miércoles, 2 de enero de 2013

El lagar de la Viñuela. Capítulo duodécimo



 —Ná, un purgante un día sí y otro no, y er de enmedio también; me paece á mí que los méicos saben tanto como mosotros mesmos.

—¡Hombre. no; la ciencia...

—¡Probetica mía y qué ganitas tengo e verla güena!—dijo Dolores, besando á la niña en la frente. 

—¿Almorzará osté con mosotros, verda?—preguntó al maestro la señá Tomasa.

—Muchas gracias, no tengo apetito—repúsole don Salvador, arrojando una mirada indagadora á la hornilla.

—Ande osté; á osté le gustan las sopas de la puchera, y aluego encima queso de cabra jecho por mí, y miel acabaita de sacar de la. cormena; ¡como que antier se castraron! —dijo Dolores.

El maestro se pasó la punta de la lengua por los sumidos labios, y repúsole, poniendo en su cara la más amable de las sonrisas y como aplaudiendo con la punta de la corva nariz y la puntiaguda barba:

—¿Sopas y queso hecho por ti y miel de tus colmenas? No me resisto, es muy grande la tentación; pon, desde luego, una cuchara más.

—Así me gusta, con franqueza; osté sabe mu bien que aquí se jace eso con toa el alma y con gúena voluntá y con limpios manteles.

—Ya lo sé. hija mía, ya lo sé. 

—¿Y cómo es que hoy mos ha dao osté este alegrón?—preguntóle Bernardo.

—No he querido ser de los últimos en felicitarles, y esta mañana, en cuantito acabé de dar lección á Toñuela la del molino, cogí la trocha y, pian, pian, me he andado las dos leguas en dos horas y media, como un hombre.

—¡Felicitarnos! ¿Y por qué?

—Por el nuevo ascenso de Agustín. ¡Vaya si el muy pícaro es valiente! Ya se lo decía yo a ustedes
el muchacho vale un imperio.

—¡Pos no jace ya mucho tiempo que es arférez! ¡Si ya mos felicitó osté.

—Pero si es por el nuevo ascenso.

—¿Qué nuevo ascenso?

—¿Pero no saben ustedes que en Manicaruaga, él solo, con veinte hombres, ha derrotado al cabecilla Policarpo, que llevaba cien mambises, y que, en premio, ha sido propuesto para teniente?

Los de la casa se miraron unos á otros con alegría y sorpresa, y, tras algunos segundos de silencio, dijo el Cantueso:

—Pos no sabíamos ná.

—Pero ¿no han tenido ustedes carta suya?

—No, señor.

—Pues precisamente yo me he traído el periódico que lo dice.

—A ver, léalo osté, D. Salvaor. ¡Hijo mío y qué bravo es y cuantas fatigas estará pasando!—exclamó la señá Tomasa, con el semblante lleno de alegría y los ojos de lágrimas.

— ¡Vaya con el mozo, y qué sorpresa mos está dando!—murmuró el señor Juan, meditabundo. 

Bernardo prestó también atención, mirando de camino á hurtadillas á Dolores, que, puestas las manos en la cintura, disponíase á oír él relato. 

D. Salvador procedió á sacar el periódico del bolsillo interior de la chaqueta; primero dio al aire el pañuelo de hierbas, amplísimo, y, por fin, salió el anhelado periódico. 

Desdoblólo el maestro con toda la grave lentitud que el acto requería, sé afianzó bien las gafas, tosió para despejar de saliva la laringe; y dio comienzo á la lectura. 

Entre los varios hechos de guerra de que daba cuenta al periódico el corresponsal, figuraba una sorpresa de los fllibusteros, cuyos propósitos habían fracasado merced al valor heroico del alférez don Agustín Villarrubia y de los veinte hombres con que había salido á forrajear en la provincia de Santa Clara. El periódico se hacia lenguas del valeroso oficial, que tan alto había puesto su nombre en aquel glorioso trance. Cuando hubo concluido de leer, quitó D. Salvador las gafas, las limpió con un pico del pañuelo, las colocó después cuidadosamente en el estuche y quedóse mirando á sus oyentes con expresión interrogadora.

La señá Tomasa sollozaba; el señor Juan tenía los ojos brillantes y húmedos; el tío Salustiano sentíase contagiado,de aquella emoción general, y no acertaba á proseguir la pleita; Bernardo miraba con vaga expresión de inquietud á Dolores, y ésta, con los ojos bajos y aire embarazado, murmuró: 

—¡Conque ya es tiniente! 

—Mira, Dolores, sa menester festejar el acenso; hoy D. Salvaor se quéa aquí to er día, vamos á tener comilona; ya el mocito ha traío una liebre y se matarán dos gallinas y tú nos jarás confituras. ¡Sa menester festejarlo!—dijo el Cantueso

D. Salvador sonrió evangélicamente ante aquella hermosa perspectiva, y entregó el periódico al señor Juan.

—Pues yo voy á ver si aumento los menesteres— exclamó Bernardo, cogiendo la escopeta y las bolsas de la pólvora y los plomos, engalanadas por la Viñuela con cintas azules y encamadas. 

—No sa menester, hombre, no sa menester—dijo el Cantueso.— 

—Ya los perdigones están crecíos, y al venir pa acá estaban cantando en la loma, ahí más allaílla. 

Y más allaílla se fué Bernardo, mientras la huérfana lo miraba alejarse con vaga abstracción, con pensadora fijeza. 

—Vaya que se han puesto ostés tóos con las caras amarillas—exclamó el tío Salustiano. 

