miércoles, 2 de enero de 2013

El lagar de la Viñuela. Capítulo undécimo




Toval, al oír aquello, se puso amarillo; hizo crujir la silla y rodar las sangrías; se levantó con el cuerpo encorvado, las manos crispadas y la vista centelleante, y acercando su cara a la de Enrique, le dijo con voz lenta y amenazadora: 

 —Yo no le tengo canguelo á naide en er mundo, y eso que tú me has dicho entre cuatro paeres no eres capaz de icírmelo en mitá er campo, aonde ni la luz mos estorbe. 

—Lo que te he dicho yo aquí te lo repito hasta calando en la mar saldada. 

—Vamos, caballeros, no fartaba más entre amigos -exclamó sin moverse de su asiento ni volver la cara Juan el Chacho

—Es que á mí naide me llama cobarde, y el que me lo llame tié pena de la vía. 

—Vé po el pae cura, Belloto, que esto se pone mu feo—exclamó irónicamente el Pájaro

—Es que ése se ha levantado hoy con la cabeza llena de bichos y va á ser preciso sacárselos.

Belloto, además del páe cura anda, hijo, anda y tráete un sacatapón. 

 —¿Adonde vas tú, don Pavilo, por trigo pa ese costal? Si lo único bueno que tiées en tu presona es el traje y el reló y la tumbaga. 

—Vamos, señores, vamos, á refrescarse. 

—No mates á nenguno de esos probes, Íñigo, que arguna vez serán padres de familia.

—Agüelo, no le tiente osté tanto el jato á la bestia, que respinga—repúsole Pedraza. 

 —Ahora sí que has jablao como Dios manda.

—Tiée osté dispensa pontificia por lo antigüilla que está ya su presona. 

—Vámonos, Enrique, vámonos, que, si no, este trabuco va á dispararse por la recámara, y yo no he confesáo ni he comulgáo entoavía, ni me he vestío de limpio. 

Y el Pájaro, al decir esto, cogió por el brazo, tirando de él, á Enrique, el cual, tras cuatro zamarreones, se decidió a seguirlo, no sin gritar al Churumbero, mirándole con profundo encono: 

—Va sabes tú, mozo bueno..., hasta calando en la mar salada. 

La bronca de Miranda y Toval dio materiales en que emplearse á los murmuradores del pueblo; el motivo de la cuestión corrió de boca en boca; las opiniones se dividieron; la calumnia tremoló sus imponentes banderas; los más mal pensados se motejaron de candorosos. ¡Cuidado con no haber visto antes cosa tan clarísima como eran los amores do la huérfana y Bernardo! ¡Pobre Agustínl ¡Qué chasco iba á llevarse cuando volviera!.Ya todos se explicaban muchas cosas que hasta entonces habían pasado inadvertidas; era lógico que parecieran hermanos, ¡qué menos! Por algo no miraba Bernardo á ninguna moza del partido, ni aun á Rosita, la de los López, que estaba por él ida de la veleta. 

Cuando la noticia llegó á oídos de Rosita, bañóse ésta en agua de rosas, tocó á rebato su lengua, y ¡Dios del cielo, qué cosas pintan los celos y el amor propio herido! 

 Algunos, con Toval á la cabeza, tomaron la defensa de la huérfana y la defendieron, no á capa y espada, pero sí con razones como puños y puños como batanes.

Ni unos ni otros osaban decir, como es natural, una sola frase delante de Bernardo, que de vez en cuando se descolgaba por el pueblo. 

Una de las veces en que el de Casariche hubo de ir á Almogía, después de echar al correo la carta motivo del viaje, sentóse en el zaguán de la posada á esperar la fresca para regresar al cortijo. 

Sobre el empedrado suelo dormitaban algunos arrieros y cosarios, defendiéndose el rostro de las moscas con los mugrientos sombreros, aún atravesados en las fajas los palos de olivos con que avivan y derrengan, al par, á las acansinadas recuas: un farol enorme, pendiente de una de las vigas del techo, prometía tanta luz como una lámpara de Siemens; las cargas de paja apiladas en una de las laterales, piensos abundantes á las cabalgaduras y un delicioso tufillo que salía por la entreabierta puerta de la cocina, suculenta olla á los hambrientos y rendidos caminantes. 

—Y ¿cómo andan por allá?—preguntó á Bernardo el posadero, un vejete derrengado, haraposo, con una cabellera salvaje y cenicienta, que le caía sobre los siempre húmedos ojos en sucios mechones. 

