lunes, 21 de enero de 2013

¿Cuál es mi obra predilecta?

Publicado en Por esos mundos el 1/4/1907, página 2.


 ¿Cuál es mi obra predilecta?

Esta información, comenzada en nuestro número de Noviembre último, no tiene otro objeto que averiguar por propia manifestación de los autores cuál es su obra predilecta, ya por la perfección con que desarrollaron su pensamiento, ya por las circunstancias que presidieron su génesis, ya, en fín, por el éxito que logró el trabajo al ser conocido por el público. Echegaray, Palacio Valdés, Bretón, Querol, Galdós, Linares Rivas, Miguel Blay, Tomás Luceño, Salvador Rueda, Salvador Viniegra, Eduardo Zamacois y Francisco Flores García, han expuesto ya su opinión. Oigamos ahora lo que dicen otros maestros. 


Arturo Reyes 

Desde Málaga la bella, su residencia habitual, el novelador del pueblo andaluz nos remite como respuesta á la pregunta objeto de esta información las siguientes cuartillas que son galana muestra de su ameno estilo: 

Que cuál, entre todas las obras que he escrito, es la de mi predilección, me pregunta usted en su carta. Y esto me recuerda la contestación que hubo de darme á una pregunta algo análoga á la que usted me hace, en cierta ocasión, un tal Cristóbal el Verdugones.

Este, á quien la Providencia habíale concedidoseno honrado de que nutrirse en su niñez y medios más que suficientes para vivir de su juventud, era mozo de gallardo porte, corazón generoso y despierta imaginación, y hombre, en fin, que recorría tranquilamente su senda en el machito de su vivir á gusto y en compañía de sus panzudos, apopléticos y cariñosísimos progenitores. 

Al llegar Cristóbal á los veinticinco años de edad, llegó, como cada hijo de vecino con la suya, con una aspiración que no consistía ciertamente en ocupar el solio pontificio, ni siquiera uno de los sitiales del trascoro de nuestra Catedral, sino con la legítima de llegar á ser feliz hacedor del más lindo rapaz que luciera su gentileza en los feraces campos de Andalucía. 

Y como para la realización de esto haciase precisa la activa cooperación de una hembra, dióse nuestro ínclito Verdugones á buscarla por barbechos y por sembrados, hasta que un día tuvo la fortuna de topar, de requebrar y de llevarse, tras las debidas y sagradas tramitaciones, á su perfumado cubil, á Rosarito, la bellísima unigénita de los Jaramagos de Humaina.

Y transcurrido el tiempo que tiene indicado para casos tales Santa y Pródiga Madre Naturaleza, tuvo, un amanecer del mes de la flores, que salir nuestro Cristóbal de estampía en busca de la Tía Perala, célebre comadrona del partido, á la que despertó gritando más alegre que un repique: 

- ¡Véngase su mercé conmigo, Tía Perala, que ya está el pasmo que yo encargué aldaboneando en la puerta! 

Y llegó el momento solemne, y 

-No, no es este el pasmo que yo esperaba,-decía algunas horas más tarde el Verdugones contemplando con profunda amargura su vástago, que habíase descolgado en este pícaro mundo luciendo casi por orejas dos alpargatas valencianas. 

Inútil fué que los amigos de Cristóbal procuraran consolar á éste ensalzando tal ó cual belleza del chicuelo, Cristóbal no se convencía. Pero haciéndose superior á su tristeza, 

-¡Veremos el segundo!—murmuró. 

Y Rosarito, á la que no disgustaba, sin duda, secundar los esfuerzos de su esposo, nueve meses más tarde daba á luz un nuevo vástago, del cual hubo de decir, también desconsoladamente, después de haberle reconocido con el mayor detenimiento, el bueno de Verdugones

-No es feo der tóo; pero tié una nariz que es mismamente un sacacorchos, cabayeros [sic]. 

»No obstante tan dolorosos descalabros, siguió nuestro Verdugones peleando por dar forma tangible á su ideal, á aquel chiquillo que retozábale sin cesar en el pensamiento, más bonito que el sol, más bueno que un apóstol, más sabio que aquellos de que nos hablan las helénicas tradiciones, empeñado en no salir de su clausura en la cual aún continuaba diez ó doce años después, cuando ya diez ó doce de sus hermanos, más ó menos raquíticos y defectuosos, alegraban los paternos lares con sus juegos infantiles y con sus inacabables travesuras. 

Y una tarde, ya cansado de perseguir inútilmente por entre los accidentaciones del monte á las de los brodequines grana, y acordándome del modo tentador con que practican la hospitalidad en casa de Cristóbal, hácia casa de Cristóbal encaminé mis pasos pecadores, y á la media hora refrescábame bajo el verde parral de la puerta, mientras Cristóbal me contemplaba con vaga y melancólica expresión, alegraba Rosario sus quehaceres domésticos cantando como una alondra, dejábase machacar resignadamente el abuelo por los inquietos rapaces, bañada en sol los contemplaba la abuela desde el dintel del edificio, y los perros, siempre vigilantes, dormitaban perezosamente tendidos en la pintoresca explanada. 

Y descansando que hube algunos minutos charlando de lluvias y cosechas, y cuando ya la conversación empezaba a languidecer, yo, que conocía las aún no realizadas ilusiones de mi amigo, pregúntele á éste, al par que señalaba el revolloso bandurrio: 

-Vamos á ver, Cristóbal, la verdad: ¿cuál es de todos ellos el más de tu predilección? 

Cristóbal arrojó sobre sus hijos una mirada llena de paternal ternura, sonrió melancólica y bondadosamente, y repúsome con acento apacible y resignado: 

-¿Que cuál de tóos es el más de mi gusto?... Pos bien, lo que es quererlos, á tóos los quiero por igual; pero el que más me gusta… el que más me gusta… 

-Vamos, hombre, ¿cuál es el que más te gusta?— le pregunté de nuevo, alentándolo al notar sus vacilaciones. 

-Pos bien, -exclamó con acento decidido - el que más prefiero de tóos… es el que entoavía no me ha parío mi mujer. 

Y yo, plagiando á Cristóbal el Verdugones, le digo á usted: 

-Yo, de todas mis obras, la que prefiero, es la que no tengo escrita todavía.

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