto, le temblaba la voz al tío Salustiano. 

—Y ¿quién ha sío el que ha sentao sus riales en tus terrenos? 

—¡Quién había e ser! Ortega er de Casaya; no se aterminó á jecharme él en presona; no puso er pecho elante, y jizo bien en medió de tó; no juí á buscarle er corasón por este angélico, pero tó se andará más largo es er tiempo que la fortuna; arrieritos somos. Puée que yo argún día güerva sobre mis pasos, y mar camino es er que se desanda; y er día que lo desande, no le vale ni er manto e la Virgen de la Pena. 

Y el tío Salustiano se incorporó convulso de ira, con el semblante terriblemente contraído y las manos crispadas. Poco á poco fué dominando su excitación, y cuando su primo hubo de alargarle la petaca, volvió á sentarse, colocó al lado de la silla el mugriento sombrero, y con los ojos bajos, en tanto liaba el cigarro, siguió diciendo: 

—Principiaré por la punta. Como tú sabes, jace ya tiempo están las cosas mu malas; jace cuatro años vino uno en que no llovió en Marzo ni en Abril y se mos quemaron las cimenteras; mos llovió endispués, en Mayo, y se mos pudrió lo que queaba; y como el agua no fué mucha, mos mató la mitá del arbolao, y se mos queó en cruz y en cuadro el olivar, y en cuadro y en cruz los armendrales. 

Como cuando Dios ice agua va jasta er mesmo sol gotea, le entró una enfermeá al ganao, y de veinticinco cabras, que eran veinticinco minas e plata, mos queó er cabrío y el cabrero, y ¡ya se ve!, como hay que comer, manque no sea más que un día sí y otro no, y como Ortega andaba prevelicao por mi cortijo, y me estaba metiendo los ineros por los ojos, los tomé; ¡no se me hubieran caío antes las manos! ¡Bien me ecía mi probe Dolores, que Dios tenga en su santa gloria! «¡Ese inero es un cangro!» Era verdá; ¡un cangro ha sío! 

Pos bien: tomé aquellos cuatro maraveíces: hipotequé jasta er pelo; jace dos meses venció el plazo, y como dende que jice la hipoteca nengún año ha venío con cormo, no púe pagar, y hogaño, cuando tenía la mies maúra y los olivares llamando á gritos á los tordos, se mos presentó el escribano y el arguacil. ¡Por poquito no los mato! ¡Puñales se me jicieron las pestañas! En fln, más vale no jablar de eso; la verdá es que san queao con too y man dejao sin más tierra que la que piso cuando no sarto, y sin calor que darle á ese probecito desmamparao, y vengo, primo, á icirte: Aquí tengo dos brazos e bronce y una voluntá e bronce también, ¿quiés darme trabajo, y asina no tendré que dir á peirlo de puerta en puerta, ni necesiá de que me pisen los extraños? 


(Se continuará)

2 comentarios:

Pepa dijo...

Es interesante que los temas de antaño estén por desgracia en pleno apogeo actualmente. Los desahucios judiciales por impago y los graves problemas que éstos ocasionan.

JLG dijo...

Pepa, como bien dices, hay cosas que no cambian, por desgracia.

Muchísimas gracias por tu comentario.

Publicar un comentario en la entrada