viernes, 1 de febrero de 2013

El de la Umbría. Capítulo séptimo



LA NOVELA ANDALUZA

En vista del éxito de esta revista y queriendo corresponder de alguna manera al  creciente favor del público, hemos decidido publicar una serie de novelas andaluzas debida á las mejores plumas de los escritores de la región. Arturo Reyes, Julio Pellicer, Ramón A. Urbano, Fernández del Villar, Casaux España, Martínez Barrionuevo y otros nos han prometido cooperar con sus bellos escritos al mejor éxito de esta sección.
 
Arturo Reyes, el padre de la novela andaluza, ha abierto la marcha con una narración primorosísima, como todas las que salen de su brillante pluma.

 Por su extensión la vamos publicando en fragmentos procurando hacer los cortes al final de los capítulos, para el mejor conocimiento de los lectores.

 La novela de Reyes lleva este título:
 

El de la Umbría

Capítulo Séptimo

— ¿Oye, qué es lo que quería el Cachorrito?— preguntóle á Toño el Cantinero,  al verle penetrar de nuevo en la estancia.

—Pos una mala faena que acaba de cargarse el angelito: ha venido á darme el soplo de que esta noche á las nueve estarán arrullándose frente á la jaza del Emplomao Pepa y el de la Umbría.

—Pero, ¿eso es de verdá?

—Vaya, y por cierto que la cosa me tiene caviloso.

—Y es pa poner caviloso á cualesquiera, poique el viejo es mal bicho y uña y carne del Niño, y eso me güele mal, me güele á encerrona de mala ley; y sí eso es asina, como me supongo, no va á ser chico desengaño el que van á llevar dambos, poique lo que es tú, tú no vas esta noche á ninguna parte.

—Yo no sé lo que pensar, porque el viejo no tiene mal fondo, por lo menos nunca lo ha tenido; nunca ha hecho ninguna de las de Iscariote, y además el hombre parece resentido de verdad con Pedro; parece que á éste se le ha escurrío la mano con el viejo y el viejo está que arde.

—Mira, eso pué ser verdad, no digo yo que no, pero tamién pudiera no serlo; el Niño se habrá enterao de tus arrullos á su tórtola, y esto le habrá puesto la boca amarga; y como el hombre le tiée cierta aprensión á entrar en poblao, querrá sacarte fuera, y tú, tú estás mu delicao der pecho y no te sentará aíen el relente.

—Pos digan ostedes que no están mu misteriosos, camará—exclamó en aquel instante el Pecas; —están ostedes en peligro de muerte y sus estais confesando?

—Es que le estaba preguntando al Cantinero, callando pa que tú no te enteraras, si seguías tan métome en tó como antes, ó si habías experimentao algún alivio.

—Como antes, hijo mío, ó más peor que antes entoavía.

—Vaya, pues que te mejores y quefdaos con Dios, caballeros,—exclamó en voz alta; y después, dirigiéndose á su amigo, le dijo casi al oído:

—Y adiós hasta la noche, Pepe; y no tengas cuidao, que por si acaso, lo que es el hijo de mi madre no se mete en lo que pudiera ser una ratonera.

Y tras estrechar su mano, salióse á la calle el hijo del señor Curro.

—En busca de su mercé venía yo,—díjole tropezándose con él en la esquina de la calle Cristóbal, el hermano de la Jabalina.

— ¿Y para qué me buscabas?—preguntóle con aire sombrío el hijo del Naranjero.

—Pos pa mucbo y pa ná; pa decirle que no me vaya usté á tomar ojeriza por lo que ha pasao, poique yo no he tenío la curpa; mi hermana es asina, mu terca y mu llena de púas y mu cabezona, y por no dar su brazo á torcer es capaz...

—No te metas en decírmelo: yo me sé ya de memoria de todo lo que es capaz tu hermana.

—¿Y de qué es capaz mi hermana?preguntó con aire inquieto y amenazador Cristóbal, á quien sin duda no le había sonado bien el modo desdeñoso é irónico conque Antonio hubo de pronunciar aquellas frases.

— Pues de qué sé yo, de algo; de cualquier cosa; de ir esta noche á las nueve, en punto, por ejemplo, á hablar con el de la Umbría, en el puente del Tejarillo, frente por frente á la jaza del Emplomao.

—Eso es mentira, eso es una calurnia, y ya estoy jarto; y al que me güerva á repetir eso le parto el corazón y le rompo las entrañas,—exclamó con voz ronca Tobalo, mirando fieramente á Toño.

No se inmutó éste ante la mirada de aquél, y le repuso con acento al parecer tranquilo:

—Pues yo soy el que te lo dice, porque á mí me lo han dicho también; y sobre todo, que la cosa es muy sencilla: con ir esta noche al sitio de marras, te enteras; y si es mentira, mejor para ti y mejor para mí y mejor para todos.

Y diciendo esto alejóse el hijo del señor Curro, mientras Cristóbal le veia alejarse con mirada rencorosa.

—Yo iré al sitio de marras, y mañana mos veremos manque me dejes desnúo y al amparo de Dios en lo más jondo de un barranco.

ARTURO REYES

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