miércoles, 9 de enero de 2013

El Lagar de La Viñuela. Capítulo vigésimo



—Vamos pá alla, Dolores, vamos pá allá; que ya está ahí er que tanta farta sus estaba jaciendo á ti y á ese angelico e Dios.

La Viñuela inclinó los ojos; los del viejo, graves y acusadores, fijos en ella, la empujaron hacia la cañada.

El tío Salustiano y la huérfana llegaron los últimos á la planicie colindante con el camino; al doblar la cuesta vieron de pronto, bañados por el espléndido sol, al Contueso, a la señá Tomasa y á Agustín estrechamente unidos; parecían petrificados ninguno de los tres soltaba la presa: el brazo en ellos, más que una manifestación de ternura, era una delirante revancha; más allá del grupo, inmóviles sobre la carretera, jadeaban los caballos cubiertos de sudor, mientras el cochero arreglaba indiferente los asientos del carruaje. Bernardo, en mitad de la planicie, miraba con angustiosa expresión hacia el carril por donde aparecieron su padre y la huérfana con Araceli en los brazos, y el ciclo fulgía y los solitarios alrededores parecían como aletargados por una inmensa y luminosa calentura.

-Ahí las tienes- gritó la cortijera á Agustín, señalándole el grupo que acababa de desembocar en el llano.

Desciñóse el heroico descendiente de los Cantuesos de las lazadas de amor en que aquéllos lo retenían, y se dirigió rápido hacia el grupo; y él, el denonado campeón de los Palmares y la Torrentera, sintióse débil de piernas y falto de respiración al aproximarse á la que fuera un tiempo el más dulce de sus delirios.

Ella le vió llegar, demudada, inmóvil, con la congoja en los hermosísimos ojos; y al tenerlo frente á frente, al verse amenazada por sus brazos, que se abrieron como para estrecharla, encendióse su tez, y, sin decir una sola frase, presentó á Araceli á su padre como un gladiador á su contrario el resistente escudo.

La niña se debatió violentamente y rompió á llorar, sin que la voz, siempre afónica, de la sangre, resonara en ella, y sin que fueran suficientes á hacer a callar los besos que su padre depositaba en sus mejillas.

Cuando Bernardo vio á Agustín abrir los brazos para estrechar en ellos á Dolores, sintió algo que le desgarraba el pecho; la sangre pareció detenérsele en las venas, se mordió rabiosamente en los labios y aguantó la respiración, como si quisiera pasar calando aquella amarguísima ola; pero al ver á la huérfana esquivar la caricia, por poco la alegría le hace llegar al cielo de un salto. 

—Paécen ostedes tontos é remate—exclamó alegremente la señá Tomasa.

—Vámonos pá allá bajo; tú, Chamullo, ayúame á llevar los chirimbolos del señor melitar-dijo el Cantueso.

—Si, vamos—repitió Dolores, volviendo á coger á Araceli sin mirar á derechas á Agustín.

Este, por el contrario, mirábala con insistencia; no estaba del todo satisfecho de la acogida que ella hubo de dispensarle; sin duda la frialdad del recibimiento fué motivada por la emoción; ya él removería los ardientes rescoldos y brotaría de nuevo la potente llama; á él ya empezaba á incorporársele en el alma el recuerdo, lo cual no tenía nada de extraño; estaba tan hermosa la Viñuela con su cuerpo turgente y espléndido, la tez fresca, los ojos lánguidos, el pelo abundante y lustroso y el seno tentador, que sentía á Esperanza replegarse en su memoria tímida y acobardada.

Hizo Agustín por dominar sus impresiones; y cuando todos se pusieron en marcha hacia el cortijo, acercándose á su prometida, que iba delante de todos, le dijo con voz insegura, al par que miraba con melancólica expresión los viejos y copudos árboles de la senda:

—Parece que fué ayer, Dolores, parece que fué ayer cuando abandoné todo esto.

—Pos ya han pasáo argunos años—le repuso ella con acento irónico, al par que arreglaba el babero á Araceli.

—Pues ni un sólo día he dejado de pensar en li, ni uno sólo.

Dolores le contempló un instante con sarcástica expresión, al par que murmuraba con voz apenas perceptible:

—¡De juro!; eso está más claro entoavía que el mesmo sol.

Al llegar á la casa, se reprodujo en ella la escena del llano; la señá Tomasa quería resarcir al mozo de los halagos de que le privara la forzada ausencia; no se cansaba de besuquearlo, de pasarle las manos por cara, de darle amantísimos achuchones.

