miércoles, 9 de enero de 2013

El lagar de la Viñuela. Capítulo décimo octavo



Metido en el glorioso uniforme, que le venía ancho y corto; delante de la es cudilla [sic] delrancho [sic], bajo la  mirada dictatorial de un cabo grosero y despótico, sintióse el pobre mozo medio asfixiado por los escombros de una de las más altas torres edificadas durante sus sueños de ambición en las soledades de la Viñuela.

La primera vez que oyó sisear las balas á su alrededor, frente á un centenar de haraposos enemigos, en las espesuras de la manigua, sintió frío hasta en el alma; pero después, según hubieron de contar sus camaradas, arremetió contra el enemigo de tal manera y con tales bríos, que cuando quiso acordarse se encontró en medio de las filas contrarias, de donde consiguió escapar, según decía, por arte de birlibirloque.


Pronto aquel sistema de vida, donde el pan está amasado con levaduras amargas, en que la muerte tira la segur al acaso, vida en que el valor más que una condición es una resultante, y el hombro, más que tal, un guarismo á dos tintas; respirando aquella atmósfera caliginosa, envenenada con hálitos de sangre y vahos de calentura, donde se riman la detonación y el gemido, y el grito del que triunfa con el estertor del que muere, pronto aquel sistema de vida, repetimos, fué entumeciendo su sensibilidad, acorchándole el corazón y ennegreciéndole la antes serena fantasía.

El recuerdo de Dolores fué esfumándose poco á poco en su memoria, hasta quedar convertido en melancólica silueta, siempre flotante, eso sí, siempre flotante en su imaginación; y cuando supo que la hora de placer, ganada por sorpresa al alejarse del lagar, había tenido naturales consecuencias, y que un nuevo ser reclamaba un nombre y un beso allá en una escondida cañada de los Verdiales, sintióse dulcemente conmovido.

Aquí caigo, allí me levanto, prosiguió la comenzada senda; y cuando, rompiendo por fin el gran obstáculo, vio brillar en su bocamanga la primera estrella, la ambición se le puso de pie en el alma y murmuró pensando en los patrios lares:

—No vuelvo allá hasta que sea teniente.

En las angustiosas noches de insomnio, cuando  febril, torturado por el dolor, inmóvil sobre el lecho del hospital, columpiado entre la vida y la muerte, pensaba en aquellos que le aguardaban, prometíase volar á ellos apenas pudiese levantar otra vez el vuelo: entreteníase en volver á ver entre las ardientes vaguedades del delirio las imágenes que se movían en el tranquilo escenario del tiempo que pasó, desde Dolores, con los ojos relampagueantes de cariño, hasta el Chamullo, aquel resignado hijo predilecto de la mala suerte, y reproducíanse, en su cerebro, como al conjuro de un mago, los más pueriles detalles del risueño panorama fantaseados por la calentura; y ¡cuántas y cuántas veces creyó posar sediento los resecos labios en el fresco manantial que brota entre lentiscos y zarzales en la pedregosa ladera!

Durante aquellas terribles y larguísimas caminatas, al través de los caprichos de la fortuna, el amor no llegó á él más que como una fugitiva y candente caricia, y sólo una vez hubo de detenerle en mitad del camino, haciéndole vacilar un punto.

Esperanza—una criolla que tenía por ojos y por cintura dos amatralladoras [sic] y un torzal—según afirmaba el teniente Centenera, llegó al corazón de Agustín, intentando derribar el antiguo ídolo; pero al lado de éste luchaba el deber, siempre respetado por el bizarro verdialeño, en cuya ayuda llegó el nombramiento de teniente con que fué galardonado, y con el nombramiento una disposición del físico que le aconsejaba unos meses de reposo en los nativos lares.

Mucho vaciló Agustín antes de decidirse; pero el teniente Centenera regresaba también al suelo patrio; Centenera estaba al tanto de todo, y le hizo ver á Dolores y á Araceli, encaramadas en el cerro más alto del cortijo, llamándole hasta con bocina; él no podía hacerse el sordo: el día menos pensado podían los morenos de Quintín hacer con él un picadillo á la cubana, y quedarse aquellas dos criaturas á la clemencia del cielo; lo primero es lo primero; él ya tenía en su poder la debida autorización para arreglar aquel mal negocio; además, su regreso era indispensable, pues la salud empezaba á írsele por los rotos y descosidos; lo de Esperanza no era más que un tente en píe, un capricho, una alucinación con la cual siempre tenía la cuenta saldada; el soldado no debe llevar nunca ropa sucia en la conciencia, porque, para él, de la vida á la muerte, no hay ni el canto de unas guajiras bien cantadas.

