miércoles, 16 de enero de 2013

Germinal



Como una prueba más de la altitud de nuestros propósitos, abrimos esta sección cuyo título expresa bien claramente las tendencias de los artistas jóvenes que en ella han de figurar. ¡Germinal!.... Lo que nace, la sangre nueva, la savia vigorosa y fecunda de lo que empieza a vivir.

Arturo Reyes es una de las personalidades más sobresalientes de ese grupo de escritores que constituyen lo que han dado en llamar, gente nueva. Malagueño de nacimiento y poeta de corazón, tiene la fantasía inquieta y ardiente de los grandes novelistas meridionales; y el carácter á veces alegre, á ratos melancólico, pero siempre fantaseador y apasionado, característico de nuestra raza; y posee además el dificilísimo secreto, descubierto á muy pocos, de decir todo lo interesante, de omitir lo supérfluo y de narrar en estilo fácil y castizo, sin hinchazones retóricas ni desmayos de escritor cansino. Dialoga con donosa soltura y sabe imprimir á sus descripciones gran relieve: es de los elegidos que ven lo que escriben. Y para que el lector pueda juzgar por sí mismo, entresacamos el siguiente diálogo de Cartucherita, una de las novelas en que Reyes ha puesto más gracia y más corazón. Hablan Cartucherita y otro torero, muy amigo suyo, de una mujer de quien el primero se ha enamorado locamente.

—¿Pero á tí quién te ha dicho tó eso?
—Un ciego en un romance; yo ya he roao mucho mundo y he visto muchas cosas patas arriba, cuando debieran estar patas abajo, y no estoy tarumba como tú, y tú sabrás matar toros mejor que yo, pero yo sé matar malas intenciones mejor que tú, y voy á matar las que tú tienes que son malas y más que malas.
—No, hombre, no, yo no tengo malos propósitos; las cosas se han roao porque sí, sin que yo quiera; mira, Juan, cuando yo vine traje puro y sin mancha el pensamiento, pero cuando ví á esa mujer, me pareció que me ponían una luz eléctrica en el alma, y me atosigué y me dió susto, pero me acordé que soy un hombre y un hombre a graecío, y encerré tó aquello que sentí en mi corazón y le puse llaves y cerrojos con mi voluntá, ¿sabes tú?, para que ni ella se enterara, y no se ha enterao; pero, ¡ay, Juan! aquello que enterré chiquito, se  me ha connertío en un tigre que ahulla y se regüerve, y me martiriza por salir; y yo,  tan y mientras que el jierro encendío de mi voluntá le pego, lo achicharro, lo arrincono, y asin seguimos, él, más grande, más rabioso, más desesperao cá día que pasa, y yo con menos fuerza y menos poder pa domarlo.
—Pues sá menester que lo domes, y pa eso na mejor que poner tierra por medio, y ojos que no ven, corazón no quiebran; mañana mismo nos largamos con viento fresco, y no volvemos hasta el día que tengamos que trabajar, y mientras tanto matas el cosquilleo en Sevilla con la Brinquitos, que está por tí que brinca de gozo, y un clavo saca otro clavo, y no hay mal que por bien no venga, y aluego, cuando se te pase la turboná, vas á darme un beso de cuerpo entero que va á sonar en las ermitas de Córdoba.
—Ojalay pudiera irme, pero tú no sabes cómo yo quiero á esa mujer; mira, cuando la tengo delante y entorna los clisos y se me queda mirando como quien mira una estampa, se me quita el sentío, no puedo echar el habla del cuerpo, me ahogo como si estuviera subiendo una cuesta mú empiná, y no puées figurarte tú la saliva que trago pa que no me conozcan el sin vivir. ¡Ay, Juan! yo no sé lo que esa gachí tiée en su persona, que el aire en que ella respira huele á diamelas, y toito lo que mira lo alumbra como el sol, y en donde pone los pies nace el romero y la mejorana, y...
—Y el melocotón.... y el chirimoyo.... y el árbol de la sabiduría.... vaya, hombre, que estás del tó.
 —Déjate de chilindrinas, que no está el alcacer pa pitos ¡qué sabes tú!
—Lo que yo sé es que en cuantito no la veas se acabó lo que se daba.
—Si que quiera o que no, la llevo conmigo como si fuera relicario; si esto no es vivir, Juan, si esto no es vivir; si sólo de pensar que tengo que apartarme  de su vera mú pronto, se me hace cisco el pecho; si yo ya no pueo vivir sin ese lirio del valle; si siento las bascas de la agonía cuando me dices que me vaya; si no puée ser, si yo ya no puéo irme, ni quedarme, ni jacer una hombrá, ni jacer una porquería.


[Zamacois]

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