—La alegría es prima hermana del pesar; y sus caras se parecen—dijo D. Salvador sentenciosamente, abriendo la caja del rapé y disponiéndose é tomar un polvo. 

—Que no tardes mucho—gritó Dolores, asomándose á la puerta, á Bernardo, que empezaba á trepar por el monte. 

El mozo movió negativamente la cabeza, sin volver el rostro, y prosiguió subiendo por la escabrosísima ladera. 


CAPIÍULO XII 

Lo que dijo el tío Salustiano. 


Algunos días después se recibió carta de Agustín; éste daba cuenta, del modo más minucioso, de lo que le ocurriera últimamente; en cuanto su propuesta fuese aprobada, regresaría con licencia; Dolores debía ir preparándose. Sin hacer mención del envío, acompañaba un giro á cargo de uno de las más importantes banqueros de Málaga. 

Esta carta produjo distintas sensaciones, al parecer; la señá Tomasa por poco, y apesar de su imponente volumen y respetable número de años, coge las castañuelas que tantas veces repiqueteara en sus mocedades; el señor Juan necesitó más aire para sus pulmones y se salió enmedio del llano; la Viñuela, á quien hacían entregado la letra, quedóse mirándola inconscientemente, mientras la doblaba y la desdoblaba, para volverla á doblar; Bernardo dio media vuelta y salió de estampía, y el tío Salustiano, al ver salir á su hijo de aquel modo, miró fija y atentamente á la huérfana. 

—Va á ser menester que vayas á Málaga de compras; esos cuartos tiées que emplearlos en tu presona—dijo á Dolores la cortijera. 

—Tiempo hay, guárdelos osté—le repuso aquélla, encogiéndose desdeñosamente de hombros. 

—Es que pa cuando venga Agustinico quiero que estés jecha una emperatriz. 

—La mona, manque se vista de sea, mona se quéa. 

—¡A ver, la fantensiosa! Eso lo hices tú con la boca chica. ¡Pero qué gente ésta! ¡Pos no paéce que sus han dáo cañazo! 

—Acuérdate delo que dijo D. Salvaorico; que el pesar y el gozo tiéen un mismo semblante—exclamó el señor Juan, penetrando de nuevo en la casa. 

—Me van dando á mí olor á quemáo estas cosas pensó la cortijera, dirigiéndose hacia él corral con la cabezuela para las gallinas. 

Bernardo, cuando salió, encaminóse al huerto, pensativo, mirando sin ver; sentíase profundamente triste, profundamente irritado, con ganas de pelear hasta con su sombra; las cartas de Agustin habían llegado á producirle terrible malestar; cada vez que se hablaba de su regreso se le atragantaba hasta la saliva; y ahora iba de veras ¡vaya!, como que ya, por fin, era teniente, «es decir, toíto un presonaje, toíto un presonaje—repetía—y vendrá tronchando pencas, y se casará con Dolores, y se la llevará por ahí como á una señorona, y mos quearemos solitos y no la gorveremosá ver.» 

Y al pensar esto Bernardo, sintió que algunas lágrimas le subían desde el corazón á los ojos, y luchando por detenerlas, penetró en el huerto y dejóse caer á la sombra de uno de los frondosos naranjos. 

Dos horas después penetraba Dolores en el huerto; un sombrero de palma defendía su semblante del sol; Iba también preocupada y abstraída. ¡Cualquiera pensara, al verla, que el anuncio de! regreso de Agustín habíala puesto de mal humor. Esto no podía ser, no había motivo para tal; su vuelta representaba la reparación debida á su honra; su Araceli tendría el nombre que le pertenecía, sonreíala el porvenir con el hombre á quien sacrificara un tiempo cuanto era; veía á aquel hombre, con los ojos del pensamiento, rodeado de una aureola gloriosa, batiéndose como un león, sin olvidarla nunca, ni aun entre las asechanzas de la muerte en el combate y en el hospital, siempre pensando en ella; vistiendo el uniforme, luciendo las cruces ganadas con sangre de sus venas, y puestos en ella sus grandes ojos azules y melancólicos. 

Dolores iba por algunos avíos para la comida; el sol caía á plomo, las ramas de los árboles estaban inmóviles, zumbaban los insectos, guarecíanse los pájaros en la espesura, las aguas de la alberca reflejaban el cielo límpido y azul, todo yacía sumido en pesadísimo sopor; al llegar Dolores á la linde donde empieza de nuevo el arroyo salpicado de enormes rocas, grandes macizos de adelfas y de espesísimos zarzales, vió á Bernardo. 

Este parecía dormido; el sol, penetrando por entre las ramas del naranjo, caía sobre su semblante; de vez en cuando ensanchaba su pecho un suspiro, que semejaba un sollozo. La Viñuela al verle se detuvo un instante; pensó en despertarle, como se hace con un niño víctima de una pesadilla, acércosele, inclinóse sobre él; mas de pronto se irguió bruscamente. ¿Por qué tenía Bernardo húmedos los ojos? ¿Por qué suspiraba? Ella no lo quería saber, no debía saberlo, sin duda; una emoción, dulce y triste al par, enseñoreábase de su corazón; empezaba á despertar su pensamiento, empezaba á despertar, pero lleno aún de somnolencias y vaguedades; ella, que siempre miró al mozo como á un hermano, no se atrevió en aquella ocasión á despertarle; el sol, como ya hemos dicho, caíale al zagal sobre el rostro. 


(Se continuará)

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