El uniforme de Agustín había causado distintos efectos: quién lo miró con orgullo, quién con rabia, quién con supremo desdén.

Esta fué Dolores, que andaba peleando consigo misma hecha un mar de confusiones, sin saber qué cara poner ni qué postura adoptar.

Durante el camino, todas las veces que volvió los ojos vio á Bernardo caminando el ultimo, separado del grupo, como si el maletín que llevaba pesase cuál una montaña; y al verlo de aquella manera, al asomarse mentalmente á aquel pozo lleno de amarguras y celos hasta los bordes, de buen grado hubiera dado un voletón para decirle al oído.... ¿Qué podía ella decirle? Nada, absolutamente nada; no había más remedio que comerse la lengua y el corazón y llegar á su calvario con la cruz acuestas.

Al penetrar en la casa el recién llegado, quiso reconocerla toda; tenía ansia de espaciar sus ojos y su espíritu en aquellas estancias donde antojábasele ver relampaguear los soles de los pasados días; todo casi igual en el humilde retiro.

Bernardo había llegado el último, y su padre, al quedar un momento a solas con él, le dijo poniéndole una mano en el hombro:

—Vamos á ver, hijo mío, cómo se porta un hombre. El mozo fué á contestarle; vió los ojos de su padre posarse en él llenos de ternura, y de pronto, sus despechos, toda su pena, se le derritieron en el corazón, y con voz entrecortada, como hablamos cuando queremos encadenar al sollozo, le repuso:

—No tenga osté cudiáo, padre, no tenga osté cudiáo; perro, cuando rabia, no muerde al amo.

Y el viejo, comprendiendo que aquel corazón necesitaba una caricia, y recordando los días en que lo acurrucaba hambriento y aterido contra su pecho, rodeóle la cabeza con sus brazos, lo atrajo hacia él, y sus labios, seniles y temblorosos, posaron un beso en sus atezadas mejillas.

Un grito ahogado, una explosión ronca y viril dé cariño y de angustia respondieron al beso paternal, y cuando el anciano vióse libre de los brazos de su hijo, le preguntó con acento dulce y suplicante:

—¿Serás un hombre, verdá; serás un hombre?

—No tema osté naita, padre de mi arma, no tema osté naíta—le repuso Bernardo con el corazón en la boca. 


CAPÍTULO XXI

Cómo se encontró Agustín con que estaban verdes las uvas 


La comida fué un suceso: en el gallinero lloraban inconsolables, y á su manera, algunas gallinas su viudez, y algún que otro gallo su orfandad; el acosón á la orza del lomo y al saco del azúcar fueron de los que hacen época en la despensa de un humilde; los frutales del huerto habían sido despojados del fruto, y unas cuantas botellas contenían el mejor mosto que se ha bebido sobre la tierra desde que el mundo es mundo y el mar es hondo, según aseguraba el Cantueso, paladeándolo con dulce delectación.

La Viñuela había hecho prodigios: el arroz hubiera hecho poner los ojos en blanco de gusto al más descontentadizo de los huertanos de Valencia; cuatro gallos—cuatro catreales sin veletas, según el Chamullo,—dorados y rellenos, esparcían perfumes capaces de tentar á un difunto; las abejas buscaban un resquicio para llegar á las doradas natillas; al lado del blanquísimo queso de cabra, casi acabado de hacer, destacábanse dorados racimos de uvas refrescadas en el pozo, y junto á una enorme sandía de Adra algunos melones de los que, además del Chato, han hecho célebre á Benamejí.

Llegó la hora, y todos tomaron asiento alrededor de la mesa; Agustín, un tanto abstraído y grave; Dolores embragando torpemente la sonrisa, lo mismo que el zagal, que había compuesto de tal modo lá cara que nada tenía que envidiarle ésta á la del tonto de Jubrique: cuando el mozo sentía desmayar su valor y sus músculos, posaba sus ojos en su padre, y la mirada de éste era para él á modo, de báculo fortísimo en que se apoyaba para proseguir por aquella interminable calle de la amargura.

Los Cantuesos, por el contrario, no cabían en si de orgullosos y alegres; para ellos, en aquellos instantes, Agustín llenaba la creación, y lo único que dábales amargor de boca era la extraña seriedad del recién legado.

(Se continuará.)

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