jueves, 31 de enero de 2013

El de la Umbría. Capítulo primero




LA NOVELA ANDALUZA

Deseosos de corresponder al creciente favor del público, hemos decidido publicar en esta sección una serie de novelas andaluzas, debidas á las mejores plumas de los escritores de la región. Arturo Reyes, Julio Pellicer, Ramón A. Urbano, Fernández del Villar, Casaux España, Martínez Barrionuevo y otros nos han prometido cooperar con sus bellos escritos al mejor éxito de esta sección que hoy inauguramos.

Arturo Reyes, el padre de la novela andaluza, abre la marcha con una narración primorosísima, como todas las que salen de su brillante pluma. Por su extensión la iremos publicando en fragmentos, procurando hacer los cortes al final de los capítulos, para el mejor conocimiento de los lectores.

La novela de Reyes lleva este título:

El de la Umbría


CAPÍTULO PRIMERO

La venta del tío Cachorrito, el más duro de roer de todos los venteros de Andalucía, estaba situada á poco más de un cuarto de legua de Ardales, lindando con el camino, sombreada por varios copudos algarrobos y sin más atractivo, á simple vista, que lo pintoresco del paisaje que desde aquel sitio se domina y la deslumbrante blancura conque [sic] destacábase del fondo grisáceo de la montaña.

Malas lenguas, según los menos, y lenguas verídicas, según los más, aseguraban á casquete quitado, que era la mencionada venta un á modo de apeadero de la bizarra pléyade de contrabandistas y hombres de armas tomar que por aquellos tiempos felices traían á mal traer á los encargados de contrariar un tantico en sus propósitos á los próceres del matute en la accidentada serranía.

Y según cuenta y nos contaron, un día del mes de Octubre, día en que una brisa fresca y perfumada agitaba mansamente el ramaje; en que el sol lucía espléndido en un cielo intensamente azul; en que las sendas de las montañas parecían regueros de oro y un reguero de oro también la carretera; día en que cantaban las alondras, en riscos, en surcos y en breñales y en que el panorama, en fin, aparecía revestido de sus más ricas preseas, vióse avanzar en dirección de la venta del tío Cachorrito, al airoso trote castellano de un potro andaluz de cabos finos como pinceles, pecho robusto, aventadas narices, enarcado cuello y gran alzada, al Niño de la Umbría, uno de los más ilustres contrabandistas de antaño.

Lucía este en la gallarda persona las por aquel entonces típicas galas de los majos andaluces: alto calañés inclinado sobre la sien izquierda; amplio pañuelo de arabescos dibujos que le cubría casi del todo el negro y rizoso pelo; marsellés de astrakán adornado con botonadura de plata; ancho ceñidor encarnado que hacía resaltar vigorosamente el blancor de la bordada pechera; calzón de punto que moldeábale la robusta pierna; vistosas polainas de largo correaje y grueso zapato armado de relucientes espuelas.

El aparejo de la fogosa cabalgadura no dejaba de estar en armónica relación con la indumentaria del gallardo jinete, y era ensedado y vistoso, lo mismo que el pretal de vivísimos colores y largo fleco y que el bordado atajarre que le flanqueaba las poderosas ancas; además de todo lo cual no habíase olvidado al Niño de suspender el arzón, la en sus manos temible escopeta, en cuya caja leíase en argentíferos caracteres, un «Dios te perdone» capaz de ponerle el pelo de punta al mozo más templado.

Antes de entrar de lleno en esta verídica narración, conviene que sepan los que nos leen, que en los treinta y pico de años que habían transcurrido desde el punto y hora en que viniera al mundo nuestro héroe, habíase sabido ganar á pulso uno de los generalatos de la valentía, merced á su temple de corazón, á la dinamita que Dios había desleído en sus venas y á su habilidad suma en darle al más avisado un acosón y un disgusto.

Y no piensen por esto que era nuestro héroe hombre con cara de hiena y pupila de tigre hircano; ni lo piensen siquiera, que tenía el Niño, porque sin duda Dios así lo quiso, ojos grandes y negros, de plácido mirar en sus horas serenas, cutis atezado, arábigo perfil, boca rasgada, de gruesos labios y blanca dentadura, anchas y negras patillas y un cuerpo que más de cuatro envidiaban por su garbo y su fortaleza.

Y llegó el jinete á la venta, y paró el potro en firme al llegar, saltó ágilmente en tierra, echóle las bridas sobre las lucientes crines á su cabalgadura, y penetró en el edificio haciendo sonar á su vigoroso y acorde paso las relucientes espuelas, y no sin exclamar con voz llena y robusta:

— ¡Ah, de casa, viejo Cachorro!

Y éste, que dormía sobre una manta tendida sobre el limpio empedrado, cual sobre muelles cojines, siguió roncando apaciblemente, sin que fuera bastante á turbar su sueño la voz varonil y simpática del recién llegado, el cual, acercándose al dormido, aplicóle la punta de un pie con relativa dulzura á una de las escuálidas caderas.

No se equivocó, sin duda, en su procedimiento el recién llegado, pues al roce de su pie abrió el viejo los ojos, se incorporó gruñendo, restregóse fuertemente los párpados con ambas manos y exclamó tras un prolongadísimo bostezo, al par que se levantaba:

—¡Vaya un Dios y qué móos tiées tú de pasarle recao al hombre que más te estima!

—Como que pa dispertarlo á usté sa menester una salva y un repique.

—Como estaba solo poique la vieja ha dío al pueblo y se pasa uno la noche en vela por si se descuelga algún murciélago por estos vericuetos, ¡velay tú!, pos se duerme uno en el canto de un pelo y sin pedirle premiso á naide.

—Aprenda usté de mí, que no duermo más que por Navidá y Corpus Cristi.

—Menos que tú dormía yo cuando tenía grasa en los gonces; pero platicando de otra cosa; tú estás dejao de la mano de Dios; ¡cuidado con venirte á estas horas!; á tí el día menos pensao te van á dar un crugío que te va á arder hasta el pelo.

— ¡De menos nos jizo Dios! Pero no tenga usté cudiao, que eso entoavía está por ver.

—Sin cudiao me parió á mí mi madre y sin cudiao me he de morir, pero eso no quita que yo te tenga voluntá, y el que tú estés más loco que una yegua loca, y que yo pase un disgusto y se me desazone el cuerpo el día que te  desconchen la cabeza de un balazo.

—Pos si eso pasa, que puée pasar, tal día hizo un año; y dejémonos ya de cosas amarguitas como la tuera y platiquemos de lo que más me duele y más me empuja y más me rempuja por las vereitas del mundo.

—Como tú quieras—repúsole el viejo encogiéndose de hombros,—pero lo primero sa menester que sea siempre lo primero, y lo primero ahora, y lo que más priesa corre, es meter tu Cartujano en la cuadra y decille á mi nieto que se encarame en la loma, y que se ponga de mirón, no sea cosa que se nos vayan á meter por las puertas los que no te puéen ver, y darían un ojo de la cara por mirarte tieso como un pitón y con el perfil afinao.

Y diciendo esto, el tío Cachorrito se dirigió hacia la puerta, mientras Pedro canturreaba una jabera, retrepándose en la silla y sin soltar la reluciente escopeta.

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