jueves, 31 de enero de 2013

El de la Umbría. Capítulo tercero

Publicado en: La Unión ilustrada. 20/3/1910, página 17.

LA NOVELA ANDALUZA


En vista del éxito de esta revista y queriendo corresponder de alguna manera al creciente favor del público, hemos decidido publicar una seria de novelas andaluzas debida á las mejores plumas de los escritores de la región. Arturo Reyes, Julio Pellicer, Ramón A. Urbano, Fernández del Villar, Casaux España, Martínez Barrionuevo y otros nos han prometido cooperar con sus bellos escritos al mejor éxito de esta sección.

Arturo Reyes, el padre de la novela andaluza, ha abierto la marcha con una narración primorosísima, como todas las que salen de su brillante pluma.


Por su extensión la iremos publicando en fragmentos procurando hacer los cortes al final de los capítulos, para el mejor conocimiento de los lectores:


La novela de Reyes lleva este título:

El de la Umbría

CAPÍTULO TERCERO

Dos años antes del día en que comienza esta verídica narración, un domingo por la mañana, en que en la plaza del pueblo donde se eleva la iglesia, habíanse congregado todos ó casi todos los mozos del pueblo luciendo sus galas de las grandes solemnidades, en animados corros y en desordenadas filas, para ver salir y entrar en el templo las beldades de la villa con los mantones á modo de capuchas sobre las bien peinadas cabelleras, y al aire, merced á lo corto de las faldas, el principio de la pantorrilla; una mañana, repetimos, en que el sol en ardientes olas de luz y calor, caía sobre la tierra llenando de resplandores los blancos muros de los edificios, el azul intensísimo del cielo, el verde aterciopelado y de distintos matices que bordeaba las rojizas laderas que circundan el pueblo; una mañana esplendente de Mayo, en fin, vieron salir del templo, entre otras, los apostados en la plaza, á Pepa la Jabalina; hembra de veinte y dos á veinte y tres abriles, alta, recia, gallardísima, de seno arrogante y arrogante cadera, de rostro atezado, de facciones enérgicas, de ojos de gacela por lo negros y rasgados, y de leona por la expresión; de pelo negrísimo y rizoso y abundante que le calzaba la frente, de labios gruesos y encendidos, labios de más bien severa que sonriente estructura, pié breve y arqueado y mano pequeña, pero embastada en el batallar del trabajo.


El Niño de la Umbría, que habíase visto precisado á dejarse caer aquella madrugada por el pueblo á todo el galopar de su cabalgadura, á  la cual habíale rozado una de las redondas ancas una onza de plomo, destinada, sin duda, á más altos fines, y que en aquel instante contemplaba indiferente y solitario en uno de los extremos de la plaza el alegre bulle-bulle de las devotas y los curiosos, al ver avanzar hacia el sitio en que se hallaba, á Pepa, al ver su casi varonil hermosura, movióse al empuje de la tentación; y cortándole terreno á la que avanzaba sin dignarse mirar á los que la requebraban, acercóse á ella con ambas manos en los diagonales bolsillos del marsellés, contorneando la airosa figura, y díjole encorvando graciosamente el busto y acercando de modo relativamente decoroso sus labios á la oreja más diminuta de las que por aquel entonces lucían en Ardales cordobesas arracadas:
 
— ¿Se pudiera saber poiqué ha dejao La Divina Pastora su divina jornacina?
 
Pepa, al sentir tan cerca la voz del Niño, se revolvió iracunda contra el osado, pero al ver á éste, dulcificóse un tanto la hosca expresión de su semblante, y le repuso con voz irónica:
 
—Pus por una cosa mu fácil de adivinar; poique le ha dao la repotente gana!
 
—No es mala esa razón, salero; pero á mí no me ha convencío, yi si no me contesta usté con más respeto, la cojo á usté ahora mismito por el talle, y me la llevo á usté á la sierra, y la mato á usté á fuego lento, poique ha de saber usté que yo soy pa las mujeres de mi gusto toíto un jierro candente.
 
—Güeno, pus al yunqe con el jierro, y hágame usté el favor de dirse de mi vera, que no tengo yo ganas de esazones.

 Y esto lo dijo la muchacha con voz intranquila é intranquila expresión, al ver desembocar por una de las calles adyacentes á la plaza al Rubio Malato.
 
Todos los circunstantes habían presenciado la escena,  y todos, al ver desembocar en la plaza al Rubio, como todos estaban al cabo de la calle en lo referente  á sus  pretensiones cerca de aquella mujer, se miraron unos á otros presintiendo que algo iba á ocurrir si no se alejaba pronto el Niño de la Jabalina:
 
No dejó de presentir el Niño el recio temporal que se le avecinaba al ver avanzar al Rubio; comprendió por la torva expresión del rostro de éste y por la no disimulada inquietud de Pepa, que habíase metido en un mal fregado; pero como hombre acostumbrado á jugarse la vida casi á cara y cruz y casi diariamente en la serranía por un puñado de prensadas de las  Canillas, pensó que algo más merecía hembra de tanto empuje y su reputación de hombre de pelo en pecho, y pensando esto, ni uno solo de sus músculos se contrajo, ni de sus labios huyó la sonrisa al oir la voz del Malato, que le decía con reconcentrado acento y procurando refrenar la cólera que le brotaba con siniestro fulgor por los entornados ojos:
 
— ¿Tú no sabes que á mí me esazona el cuerpo que otro hombre, un hombre que no sea yo, le hable á esta jembra al oído, como tú acabas de hablarle?
 
—Hombre, yo no sabía eso; pero si á ti eso no te gusta, pos no tengas tú cudiao, ni te enfaes, que de aquí pa alante yo no platicaré con ella sin haberte pedio premiso.
 
Y el Niño dijo aquello con acento plácido, sonriendo dulcemente.
 
—Eso es quéa, compare; y cuando a mí tocan á quéa, pos toco yo á rebato, digo, sí es que tú me lo premites.
 
—Por premitío, —exclamó el contrabandista; y pálido y sereno se retrepó gallardamente contra la pared, mientras la Jabalina; alejábase con lentopaso, no sin arrojar sobré el de la Umbría una desdeñosa mirada.  

El Rubio Malato, tras seguir con la vista á Pepa hasta que aquella hubo doblado la esquina, se dirigió hacia uno de los grupos donde se comentaba sin duda su triunfo; pero no había aun dado dos pasos; cuando el Niño, siempre sereno, siempre con la sonrisa en los labios, dirigióse á él y preguntóle con voz ya algo temblorosa:  

—¿Qué es lo que harías tú si yo te diera un guantazo?   

Y aun no lo había acabado de preguntar, cuando sintió el Rubio caer sobre su rostro la endurecida mano del contrabandista, el cual, sabiendo sin duda cómo aquél las gastaba, aun casi no había acabado de asestar el golpe, cuando ya esgrimía en su mano derecha enorme y reluciente acero.
 
Y en vano los mozos, desparramados acá y acullá, corriendo al lugar donde ambos contendientes se acometían rápidos y valerosos, pues antes de poder intervenir en la terrible contienda, el Rubio, en una de las hábiles acometidas de su adversario, detúvose de pronto, dejando escapar un á modo de jadeante rugido; se detuvo, repetimos, llevóse la mano al costado, con los ojos de par en par con horrible expresión de asombro y cayó pesadamente en tierra, mientras el Niño, tras guardarse la enorme navaja, alejábase rápido del lugar de la terrible ocurrencia, y cinco minutos después volaba jinete en su poderoso caballo por las empinadas laderas.

Arturo Reyes

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