Tanto y tan de verdad apretó Centenera, tantas cosas le dijo, que casi sin enterarse se encontró Agustín un día sobre la toldilla del vapor, con la frente fruncida, las manos á la espalda, y midiendo todo el espacio libre con pasos desiguales, mientras Centenera, tumbado en uno de los bancos, le contemplaba sonriendo con disimulo.

Iba el vapor á partir; trepidaba la cubierta al impulso de la máquina en presión; de vez en cuando lanzaba por las renegridas válvulas un ronco y estridente gemido; parecía el tremendo sollozar de un monstruo agonizante; la escala era un á modo de humano acueducto que iba arrojando seres y cosas en el puente; en el centro, la enorme grúa maniobraba lenta, trasladando el cargamento á las profundas escotillas; la oficialidad iba de acá para allá dictando órdenes á la marinería; los  mayordomos conducían los equipajes de los viajeros rezagados á los amplios y lujosos camarotes; los que iban á partir arrojaban una última mirada sobre el puerto que abandonarían en breve.

 —Vamos, hombre, alegra esa cara—dijo Centenera á su amigo, incorporándose en el canapé.

—Déjame en paz—repúsole Agustín, haciendo un gesto capaz de poner un batallón en derrota.

—Ya se te pasará el picor y pondrás mi retrato, cuando te cases, en el cuarto de la virgen.

Y dando media vuelta, alejase el teniente á ver de cerca la cara á unas viajeras que acababan de subir la escala, mientras su amigo seguía dando vueltas y más vueltas en la ancha popa del poderoso trasatlántico.


CAPITULO XIX

Regreso de Agustín a la Viñuela



Por fin, una mañana, tras largos y penosos días de navegación, en que el mareo hizo de las suyas con Agustín, lo mismo que con muchos de sus compañeros de viaje, dieron vista, desde el castillo del hermoso buque á las risueñas costas del nativo suelo.

Una alegría suave se derramó en el alma del teniente; una delirante explosión de júbilo resonó en la proa del buque; allí estaban revueltos y amontonados los que regresaban heridos y enfermos, con los brazos en cabestrillo unos, con las piernas amputadas otros; éste resistiendo el frío de la fiebre envuelto en la misma manta bajo la cual sintiera las primeras en los lodazales de la manigua; aquél tosiendo de un modo cavernoso; un millar de hombres, en fin, agostados en la plenitud de la existencia los que habían logrado demorar las caricias de la muerte, luciendo todos en las listadas guerreras las modestas cruces con que la patria premiara el forzado sacrificio del montón que más tarde había de pregonar nuestro heroísmo y nuestra ingratitud, tendiendo al acaso, con la súplica en la boca y en los ojos, la misma mano con que blandiera el acero en los campos de batalla.

La primera onda del aire nativo, la primer silueta de sus montes, las primeras espumas que vieron festonear sus playas, obraron como poderoso reactivo en aquel puñado de inválidos, y al santo conjuro de la patria, un grito vibró en todos los labios, todos los ojos se llenaron de lágrimas, todos los corazones latieron al unísono, y al par que el buque avanzaba rápido cortando las azules ondas, cien y cien gorras de cuartel fueron agitadas por manos convulsas en el cristalino ambiente, y cien y cien palpitaciones de generosa alegría amordazaron al dolor en el pecho de aquel millar de héroes desconocidos.

Agustín sintió también que el llanto subía á sus ojos; todo su ayer reverdeció en su mente; parecíale todo un sueño, verlo todo al través de un prisma vagoroso y fantástico: el buque, á cuyo alrededor saltaban los delfines, el vastísimo horizonte azul, el verdoso y movible abismo del mar, las azuladas lejanías y las lágrimas que mojaban sus ojos y la emoción que llenábale el alma de dulcísimas tristezas.

Echó, por fin, el vapor sus anclas en la bahía de Málaga, y después de abrazar á Centenera y encargar al asistente del equipaje, dirigióse Agustín á uno de los mejores hoteles.

Como quería aparecer en todo su esplendor ante los atónitos ojos de los seres queridos, vistióse el más flamante de sus uniformes; colgó sobre su pecho las cruces conquistadas y suspendió del luciente correaje el fuerte acero, esgrimido tantas veces por él contra el enemigo, ebrio de bélico entusiasmo.

(Se conitinuará.)

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