—Tóos están güenos y relucientes, tío Musarañas

—¿Y la chavalilla? 

—Rigular; esa probetica no vale un suspiro. 

—Y de Agustinico; ¿qué se sabe? 

—Güeñas noticias; ¡tan campante como está otra vez el hombre! 

—¿Y es ya arférez? 

—¡Como suena!, y si lo ejan, güerve con más cruces y más galones que er generar Prim. 

—¡Vaya un mozo cabal! Los Cantuesos no cabrán en la pelleja de vaniosos. 

—Hombre, con razón, no están disgustaos. 

—¿Y cuándo gorverá? 

—Yo imagino que mu pronto; ¡tendrá ya ganas de echarle un remiendo á la vía!

—Hombre, y eso á ti, ¿á qué te sabe? 

Bernardo miró con sorpresa al tío Musarañas, que le contemplaba sonriendo maliciosamente, y le repuso encogiéndose de hombros: 

—¡Qué pregunta! ¿A qué quiée osté que me sepa, agüelo? ¡A gloria! 

Cuando Bernardo se hubo marchado, el tío Musarañas dijo con tono sentencioso y moviendo acompasadamente la cabeza: 

—O ese mocito sabe más que Lepe, ó tiée la consensia más limpia que el mesmo sol que mos alumbra.



CAPÍTULO XI 

Una buena noticia. 


Los almendros habían cumplido: estaban cuajaditos de fruto; los granados empezaban á mostrar tintes de púrpura en sus películas de oro; los cirueleros y los perales veníanse abajo: parecía que aquellos frutales querían hacer menos dolorosa á los del lagar la mala partida que habíanle jugado los olivos y los algarrobos, verdes y lozanos, pero sin cosecha alguna casi; los granados más tardíos ostentaban entre sus tersas hojas de esmeralda flores de púrpura que brillaban al sol como rubíes; todo fulgía esplendente y risueño; piaban las golondrinas, cruzando el limpísimo espacio en giros rápidos; el ligero viento fingía rumor de olas al ondear el frondoso ramaje; el humo del hogar trazaba en el aire caprichosas siluetas, de vez en cuando el ronco arrullo de alguna tórtola resonaba en los picachos cubiertos de olivos de los montes cercanos; los perros se desperezaban, tendidos sobre el seco estiércol, entre el alegre bandurrio de gallinas, á las cuales, de cuando en cuando, el gallo, con galante actitud de sultán engreído, llamaba para ofrecerles el grano que encontraba en su constante rebusca. 

Los viejos entreteníanse en sus periódicas ocupaciones, y Dolores avivaba el fuego en que se cocía la olla, cuando apareció Bernardo en la puerta, cubierto de sudor, sucio, risueño, con la encopeta en una mano y en la otra una liebre enorme. 

—Vaya, no dirán ostedes que me porto mal— dijo dejándose caer rendido en una silla. 

—Güena pieza—exclamó el de Casariche. 

—Esa se ha muerto der susto, poique tú no le pegas á un cerro—dijo la Viñuela sonriendo y mirando burlonamente á Bernardo. 

—Dejüro que sí; como que la llevaba metía en el cañón de la escopeta. 

Dolores cogió la liebre, acarició su robusto lomo y murmuró alegremente: —Pá con arroz. 

—¿Aónde la has jallao?—preguntó el señor Juan. 

—A la vera e la ermita. 

—Por allí viene D. Salvaorico—gritó la señá Tomasa, que estaba sentada junto á la puerta, con Araceli dormida en los brazos. 

Efectivamente: allá por la trocha, en lo alto del monte, destacábase sobre el fondo azul del cielo la flaca figura del profesor de instrucción primaria, con su traje de crudillo, su más que usada sombrilla de sol y su ancho sombrero de paja. 

—Mejor; asina armozará con nosotros. 

A poco apareció D. Salvador en el llano. 

—Buenos días, mis amigos—dijo, cerrando el enorme quitasol. 

—Los tenga osté. ¡Cómo se vende caro lo güeno! 

—Gracias. ¿Y cómo andamos por acá de salud? 

—Tóos bien, menos la chicuelina, que mos tié siempre mu desasonaíllos. 

—¿Qué es lo que tiene? —Ni el méico tan siquiera lo sabe. 

D. Salvador se caló las gafas, inclinóse sobre Araceli, tomóle el pulso, la observó detenidamente y dijo luego, moviendo la cabeza, con tono doctoral: 

—Algo de fiebre. ¿Y qué toma? 


(Se continuará)

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